Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo veintisiete
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Capítulo veintisiete

Romeo

Cuatro horas después, la calma de la cordura llegó a un fin abrupto. Galletita despertó y estaba bastante sobria, a juzgar por el tiempo que tardó en caer a la alfombra en pánico y patear mis pantorrillas al darse cuenta de que se había dormido encima de mí.

—Quítate de encima —gruñó desde el sueño.

Pasé otra página de mi periódico. Llevaba lo que parecían tres meses leyendo el mismo artículo.

Era difícil concentrarse con ella presionada sobre mi pene.

En general, me enorgullecía por ser inmune a los encantos de las mujeres.

Pero había pasado un tiempo desde que había pasado tanto tiempo cerca de una preciosidad como ella.

—Nunca he estado encima de ti. —Y nunca lo estaría, la verdad.

Galletita frunció el ceño, cruzó los tobillos y luego se golpeó la frente con la palma.

Los recuerdos de las últimas doce horas debían de haber atravesado su sistema.

Esperaba que lo recordara todo. Que ahora estábamos casados ante la ley.

Que había bebido lo suficiente para llenar una bañera.

Que había vomitado en todas partes, menos en las alas del avión, que me había hecho una propuesta con la elegancia de una vendedora telefónica y que se había desmayado sobre mí.

—Creo que vomitaré otra vez solo por el recuerdo de frotarme contra ti. —Se tapó la boca, la veía temblar—. Espero no haber contraído una enfermedad de transmisión sexual solo por cercanía a ti.

—Esta noche, reza todo lo que puedas para que no te pase mis verrugas genitales.

—Bostecé, aunque por dentro, deseaba gritarle que, si estaba tan preocupada por las enfermedades de transmisión sexual, debería dar las gracias de no haber terminado con Madison «una caja de condones por noche» Licht.

El hombre tenía tantos agujeros en su cinturón que podría hacer un colador de pasta.

Me miró con incredulidad.

—Hablo en serio. ¿Te has hecho análisis últimamente?

—No. Pero tampoco he estado activo sexualmente.

Ella frunció el ceño.

—¿No? —Negué con la cabeza, no sabía por qué había decidido darle explicaciones a este humano desastroso—. ¿Ni siquiera con Morgan?

Sobre todo con Morgan. No tocaría a Morgan ni aunque el mundo se quedara sin mujeres y los dos tuviéramos que repoblarlo. La civilización había durado bastante y, la verdad, lo había hecho todo mal.

—Con nadie.

Veía el movimiento de los engranajes en su hermosa cabecita, pero no me importaba lo suficiente para preguntarme qué estaba pensando. Fuera lo que fuera, bastaba decir que estaría en desacuerdo.

—No me digas que estás considerando ser fiel. —Hizo una mueca como si fuera algo malo. ¿Su tipo eran los idiotas infieles? Eso explicaría por qué aún le gustaba Licht.

—Un agujero es un agujero. Da igual si es el tuyo.

Inclinó la cabeza hacia atrás y rio sin alegría.

—Con razón tus padres te llamaron como el epítome de los héroes románticos. Seguro que sabían que serías un gran partido.

—Mis padres me llamaron Romeo por mi padre, llamado así por el suyo. —Pero eso se terminaba conmigo. No más Romeos Costas. El mundo me lo agradecería después.

Se mordió el labio.

—He estado pensando en… cosas sexuales.

Dejé el periódico en su regazo y la miré con calma.

—¿Es una invitación?

—¿Confirmarías… asistencia? —Reprimió una sonrisa. Sentí la risa subiendo por mi garganta. Cuando Dallas no era un desperdicio de espacio, era sorprendentemente tolerable.

Alcé una ceja.

—¿La anfitriona aún está bajo la influencia de sustancias?

Sus mejillas estaban coloradas.

—No.

—¿Intentarás matarme? —pregunté despacio, como un padre reprendiendo a un niño.

—No esta vez.

Unos segundos de silencio. Era consciente de que la azafata estaba ocupada en la cocina, fingiendo que no escuchaba a escondidas nuestra conversación extraña. No me gustaban los voyeur, pero tampoco me ponía nervioso que la mujer nos viera.

Lancé el periódico a un lado y le di una palmadita a mi rodilla.

—Ven a sentarte en mi regazo.

—Modales. —Usó el mismo tono que yo cuando me pidió su cepillo de dientes.

Tenía en la punta de la lengua decirle a Dallas que aprendiera sobre los placeres del sexo con Tumblr y un vibrador.

Pero las palabras de Zach aparecieron en mi recuerdo.

«Intenta esforzarte». No había motivos para discutir con esta criatura atractiva, testaruda y básica.

Sería más agradable si le daba algún capricho de vez en cuando.

—Por favor. —La palabra sabía extraña. Curvé las comisuras de la boca intentando sonreír.

—Deja de poner esa cara. Parece como si planearas comerme.

—Planeaba hacerlo, aunque no del modo en que ella creía.

Dallas miró a su alrededor, desorientada, pasando por alto por completo que había una azafata detrás de ella—.

Ah, que sea lo que Dios quiera. La vida es demasiado corta y si alguien pregunta alguna vez, negaré que me he acercado a ti.

—Se puso de pie y avanzó hacia mí. Galletita se subió a mi regazo y me miró, parpadeando—. ¿Ahora qué?

Había algunas opciones, todas sucias y depravadas, pero supuse que la más segura sería dejarla suplicando por más, y eso implicaba posponer mi propio orgasmo y prepararla para el futuro. Tendría que aceptar algunos de mis gustos y reglas, algunos que aún debía explorar yo mismo.

Posé los ojos sobre mi sudadera del MIT.

—¿Te di permiso para usar mi sudadera?

—Bueno, no, pero…

—Quítatela. Ya.

Abrió la boca para discutir. Alcé una ceja, desafiándola.

—Está bien. Está bien. —Frunció los labios, cogió el borde de mi sudadera y se la quitó; solo le quedaba el sostén puesto—. Supongo que eso es… una conversación sensual, ¿no?

No me decidía a si era adorable o penosa. Lo más probable era que fuera ambas. Pero mientras sus pechos magníficos me miraban, apenas contenidos por su sostén sin tirantes, suplicando atención, olvidé a quién le pertenecían.

La cogí del culo y la empujé contra mi pene.

—Esto es lo que me haces. —La alcé y luego la empujé de nuevo sobre mi polla.

Ella dio un grito ahogado, con los ojos ardiendo—.

Ya he superado mi desagrado por ti, Galletita.

De hecho, debería inventarme una nueva palabra para expresar lo que siento por ti.

Sin embargo, aún no puedo, por mucho que lo intente, resistirme a tu tentación.

En vez de discutir, Galletita pareció entenderlo y me calló con un beso húmedo y fogoso. Pura lengua y dientes. Un beso amateur , como un cervatillo que intenta ponerse de pie por primera vez. Torpe, pero mágico.

Ni siquiera se separó para respirar. Su lengua encontró la mía, y ya no era tímida e insegura. Sus manos lo tocaban todo. Mi rostro, mi pelo, mis hombros, mis pectorales, mis cicatrices. Permanecieron sobre la piel irregular y marcada y supe que ella quería saber qué había pasado.

Mi boca bajó de sus labios a su mentón, luego a su garganta y su clavícula, dejando besos calientes y húmedos en cada parte que tocaba.

Ella inclinó la cabeza hacia atrás y gruñó.

Sus dedos sujetaron mi pelo, tiraron demasiado fuerte, demasiado desesperados.

Le bajé el sujetador con brusquedad hasta la cintura y liberé sus pechos.

—No estamos solos —jadeó, girando sobre mi pene.

Sabía que me arrepentiría cuando aterrizáramos y mis testículos se volvieran del color de los arándanos, pero no pude evitarlo.

—No dirá ni una palabra. Firmó un contrato. —Gruñí sobre su piel, atrapé un pezón entre mis dientes y lo succioné hasta que contuvo la respiración.

Sentí que el avión descendía y supe que debíamos estar cerca de París. Sin embargo, ni la azafata ni los pilotos eran tan tontos como para acercarse a mí mientras estaba ocupado devorando los pechos de Dallas como si fueran mi última comida.

Lamí, succioné, tiré y toqué sus pezones rosa pálido, sujetando sus pechos y dándoles una palmada suave cada tanto. Mi pene latía entre sus piernas.

Notaba que tenía el clítoris presionado contra mi cremallera tensa porque la fricción la enloquecía.

Sacudía la cabeza de lado a lado.

—Dios. Esto es… Es… —Pero no pudo encontrar la palabra adecuada y yo no tenía prisa por alentarla a hablar.

—Señor… —Una voz flotó en el fondo. Era sin duda masculina, lo que significaba que la azafata no quería lidiar conmigo. Había enviado al piloto—. Estamos aproximándonos a Le Bourget. De hecho, aterrizaremos en quince minutos y ya nos han dado luz verde en…

—No —dije con convicción, con la boca sobre el pecho de Dallas. Cubrí la mayor parte de su inocencia con mis brazos, pero no me gustaba que el piloto estuviera allí de pie como un pervertido—. Vete.

—Señor, debemos prepararnos para el aterri….

—No, no debemos hacer nada. —Alcé la cabeza por encima del hombro de Galletita y lo apuñalé con la mirada—. Mi avión, mis reglas. Tenemos suficiente combustible para volar en círculos otra hora.

—¿Una hora? Es un desperdicio de…

—Tu existencia es un desperdicio. ¿No ves que estoy satisfaciendo a mi esposa? O encuentras el camino de vuelta a la cabina y vuelas en círculos por París hasta que terminemos o te echaré de aquí a golpes.

El piloto huyó a la cabina donde, supuse, la azafata también se había escondido mientras yo llenaba los pechos de Dallas con besos, lamidas y succiones.

Ella rio en cuanto el piloto se fue y golpeó mi rostro con sus pechos, exigiendo atención.

—Eres horrible.

—No recuerdo que hayas defendido a Paddy cuando le he dicho que volara en círculos.

Volví a hacer lo que parecía que funcionaba mejor para mi esposa y para mí: la llevaba al borde del orgasmo sin llevarla a destino y ella reía y tiraba de mi pelo hasta dejarme calvo.

Cuando el avión aterrizó una hora después, el pecho de Dallas estaba rojo y lleno de marcas. También estaba cubierto por mi sudadera del MIT y un abrigo, por si acaso.

En conclusión, no había sido el mejor vuelo de mi vida, pero al menos, a diferencia del vuelo que habíamos compartido desde Georgia, no había estado a punto de matar a nadie.

Lo cual me recordó algo… Esperaba que, estuviera donde estuviera, Scott recordara su nuevo lema de vida.

Estaba prohibido tocar lo que le pertenecía a Romeo Costa Jr.