Capítulo veintiséis
Romeo
Dallas Townsend me recordaba a un fénix que renacía de las cenizas de sus malas decisiones. Una inspiración para las masas ociosas.
En el episodio de esta noche, Galletita bebió hasta no sentir nada. Desde que le había dado la noticia de nuestra luna de miel lujosa e inminente, ella había tragado champán y les había dado las gracias a nuestros invitados arrastrando las palabras mientras caminaba en zigzag por la sala.
A excepción de su aspecto bonito, había conocido muebles de oficina más encantadores con los que pasar el rato.
No ayudaba que nos avergonzara a los dos canalizando su versión interna de tía borracha en una cena de Navidad, balbuceando tan fuerte que la oían desde el Polo Sur.
Su familia no interfirió con el espectáculo. Shep hizo negocios, mientras que Natasha dedicó todo su esfuerzo en encontrar una pareja adecuada para la otra amenaza que había parido.
Y Franklin… sabía con exactitud lo borracha que estaba Dallas. Permitió que pasara, consciente de que yo era alérgico a los escándalos públicos.
Fue un milagro que lograra llevar a Galletita a mi avión privado sin perder un ojo. Iríamos a París y el nivel de entusiasmo estaba entre una maratón de cálculo de tres días y un funeral.
—Creo que vomitaré —anunció Dallas, sujetándose el estómago, aún vestida de novia. Tenía el rostro demasiado verde para alguien que no era el Grinch.
—Sorprendente. —Hojeé mi periódico.
Ella gimió y posó la cabeza en el cabezal del asiento.
—Estoy bastante segura de que vomitaré sobre el vestido.
Parecía que se había intoxicado por el exceso de alcohol. Justo cuando creí que escoger pilotos de sesenta y pico de años poco atractivos garantizaría un vuelo sin problemas.
Marqué el borde superior de mi hoja y pasé a la siguiente.
—No es necesario que narres en voz alta lo que te pasa. En serio, no me interesa para nada.
—¿No me ayudarás?
—No.
—Bueno, entonces supongo que vomitaré por todo tu avión y haré que apeste para siempre.
Con un gruñido, abandoné mi asiento, la alcé al estilo luna de miel y la llevé al baño. Estaba inerte en mis brazos. Me pregunté si tal vez sería una buena idea dar la vuelta y llevarla al hospital.
Luego, al estilo clásico de Galletita, comenzó a dar órdenes.
—Asegúrate de recogerme todo el cabello para no ensuciarlo… Ah, y el vestido. Quítamelo. —El privilegio. La audacia. La creencia ciega de que el mundo le debía algo.
—A la próxima, intenta no beber como si el futuro de la nación dependiera de ello.
—La dejé en el suelo antes de llegar al retrete, la volteé sobre el estómago y comencé a quitarle el vestido.
Y había mucho vestido que quitar. Nadaba en tela.
Tardé diez minutos en liberarla de los botones, las cremalleras y los volates.
Dallas, siendo Dallas, se retorció aferrándose a la alfombra delgada.
—¡Más rápido! Ya no aguanto.
—¿Todo bien? —La azafata asomó la cabeza desde la cocina, donde preparaba fruta fresca y mimosas. Desde ese ángulo, debía parecer que luchaba contra un jabalí salvaje.
—Sí.
—Disculpe, señor, pero no parece que…
—¿Te pago para que mires o para que limpies baños y prepares bocadillos? Ya que estamos, tira a la basura las mimosas. Lo último que necesita mi esposa es más alcohol en sangre.
Todos mis empleados, de arriba abajo, firmaban acuerdos de confidencialidad. Un arreglo beneficioso dado que mis modales no existían sin un micrófono de Finanzas Bloomberg apuntando a mi rostro.
Cuando Dallas por fin escapó del vestido y se quedó solo con un sostén sin tirantes beige y un tanga a juego, le quité la banda elástica de la muñeca e intenté recoger su cabello.
—¡No hay tiempo! —Me dio un puñetazo en la cara, nerviosa—. Necesito vomitar.
La arrastré al retrete, lo abrí y sujeté su cabello con mi mano mientras con la otra palma la sostenía. Comenzó a proyectar vomito por doquier.
Cernido sobre ella, acunando su cabeza para que no se rompiera la columna y me metiera en un mundo de problemas legales, me pregunté qué clase de idiota se casaría con una mujer así.
Yo era alguien racional. ¿Qué cojones me hizo pensar que esto había sido una buena idea? Incluso vengarme de Madison Licht no era una razón lo bastante buena. Galletita era la versión humana de un huracán categoría seis. Lo que tocaba, lo destruía.
Después de unos minutos vaciando su estómago, se desplomó en el suelo, acurrucada, abrazada al retrete.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Su tono pasó de verde a blanco.
Me escapé del baño para llevarle agua y un analgésico, solo porque no quería que nuestra próxima parada fuera una de emergencia en un hospital irlandés.
Ella aceptó mis ofrendas sin gratitud. Después de tragarse las píldoras, me fulminó con la mirada
—¿Por qué no me has traído un cepillo y pasta de dientes?
—Por el mismo motivo por el que no te he preparado un baño y te he cortado las uñas de los pies.
No soy tu criada. —Tiré su botella de agua vacía a la basura.
Ni siquiera Oliver había recibido esta clase de cuidados por mi parte cuando había aparecido en mi puerta demasiado ebrio después de la iniciación del Porcellian Club en Harvard.
Ella me miró furiosa con los ojos inyectados en sangre, aún en el suelo.
—Me apesta la boca.
—El resto tampoco está mucho mejor.
—Cepillo de dientes.
—Modales —le dije en el mismo tono brusco.
—Vete a la mierda. —Estábamos mejorando, dado que no me había arrancado los ojos mientras lo decía.
—Lamentablemente, no lo haré. Estaré leyendo el Wall Street Journal fuera. —Me fui.
—Todo esto es tu culpa —exclamó a mis espaldas—. No me hubiera emborrachado de no ser por ti. —No dejé de caminar—. Muy bien. Por favor, ¿me darías mi cepillo de dientes? ¿Contento?
No estaba contento. Lo más probable era que nunca lo estuviera después de mi decisión desafortunada de casarme con esta mujer. Pero al parecer, había descubierto mi límite sociopático, porque fui hasta su maleta, busqué su cepillo de diente y el tubo de pasta y se los llevé a Dallas.
Dejé que se duchara, que lavara los dientes y que se recuperara mientras leía por encima las noticias financieras en mi asiento, bebiendo un café tibio.
Ella reapareció treinta minutos después, con el cabello húmedo y el rostro rosado y limpio, vestida con mi sudadera del MIT que debía haber robado de mi maleta.
Parecía malhumorada y confundida al desplomarse en el sofá a mi lado y comenzar a engullir la fruta fresca y el bánh mì . Con el rabillo del ojo, la vi tragar dos bandejas de emparedados y una gaseosa.
Cuando terminó, miró alrededor y suspiró.
—No tengo sueño. —Mantuve los ojos en el periódico.
Quizás si no me movía, ella creería que estaba muerto y dejaría de hablar—.
Besémonos. —Dado que aún estaba borracha (y porque el eau de vomitou no era un aroma que me resultara encantador), ignoré su propuesta nada tentadora—.
Vamos. —Galletita se puso de pie, descalza, y avanzó hacia mí.
Me quitó el periódico y se sentó sobre mi regazo a horcajadas—.
De hecho, estoy lo bastante borracha como para tolerarte.
Es una oferta única en la vida. Quizás tener un orgasmo me ayudará a dormir. —Me rodeó el cuello con los brazos.
—Dame un motivo para ayudarte.
Esbozó una sonrisa.
—¿Esposa feliz, vida feliz?
Se me ocurrió algo.
—¿Has tenido un orgasmo alguna vez?
—Creo que me di uno sin querer hace un año. —Abrió de par en par sus inmensos ojos inocentes.
En momentos como este recordaba lo que me había tentado a robarla. ¿En qué otro lugar de Estados Unidos encontraría una chica de veintiún años que fuera una página en blanco para que dibujara, escribiera y moldeara a mi gusto?
Le dije de todo a Oliver por haberse sentido atraído por la hermana de Dallas, pero la verdad era que Dallas era igual de virginal. Aún estaba muy protegida del mundo exterior.
Eso despertó mi curiosidad.
—¿Haciendo qué?
—Yendo en moto.
Apreté los labios para no reír.
—No te rías. —Frunció las cejas y golpeó mi pecho—.
Toda mi familia estaba presente. Gemí y mamá creyó que me había hecho daño en el tobillo.
Tuve que fingir que me dolía e incluso cojeé durante una hora.
Fue muy angustiante. —¿De verdad iba a reírme por primera vez desde mis cuatro años por este pequeño dolor de cabeza?
—Bájate de mi regazo.
—O podría quedarme subida a tu regazo. —Subió y bajó las cejas. Y el culo.
—Estás demasiado borracha. Por no mencionar que yo estoy demasiado sobrio.
Su embriaguez era lo único que evitaba que le diera un orgasmo con los dedos. Lamentablemente, haber visto esa boca vomitar trozos digeridos de macarones, pasteles y tartas no evitaba que quisiera meter mi polla dentro de ella.
No solía bajar la expectativa a «que respire es opcional» (eso era más típico de Oliver), pero Galletita me resultaba extrañamente seductora. Cuando Shep me había dicho que su hija era irresistible, había querido reírme. Ahora, estaba más preocupado que entretenido.
—¿No lo ves? Que esté borracha es lo mejor que podría habernos pasado.
—Golpeó mi pecho con sus palmas—. Tengamos sexo.
Ni siquiera me importará que sea contigo.
Y llevo tiempo queriendo perder la virginidad.
—Ahora no era momento de decirle que desperdiciaría su virginidad con mis dedos… o mi lengua si me sentía solidario.
—Fuera de mi regazo.
En general, me enorgullecía de mantener el control absoluto y meticuloso. Pero con Dallas, por algún motivo incomprensible para mí, era una carga permanecer en el personaje.
Ella deslizó su coño, cubierto solo con un tanga delgado, sobre mi entrepierna. Por supuesto que tenía una erección. Ella solo necesitaba existir en el mismo estado que yo para que mi sangre migrara a mi pene.
Movió la cadera, deslizándose de nuevo sobre mi polla.
—¿Por qué debería obedecerte si tú nunca me obedeces?
Apreté la mandíbula.
—Porque estoy muy cerca de pedir la anulación y enviarte de vuelta a Chapel Falls para que te cases con un granjero.
Golpeó de nuevo mi pecho.
—Maldición, aprovéchate de mí.
Quería sujetar su nuca, besarla con fervor y follarla con la ropa puesta hasta que tuviera un orgasmo tan intenso que la hiciera gritar.
Hasta perder la voz. Y luego, quería guiarla entre mis muslos y correrme sobre esa nariz elegante y respingona, sobre esas pecas juveniles y esos ojos inmensos típicos de un animal de Disney.
Pero no podía hacer algo de lo que ella tal vez se arrepentiría más tarde. Aunque no podían acusarme de caballero, el consentimiento dudoso era un límite para mí. En especial cuando era lastimosamente obvio que estaría con ella en mis términos tarde o temprano.
Estaba a punto de obligarla a volver al sofá cuando cayó de frente sobre el hueco de mi cuello.
—Si planeas chuparme la sangre…
Un ronquido suave interrumpió mi amenaza inconclusa.
Luego, sentí que Dallas babeaba. Sobre mi cuello.
Dios mío. Se había quedado dormida encima de mí.
Con mi erección aún acunada entre sus piernas.
Lo inteligente sería depositarla en el sofá y seguir con lo mío.
Eso haría. Me pondría de pie y me libraría de ella.
Pero no lo hice.
Quizás porque no podía arriesgarme a despertarla y que tuviera otro episodio de diarrea verbal. O tal vez porque no era lo peor del mundo sentir la calidez que irradiaba su coño sobre mi pene.
Fuera cual fuera la razón, la dejé dormir. Mientras tanto, leí el Wall Street Journal y le agradecí a mi buena estrella que, al menos, Zach y Oliver no estaban presentes para burlarse de mí por lo poco dócil que era mi esposa.
Ya la domesticaría.
Después de todo, ya la había capturado.