Capítulo veinticuatro
Dallas
Como todas las mentiras, mi boda fue demasiado preciosa, bien ensayada y, sobre todo, carente de alma.
Mi vestido personificaba la realeza. Mangas largas de encaje con escote pronunciado, cuerpo de satén limpio y sinuoso, y una cola que cubría toda la gran escalera de la mansión von Bismarck.
Tres revistas de moda vinieron a sacar fotos.
Los beneficios fueron para la caridad: el Ejército de Friedreich.
Idea de Romeo. Al igual que con todo lo demás, yo no pude opinar.
Los diarios y los canales de noticias locales habían informado que solo la decoración floral costaba más de ciento veinte mil dólares.
No lo dudaba. Mis padres no escatimaron en gastos.
Mi madre había mencionado que habíamos superado de lejos el millón de dólares de presupuesto.
La recepción, que se celebraría en el segundo jardín botánico enredado de Oliver, incluía cócteles de autor con nuestros nombres, aperitivos hechos en el momento por chefs italianos con estrellas Michelin y bolsas de regalos de cinco cifras diseñadas para dar de que hablar.
Me marchitaba dentro del vestido, nadando en la tela que se enterraba en mis costillas.
Llevaba semanas sin comer nada sustancial.
No desde que Romeo tiró cualquier cosa comestible.
Hettie se metía burritos de desayuno y panecillos bajo la ropa para que las cámaras no la atraparan desafiando la orden de Romeo.
De lo contrario, todo lo que la casa tenía para ofrecer era kale, pechugas de pollo, avena y miseria.
Cuando llegué al pasillo, me detuve. Una pantalla de orquídeas blancas colgantes me ocultaba de la vista. Pronto, caminaría por el pasillo y caería en los brazos de un Dios de la Guerra y me convertiría en una Costa.
Mi padre apareció a mi lado y entrelazó su brazo con el mío. Intentó hacer contacto visual mientras estábamos de pie sobre la alfombra blanca que se extendía por el patio trasero de Oliver. Mantuve la mirada fija en las orquídeas, con los molares apretados.
—Por favor, Dallas, ¿no puedes ver que estoy devastado?
¿En serio esto giraba en torno a él?
—Deberías estarlo.
Cogí mi ramo de rosas blancas. Las espinas se clavaron en mi carne.
Mi padre abrió la boca. Por suerte, la música lo interrumpió.
Con mi madre y Mónica a cargo de la mayor parte de la planificación (les hice creer que tenía dolor de cabeza cada dos por tres), no tenía ni idea de qué canción habían elegido.
Ave Verum Corpus de Mozart. Muy apropiado.
Siempre lo había asociado con la carnicería violenta en el cine, como la Boda Roja. Incluso esa boda era mejor que la mía.
No sé cómo logré poner un pie delante del otro, pero lo hice.
En algún momento, mi padre y yo atravesamos la cortina de orquídeas y quedamos a la vista de todos.
Suspiros y murmullos se mezclaban a través del pasillo.
Las luces intermitentes de las cámaras me lamían la piel.
Mis damas de honor, Frankie y Sav, llevaban la cola de mi vestido mientras seis niñas de la iglesia seguían detrás, arrojando pétalos de rosas blancas.
Miré hacia abajo y evité el contacto visual con los invitados, que se pusieron de pie, aplaudiendo y vitoreando.
Me preguntaba si Morgan estaba aquí. En algún lugar entre la multitud.
Sorbiendo champán, entretenida por lo tonta que parecía casándome con un hombre que aún la adoraba a ella.
De hecho, me preguntaba si Romeo la había visto desde el baile de presentación hasta ahora.
La idea me producía náuseas. No porque él me gustara, sino porque me negaba a ser aún más tonta de lo que ya era.
Llegué al altar. Tenía delante al hombre al que había dejado encadenado a mi cama, cubierto de nata.
Poderoso, imponente y mejor que la vida misma.
La imagen me provocó una risa repentina e incontrolable.
Sentí como se me enrojecía el cuello. Después levanté la mirada y la risa murió en mi garganta.
Casi había olvidado lo glorioso que era Romeo Costa.
Casi. Llevaba un esmoquin elegante. Su pelo, más corto de lo que recordaba, recortado a la perfección, estaba peinado hacia atrás.
Sus ojos grises, que generalmente coqueteaban con el azul, parecían casi plateados.
Su rostro era neutro y tan vacío como una pintura poco inspiradora en una sala de espera.
Cuando mi padre se apartó y me coloqué frente a mi esposo, Romeo me sorprendió al inclinarse y presionar sus labios sobre mi mandíbula.
Solo que no me estaba besando el cuello. Solo era una actuación para los invitados. En realidad, Romeo me susurró al oído:
—Si haces cualquier tontería, te garantizo que tu reputación no será lo único que destruya.
De repente, mi cerebro entró en cortocircuito en busca de una réplica.
Parpadeando, reconocí que quien oficiaba la boda era un sacerdote local de Chapel Falls.
El padre Redd comenzó la ceremonia. Cuando llegó mi turno de leer los votos, recité un discurso de boda tan cliché y poco sincero que estaba segura de que mi futuro marido quería vomitar.
Detrás de él, Oliver y Zach llevaban esmóquines de diseñador.
Zach irradiaba impaciencia, moviendo los ojos hacia su reloj sin levantar la muñeca.
A pesar de su encanto pulcro y sus modales encantadores, algo oscuro acechaba bajo la superficie.
Algo lo bastante retraído como para insinuar que no mostraba su verdadera faceta al mundo.
Mientras tanto, Oliver (un libro abierto lleno de anotaciones coloridas) miraba mis damas de honor.
Si pensaba que Frankie estaba disponible, tenía una noticia para él, una que le daría junto a una patada en las pelotas.
El padre Redd pasó una página en su manual de oficiante.
—¿Aceptas Romeo Niccolò Costa a esta mujer como tu esposa, para vivir juntos en santo matrimonio, amarla, honrarla, consolarla y guardarla en la salud y en la enfermedad, renunciando a todos los demás, por toda la vida?
Romeo entrelazó sus dedos con los míos, fríos, como de arcilla.
—Acepto. —Una sonrisa encantadora cruzó su rostro y deslumbró a la audiencia. Parecía completamente falsa.
—¿Y tú, Dallas Maryanne Townsend, aceptas a este hombre como tu esposo, para vivir juntos en santo matrimonio, amarlo, honrarlo, consolarlo y guardarlo en la salud y en la enfermedad, renunciando a todos los demás, por toda la vida?
¿Amarlo y consolarlo? Tenía suerte de no salir del recinto en una ambulancia. Mi nuevo sueño era contribuir a sus cicatrices corporales con mi propio arte.
—Mmm…
El padre Redd se aclaró la garganta, riendo.
—¿Puedo tomarme eso como un sí?
—Acepto. —Escupí las palabras.
—Ahora puedes besar a la novia.
No sabía qué esperar. Quizás un beso digno para sellar el trato.
Pero Romeo Costa siempre estaba lleno de sorpresas.
En lugar de eso, dio un paso adelante, me rodeó la cintura con su brazo fuerte y me atrajo hacia él.
Con una posesión que helaba la sangre, me cogió de la garganta, inclinó mi cuerpo y estrelló su boca contra la mía, ejerciendo una fuerza brusca.
El gesto declaraba una cosa: mía.
En el fondo, la gente se volvía loca, vitoreando y silbando. Risas, música y voces femeninas alabando el beso icónico.
—… tan épico como su propuesta de matrimonio…
—… nunca había visto a un hombre tan loco de amor…
—… debería ser una película…
Estaba lánguida en sus brazos, incluso cuando su lengua se asomó y abrió los míos, y lamió con confianza el interior de mi boca, jugando y explorando.
Este era un beso de declaración.
Un beso diseñado para informar al mundo que ahora era de su propiedad.
Que les dispararán a los intrusos. O algo peor.
Contuve la respiración, ignoré el calor serpenteante que me bajaba por la espalda y exigía que le devolviera el beso, y esperé a que se apartara. Me negaba a ceder y participar en este desastre.
—Su sumisión es más dulce que la nata, señora Costa . —Retrocedió, arrastrando su nariz a lo largo de la mía—. ¿Cómo va la vida lejos de la civilización? ¿Ya has aprendido a hacer fuego con rocas?
Mi respuesta fue hundir mis dientes en su labio inferior hasta que el sabor del cobre me llenó la boca y encontré la resistencia del músculo y la carne. Usó el dorso de la mano para limpiar la sangre, sonriendo.
—Aquí estás. Estaba empezando a preocuparme de que hubieras perdido los dientes.
—¿Te gustan mis dientes? —Fingí sostener su cabeza, mirándolo con una adoración simulada—.
Qué bien, porque estás a punto de conocer mis garras.
—Luego, porque quería hacerle daño, saqué el anillo de Madison, que Frankie me había dado antes, y lo hice girar entre mis dedos—.
Quizás necesitas cámaras mejores, marido .
Me excité mientras estabas desaparecido, pero el fuego no vino de las rocas.
¿Realmente estaba insinuando que había tenido una aventura con Madison? Era imprudente y peligroso, pero extremadamente satisfactorio. La mirada de Romeo, la de un hombre al borde de empezar una guerra, me llenó de adrenalina.
Negándome a mostrarle lo miserable que me había sentido estas las últimas semanas, sonreí.
—Disfruta de nuestra boda.
La planificadora de bodas guio a los invitados hacia la recepción.
La mansión de Oliver von Bismarck contaba con un salón de baile gigante.
Su casa hacía que el Shangri-La pareciera el vestíbulo de un motel.
Las mesas redondas cubiertas con encaje blanco rodeaban la pista de baile.
Cada una estaba adornada con candelabros antiguos como centro.
Candelabros rústicos, accesorios dorados y docenas de flores diferentes, todas blancas, ornamentaban la habitación.
Deseé que este evento no simbolizara mi ruina, para poder apreciar el lugar en todo su esplendor.