Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

Dallas

—Todavía podemos solucionarlo. Recuperé el anillo de Madison.

El que Romeo lanzó a la multitud. —Frankie caminaba de un lado a otro de la habitación nupcial improvisada en la mansión de von Bismarck, con el ceño fruncido por la concentración y el anillo entre los dedos.

Su vestido de seda se deslizaba por el suelo de mármol—. Debe valer algo, ¿no?

El día de mi boda había llegado. Llevaba sin ver al novio casi tres semanas. Durante ese tiempo, mi madre y Frankie me habían visitado dos veces, pero nunca me había sentido tan sola.

—Olvídalo. —Fulminé mi reflejo mientras dos maquilladoras y una peluquera me arreglaban—. Un trato es un trato.

Mi hermana nunca sabría cuánto me tentaba seguir su consejo y huir.

Casi lo había hecho la primera semana, después de la broma que le había hecho a Romeo.

Pero mis amigas y mi familia empezaron a enviar las confirmaciones de asistencia y me recordaron lo mucho que Romeo había arruinado mi reputación.

—¿Es verdad que estás embarazada? —había espetado Savannah por teléfono una noche—. La gente dice que tu padre lo obligó a casarse contigo después de haber encontrado una prueba de embarazo en la basura.

Emilie logró actuar de modo más refinado.

—Tus padres me enviaron la invitación. Gracias.

¿Te molestaría mucho que no asistiera a la boda?

No digo que no vaya a hacerlo. Solo necesito asegurarme, junto con mis padres, de que no arruinará mi…

reputación. Por favor, no te enfades conmigo, Dal.

Al menos te casarás. Y nada menos que con Romeo Costa.

Aún no he recibido una propuesta y no quiero estropearlo todo por relacionarme con las personas equivocadas.

Al final, el universo proveyó. Emilie asistió acompañada de sus padres. Sav también vino, e incluso trajo un acompañante.

De hecho, escuché que fuera, en el jardín del siglo diecinueve de Oliver von Bismarck, entre los ochocientos invitados, estaba la familia Licht.

Mis padres los habían invitado ofreciéndoles la cortesía de quedar bien y demostrar que no había malentendidos. Ningún escándalo entre las dos familias.

Madison estaba aquí.

La idea hizo que quisiera esconderme bajo la cómoda. Me sentía tan mal y culpable por lo que había hecho. Por lo que había causado esta reacción en cadena que había sembrado el caos en la vida de todos.

—¡Dal! Oye, Dal, ¡el pastel! —Mamá entró en la suite de la novia, también conocida como el doceavo cuarto de huéspedes de Oliver, abanicándose.

Se posó en la puerta, sus dedos temblaban sobre su clavícula—.

Es un pastel de ocho pisos. Todo blanco.

Con la forma de tu vestido, con rosas realistas comestibles y caligrafía tradicional.

Mi madre estaba entusiasmada. Frankie y yo la habíamos protegido de la verdad amarga sobre mi matrimonio. Me había pasado la última semana hablando bien de Romeo.

¿Qué más podía hacer?

Frankie dijo que mi madre había dejado de comer y de hablar con mi padre como estrategia para que me trajera de nuevo a casa. Sin importar cuánto odiara a papá, no soportaba ver a mamá devastada.

—Vaya. —Me obligué a sonreír—. Qué pena que probablemente lo inhale antes de que alguien saque una fotografía.

—Hora del espectáculo, damas. —La planeadora de bodas abrió la puerta, sudando sin parar bajo su atuendo de diseñador.

Llevaba un auricular conectado a un micrófono que flotaba frente a sus labios—.

El novio ya está esperando… y debo añadir que está encantador.

Todos los invitados están sentados. Es la hora.

Frankie me miró con desesperación.

Sus ojos decían «es ahora o nunca» .

Y aunque no me imaginaba encontrando la felicidad con mi prometido cruel y extremamente guapo, tampoco podía regresar a Chapel Falls como una mujer con la reputación arruinada y arriesgar el futuro de Frankie.

Además, ¿qué clase de futuro me esperaba?

Nadie más me aceptaría. Al menos con Romeo Costa tenía seguridad financiera, un techo sobre la cabeza y un futuro con hijos que esperar.

—Vamos, amor. —Mamá ahuyentó a las estilistas y me ayudó a ponerme de pie. Su sonrisa murió en cuanto nuestros dedos se tocaron—. Tienes las manos heladas.

Tragué con dificultad.

—Son los nervios.

—¿Segura? —Observó mi rostro—. Si fueras infeliz me lo dirías, ¿cierto, pequeñita?

Estuve a punto de romper a llorar al oír mi apodo de la infancia. Lo que más quería era volver a casa. Deshacer mi error.

—Todo va sobre ruedas, mamá. Soy la chica más afortunada del mundo.