Capítulo veintidós
Romeo
Nunca más haría contacto visual con Hettie.
El silencio que se apoderó del cuarto de Dallas cuando Hettie me encontró a las ocho de la mañana y me desató (aún había nata pegajosa y derretida cubriendo mi erección matutina) fue ensordecedor.
Primero, Hettie intentó soltar el nudo manualmente.
Después de tres minutos, resopló.
—Maldita sea, de todas las mujeres con las que podías haberte comprometido, ¿escogiste a la que tiene las habilidades de combate de James Bond?
—Créeme, nadie está menos entusiasmado que yo por las nupcias pendientes. Ahora, ve a buscar tijeras, y antes de hacerlo cubre mi zona sur con una manta.
Archivado bajo el nombre: una oración que jamás creí que le diría a alguien que había contratado para cocer al vapor mi brócoli.
—¿Zona sur?
—Mi pene, Hettie. Dios, ¿acaso alguien menor de treinta tiene vocabulario que no provenga de TikTok?
Ella había visto mis cicatrices.
Estaba seguro.
Mi prometida también las había visto. Pero las dos tuvieron el buen juicio de no decir nada. Sin embargo, no me gustaba que se supiera. No me gustaban las suposiciones que podían hacer. No me gustaba el recordatorio de que, alguna vez, yo también fui débil.
Mi primera parada fue la ducha, donde quité los restos de azúcar y nata y golpeé las baldosas hasta que me sangraron al menos dos nudillos.
Después, me puse mi mejor traje, me metí un chicle en la boca y cogí mi teléfono para informarle al mundo que, para su decepción, aún estaba vivo.
Nunca había desaparecido más de cuatro horas consecutivas para dormir.
En el trabajo creían que había caído por un precipicio en un accidente automovilístico.
Sin duda los empleados de Costa Industries se pusieron tristes al descubrir que aún estaba entre los vivos.
Mi forma de tratar a los demás no me hacía ganar muchos fanáticos y admiradores.
Mientras Jared me llevaba al trabajo, también me informó de que mi astuta prometida se estaba hospedando en el Grand Millennium Regent. Uno de los hoteles de élite modernos de von Bismarck. En una suite que costaba quince mil dólares la noche.
Tardé menos de cinco minutos en cancelar todas sus tarjetas de crédito, en trasladar sus libros de Henry Plotkin de su cuarto a una bóveda de seguridad y en tirar a la basura cualquier cosa dulce que hubiera en la cocina.
Por no decir que la nata nunca más volvería a cruzar esas puertas.
También le quité Netflix y el pack Xfinity, además de internet, por las dudas. Mi seductora prometida no necesitaba entretenimiento. Necesitaba pensar en lo que había hecho.
La próxima vez que la viera, me prometería su eternidad.
Y yo aceptaría.
Solo para molestarla.