Capítulo veinticuatro #2
Tan pronto como me despegué de Romeo, Frankie apareció a mi lado, agarrándome del brazo y anclándome a la seguridad. Era tan guapa que se me llenaron los ojos de lágrimas. Ojalá encontrara un buen partido. Un amor verdadero después del sacrificio que había hecho por ella.
—Sé que lo odiamos, y en un segundo, volveré a apuñalarlo con los ojos, pero he pensado que tal vez te reconfortaría saber que el beso de Romeo ha mojado todas las bragas de la Costa Este.
—No las mías —mentí—. Además, hay un montón de chicos guapos en este mundo.
—Decir que tu marido es guapo es como decir que el Monte Everest es montañoso. Está que arde. No sé cómo lo tocas sin quemarte.
No tuve valor para decirle que Romeo me había robado todos los libros de Henry Plotkin.
Tampoco quería que lo apuñalara con uno de los picos decorativos que mantenían frías las botellas de champán.
Se nos unieron nuestros padres. Juntos, visitamos cada mesa de nuestro lado y agradecimos a las personas por honrarnos con su presencia.
Supuse que Romeo hizo lo mismo con su familia, aunque me desconecté mentalmente, tratando de olvidar que estaba en la misma habitación que yo. Casi funcionó.
Cuando por fin había empezado a respirar bien, mi padre me llevó a la mesa de los Licht. Como su mejor amigo de Georgetown, el señor Licht apareció a pesar de la mala relación con los Costa. No dejaría pasar la oportunidad de demostrar que el escándalo público no le afectaba.
—Dallas, felicidades, querida. Estás deslumbrante. —La señora Licht se limpió las comisuras de la boca con una servilleta, aunque no había probado ni un bocado.
Asentí con rigidez, con la mirada clavada en el suelo. No podía mirar a Madison a los ojos. Madison, quien me había dejado elegir mi anillo de compromiso. Quien una vez me prometió que podría convertir una habitación en mi propia biblioteca.
—Dallas. —Su voz era imparcial, no había rastro de enfado en ella.
Quería desfallecer. Incluso después de que su archienemigo me hubiera mancillado, aún se mostraba amable—.
Mírame, por favor. No puedo… —Arrojó su servilleta sobre su plato y se levantó de su asiento—.
No soporto que pienses que estoy enfadado contigo.
No estábamos juntos de verdad. Lo entiendo.
Levanté la mirada del suelo. Madison tenía un aspecto tan familiar. Con su pelo rubio y sus ojos marrones bordeados de verde. Aunque no sentía nada romántico hacia él, siempre había asumido que los sentimientos llegarían. Que la comodidad se convertiría en felicidad.
—Dallas. —Puso su mano en mi antebrazo—. Dal, por favor. Ven conmigo. —Me cogió la mano—. Vamos a lavarte la cara.
Dejé que me guiara fuera del salón. ¿En qué momento se le había pasado por la cabeza que permitiría que el agua tocara mi rostro después de haberme pasado tres horas maquillándome?
—No quiero lavarme la cara.
Se detuvo y se giró hacia mí, su mano aún entrelazada con la mía.
—Está bien. ¿Sabes qué? Déjame traerte un plato con postre. Eso siempre te levanta el ánimo. Nos encontraremos fuera.
Me sentí cómoda escapándome de mi boda al patio trasero y sentándome sobre el barandal. Después de todo, no me importaba en absoluto si alguien me pillaba con Madison.
El patio daba a un pequeño lago. Cisnes y patos se deslizaban sobre el agua glacial.
Madison apareció con un plato cargado de macarones, éclairs de chocolate blanco y tartaletas de frutas salpicadas de oro.
Los postres eran demasiado bonitos como para comérmelos.
Sin embargo, metí un macaron en la boca, apenas saboreándolo.
Madison tomó asiento a mi lado.
—¿Mejor?
Asentí, entrecerrando los ojos hacia las interminables colinas verdes y los jardines que rodeaban la propiedad de von Bismarck.
—Lo siento mucho, Mad…
—Por favor, ya basta. —Acarició mi rodilla—. Tanto tú como yo sabemos que realmente no me engañaste con otro. Siempre fuimos un matrimonio de conveniencia. No cargues con culpa sin sentido. ¿Me sentí decepcionado? Sí. me gustabas. Aún me gustas, Dal. Pero escogiste lo que escogiste y lo acepto.
Queriendo con desesperación apaciguarlo y también liberarme del peso de la verdad, solté:
—Pero no lo elegí a él. Solo iba a ser un pequeño beso antes de casarme contigo. Todo se fue de madre y ahora estoy atrapada con… con… esta bestia.
Era agradable ser infantil y auténtica. Con Madison, mi amigo de la infancia, era libre de ser una versión de mí misma a la que expulsarían de los salones de la sociedad educada y madura.
Parecía que el cielo se hubiera abierto y le hubiera caído encima a Madison.
—¿Me estás diciendo que no querías casarte con Costa?
—No. —Levanté las manos—. Papá me obligó después de atraparnos. Romeo planeó todo esto. Me tendió una trampa.
Mientras explicaba la cadena de eventos a Madison, sabía que no estaba jugando con fuego, sino con una caja de dinamita a punto de explotar. Pero la tentación resultó demasiado fuerte. Si existía la más mínima posibilidad de que Madison me liberara, quería aprovecharla.
Tardé tres minutos en explicarlo todo. Después, juntó mis manos entre las suyas y me miró.
—¿Estás segura de que no quieres seguir casada con él?
Ni siquiera necesitaba pensarlo.
—Segura —afirmé con convicción—. Si hay una salida en la que mi reputación pueda sobrevivir, la tomaré.
Madison se mordió el labio.
—No puedo prometer nada, pero creo que hay una manera de ganarle.
¿Ganarle? Todo sonaba sacado de Riverdale . Momentos desesperados requerían medidas desesperadas. Tomé nota mental de renunciar al plan de Madison si formaba una pandilla.
—¿Cuándo me informarás? Cada minuto que paso en su casa es una tortura. —Especialmente desde que había confiscado los carbohidratos.
Madison suspiró, pasándose los dedos por el pelo.
—Siento mucho haberte involucrado en este lío, Dal. Créeme, nunca pensé que alguien pudiera ser tan rencoroso como para buscarte de esta manera.
—¿Podrías llamarme cuando…?
—Primero lo primero, vigílalo por mí, ¿de acuerdo?
—Fue directo al grano—. Estoy seguro de que está monitoreando tus dispositivos, así que no me envíes nada comprometido en mensajes de texto.
Llámame y nos encontraremos. Tráeme cualquier cosa sospechosa.
Esté vinculada a los negocios o a su vida personal.
¿Me estaba… reclutando para hundir a Romeo?
Fue difícil imaginarme a mi marido en la escena de un crimen haciendo algo malo. Era más sofisticado que eso. De hecho, el estúpido siempre tenía el control. Incluso cuando aplastó al copiloto Scott en el suelo del avión, parecía tranquilo y racional.
Aparté las manos de las de Madison, cogí una tarta frutal y la mordisqueé.
—¿Y si no encuentro nada? No es un libro abierto que digamos.
Madison fingió estar atormentado. No era buen actor. Había visto mejores producciones adultas en las fiestas de pijama de Sav.
—Bueno… Depende de cuánto quieras hundir a ese malnacido, siempre puedes…
crear un problema. —Se mordió una uña, un viejo hábito que siempre me había parecido desagradable—.
Ya sabes, exponer el modo horrible en que te trata.
Cualquier cosa que pueda mancillar su reputación.
Esto es importante, Dal. Si quieres sacar a Romeo Costa de tu vida, de nuestras vidas…
—Vaya, vaya, parecéis adorables juntos. —Unos aplausos lentos y sarcásticos siguieron a la voz afilada—. La Bella y la Levadura.
Era cierto que Madison se parecía un poco a la masa del pan.
Mi nuevo marido apareció, girando un vaso de whisky en la mano, con pasos largos y confiados. Se había quitado la americana durante el transcurso del evento. Llevaba las mangas arremangadas hasta los codos y sus antebrazos musculosos estaban expuestos.
Iba ligeramente despeinado. Tal vez Morgan lo había alborotado mientras desaparecían juntos en una de las veintitrés habitaciones de huéspedes para un polvo rápido.
Mi corazón comenzó a latir sin control después de recordar que, cuando nos separamos por última vez, había presumido del anillo de compromiso de Madison. Y él seguía sentado a mi lado.
Peor aún, Madison extendió una mano sobre mi rodilla, desafiando a Romeo con una mirada imperturbable.
—Tengo los ojos puestos en ti, Costa.
—Tus ojos no son de mi incumbencia. Sin embargo, tu brazo es otro asunto. Si aún deseas que esté unido al resto de tu cuerpo, te sugiero que lo retires del regazo de mi esposa.
—Tu esposa. —Madison resopló. Aun así, obedeció, dejando caer las manos entre sus piernas—.
Ella es solo una manera de vengarte de mí por fortalecer nuestros lazos con el Departamento de Defensa y presentar un plan de defensa demasiado bueno para rechazarlo y un veinte por ciento más barato que lo que ofrece Costa Industries.
—Primero, te sugiero que uses puntuación. Ha sido una frase muy larga. —Romeo parpadeó, como si Madison hubiera hablado en otro idioma—. Segundo, no he terminado.
—¿No?
Romeo escupió su chicle. Era la primera vez que lo veía desprenderse voluntariamente de esa cosa.
—Considera esto mi primera y última advertencia. Cada vez que te acerques a mi esposa, te romperé un hueso diferente. Estoy pensando en comenzar con el fémur, aunque estoy abierto a cambios.
Madison se levantó. El calor subiéndole por el cuello.
—Descarada. Después de todo lo que nos has hecho a mí y a Dallas…
Romeo le robó el asiento a Madison y se quitó una pelusa de la manga de la camisa.
—Por favor. Este último año, no ha habido un solo evento al que ambos hayamos asistido en el que no hayas terminado la noche dentro de una rubia alta que cobra por horas.
La mandíbula de Madison se tensó. La movió de un lado a otro.
—Dallas y yo teníamos un acuerdo. —Aunque no existía tal acuerdo, no me inmuté.