Capitulo diecinueve #2
Una consecuencia directa de la dependencia de Senior de ingenieros y expertos con conocimientos viejos y sin experiencia en el campo.
Senior no solo había soltado el balón. Lo había dejado rodar hasta el campo de nuestro enemigo.
Durante mis años de carrera en el MIT, él había decretado que mi título de ingeniero era un desperdicio dado que Costa Industries tenía un ejército de ellos, sin embargo, ahora mismo la situación estaba así. Llevábamos una década de atraso.
—Madison tiene razón. Nuestra sangre es vieja. Tenemos los dientes débiles. —Golpeé el vaso contra la mesa y miré a Senior a los ojos—. Hazme tu CEO y te daré un arma magnífica. Hablo de destrucción a nivel nuclear.
—Romeo. —Bruce tragó con dificultad. Él quería el dinero. Los dos sabíamos que Senior pronto tendría que tomar una decisión: y esa decisión sería nuestra salvación o nuestra perdición—. Deberías consultarlo con la almohada. Como mínimo…
—Primero te veremos caminar hasta el altar, hijo. —Mi padre intentó cortar su pastel y fracasó una vez más. Sin duda era su enfermedad. Su tenedor tintineó en el plato cuando intentó sujetar su bebida—. Y luego lo pensaré con seriedad.
No soy tu hijo. No lo soy para lo que importa.
Apreté el chicle entre los dientes. Además de querer que la dinastía Costa continuara, Senior también veía mi reproducción como un entretenimiento para su esposa.
Suponía que, si me chantajeaba para casarme, tendría hijos, una familia, algo que mantuviera entretenida y satisfecha a Monica.
Ella quería nietos, vacaciones de Navidad y felicitaciones dignas de una película.
La familia que nunca había tenido porque mi padre estaba demasiado ocupado acostándose con cualquier mujer de la Costa Este que llevara falda como para prestarnos atención.
Monica alzó su vaso.
—¿Romeo?
—¿Sí?
—¿Dónde está Dallas?
Buena pregunta. Se me había ido de la mente. Y ella probablemente se habría escapado.
Dado que había una posibilidad razonable de que la respuesta estuviera huyendo para vivir en el bosque con una familia de tejones, lancé mi servilleta sobre el plato y me puse de pie.
—Iré a buscarla.
Monica se tocó la garganta.
—Miradlo. No he visto a Rom tan interesado en nadie desde Morgan.
Morgan.
Ni siquiera me molesté en mirar si Galletita estaba en la cocina, en el jardín o en la biblioteca de Senior.
Sabía con exactitud dónde la encontraría y subí la escalera de dos en dos.
Giré en el pasillo inmenso de caoba y abrí la puerta de mi habitación.
Por supuesto, Dallas estaba allí, sentada al borde de mi cama, hojeando un álbum de fotografías viejo.
Morgan y yo de vacaciones en Aspen. Morgan y yo en Nueva York.
Morgan y yo besándonos. Abrazados. Existiendo en nuestro propio universo diminuto.
Ella no alzó la vista, ni siquiera cuando entré y cerré la puerta.
—¿Por qué no te casaste con ella? —Su voz sonaba lejana, en otra galaxia—. Con Morgan. Salta a la vista que aún la quieres.
¿Qué me había llevado a pensar que no lo asumiría?
Mi viejo cuarto era un altar para mi exnovia.
Álbumes de fotos. Fotografías enmarcadas.
Entradas de conciertos a los que habíamos ido.
Recuerdos de lugares exóticos que habíamos visitado.
Me negaba a eliminar la evidencia de que alguna vez había sido un humano completamente funcional.
El rostro de Morgan estaba grabado en cada centímetro de este cuarto.
Su complexión de bailarina esbelta. Su sonrisa con hoyuelos.
Era tan encantadora como un día otoñal perfecto.
Brillaba en todas las áreas en las que fracasaba mi prometida actual.
Me acerqué a mi futura esposa, le quité el álbum de las manos y lo guardé otra vez en el cajón de la mesita de noche, su sitio habitual.
Por mí podrían quemar cada recuerdo de Morgan hasta los cimientos y mearse en los restos para evitar un incendio.
Me había recuperado por completo de nuestra relación de cinco años y del compromiso roto sucesivo, pero no podía destruir la evidencia de que nuestra relación o los miembros de mi supuesta familia malinterpretarían el motivo.
—Casarme con ella no era una opción.
Sobre todo porque la había echado de nuestro penthouse desnuda el día en que nuestro compromiso se había disuelto y luego había pedido una orden de alejamiento cuando no dejaba de presentarse en mi puerta suplicando que la perdonara.
—Aún estás enamorado de ella, ¿verdad? —Dallas inclinó hacia arriba su rostro encantador, parpadeando con esas pestañas oscuras rizadas que la hacían parecer un animal de Disney.
La negación apareció en la punta de mi lengua antes de que me diera cuenta de que, si decía que sí, le ahorraría a Galletita el dolor de un corazón roto cuando me deshiciera de ella.
Su cuerpo ya estaba demasiado en sintonía con el mío.
Debajo de la veta rebelde había una mujer joven capaz de dar mucho amor.
Un amor que yo no correspondería. Era mejor dejar claro que no seríamos más que una transacción de negocios.
—Sí —me oí decir.
Por primera vez en años, casi se me escapa una risa genuina. Yo. Enamorado de Morgan. Prefería al Diablo.
Dallas tragó con dificultad. Asintió, sujetó la tela de su vestido y se puso de pie.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Madison es el dueño de tu corazón?
Eso es lo que Frankie había dicho. Quería husmear más en el tema. No porque me importara, sino porque necesitaba saber si debía vigilar a Dallas. Que no tuviera sentimientos por ella no implicaba que fuera receptivo a un escándalo que estremecería a D. C. hasta los cimientos.
Ella se detuvo en la puerta, de espaldas a mí.
—Tu compañero de trabajo y su esposa están a punto de acabar con mi paciencia. —Ignoró mi pregunta—. Me gustaría irme a casa en diez minutos.
Hubiera insistido, pero no pude reunir el coraje suficiente.
—Llamaré a Jared.