Capítulo veinte
Dallas
Al menos, podía estar tranquila de que la falta de civilidad de mi prometido se extendía a todo el mundo.
Jared se detuvo en frente de la mansión cerca de la medianoche. Mi futuro marido se quitó el cinturón de seguridad con el rostro aún enterrado en la pantalla de su teléfono, leyendo un artículo en Forbes Money.
—Jared —gruñó Romeo, tocando la manija—. Quédate cerca. Iré al penthouse en una hora.
Ni un «por favor».
Ni un «gracias».
Y me di cuenta de que este hombre patético, que acaba de confesar estar enamorado de su ex, esperaba que le hiciera una mamada antes de retirarse a su cuartel de soltero. Encima como recompensa por mi buen comportamiento.
Podía informarle de que se equivocaba… O podía enseñarle que era más que un cervatillo inocente y ahuyentarlo hasta la boda.
Por primera vez en la vida, escogí la educación.
En la puerta, el silencio vibraba como una banda sonora dramática.
Él abrió y me dejó pasar.
—Tu postura estuvo mal, pero después actuaste bien.
Supuse que era su versión de un halago. Con razón Morgan lo había dejado. El hombre era tan cálido como Urano.
Me quedé en silencio, concentrada en irme hecha una furia hasta mi habitación sin apuñalarlo. Una victoria a mi criterio. Él me siguió un paso por detrás.
—De hecho… —Me giré y coloqué una mano en su pecho. Sus pectorales se movieron debajo de su camisa. Para variar, parecía un poco más consciente de mi existencia—. ¿Podrías traer nata montada de abajo? —Me mordí el labio inferior—. Siempre he tenido esa fantasía…
Él adoptó una expresión malhumorada.
—No.
—Romeo, Romeo. —Entrelacé los brazos sobre sus hombros y presioné mi cuerpo contra el suyo. Estaba rígido en todas partes. En todas partes. La pobre Morgan tal vez tenía su corazón, pero al parecer, su pene era propiedad comunitaria—. Es mi sueño.
Apartó mis brazos de su cuerpo.
—Encuentra uno mejor.
Con mi mirada más soñadora y pura, la que siempre lograba que mi padre hiciera lo que yo quería, susurré:
—Es mi primera… experiencia.
Eso pareció funcionar.
—Podría ser la última si continúas actuando como una malcriada. —Se giró y bajó malhumorado a la cocina.
Cielos.
Había obedecido. Mamá tenía razón. Los hombres son más básicos que un vestido negro clásico.
Me apresuré a ir a mi cuarto, me puse la lencería rosa pálido que tenía lazos de satén entrecruzados alrededor del pecho.
«Gracias, Cara, por enchular mi máquina».
Romeo apareció unos minutos después con una lata de nata montada en la mano.
Era cómico ver al hombre más serio y formal que había conocido sosteniendo algo tan… aleatorio.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo.
—¿Cara te lo compró?
—Sí. —Me obligué a sonreír—. ¿Te gusta?
—Me gustará más cuando esté roto en el suelo. —Depositó la crema en mis manos—. De rodillas. Ya, señorita Townsend.
—¿Podrías… desnudarte primero? —Tragué con dificultad, fingiendo timidez—. Nunca he estado completamente desnuda delante de un hombre.
—La desnudez total no será necesaria para lo que tengo en mente.
Había un grito atascado en mi garganta. Qué egoísta. Su ego necesitaba un código postal propio, un programa de entrevistas y un harén de agentes.
—Solo… recuéstate en mi cama, ¿vale? —dije.
—Preferiría estar de pie.
—Si no vas a ceder, preferiría no hacer nada —repliqué. Luego, para ocultar mi plan, suavicé las formas—. Hasta ahora, todo lo que hemos hecho ha sido bajo tus condiciones. Esto es importante para mí. Y necesito sentir que yo también puedo elegir.
Romeo frunció el ceño, considerando mis palabras, y por fin cedió.
—Si te aprovechas de mi buena voluntad te aseguro de que te recordaré que carezco de ella.
Con rodillas temblorosas, esperé a que estuviera recostado sobre mi colchón antes de montarme en su cadera angosta. Él me miró, la indiferencia dejó espacio a un destello de deseo en sus ojos color niebla.
—Todo es tan nuevo y extraño para mí. —Me lamí los labios, sintiendo que me sonrojaba, porque eso no era mentira. Toqueteé los botones de su camisa y los abrí con dedos temblorosos.
—He dicho que no me desnudaría.
—Yo también lo haré. Te lo prometo. —Me atasqué en sus gemelos. Él se ocupó y se los quitó con un gruñido impaciente. Vacilé—. Espero no decepcionarte.
—Aunque no soy fan de tu personalidad, pagaría una buena suma de dinero por verte sentada respirando —admitió con voz más áspera—. Solo necesitas existir para que tenga una erección, así que no te preocupes por eso.
Tristemente, fue lo más dulce que me había dicho.
Su camisa cayó al suelo y su tronco esculpido quedó expuesto.
Sentí un cosquilleo en los dedos, que suplicaban tocar sus abdominales dignos de una escultura griega.
Piel bronceada, abdomen rígido, pectorales perfectos y músculos marcados.
Las venas que recorrían sus bíceps y sus antebrazos contaban la historia de un hombre que se mantenía en forma.
También era muy consciente de lo fácil que sería que me aplastara con su fuerza si quisiera.
Me lamí los labios, permití que mis manos recorrieran su pecho hasta su ombligo.
—Dios —susurré—. Eres perfecto.
Me cogió la muñeca cuando mi mano estaba a mitad de camino de sus pantalones. Clavó los ojos en los míos.
—Si te me sientas en la cara y dejas que te lama con la ropa interior puesta, te compraré la Ópera Astor.
No entendí la oración los primeros quince segundos. No sonaba para nada como él. El tono posesivo. La urgencia carnal en sus ojos, que en general estaban muertos como los de un tiburón.
—Mmm… ¿Qué?
—Te la compraré. —No parpadeó, mi muñeca aún estaba en su mano—.
Podrás hacer lo que quieras con ella. Cancelar el baile de debutantes.
Quemarla hasta los cimientos. Derrumbarla y construir un centro comercial de mal gusto como represalia por la forma en que Chapel Falls te juzgó la noche del baile.
Todo el pueblo sabrá que tu marido te lo compró solo porque te gustaba.
Me ardían los ojos, tenía el corazón en la garganta. Hablaba en serio. Como diría mi padre, estaba en sus cabales. No tenía sentido recordarle que él era la razón por la que ahora era una paria social.
—La Ópera Astor no está en venta —dije cuando logré encontrar la voz—. Le pertenece al amigo de mi padre, Paul Dunn…
—Todo está en venta si ofreces más de su valor. Pon a prueba la teoría tu misma. Siéntate en mi cara, Dallas, y te daré cualquier cosa que desees. Te compraré esa fábrica de galletas japonesas si me dejas darme un festín con tus fluidos.
Lo miré con curiosidad, el entusiasmo recorría mis venas. Mi sexualidad tenía un gran poder sobre él cuando bajaba la guardia. Lo cual, hasta ahora, solo había ocurrido una vez.
—Pero ¿después irás a tu penthouse ? Después de que…
—Sí. —Tomó consciencia y me soltó la mano, como si fuera fuego—. No confundas la lujuria con enamoramiento. La lujuria es un impulso. El enamoramiento es un sentimiento. Yo no tengo sentimientos por ti.
Coloqué la mano sobre la cintura de su pantalón.
—Entonces preferiría hacer las cosas a mi manera.
Esta vez, no vacilé. Le bajé la cremallera y me puse de rodillas mientras él se los quitaba.
Apareció su ropa interior negra. El elástico decía Givenchy.
Era tan rico que sospechaba que se limpiaba el culo con sábanas de seda egipcia.
El contorno de su miembro me hizo la boca agua.
Por un segundo, consideré de verdad probar un poco.
Era largo y grueso, la forma de su punta perfecta era evidente a través de la tela lujosa.
Qué curioso que todas mis amigas casadas me hubiesen dicho que los penes eran un insulto a la vista.
El pene de mi prometido me parecía bastante atractivo.
Su única desventaja era que estaba pegado a un idiota.
—Galletita. —Su tono contenía una advertencia.
—¿Mmm?
—Ojo por ojo. Quítate el top antes de que lo haga yo.
Aparté la vista de su pene y desabroché las cintas de satén rosado que mantenía intacta mi modestia.
Sus ojos se encendieron de deseo cuando las dos cintas cayeron sobre su pecho.
Sujetó mi cintura, me alzó en el aire y me apretó de modo que mi vagina empujara su miembro vestido, arrastrándome a lo largo de su pene con un siseo doloroso.
Mi mente dio vueltas con el anhelo estúpido y la adrenalina. Hora de actuar antes de que me ahogara en la dulce tentación y le diera lo que quería. Lo único que él quería de mí. Cogí una cinta e intenté ligar su muñeca al poste de mi cama, detrás de su cabeza.
Ahora que no estaban unidos por hilos frágiles, mis pechos colgaban, redondos y duros, balanceándose de un lado a otro mientras lo ataba todo lo rápido que podía.
—No me atarás.
—Ay, por favor. —Incliné un pezón hacia su boca, sabiendo que lo succionaría—. Es probable que lo haga mal. Dame el placer.
Romeo estaba tan concentrado intentando capturar un pezón entre los dientes cuando me incliné que me permitió atarle la muñeca izquierda al poste.
—Tienes la tendencia a arruinarlo todo —murmuró sobre mi pecho mientras lo lamía. Los escalofríos recorrían mi cuerpo.
—Ahora la otra mano.
Me incline más, mi estómago estaba plano contra su pecho rígido mientras ataba su otra muñeca con firmeza a mi cama.
Él puso sus labios húmedos y ardientes sobre mi pezón y se metió casi todo el pecho en la boca.
Me estremecí ante la calidez, mis palmas cayeron a sus hombros.
El camisón estaba húmedo entre mis piernas.
Me sentía vacía. Enloquecida de necesidad.
Deslicé los dedos por su pelo grueso y negro mientras inclinaba la cabeza hacia atrás con un gemido.
Sus dientes rozaron mi pezón al mismo tiempo que su boca lamía la punta.
Me balanceé contra su pene, sabiendo que le dejaría la ropa interior mojada.
—Las cosas que te haré, Galletita…
Mi apodo me devolvió a la realidad. Recordé sus palabras en el baile de debutantes.
Enderecé los hombros, me aparté, moví las piernas y me puse de pie junto a la cama.
Romeo intentó incorporarse, contrayendo sus abdominales magníficos, pero vio el buen trabajo que había hecho con los nudos. Su cabeza cayó sobre las almohadas. Alzó una ceja oscura, tranquilo.
—Cuidado con la nata, señorita Townsend. Detesto la suciedad y el desorden y, a juzgar por tu torpeza, tu puntería deja mucho que desear.
Abandoné la actuación, puse los ojos en blanco y tiré de la cinta que lo ataba a mi cama para garantizar que no se movería.
—Con razón Morgan te dejó. Como pareja, apestas más que el interior de la gorra de un adolescente.
Abrió la boca, a punto de decir algo, pero le demostré que no me importaba dándome la vuelta y cogiendo la lata de nata montada.
Avancé hacia él, balanceando la cadera de forma seductora.
Mis pechos aún estaban expuestos, pero por algún motivo, no sentía nada de vergüenza.
El hombre trataba mi aspecto como si fuera mi debilidad al intentar dominarme en contra de mi voluntad.
Bueno, ahora había convertido mi debilidad en mi fortaleza.
Noté un par de cicatrices en los laterales de su caja torácica. Eran viejas, rosadas y bastante grandes en contraste con su piel bronceada. La curiosidad me subió por la garganta, pero sabía que, si preguntaba, me arrancaría la cabeza con los dientes.
Romeo adoptó una expresión sombría.
—No me pongas a prueba, Galletita.
—¿Por qué no? Si nunca te has contenido al momento de castigarme.
—Le dediqué una sonrisa edulcorada, sujeté la cintura de su ropa interior y tiré.
Su pene quedó expuesto, pesado, latente y grande.
Era enorme. ¿Quería que me lo pusiera en la boca?
Apenas podría meterlo en mi maleta. Quizás Morgan había anulado el compromiso porque él le había roto la mandíbula con eso—.
Ah, olvidé mencionarlo. —Sacudí la lata, observando a mi futuro marido intentar liberar las muñecas, retorciéndose como una bestia enjaulada—.
Fui girl scout toda mi infancia. Efecto colateral de haber sido criada como una puritana.
Sé hacer nudos de memoria, con una venda en los ojos, y una mano atada a la espalda.
Perdona el juego de palabras. —Le guiñé.
Entrecerró los ojos. Luchó aún más, hizo temblar toda la cama.
Las cintas de satén se clavaban en su carne y creaban brazaletes rojos en su piel—.
¿Por qué siempre estás comiendo chicle? —pregunté, de pie a una distancia segura.
—Apretó la mandíbula—. Respóndeme y tal vez te deje ir —mentí.
—No lo harás. Y aunque lo hicieras, no negocio con terroristas.
—Es una obsesión.
—Un mecanismo de afrontamiento.
—Como el silencio en tu casa. Tu idea del paraíso es el infierno de la mayoría de la gente.
—El infierno tiene mala reputación. Está soleado todo el año, lleno de vecinos interesantes y no hay misa los domingos. —¿Ahora quería discutir de religión? Sin duda se dirigía al nadir del cosmos.
Sin más dilación, apunté la boquilla de la lata hacia su entrepierna y presioné; rocié una nube espesa y esponjosa de nata sobre su pene y sus testículos. El frío hizo que su piel se erizara con escalofríos. Inhaló con un siseo.
Romeo me fulminó con una mirada asesina.
—Ya te has divertido. Ahora desátame o te enfrentarás a graves consecuencias.
Solté una risa.
—Me chantajeaste para que me casase contigo, destruiste mi reputación y te cargaste mi relación con mi padre.
¿Qué más puedes hacer? —Apunté la lata a su pecho, le cubrí los pezones y luego dibujé una sonrisa en sus abdominales—.
Oh. Estás adorable. No puedo esperar a que Hettie o Vernon te encuentren así.
Alzó las cejas hasta el nacimiento de su pelo.
—Dallas, si no me liberas ahora mismo…
—La libertad tiene un precio, amiguito. Tú me lo enseñaste.
Esa tarjeta de crédito que me diste será útil esta noche.
—Me aparté, cogí un vestido que me había comprado del suelo y me lo puse—.
Pasaré la noche en un hotel. Pediré servicio de habitaciones.
Quizás postre. Ni siquiera tenía hambre cuando visitamos a tus padres.
—Me acerqué a él y dejé la lata en su mano atada antes de susurrarle al oído—: Dominado con nata montada.
—Chasqueé la lengua, del mismo modo que él había hecho la noche en que nos conocimos—. Cómo han caído los poderosos.
Mi paso era alegre cuando me dirigí a la puerta, sabiendo que Romeo permanecería donde lo había dejado, cubierto de nata pegajosa, hasta que llegara el amanecer y su personal fuera a la mansión.
Antes de irme, incliné las rodillas en una reverencia burlona e, imitando su modo pomposo de hablar y su acento adinerado de Potomac, dije:
—Quizás nos volvamos a ver el siglo que viene, lord Costa. O el siguiente.
No respondió.
Público difícil.
Estaba segura de que mencionarían este momento en mi Día del Juicio Final.