Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo dieciocho
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Capítulo dieciocho

Romeo

Pensándolo mejor, me arrepentí de la compra.

Me pasé todo el camino a casa de mis padres mirando a mi futura esposa, preguntándome si la habían criado los lobos. Las piernas largas y esbeltas de Dallas estaban plegadas debajo de ella como el exceso de tela de un vestido nuevo.

Partió una galleta Oreo y lamió la crema con un gemido, y la acompañó con el champán vintage que compartíamos.

—¿Sabías que en Japón tienen galletas de whisky con chocolate y de café? Me gustaría probarlas alguna vez.

Lo único que imaginaba era mi semen reemplazando la crema de la Oreo, mojando sus labios suculentos.

Me enfurecía que, por un instante, le había creído cuando dijo que era alcohólica. Iba tan recta como una flecha. Era perezosa, malcriada e imprudente, sin duda. Pero su único vicio parecía ser la comida que la llevaría a los brazos de la Diabetes tipo 2 y a una muerte prematura.

Por desgracia, Dallas interpretó mi mirada fulminante como una invitación a conversar.

—¿Por qué tu padre tiene tantas ganas de que te cases? —Tiró una Oreo sin crema a la basura y cogió otra y la abrió solo por el relleno.

No me molesté en preguntar cómo lo sabía. Las cámaras de mi oficina la habían descubierto revisando mi escritorio en 4K Ultra HD.

—Porque le gusta el control tanto como a mí y sabe que, si dependiera de mí, tendría antes un oso de mascota que una esposa.

—Viva yo. —Lamió la crema. Dios—. ¿Y por qué le obedeces?

—Porque usa la empresa que quiero heredar como zanahoria y no la perderé a manos de Bruce, un adulador enfermo detestable.

—Cuéntame más sobre Bruce.

Dejó de lamer la crema y me observó, con interés creciente. Era la primera vez que no había intentado activamente matarme o enloquecerme, así que le lancé otro hueso.

—Es el jefe de operaciones de Costa Industries, un idiota insoportable y, lo peor de todo, es brillante en su trabajo.

Cuando lleguemos, verás que mi padre trata a Bruce como un perro de concurso.

Senior, mi padre, conoció a Bruce un año antes de que Mónica se quedara embarazada de mí.

Llevaban años intentando tener hijos sin suerte, así que él pensaba que Bruce era su única oportunidad de continuar su legado.

—¿Y el padre de Bruce?

—Irrelevante. Es dueño de un imperio farmacéutico que irá al hermano mayor de Bruce y luego continuará por ese linaje.

—Entonces Bruce quiere el legado Costa.

—Exacto. Meses antes de que supiera del embarazo de Monica, Senior acogió a Bruce bajo su ala y lo contrató en Consta Industries.

Bruce ha hecho lo que ha querido desde entonces, se casó con la heredera de un imperio de moda ecuestre solo para que su padre invirtiera en los emprendimientos de Senior.

Senior quiere que seamos sus marionetas. Todo lo nuestro debe ser suyo.

Galletita se puso un mechón detrás de la oreja.

—Tu padre parece peor que el mío.

—Lo dudo.

—¿Por qué?

—Nadie decente le entregaría su preciosa hija a alguien como yo.

—Entonces admites que eres horrible. —Lo celebró con un puño en el aire.

—Admito que me falta compasión y empatía. Y por esa razón, debería haberme quedado soltero.

—¿Y tu madre?

—Le faltan agallas. Destaca por sus altos niveles de compresión.

Dallas puso los ojos en blanco.

—Solo quería saber si tenéis buena relación.

—Para nada. —Bebí un sorbo de champán—. No es nada especial.

—¿No debería ser ella tu hogar?

Dios, Dallas volvía a parecer sacada de un libro infantil.

—Ya basta de charla, Galletita. Tu objetivo esta noche es deslumbrar. La terapia gratis es redundante.

Dallas suspiró.

—Es horrible, ¿no? A fin de cuentas, solo somos el producto de las ambiciones, los principios y los deseos de nuestros padres.

Una colección de recuerdos, errores y anhelos inexplicables para complacer a quienes nos dieron la vida.

Míranos. —Miró por la ventana, sus labios perfectos hacia abajo—.

Los dos nos hemos visto atrapados en un compromiso que no queremos por culpa de nuestros padres.

La miré, el bloque de hielo que rodeaba mi corazón empezó a derretirse. Era la primera cosa profunda que decía y me pregunté qué otras cosas interesantes llenaban esa cabeza o si había sido un discurso accidental que había memorizado de casualidad.

Dallas se apartó, probablemente asustada de que estuviera a punto de hacerla tener otro orgasmo, mi nuevo pasatiempo favorito, aunque eso me hiciera miserable.

—¿Por qué me miras así?

—Porque —dije mientras el coche se detenía frente a la residencia de mis padres— creo que, sin quererlo, acabas de decir algo que tiene sentido.