Capítulo diecisiete
Romeo
Las señales de advertencia brillaban mucho, desafiándome a que les prestara atención.
De hecho, estaba tan satisfecho observando el rubor dorado de mi futura esposa, su cuello tentador, sus pechos firmes y su belleza macabra que bajé la guardia.
Era atractiva, incluso con su vestido manchado. Tan joven, inocente y viva. Acariciarle las tetas fue como verter tinta sobre nieve fresca. Como el pecado perfecto. Corromper lo incorrupto.
Firmamos el acuerdo prenupcial sin más complicaciones. Galletita leyó cada palabra, escribió su nombre en las líneas punteadas, escuchó y asintió cuando era apropiado. Era la primera vez que había dado señales de raciocinio.
Esa debería haber sido mi primera alarma.
Su vigor regresó en todo su esplendor cuando nuestros abogados se marcharon y Cara llegó con un trillón de conjuntos nuevos. Galletita recibió una mirada exhaustiva de Cara, de cincuenta y siete años, luciendo un anillo de bodas. Se cuadró de hombros.
Mi futura esposa tenía la expresión impasible de un cachorro.
—Esta ropa es un insulto para los ojos. Parecerá que juego a disfrazarme de alguien de sesenta años. —Dallas lanzaba vestidos de cachemira y jerséis tejidos a mano al suelo de madera mientras escogía un atuendo para la cena.
Mi temperatura corporal subió. Detestaba el desorden.
Cara permanecía cerca de Dallas, ofreciéndole distintos atuendos.
Hettie se unió a la fiesta y reía cada vez que Dallas ponía a prueba la paciencia de Cara.
Sospechaba que se habían hecho amigas rápido en el tiempo que yo había estado en el penthouse de Woodley Park. No me importaba. Me alegraba de que Galletita tuviera alguien con quien hablar. Porque esa persona no sería yo.
Sin embargo, no me fascinaba tener un asiento en primera fila para este espectáculo.
Cara recogió una prenda con estampado escocés.
—¿Qué tiene de malo este vestido?
Dallas sacó la lengua como una niña, solo para molestarme.
—Parece que estoy a punto de empezar un monólogo diciendo que han pasado ochenta y cuatro años desde la última vez que vi a mi amor.
Hettie, que había captado la referencia a Titanic, cayó al suelo sujetándose el estómago de la risa.
Cara, nerviosa, colocó los puños sobre la cadera.
—Es el decimosexto vestido que te pruebas, jovencita. Es un atuendo maravilloso. Un clásico. Cuesta una fortuna No escuché quejas cuando Romeo se lo compró a su ex…
No terminó la frase, pero fue suficiente para que apareciera la molestia en el rostro de Galletita.
—Bueno, entonces que se case con ella.
No, gracias.
Escogería a Dallas antes que a Morgan cualquier día de mi maldita semana.
Después de cuarenta minutos de espectáculo, le arrebaté un vestido de la mano a Dallas.
—Si no escoges uno, lo haré yo. ¿Me atrevo a sospechar que tenemos gustos diferentes?
Una mirada fulminante y violenta tiñó sus mejillas.
—Quiero que me dejéis sola. Iros, todos.
Será un placer.
Esperé en el pasillo, pegado a mis mensajes.
Ollie vB: De todas formas, esa bruja necesitaba un cambio de imagen.
Zach Sun: Odio darte esta noticia, pero vas a casarte con la versión femenina y virginal de Oliver.
Romeo Costa: Zach, cariño, ¿seguro que estás programando y no aspirando cocaína?
A mi lado, Hettie silbó.
—Dios. Mío.
Me guardé el móvil en el bolsillo y alcé la cabeza. Galletita bajaba por la escalera, y me recordaba por qué la había secuestrado.
Por primera vez en la vida, me arrepentí de mi regla de no tener sexo. Imaginar a esa mujer inexperta e inocente retorciéndose debajo de mí mientras le quitaba la virginidad sería lo mejor de mi última década, o de mi vida.
Mi futura esposa estaba sensacional.
El amplio escote se deslizaba más allá del corpiño de su vestido, que parecía oro macizo. Su cintura diminuta se balanceaba mientras caminaba, guiando la cola larga que rozaba el suelo. Un moño suelto acababa el look , mechones de cabello oscuro enmarcaban su rostro.
Era tan absurdamente preciosa que observaba cada uno de sus movimientos como si fuera una Fata Morgana. Sin embargo, incluso la señorita Townsend, por seductora que fuera, no podía romper la regla de no tener herederos.
Dallas llegó al último escalón, donde empujó su bolso Chanel contra mi pecho. Lo cogí para que estuviera contenta. Si llevarle el bolso esta noche implicaba que se portaría bien, estaba dispuesto a actuar como un caballero.
—Cogeré un tentempié para el camino. Llevo dos horas sin comer.
¿Dónde metía tanta comida?
—Date prisa y ten cuidado de no manchar el vestido.
Empezó a dirigirse a la cocina, pero se detuvo con el ceño fruncido.
—¿Tu familia es horrible? Necesito saber si debo acompañar la comida con alcohol del fuerte.
—Tómate un par de tragos. De hecho, trae la botella. La compartiremos.