Capítulo doce
Dallas
El impulso de huir hacia Chapel Falls me electrificaba los talones.
¿A quién le importa si causaba un escándalo?
La palabra hacía tiempo que había perdido todo su significado, desde que mi padre la usaba para describirlo todo. Desde el incidente del flan hasta lo que pasó en el viaje familiar a Aspen. Si quería que lo tomara en serio, necesitaba ser más selectivo en su uso.
Entonces recordé a mi hermana y a mi madre.
Podría sufrir si eso significaba que ellas no se verían obligadas a hacerlo.
Tirada en una lujosa cama con dosel, di vueltas y vueltas durante horas hasta que mi edredón, alguna vez mullido, se aplanó debajo de mí. A solas, en una habitación que olía diferente, parecía diferente y se sentía diferente, un colapso debería haber sido inevitable.
Pero nunca lloré.
Según mi madre, salí de su vientre sin derramar una sola lágrima, ni siquiera cuando la enfermera me pellizcó.
Echaba de menos a Frankie y a mi madre, y (patéticamente) incluso a mi pobre excusa de padre. Tanto que mis pulmones parecían haberse convertido en una máquina de pinball , cada respiración rebotaba con un dolor agudo.
Izquierda. Derecha.
Izquierda. Derecha.
Y, aun así, no podía llorar.
El reloj de la mesita de noche marcaba las doce y media.
Llevaba tirada en la cama desde que Romeo me había dejado tirada en su puerta.
Me había dirigido directamente al segundo piso y había escogido el cuarto que quedaba más alejado de la habitación principal.
Ni siquiera soportaba compartir código postal con él, pero tendría que conformarme.
Con los ojos apretados, conté ovejas. Cuando no funcionó, idee formas de hacerle pagar. Al final, me sumí en un sueño pacífico.
***
Las balas brotaron de la boca de una ametralladora, estallando en el aire.
Bum. Bum. Bum.
Aguantando la respiración, esperé a que una alcanzara su destino previsto. El corazón marchito de la bestia que me había capturado.
Bum. Bum. Bum.
Abrí los ojos de golpe, estaba bañada en sudor. Lo veía todo lleno de puntitos blancos. El reloj marcaba las doce y media. Tardé varios segundos en darme cuenta de que había dormido un día entero.
Miré la puerta con furia, como si revelara al culpable que me había despertado antes de la mejor parte de mi sueño. Otro golpe sacudió su marco.
La luz de la tarde se filtraba a través de las cortinas de mi nueva habitación, calentando mi piel.
—Adelante. —Me tapé con la manta hasta el mentón.
Un hombre con la ropa llena de barro entró dando tumbos. La tierra manchaba su mejilla, un mechón de pelo blanco brotaba de su cuero cabelludo en todas direcciones. Tenía la sonrisa fácil y genuina de alguien que no albergaba segundas intenciones.
—Hola, querida. Soy Vernon. —Se detuvo al pie de mi cama—. No tengas miedo. Tengo una nieta de tu edad. La idea de que me tenga miedo me destrozaría.
Subí más la manta.
—¿Por qué estás aquí?
—Soy el encargado del señor Costa. —Me miró con interés descarado—. Solo quería presentarme, ya que nuestros caminos se cruzarán. Hay comida en la cocina. Hettie prepara tres comidas al día. También hay tentempiés.
—Gracias.
Vernon aún no se movía.
Yo aún no enseñaba la cara.
Se había dado cuenta de que algo no iba bien. Que yo no estaba allí por voluntad propia.
—Romeo es un incomprendido, pero un hombre fenomenal. —Se mordió el labio—. Un alma preciosa y complicada. Una vez que se abre.
—No tengo ninguna intención de abrirlo. —A menos que se refiriera a cortarlo con un cuchillo de carne.
Vernon vaciló. Luego, sacó una rosa blanca común del bolsillo trasero y la dejó en mi mesita de noche. También tenía las uñas llenas de tierra. Encontré este pequeño detalle extrañamente reconfortante.
—¿Conoces Venus et Fleur?
Asentí.
—Es un tipo de rosa que dura un año.
A mi madre le encantaban. En cada festivo, las regalaba a vecinos, familiares y amigos.
A Vernon se le iluminó la cara.
—Una rosa puede vivir hasta treinta y cinco años con el cuidado adecuado y las condiciones climáticas. ¿Alguna vez has pensado lo triste que es que la mayoría no lleguen al invierno?
Negué con la cabeza.
Me preocupa más no sobrevivir al otoño.
Al ver mi falta de atención, Vernon carraspeó.
—Me dedico a la hibridación de flores. Logré combinar dos especies de rosas para crear algo bastante fuerte.
Me enderecé y pegué la espalda al cabecero de la cama.
—¿Fuerte cómo?
¿Veneno?
El atractivo de llevar a cabo una venganza lenta y mortal debería haberme aterrorizado. Normalmente no era tan violenta. Por Romeo, haría una excepción.
—Ahí está. —Una sonrisa aliviada se extendió por el rostro de Vernon. Tenía la sensación de que no estaría tan contento si pudiera leerme el pensamiento—. Esta rosa puede vivir seis meses sin un ápice de sol o calor. Quizás incluso más. El tiempo perfecto para enamorarse.
Mi emoción se desvaneció, encorvando mis hombros y nublando mi rostro.
—Nadie se está enamorando en este lugar.
—El hecho de que tú no lo planees no significa que no vaya a suceder.
—Vernon inclinó la cabeza—. Toma mi rosa como ejemplo.
Puede sobrevivir a las condiciones más duras y aun así florecer.
Tal vez tú también puedas. —Me contuve de dar mi opinión.
No tenía sentido desahogarme con el pobre hombre.
Vernon se alejó sin apartar la mirada—. Bueno, si el señor Costa te causa problemas, sabes dónde encontrarme. Cuida esa rosa por mí, ¿vale?
Cuando se marchó, pateé las sábanas y cogí la rosa, dispuesta a romperla.
¿Enamorarme? Y una mierda.
Tendría suerte de no deprimirme. Solo cuando rodeé con los dedos su tallo delicado noté que yo no era Romeo, quien había aplastado una rosa con el pie en el jardín. No quería matar algo precioso solo porque podía hacerlo.
Y la rosa era muy bonita.
—Tienes razón.
Con un gruñido de frustración, entré al baño en suite , cogí el frasco de hisopos y lo llené de agua fresca. Coloqué la flor dentro y la puse en mi mesita de noche.
La rosa sobreviviría.
Incluso si mi vida había terminado.