Capítulo trece
Dallas
Las jaulas no están hechas de barras. Están hechas de pensamientos, expectativas y miedo.
Mi cita favorita, ahora arruinada por Romeo Costa, que convirtió en mentiroso a Henry Plotkin.
La jaula de Romeo era un palacio corintio hecho de plazas empedradas, pavimentos antiguos y revestido en oro. Un hogar limpio y ordenado. Con un suelo tan impecable que podrías comer en él.
Cuando me quedé sin habitaciones que explorar, salí al jardín y me empapé de los últimos rayos de sol entre exuberantes arbustos de lilas. Después, retrocedí hacia dentro para escudriñar cada rellano, pasillo, rincón y esquina.
El silencio inquietante hizo que se me erizara el vello de los brazos. Un silencio absoluto, total. Hasta el punto en que no podía oír nada. Ni el canto de los pájaros, ni el zumbido del aire acondicionado, ni los electrodomésticos.
Las paredes debían estar insonorizadas. Qué apropiado que mi futuro marido, que tenía capas de hielo gruesas e irrompibles alrededor del corazón, protegiera su casa de la misma manera.
No era de extrañar que me odiara. No tenía inhibiciones, mostraba mis sentimientos abiertamente y, como solía decir mi padre, se me podía escuchar desde la mayoría de los estados de América del Norte.
Alrededor de las seis de la tarde, mi estómago gruñó para recordarme que llevaba casi cuarenta horas sin comer. Desde que Romeo me había obligado a subir a ese avión y me había dado un festín de queso, galletas y pan de gamba. Era hora de explorar la habitación más importante de la casa.
Enderecé los hombros y me dirigí a la lujosa cocina. El leve olor a comida se deslizaba entre las ollas y sartenes.
Puse una mano en una tapa, aún caliente, y miré dentro. Mi expresión se desvaneció.
— Puaj.
¿Coles de Bruselas y pechuga de pollo? Sabía que este hombre no tenía corazón, pero ¿también carecía de papilas gustativas?
—¿Hay algún problema? —La voz fue tan fuerte en comparación con mi reciente existencia silenciosa que salté.
Me giré y me encontré cara a cara con una mujer. Supuse que era Hettie. Pequeña, moderna y no mucho mayor que yo; no era en absoluto lo que había esperado.
Aunque odiaba a mi futuro marido, no pude evitar sentir un poco de pánico ante la idea de que alguien tan encantador deambulara por su casa a todas horas.
Literalmente te colocó entre sus piernas y te acarició la cabeza. Deberías estar animando a estos dos a enamorarse.
Fruncí los labios, moviéndome hacia la nevera.
—Ninguno.
¿Por qué le quedaban tan bien las puntas rosas? ¿Y por qué me apetecía hacerme un piercing en el labio? A mi madre le daría un infarto.
Hettie arrugó la nariz.
—Entonces, ¿por qué has soltado un «puaj» al abrir la tapa? ¿Mi comida no es lo suficientemente buena para su majestad?
—Estoy segura de que cocinas muy bien. —Abrí la nevera de golpe—. Pero quiero algo reconfortante. Y esto es…
Ella resopló.
—¿Terrible?
Giré la cabeza para mirarla. A pesar de mi mal humor, una sonrisa tiraba de mis labios.
—Iba a decir saludable, pero… ¿coles de Bruselas? Amiga, qué duro.
Ella rio.
—Culpa a Romeo. Su dieta es muy estricta. Todo es avena y proteínas magras y verduras de hoja veinticuatro siete. Así yo también iría mostrando abdominales por la vida.
¿Quería decir eso que se los había visto? Eso encendió una chispa de interés.
—¿Eso es todo lo que le haces? —Contratar a un chef personal para que te haga pechuga de pollo y coles de Bruselas todos los días era como ir a una tienda de Chanel a comprar esmalte de uñas. A menos que estuviera haciendo algo más que cocinar.
—¡Sí! —Hettie levantó los brazos y se sentó en el taburete que había reclamado.
Su camiseta de Joy Division cortada se levantó y dejó al descubierto abdominales planos sobre sus vaqueros ajustados—.
Es terrible. Dejé Le Cordon Bleu por este trabajo.
No debía pagar alquiler y el sueldo era buenísimo, así que podría ahorrar y pagar mis préstamos estudiantiles.
Pero es demasiado aburrido hacer comida saludable y sin grasa.
¿Había encontrado a mi alma gemela?
Tal vez estaría abierta a envenenarlo lentamente.
Tomé nota mental de sumergirme en algunos libros de misterio para inspirarme.
Cerré la nevera, emocionada por la perspectiva de tener a alguien que realmente hablaba y se comportaba como si estuviera viviendo en la misma era que yo. Era como una ama de casa, solo que mejor todavía.
Y más culta.
Y probablemente se acostaba con mi prometido.
—¿Crees que podemos hacer algo más? —dije. Levantó una ceja.
—¿Qué tienes en mente?
—Patatas fritas de trufa, asado de cerdo envuelto en tocino, boniato confitado y pan de mono. —Me pasé la lengua por los labios—. Ya sabes, a modo de ejemplo.
Hettie se levantó, aceptando el desafío. En lugar de preparar la comida sola, me asignó tareas. Mientras cocinábamos, me hablaba de ella misma. Que era originaria de Brooklyn, que había viajado por el mundo en una gira gastronómica y que mataría por otra ronda.
Hablaba de Romeo con respeto y curiosidad. Como si fuera un rompecabezas sin resolver del que aún esperaba encontrar todas las piezas.
Hettie metió el pan de mono en el horno de vapor.
—¿Podemos pasar ya a los temas importantes?
Apuñalé un boniato que se suponía debía cortar en dados.
—Está bien.
—Mmm… ¿Quién coño eres tú? —Se rio—. ¿Qué estás haciendo aquí?
¿Romeo no se lo había dicho? De hecho, ahora que lo pensaba, tampoco se lo había dicho a Vernon. Añadí habilidades comunicativas deficientes a mi interminable lista de cosas que no me gustaban de él.
—Soy… Bueno, supongo que soy la prometida de Romeo. —Ella alzó las cejas.
—¿Supones?
—¿Puedes estar segura cuando se trata de hombres como él?
—Hettie vertió las patatas fritas de trufa en una cesta forrada con servilletas de papel, señalándome que las probara.
Cogí una y me la metí en la boca. El paraíso —.
¡No pareces demasiado sorprendida! —La estudié, robándole otra patata frita—.
¿Es esto algo normal? ¿Que Romeo traiga una prometida a casa?
—No. —Hettie se lamió la miel que le había quedado en el pulgar—. Pero su padre lo estaba presionando para que se casara, así que supuse que con el tiempo pasaría. Solo esperaba algo… diferente.
—¿Una novia por correo?
Ella resopló.
—Ese hombre tiene mujeres haciendo fila frente a su puerta las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Es un fastidio. ¿Puedes espantarlas con la manguera o algo así?
A pesar de mi buen juicio, solté:
—¿Por quién suele interesarse él normalmente?
Hettie frunció el ceño, poniendo la mesa con dos platos. Ella iba a compartir la comida conmigo. Se me llenó el estómago de mariposas.
—En realidad, no me consta que alguna vez haya tenido novia.
Pero las mujeres que suelen acompañarlo a los eventos son un poco engreídas, supongo.
Faldas de tubo y abonos para la ópera. Apenas dicen una palabra, y sin duda no se deleitan con patatas fritas de trufa.
Aunque no debería importarte. Él nunca las trae a casa.
—Ella hizo un gesto para señalar a nuestro alrededor—.
Supongo que está demasiado asustado de que ensucien o algo así.
Registré esta información como crucial. Tenía la intención de ser especialmente ruidosa, inculta y vulgar solo para fastidiar a mi novio maniático del orden. Nos centramos en la comida, que estaba deliciosa. Gemí y me gané una sonrisa de Hettie.
—Delicioso, ¿verdad?
Asentí.
Prácticamente era lo único decente de este lugar.