Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo ocho
13%

Capítulo ocho

Dallas

Me vengaría de él. Pero primero, necesitaba encontrar mi lugar en Potomac.

Ya tenía un plan. Conocía a alguien allí.

Madison. Nunca habíamos roto oficialmente el compromiso.

Mi padre había llamado al suyo y le había informado de la cadena de sucesos (obviamente omitiendo partes poco halagadoras).

Los Licht insistieron en que lo entendían, prometiendo que todavía nos tenían aprecio.

Madison era enemigo de Romeo. Podíamos vengarnos juntos.

Cuando entré en el avión, me encontré con una variedad de hombres.

Pasamos por la cabina, donde dos hombres atractivos de unos treinta años discutían sobre una elección de un jugador de los Ravens.

El capitán y el copiloto. En la cabina, Oliver von Bismarck se recostaba en un sofá crema, bebiendo cerveza importada y viendo algo en su móvil.

Su rostro era seráfico, casi angelical. Con labios rosados y rizos claros que se enroscaban de una manera precisa.

Qué adecuado que el diablo se disfrazara de ángel perfecto.

Mientras que la propuesta de matrimonio de Romeo había sido la noticia más grande que había salido del baile de presentación, los rumores decían que Oliver se había metido debajo de las faldas de al menos tres divorciadas. Al mismo tiempo.

Otro hombre alto y guapo vestido con el uniforme casual de los chicos ricos: caquis planchados, una camisa de vestir y una chaqueta polar estaba sentado detrás de una mesa compacta, enfrascado una conversación de negocios.

Tenía el atractivo propio de un líder, de un hombre cuya atención todos ansiaban cuando entraba en una habitación.

—Oliver, Zach, esta es mi prometida, Dallas.

—Romeo hizo presentaciones despectivas, ni siquiera molestándose en acercarse a cada uno de sus amigos individualmente—.

Dallas, Oliver y Zach. —Oliver levantó la mano en un gesto de saludo.

Zach me envió una sonrisa tan impaciente e impersonal que podría haberme confundido con una criada.

Romeo se acomodó en un sillón—. Siéntete como en casa. Despegaremos en diez minutos.

Hice lo que decía, negándome a parecer intimidada. Ayudó que hubiera una tabla de embutidos. Filas de galletas inglesas adornaban un plato de cristal. Empujé la bandeja hacia un lado. Por razones obvias, me parecían desagradables.

—¿Te han ofendido las galletas, Dover? —Oliver hizo un gesto hacia una cesta de aperitivos importados que tenía delante—. Es todo para ti.

Primero Galletita. Ahora Dover. Encantador. Quería ofrecerle el dedo de forma educada. Luego vi las patatas fritas de camarones y abandoné mi dignidad más rápido que la chica que convirtió a Jesucristo en un mono en el Ecce Homo .

Había vaciado la mitad de la bolsa cuando la voz afilada de Romeo cortó el silencio.

—Señorita Townsend, ¿se está alimentando usted o su ropa? Hay un momento y un lugar para devorar la cantidad de sustento de todo un pueblo con la boca abierta. Le sugiero que se abstenga de consentir sus malos modales durante su estancia en Potomac.

—¿O qué? —Enfaticé mi pregunta con una patata frita, lanzándola más allá de mis labios y moliéndola entre mis molares tan fuerte como humanamente posible.

—O te encontrarás en una posición miserable bajo la mirada escrutadora de los medios de comunicación venenosos del DMV.

—Ya me encontré en una posición miserable. Contigo. La primera vez que nos encontramos. Delante de todo Chapel Falls.

—Según recuerdo, disfrutaste cada segundo. —Inclinó la cabeza, sacando de su bolsillo una lata rectangular de color negro.

—Debes haber puesto alguna droga en las galletas.

—Me retracto. De hecho, tienes un talento. Hacer interpretaciones erróneas constantemente.

Fruncí el ceño.

—¿Cuándo me acusaste de no tener talento? —Oliver echó la cabeza hacia atrás y rio.

—Esto es fantástico. Resulta que Bruce no tendrá que matarte para conseguir tu trabajo, después de todo. Tu esposa hará el trabajo por él.

¿Bruce? Intercambiar notas con el hombre que quería matar a mi futuro marido parecía una idea genial, pero antes de que pudiera pedir un apellido, pasaron a hablar de acciones.

Con eso, presioné la bolsa de patatas fritas contra mis labios, eché la cabeza hacia atrás y me terminé hasta la última migaja.

Romeo desenvolvió un nuevo paquete de chicles y transfirió cada uno a su lata con dedos hábiles, formando una fila perfecta y recta.

Luego le ofreció uno a cada uno de sus amigos, olvidándose de mí. ¿Y yo era la que tenía malos modales?

Miré por la ventana furiosa, tratando de encontrar algún aspecto positivo en mi situación.

Cualquier cosa. Primero, tendríamos hijos preciosos.

No había forma de que algo que saliera de su esperma y mis óvulos fuera menos que la perfección estética.

En segundo lugar, por lo que había averiguado, ni Romeo ni yo decíamos groserías.

Nuestro hijo saldría del útero hablando como un duque del siglo XIV , con suerte, sin el machismo.

Y tercero… No había tercero. Señor, hasta la segunda ventaja era una mierda.

Me hundí en mi asiento, deprimida.

Después del despegue, Zach me habló. Romeo parecía estar escribiendo correos electrónicos y los ronquidos de Oliver flotaban desde el sofá.

—No estás pensando en suicidarte, ¿verdad? —No parecía realmente preocupado, pero el hecho de que lo hubiera preguntado me hizo sentir aliviada. Al menos alguien reconocía lo horrible de mi situación.

Me encogí de hombros.

—Más bien en asesinar a alguien. ¿Por qué se me castiga a mí por el mal comportamiento de Romeo?

—Potomac es agradable.

Le lancé una mirada de reojo.

—¿Qué tiene de agradable?

—Principalmente su proximidad a Nueva York.

Eso le hizo ganar una risita. ¿Por qué Zach no podía forzarme a casarme? ¿Y qué tenían los hombres altos, morenos y guapos con la capacidad emocional de una uña del pie?

—No la alientes, Zach —advirtió Romeo—. Una vez que empieza a hablar, es imposible detenerla.

Dado que mi futuro marido estaba decidido a no tenerme cerca, me levanté y fui a la cabina de mando. Siempre había querido visitar una. Cuando era niña, mis padres pensaban que era de mal gusto echar un vistazo dentro solo porque siempre volábamos en primera clase.

Me deslicé por la puerta.

—¿Te importa si echo un vistazo?

—Para nada. —El copiloto me saludó—. Soy Scott.

—Y yo Al. —El piloto me saludó con dos dedos.

Exploré el pequeño espacio, los numerosos botones, las nubes blancas espesas que atravesábamos, rodeados por una noche oscura.

—Puedes sentarte a mi lado si quieres. —Scott se movió para darme espacio—. Estaremos un poco apretados, pero espero que estés cómoda.

Vacilé. Mi madre no lo aprobaría. Era inapropiado sentarse tan cerca de un hombre. Luego recordé que estaba comprometida con el cosechador de corazones en persona y ser inapropiada se convirtió en mi nuevo objetivo de vida.

—Está bien. —Me deslicé en su asiento y me senté. Me incliné, haciendo inventario de los botones y las pantallas. Un mapa brillaba a su lado. Mis dedos revoloteaban a lo largo de una consola central llena de interruptores—. Parece una nave espacial.

—Bonito, ¿verdad?

Escuché su sonrisa. Al soltó un suspiro impaciente. Tenía la sensación de que a Al no le gustaba mucho que su copiloto se acurrucara conmigo. Scott señaló con el pulgar hacia su derecha.

—Espera a ver la vista desde mi ventana. Abajo, hay una manta blanca de nubes.

—Quiero verlo. —Me incliné sobre su cuerpo y miré por el cristal. Tenía razón. Las nubes esponjosas se enrollaban unas sobre otras, densas y espesas como la nieve.

—Guau —exhalé—. Es increíble.

Otra cosa que era increíble era cómo mis pechos presionaban el regazo de Scott en esta posición.

Su cara estaba en mi cabello. Me di cuenta de que albergaba una rabia sexual acumulada desde el encuentro con mi querido prometido.

Él nunca terminó el trabajo. Estaba a punto de enderezarme para volver a sentarme cuando la puerta de la cabina se abrió de golpe.

Por supuesto, era Romeo. Y, por supuesto, desde su punto de vista, parecía que se la estaba chupando a Scott. Mi cabeza en su regazo, todo mi cuerpo ocultando su mitad inferior. A pesar del eterno deseo de fastidiarlo, no quería que pensara que había llegado tan lejos.

Me puse de pie y encontré la mirada de Romeo. Como siempre, su expresión era de resignación y total indiferencia. Un silencio obstinado llenó el pequeño espacio.

Scott fue el primero en romperlo.

—Señor Costa, puedo asegurarle que no es lo que parece.

—Cariño. —Romeo me sorprendió al rodear mi cintura con su mano y acercarme a su pecho. Sonreía, pero no parecía para nada entretenido. Parecía que alguien había tallado la sonrisa con una navaja suiza— ¿Disfrutas de… la cabina?

En serio creía que le estaba haciendo un favor sexual a Scott. Bueno, tampoco me devanaría los sesos intentando explicarle mi comportamiento.

Scott y All ahora estaban de pie, mirándolo con nerviosismo.

Sonreí, ignorando la mandíbula tensa de Romeo.

—Sí.

—¿Sí? —Me miró con los ojos entrecerrados, esperando una disculpa, una explicación, algo.

—Lo he disfrutado mucho. Gracias, chicos. —Sacudí el cabello y salí de la cabina con toda la dignidad posible que uno podía tener descalzo y con solo una bata.

Romeo se quedó atrás unos minutos mientras yo merodeaba alrededor del bar de aperitivos, masticando guisantes de wasabi.

Oliver y Zach compartían un juego de ajedrez en una esquina, sin prestarme atención.

Unas cincuenta bolsas de chicle de lujo formaban pilas en la mesa.

¿Qué pasaba con la fijación oral de mi prometido?

Tal vez tenía mal aliento. Un efecto secundario de ser una mierda.