Capítulo ocho #2
De repente, unos dedos ásperos y cálidos rodearon mi nuca desde atrás.
Inhalé profundamente mientras mi futuro marido giraba mi rostro hacia arriba para que encontrara sus ojos gélidos.
Me sobrepasaba en altura, tenía el pecho pegado a mi espalda.
Pensé que comentaría algo sobre lo que había pasado en la cabina, pero me sorprendió al decir:
—¿Debo recordarte, señorita Townsend, que tu padre confiscó todas tus tarjetas después de que te atraparan con mis dedos entre las piernas? Tu capacidad para comer, ducharte, vestirte y dormir bajo un techo depende únicamente de mi buena voluntad. Actúa en consecuencia.
—¿Has terminado? —Bostecé—. Me gustaría sentarme y leer mi libro.
—Tengo el lugar ideal para que lo hagas.
Arrebató la copia de Anna Karenina que había dejado en una mesa y me guio hacia su sillón reclinable. Lo seguí, confundida, mientras él se sentaba y me daba mi libro.
Alcé una ceja.
—¿Quieres que me quede de pie?
Negó con la cabeza, me cogió la mano y empezó a bajarme hacia sus piernas. Puse unos ojos como platos. ¿Me obligaría a hacerlo delante de sus amigos? ¿Me forzaría a hacerle sexo oral como castigo por lo que pensaba que había pasado con Scott?
De reojo, vi cómo la mano de Zach se congelaba, con una torre en ella, suspendida sobre el tablero de ajedrez. Oliver también miraba a Romeo boquiabierto, como si se hubiera vuelto loco.
No me importaba si me tiraba por la ventana del avión. Me negaba a hacerlo.
—No. —Traté de liberarme de su agarre, pero en lugar de empujar mi cabeza hacia su regazo, me giró hasta que quedé de cara a la pared. Mi culo aterrizó en el suelo entre sus muslos.
—Aquí. Ahora puedo vigilarte.
—No he hecho nada con Scott —dije, aunque me prometí a mí misma que no lo haría. La ira anclaba mis pulmones, los hacía pesados hasta que no pude respirar adecuadamente.
Romeo se inclinó hacia mí, sus labios rozaron la parte anterior de mi oído.
—¿Crees que tengo la impresión de que le chupaste la polla al copiloto?
Si ese fuera el caso, lo habría arrojado del avión por la puerta de emergencia.
Ahora lee tu libro y finge ser una mujer semirespetable.
—No tenía sentido pelear con él en este momento.
Necesitaba llegar a Potomac, recalcular y contraatacar.
Me pasé el resto del vuelo sentada entre las piernas de mi futuro marido como un perro leal.
Mi cabello se derramaba sobre sus muslos.
Podía sentir su mirada perforando el costado de mi rostro.
De vez en cuando, su mano se deslizaba hasta mi coronilla, acariciaba mi cabello, me recordaba que no era más que una mascota para él.
Lo odiaba con cada célula, cada átomo, cada molécula de mi cuerpo.
Sus amigos permanecieron tan silenciosos que podía escuchar cada vez que tragaban saliva. Apuesto a que a Romeo le encantaba verme humillada de esta forma. De rodillas, en el suelo, leyendo Anna Karenina con la cabeza inclinada.
Él seguía enviando correos electrónicos, pero de alguna manera sabía que toda su atención estaba centrada en mí. Treinta minutos después, el avión descendió.
—Galletita.
Otra vez ese apodo.
—¿Idiota? —Era justo por mi parte devolverle el gesto.
—Hace mucho que leí Anna Karenina , pero estoy bastante seguro de que recordaría si Anna y el conde Alexei tienen un fetiche con los halagos.
Tensé la espalda. No dije nada. Sentí como Romeo descendía hasta que su mentón rozó el borde de mi clavícula. Miró el libro, su mejilla con barba incipiente presionada contra la mía, y comenzó a leer.
—Introdujo su miembro en su vagina húmeda, solo hasta la mitad, lo que la enloqueció de deseo y placer.
Adentro y afuera. Adentro y afuera. «Por favor», suplicó ella.
«Por favor, necesito que me llenes. Con cada centímetro rígido que tienes».
«Solo las chicas buenas reciben recompensa», respondió el extraño atractivo mientras colocaba la mano sobre su trasero mullido. «Y tú has sido muy muy mala».
Antes de nada, el hombre podría narrar libros de romance y ganar una fortuna si su empleo de perpetuar las guerras en el Tercer Mundo no funcionaba.
Segundo, había sido muy tonta por no haberlo notado.
Era un humano horrible. ¿A quién le importaba que tuviera una voz sensual y una mandíbula con la que podía cortar queso?
Romeo me quitó el libro de los dedos. Me giré para mirarlo. Le quitó la sobre portada y un libro muy diferente apareció bajo la cubierta de Anna Karenina.
Frunció los labios.
—¿ Papi sabe qué te conviene ?
Se lo arrebaté de las manos.
—Es una obra de arte.
—Es una obscenidad.
—¿Qué crees que hacía Anna con Alexei? Lo mismo. Solo que fuera de las páginas.
—Sí, estoy seguro de que Tolstoi recortó la escena con tapones anales durante la última edición.
—Tal vez. —Ahora ya discutía con él solo por deporte. También era el único deporte en el que me entusiasmaba participar.
Oliver tosió y rio a medias detrás de mi hombro. Zach se pasó la mano por la cara. Podría haber jurado que vi sus labios tensos detrás de ella. El coraje brotó de mi pecho.
—Deja de desafiarme —advirtió Romeo.
—Entonces deja de ser imposible. No me dejas respirar.
—No me lo creo.
—No es mi culpa que hayas decidido casarte con una mujer que no soportas solo porque estás en una competición absurda con Madison. Nunca pedí nada de esto. Ni por ti, ni por él, ni por nada.
Increíblemente, esto penetró su insensibilidad. Su mandíbula, que solía estar tensa, se aflojó un poco. Se recostó y por fin me dio algo de espacio.
—Sigue leyendo tu libro y deja de hablar.
—Me duelen las rodillas de estar el suelo —mentí. Estaba cómoda, pero una idea brotó en mi cabeza—. ¿Puedo sentarme en el sillón reclinable junto a la cabina?
—Por supuesto que no.
—Romeo. —La voz de Zach era afilada como una espada, escalofriante en comparación con su aspecto acogedor—. Ya basta de esta mierda.
Mi futuro marido frunció el ceño.
—Siéntate en mi regazo. —Consideré desafiarlo, pero se me ocurrió una mejor idea.
Con un suspiro exagerado, me puse de pie y aparqué el culo en su regazo.
Sus amigos seguían mirando. Tal vez debería haberme sentido cohibida, pero no lo hice.
Nada de esto era mi culpa—. ¿Mejor? —No había ni una pizca de preocupación en la voz de Romeo.
Bufé en respuesta. No merecía mis palabras.
Durante los siguientes treinta minutos, me moví y estiré en su regazo, fingiendo buscar una posición cómoda, rozando su entrepierna.
Se puso tan duro que parecía que estaba sentada sobre una tubería de agua—.
Deja de moverte. —Apenas pudo articular la orden gutural.
—Solo intento encontrar la postura. —Levanté la cabeza y eché un vistazo a Oliver, que sonreía. Me sentía como Bugs Bunny, volviendo loco a Elmer, pero de alguna manera saliendo impune.
—¿Cómo de duro puede ser? —espetó Romeo.
—Créeme, muy duro.
Oliver estalló en carcajadas. Incliné ligeramente la cabeza para observar la reacción de Romeo.
Parecía estar listo para envolver sus dedos alrededor de mi garganta y estrangularme.
Esperé a que me dijera que me fuera de su regazo.
Pero las palabras nunca llegaron. Sabía que perdería nuestro pequeño juego si me decía que me fuera.
—La adoro, Rom. —Von Bismarck aplaudió despacio desde su asiento—. Si tú no te quieres casar con ella, yo lo haré.
—Deberías casarte con Oliver. —Todo lo que salía de la boca de Zach sonaba como una propuesta de negocio—. Es más guapo, más agradable y es más rico que Dios.
—Por favor. —Oliver hizo un gesto con la mano—. El valor neto completo de Dios ni siquiera es lo que pago anualmente en impuestos. Pero ¿obtengo esa clase de seguidores y aprecio? No.
—Me uniré a tu culto —me ofrecí.
—Por algún motivo, no lo dudo. —Zach inclinó su mentón hacia abajo, lanzándole a Romeo una sonrisa burlona—. Bueno, ¿quién lo hubiera dicho? Da Nang ha resultado ser un éxito.
Esperé una reacción de mi nuevo prometido. No llegó ninguna. Actuó como si yo no existiera. Ahora, si tan solo pudiera cumplir su deseo y desaparecer.