Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo seis
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Capítulo seis

Romeo

Era apropiado que una mansión idéntica a las demás, que parecían cortadas por el mismo molde de galletas, albergara a mi novia obsesionada con esos dulces.

Con su reciente capa de pintura blanca, contraventanas negras, columnas imperiales y una puerta roja brillante, la casa colonial de antes de la guerra podría adornar las páginas de Southern Living.

En el balcón del segundo piso, dos mecedoras se balanceaban por la fuerza de quien las había ocupado segundos antes. Eso confirmaba mi sospecha. Galletita había esperado mi llegada inminente para reclamar mi nueva adquisición. Ella.

Había considerado la idea de darle todo el fin de semana para despedirse de su familia y amigos, principalmente para liberarme de su existencia agobiante. Pero era mejor terminar con esto lo antes posible.

Shep Townsend abrió la puerta con su mejor traje dominical. Por supuesto, acababan de regresar de la iglesia. Nada gritaba «cristiana devota» como que te descubrieran con la mano de un extraño entre los muslos.

—¿El anillo es aceptable? —Me arrebató la bolsa de las manos, abriéndola de un tirón—. Porque no permitiré que humilles a mi hija aún más.

Quizás yo era un ser humano deplorable por arrastrar a su hija al matrimonio en contra de su deseo, pero él era un bastardo de primera por permitirlo. Y por haberla prometido en primer lugar con Madison Licht, que era un saco de enfermedades de transmisión sexual.

Abrió la caja del anillo. Alzó las cejas hasta el nacimiento del pelo y la garganta se le movió al tragar.

—Bastará.

Pasé a su lado rozándolo con el hombro, sin responder sus palabras, y observé el vestíbulo.

Mi futura esposa no estaba. Una versión más pequeña y furiosa (asumía que era su hermana menor) estaba al pie de la escalera, sujetándose a la baranda con fuerza, mirándome como una criatura a punto de saltar sobre su presa.

Miré la hora en mi Rolex.

—¿Dónde está Dallas?

—Arriba, descansando. —La ex Miss Estados Unidos Natasha Townsend salió de la cocina con un vestido Gingham respetable y me fulminó con la mirada sin discreción. Por suerte, Dallas había heredado el rostro de su madre y no el de su padre.

—¿De qué?

La chica sin duda no tenía una agenda apretada. No tenía ninguna agenda, para ser más precisos.

—Deja de criticarla. Atrapas más moscas con miel que con vinagre. —Puso una mano sobre mi brazo y me llevó a la sala de estar—. Ayer la humillaste, estropeaste su compromiso y la forzaste a casarse contigo. Necesita tiempo para procesarlo.

No había pensado que Dallas Townsend era un personaje tridimensional con necesidades, deseos y motivaciones. Desde mi punto de vista, era una chica guapa, malcriada y petulante que solía salirse con la suya. Y tenía una obsesión insalubre con la comida.

Me senté sin permiso en la cabecera de la mesa frente a la familia atónita de Dallas.

—Decidle que baje ya mismo. Necesitamos hablar sobre los cronogramas.

La pequeña Townsend se puso de pie.

—¿Por qué no te vas a la…?

—Ve a buscar a tu hermana, Franklin. —Shep bajó las comisuras—. Y después lávate la boca con jabón.

Sacudiendo la cabeza, Franklin desapareció de mi periferia visual. Shep permaneció de pie. Su esposa también. Ambos me fulminaban con la mirada.

Cogí mi maletín de cuero y comencé a desparramar documentos sobre la mesa que mi esposa necesitaba firmar.

—Me gustaría tomarme una taza de café. Sin azúcar y sin leche.

Los ojos de la señora Townsend ardieron de furia. Al final, la hospitalidad sureña le ganó el pulso a su resentimiento. Fue a la cocina. Era probable que estuviera llamando a Jesús para pedirle que me diera un infarto prematuro y letal.

Shep sujetó el respaldo de una silla.

—¿Has hecho esto para vengarte de Madison o porque tu padre te obliga a casarte?

Limpié una pelusa invisible de mi traje y marqué con una cruz todas las partes en las que Dallas debía firmar.

—Es una de esas situaciones en las que matas dos pájaros de un disparo.

Se sentó y entrelazó los dedos sobre la mesa, apretando los labios.

—Mi hija es muy especial.

Luchando contra un gesto de desagrado, murmuré:

—Todas lo son.

—No —insistió—. Dallas no es como lo que has visto y conocido.

Te lo aseguro. —Si me dieran un centavo por cada vez que un padre orgulloso intentaba venderme a la hija basándose en sus méritos…

Bueno, aún sería multimillonario—. Cuando te enamores de ella, asegúrate de no guardarle resentimiento por eso.

—Así que la ilusión era algo que corría en esta familia.

Por suerte, no necesitaba el ADN de Dallas.

Miré a mi alrededor, aburrido.

—Lo haré lo mejor que pueda.

—Lo digo en serio. —Tensó la mandíbula—.

Sé que aún no has llegado a ese punto, pero mi hija es irresistible.

No hubo un solo hombre en este pueblo ni en el siguiente que no se ofreciera a casarse con ella.

Espero que, cuando ella conquiste tu corazón, tenga el juicio suficiente para romperlo. Tal como estás rompiendo el suyo.

Eso fue demasiado.

—Ella no está enamorada de Madison Licht.

—¿Cómo lo sabes?

—Aunque no soy un experto en relaciones, estoy bastante seguro de que, si estuviera locamente enamorada, me habría llevado más de treinta segundos de vals convencerla de que meterle los dedos sería una buena idea.

El hombre nunca dejaba de fruncir el ceño cuando yo mencionaba mi encuentro sexual con su hija.

—Pero sin duda él le gusta.

—Yo también le gustaré —espeté. Ni siquiera quería caerle bien. Solo odiaba la idea de perder frente a Licht. Shep se recostó en su asiento.

—Eso está por ver.

Mi novia interrumpió la extraña conversación, entrando a paso firme en la sala de estar con una bata de satén verde oscuro.

Su cabello castaño caía hasta la cintura.

Un suspiro de alivio erosionó mis pulmones.

Dallas Townsend realmente era una belleza, incluso más impresionante de lo que recordaba.

Con largas pestañas rizadas, ojos avellana y labios mullidos.

Oh, bueno. Supongo que, dado el precio acordado, podía acabar de mancillarla.

La penetración estaba fuera de discusión, pero me vinieron algunas ideas a la mente.

Solo me tomaría dos minutos y una bolsa de Skittles hacerlas realidad.

Galletita me miraba con claro desdén, aún de pie.

—Mi dulce —dije con desdén—. Seguro que me has echado mucho de menos.

—¿Qué quieres?

Que Bruce y Madison estén muertos. Y que te sometas a un trasplante completo de personalidad.

—Cogeremos un avión a Potomac en tres horas.

—Al fin. Saluda de mi parte a Von Arrogancia. —Ella me robó un pastelito que me habían dado y se lo zampó en dos bocados.

Dallas Townsend, damas y caballeros. Poseía la mitad de los modales y el doble de la belleza de cualquier mujer que hubiera conocido. Qué lástima que una personalidad tan insoportable estuviera unida a un rostro tan impresionante.

—Vendrás conmigo.

—Oh. —Frunció los labios, pero no discutió.

—Ve a hacer la maleta.

Se giró hacia su padre, mordiéndose el labio.

—¿En serio tengo que hacerlo?

Él asintió con la cabeza. Ella bufó. Genial. Me casaría con una mujer que mentalmente tenía doce años.

—Créeme, Dal, tu madre y tu hermana tampoco me lo perdonarán.

—Pero es impropio que me mude con él antes del matrimonio.

Apilé nuestros documentos prenupciales, ya aburrido de todo esto.

—Todo el mundo sabe que he probado la mercancía.

—No has probado nada. —Ella giró la cabeza para mirarme con furia—. Apenas me tocaste, y ambos lo sabemos.

Saberlo y admitirlo eran dos cosas diferentes. Esperar sinceridad por mi parte era tan ridículo como esperar lealtad de una prostituta.

—Tienes dos horas para recoger tus cosas. —Forcé el contacto visual, levantando la pila de papeles—. Después de eso, firmarás este acuerdo prenupcial. Te esperaré aquí.

Ella se encogió de hombros. Entrecerré los ojos. Por lo que sabía, no aceptaba instrucciones con facilidad, y menos de mí. Estuve a punto de advertirle que habría graves consecuencias si no cumplía mis órdenes.

Entonces me di cuenta de que ya no necesitaba seducirla. Convencerla para que estuviera en mi esfera. Ya estaba atrapada en mi telaraña. Forcejeando y resistiendo, pero pegada.

La próxima vez que hiciera algo estúpido, pagaría por ello.

No había mejor lección que la experiencia.