Capítulo cinco
Romeo
El día transcurrió como un terror nocturno. A un ritmo exasperante. Zach atendía una llamada tras otra para su inminente adquisición hotelera. Oliver se entretenía montando caballos de carreras y recibiendo sexo oral, posiblemente al mismo tiempo.
Mientras tanto, yo devoraba pechugas de pollo y coles de Bruselas, me quitaba el sabor amargo de la boca con café de achicoria y me abastecía de chicles, exigiendo la marca Mastika al conserje.
Cuando ya no pude retrasar lo inevitable, salí del hotel para comprar un anillo para el tormento de mi existencia.
Era de gran importancia que Dallas llevara un anillo de compromiso al menos tres veces más grande que el que le había regalado su exprometido.
Esto no tenía nada que ver con ella y todo que ver con asegurarme de que Madison quisiera arrancarse los ojos cada vez que ella lo mostrara en público.
Y si resultaba demasiado pesado para sus delicados dedos, tendría que arreglárselas. Ni que fuera a llevarlo para trabajar.
Había escuchado los rumores.
Mi futura esposa era excepcional, notoria e incomparablemente perezosa. Mientras el gerente de la tienda me descontaba de la tarjeta dos millones de dólares en relación con el anillo de compromiso, junto con el seguro sustancial que lo acompañaba, mi teléfono vibró con una llamada entrante.
Madre.
Le di a aceptar, pero no le dirigí la palabra.
—¿Y bien? —dijo en cambio mi padre, Romeo Costa Sr.—. ¿Cómo estás?
Solo mi padre era capaz de ignorar todos los memes.
Fue desafortunado, por no decir francamente vulgar, que me convirtiera en una sensación en las redes sociales por mancillar el honor de una joven en un baile de debutantes. De hecho, para el Departamento de Defensa, había pasado treinta y un años sin una sola mancha en el expediente.
Le había dado a Dallas Townsend mi primer escándalo; ella me había dado su futuro. No parecía un intercambio equitativo y era la primera vez que acababa en el lado perdedor.
Y todo por una chica que entraría en la furgoneta de un extraño si le prometían algo dulce.
—Chapel Falls es muy bonito. —Le quité al vendedor la bolsa turquesa y salí a la calle—. ¿Cómo estáis todos?
—Romeo, cielo santo —soltó una voz que reconocería en cualquier lado, incorporándose a la llamada con un tono horrorizado. Sin duda mi madre se tocaba el collar de perlas mientras hablaba—. No te envié a Sidwell Friends, el MIT y Harvard para que te casaras con una pueblerina sureña horrorosa.
—Tampoco me enviaste a Sidwell Friends, el MIT y Harvard para que acabara siendo el director financiero en la empresa de tu marido y, sin embargo, aquí estamos. —Todos sabíamos que merecía el puesto de director ejecutivo que actualmente ocupaba el otro tormento de mi existencia, Bruce Edwards.
Mi padre ignoró mi comentario.
—¿Has encontrado esposa? Recuerda, Romeo: sin esposa, no hay empresa.
Ah. Mi mayor cruz en la vida.
El motivo por el cual había venido a este agujero infernal.
En un mundo ideal, solo habría manchado la reputación de la chica y enviado a Madison algunas fotos de su sangre virginal en mis sábanas como recuerdo.
Pero mis padres me habían dado un ultimátum a principios de semana: o encontraba novia y sentaba cabeza, o la posición de CEO iría directamente a Bruce Edwards.
Bruce era el producto de la endogamia de la élite de Massachusetts. Nueve años en la Academia Milton, cuatro en Phillips Andover y dos títulos de Harvard.
Él y mi padre compartieron la misma habitación en Winthrop House, con dieciocho años de diferencia. Ambos formaron parte del Club Porcellian, donde mi buen padre fue su mentor.
Aunque por las venas inútiles de Bruce no corría ni una gota de sangre Costa, un insulto a siglos de tradición nepotista de los Costa, Romeo Costa Sr. se consideraba demasiado honorable como para olvidar a sus compañeros de Harvard.
Así que Bruce era, para mi gran disgusto, una figura constante en nuestras vidas. Tenía el exasperante hábito de llamarme «Junior» en público; incluso había empezado a dirigirse a mi padre como Romeo en lugar de Sr. Costa, solo para poder justificar el apodo.
Él también estaba, al parecer, en la misma habitación que mis padres. Su voz profunda y enervante calmaba a Costa Sr.
—Romeo, Mon. —Mon, no Monica, como si fueran compañeros de golf—. A los niños cada vez les cuesta más madurar. Quizás Junior no está listo. Ni para el matrimonio ni para el trabajo.
Ese.
Ese era el motivo por el que prefería los números y las hojas de cálculo en vez de los humanos. Sabía que mi padre esperaba (quizás incluso deseaba) que fracasara a la hora de cumplir su desafío y continuara soltero.
Lo único que Bruce tenía y yo no era una esposa. Una chica tímida llamada Shelley.
No había nada explícitamente malo en Shelley, excepto su gusto por los hombres. Tampoco había nada explícitamente bueno en ella. Era el pan blanco de los humanos. Tan insípida como una pechuga de pollo sin sazonar y casi igual de atractiva.
—No voy a entregar una de las corporaciones más rentables de Estados Unidos a un soltero sin alma al que la mitad de la empresa tiene demasiado miedo de acercarse. —Mi padre se equivocaba.
Era precisamente mi falta de alma lo que me convertía en el candidato perfecto para el trabajo de suministrar armas a gobiernos de dudosa reputación y repúblicas bananeras.
No es que le importara mi estado civil. Solo le importaba una cosa: continuar con el linaje Costa.
—Vamos, Romeo. —Bruce se metió en la conversación—.
Esto no puede ser bueno para tu presión arterial.
—El hermano de Bruce dirigía una gigantesca corporación farmacéutica que hacía que Pfizer pareciera David, así que a menudo fingía preocuparse por la salud de mi padre.
La verdad era que ambos queríamos que el hombre muriera.
Y ambos jugábamos limpio para obtener su posición como CEO antes de que diera su último suspiro.
Bueno, yo jugaba limpio.
Bruce tenía la lengua tan metida en el trasero de mi padre que me sorprendía que no le cosquilleasen las amígdalas. Mi padre ignoró a Bruce y continuó su diatriba.
—Especialmente con Licht Holdings pisándonos los talones. —Licht Holdings, la empresa del padre de Madison Licht. Nuestro rival, que ganaba popularidad entre los peces grandes de Washington D. C.
Mi familia producía un volumen extraordinario de armas y vendía la mayoría a los Estados Unidos.
Pistolas submarinas, armas de fuego de precisión, sistemas robóticos armados, ondas de choque de taser , misiles hipersónicos.
Si podía matar a miles de personas de un golpe, probablemente lo fabricábamos. La guerra era una industria rentable.
Mucho más que la paz.
Lo siento, Tolstoy. De todos modos, es una idea admirable.
—De hecho, he encontrado a la chica indicada. —Suspiré al recordar que mi supuesta chica indicada se estaría cambiando el nombre ahora mismo, consiguiendo un pasaporte falso y huyendo a un país sin leyes de extradición.
—¿Sí? —Monica soltó un grito ahogado de entusiasmo.
—¿Sí? —preguntó mi padre con escepticismo.
—¿Sí? —Bruce sonaba como si le hubiera metido un misil en el culo.
—Así es. —Pedí un Uber para ir a la residencia de mi futura esposa, dado que este agujero infernal ni siquiera tenía taxis—. Me muero de ganas de que la conozcáis.
—¿Cómo es? —Era probable que Monica retorciera las perlas entre los dedos por el entusiasmo.
—Es la dueña de un pulso y un vientre, sus únicos dos requisitos.
Aunque nunca usará ese vientre.
Monica emitió una risa de satisfacción.
—Oh, Rom. A veces eres tan insensible.
Un Uber se detuvo en el bordillo. Una Range Rover del año anterior. Necesitaba salir de Chapel Falls. Me deslicé en el asiento trasero, ignorando el contacto visual que el conductor intentaba imponerme. Solo me faltaba tener que charlar con un desconocido.
—¿Cuándo conoceremos a la chica? —Si dependía de Monica, enviarían a Dallas a su puerta en dos horas con el servicio de entrega premium.
—Lo antes posible. —Necesitaba destruir cualquier posibilidad de que Bruce se convirtiera en una alternativa viable para mi puesto como CEO. Por desgracia, eso significaba pasar más horas en un espacio cerrado con Dallas Townsend.
Monica estaba a punto de estallar de alegría.
—¿Tantas ganas tienes de presumir de chica?
Miré por la ventana.
—No puedo esperar.
—Junior… Cielos, niño. —Y allí fue cuando supe que Bruce había visto uno de los vídeos virales de la noche anterior—.
Mon, Romeo, creo que deberías ver algo. ¿Recordáis a Clinton Brunswick del Pentágono?
Su esposa le envió un vídeo a mi Shelley.
Lamento daros esta noticia, pero no me sentiría cómodo sin mencionarla dado que Junior hizo algo terri…
Esa fue la señal para cortar la comunicación.
Al colgar y ver pasar Chapel Falls ante mí en todo su esplendor de pueblo pequeño, pensé que casarme con esa chica no era una idea tan mala después de todo.
La dejaría ocuparse de sus propios asuntos: ¿Compras? ¿Almuerzos? ¿Fiestas de bótox? Solo volvería a su vida de forma periódica para llevarla a eventos de etiqueta o cumbres importantes que requirieran que yo pareciera un hombre de familia respetable.
Probablemente ella regresaría a Chapel Falls en uno o dos años y envejecería sin gracia, ahogada en extravagancia materialista y cotilleos sin sentido para adormecer el sabor de su propia insignificancia.
Yo volvería a mi vida normal en Potomac.
Mi trabajo. Mis amigos. Mis planes.
En unos años, quizás diez o doce, cuando el peso de convertirse en madre realmente la afectara, consideraría concederle el divorcio a Dallas. Dependiendo de cuán útil me resultara para entonces. Aunque firmaría un acuerdo prenupcial. Esa mujer no valía la mitad de la fortuna Costa.
«Sí», decidí. «Casarme con ella será un incidente anecdótico en mi vida, no un momento crucial».
Daba igual el ruido que hiciera.
Mi silencio siempre sería más ruidoso.