Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo cuatro
9%

Capítulo cuatro

Romeo

Un millón de Dallas Townsend bailaban en mi cerebro, sus tacones puntiagudos apuñalaban cada pliegue. Abrí los ojos con dificultad. La habitación se movía de un lado a otro como si fuera un polizón en un barco que se hundía.

—No deberías haberte terminado la botella de Pappy Van Winkle solo, amigo. —La voz animada de Oliver hablaba desde las profundidades del baño—. Compartir es vivir.

Zach chasqueó la lengua desde lejos.

—Por última vez, von Bismarck, la modelo de Agent Provocateur no quería hacer un trío.

Siseé en la almohada sedosa del Grand Hotel La Perouse, arrepintiéndome de cada decisión que había tomado y me había llevado a este agujero infernal. Alentados por un descubrimiento de última hora, los tres habíamos llegado a Chapel Falls treinta minutos antes del baile.

Estábamos en la suite presidencial, que constaba de cuatro camas.

No tanto porque disfrutáramos de la compañía mutua, sino porque la había reservado un idiota, y justo antes del baile.

Disfrutar de la miseria ajena era uno de los pequeños placeres de la vida.

Uno que solía permitirme con frecuencia.

Oliver entró a la habitación con un cigarro apagado en la boca.

—Necesitabas olvidar el dolor. Borrar el trauma de meterle los dedos a una adolescente delante de las 500 personas más ricas según la revista Fortune .

—Se puso un polo—. Por cierto, la cuenta era de cuarenta mil dólares solo por el alcohol y los cigarros.

Deberíamos dedicarnos al negocio de organizar bailes.

En el mundo hay muchas jóvenes privilegiadas que buscan maridos billonarios.

La idea de volver a perder el tiempo de esa forma me daba nauseas.

—Lo convertirías en un antro de apuestas y engendrarías un par de hijos bastardos antes del primer vals.

Él tomó asiento al borde de mi cama y alzó sus botas de montar.

—Sí a las apuestas. No a los bastardos. Siempre me cubro el arma.

Sin guante, no hay amor. —Sabiendo que consideraba a las mujeres una cinta transportadora de agujeros cálidos en los que pasar la noche, dudaba que Oliver estuviera familiarizado con la palabra «amor».

Hizo una pausa, moviendo los labios alrededor del cigarro—.

No todos tienen la integridad suficiente para llevar a cabo tu método para garantizar que no haya hijos ilegítimos en la línea de sucesión al trono.

Zachary Sun, alto, ágil, un jodido genio y con la capacidad emocional de una roca, entró al cuarto con el portátil bajo el bíceps.

—¿Cuál es el método de Rom?

Había decidido quedarse en el hotel la noche anterior.

Su presencia en el baile hubiera sido redundante.

La mera idea de que el hijo de la señora Sun contrajera matrimonio con una chica sureña le hubiera provocado un infarto a su madre.

Ninguna mujer sería digna de su linaje de millonarios que se remontaba muchas generaciones atrás, hasta la dinastía Zhou.

—Hay un agujero al que nunca entra y es por el que salen los bebés. —Oliver dio la información con una alegría innecesaria.

Zach frunció el ceño, probablemente pensando en mi pasado.

—¿Esto es nuevo o lo haces de siempre?

Compartíamos la misma visión del mundo: que el oxígeno proporcionado por los menguantes bosques de la Tierra era un privilegio desperdiciado por los humanos.

En contra de mi buen juicio, había hecho una excepción en mis treinta y un años de vida.

Una de la que me arrepentiría. Nadie sabía hasta qué punto.

—Se ha abstenido tanto tiempo que podríamos volver a considerarlo virgen. —Oliver se encogió de hombros en su traje ecuestre—. Por no decir, un perdedor.

Si se suponía que sus palabras debían ofenderme, erró el tiro. Las mujeres no me interesaban.

En realidad, más bien las personas en general.

Zach me observó con asombro y confusión a partes iguales.

—¿Cómo es posible que no supiera eso de ti?

—Seguro que no viste el anuncio que durante tres meses apareció en la portada de The New York Times . —Vacié una botella de agua de un trago y me puse un chicle en la punta de la lengua—. ¿Qué hora es?

—Me alegra que lo preguntes. —Oliver encendió su cigarro y succionó.

Una voluta de humo brotó de la punta ámbar—.

Es hora de que te recuerde lo que ocurrió anoche.

El incidente que te llevó a beberte una botella entera de brandi con la esperanza de morir por coma etílico después de volver de casa de los Townsend.

Encesté la botella en la papelera.

—Es tu momento de brillar. ¿Cómo lo visteis desde fuera?

—No estuvo mal. —Zach dejó el portátil en la mesa que quedaba frente a la cama—.

¿Raro? Sí. ¿Escandaloso? Como correspondía.

Pero quedaste como un galán intentando conquistar una chica.

Al menos en los vídeos que han invadido todo TikTok y YouTube, y muchos se han hecho virales. Lo llaman «la propuesta del siglo».

Oliver silbó.

—Tienes tu propio hashtag .

Nunca había formado parte de un escándalo, y sin duda no estaba disfrutando de este. Sin embargo, el fin justificaba los medios.

Lo había logrado.

Le había robado la prometida a Madison Licht y me la había apropiado.

El muy cretino siempre terminaba los eventos con una busca fortunas menor de edad que pensaba que podía atraparlo más de una noche. Menuda nuestra sorpresa cuando Oliver lo escuchó hablando del cuerpo deslumbrante de su prometida, su cara perfecta y su cabello frondoso.

Por primera vez en su miserable vida, parecía que no había mentido.

Me froté el mentón.

—Dime que al menos es tan guapa como la recuerdo.

—Exquisita. Un manjar. —Oliver se llevó los dedos a los labios—. La pregunta es: ¿es mayor de edad, Rom?

—Lo es. —Sentí bajo los dedos la marca de unos dientes al borde de mi mentón. La muy loca me había mordido y había dejado marca—. Lleva dos años en la universidad.

O incluso más, si no había exagerado en lo de suspender. No entendía cómo era posible que alguien suspendiera Literatura, pero ese fantasma infernal lo había logrado.

—Zach, cuando te conté que esa mujer estaba furiosa… —Oliver sacudió la cabeza. El humo salió de su nariz como si fuera un dragón demoníaco—. Estuvo a punto de apuñalarlo y matarlo. Creo que lo único que la detuvo fue la probabilidad de avergonzar más a su familia.

Por suerte, Dallas Townsend tenía algún límite. A juzgar por nuestra breve introducción, era el único que tenía. Sería casi imposible encontrar una mujer tan peculiar como ella.

Estaba siempre en movimiento, pasaba de robar comida a hablar como si fuera la estrella de una tertulia. Solo de verla me daban ganas de tragarme cuatro analgésicos con brandi.

De haber conocido su personalidad antes de adquirirla como mi última inversión, hubiera escogido escuchar a ese idiota hablar de ella durante el resto de su patética vida en vez de casarme con ella.

Oliver se golpeó la rodilla, riendo.

—Dio mucha guerra.

—Sin duda tomará represalias cuando os caséis. —Zach escribía en su portátil, involucrado a medias en la conversación—. ¿Qué pasó cuando llegaste a su casa?

Apoyé la espalda en el cabezal de la cama y me masajeé el pie que mi futura esposa había agujereado con su tacón.

—Su padre la envió a su habitación. Luego hicimos un buen trato. Donaré mucho dinero a sus fundaciones los próximos cinco años y le presentaré algunas personas con las que quiere entablar negocios.

¿Y para qué?

Podía contar con una mano la cantidad de veces que vería a Dallas Townsend después de la boda y me sobraban cinco dedos.

—Vale. —Oliver se puso los guantes de cuero y lanzó la colilla del cigarrillo por la ventana—. Por mucho que me encante recordarle a Romeo que se ha arruinado la vida, tengo caballos que ver y mujeres que corromper.

Zach alzó una ceja oscura.

—Cualquiera que sea tan tonta de acabar bajo tus sábanas, créeme que no puede estar más corrompida.

Oliver suspiró.

—Es cierto.

Zach frunció la nariz.

—¿No te aburre?

Mientras que Oliver se enamoraba de todas las mujeres con las que estaba, Zach era incapaz de encontrar alguna que estuviera a la altura de sus estándares irracionales. De hecho, la señora Sun le organizaba citas semanales con herederas de primera de empresas de barcos, minería y software .

El pasatiempo favorito de Zach era rechazarlas por motivos absurdos, como que eran demasiado bonitas, demasiado inteligentes, demasiado ricas, demasiado solidarias y, mi favorita, demasiado parecidas a él.

—Dejaré de buscar sexo cuando muera. —Oliver se puso de pie y se guardó la cartera y el móvil en un bolso de cuero elegante.

Frunció el ceño—. Aunque incluso entonces, los gusanos no se salvarán de mi libido.

Ahora, si me disculpáis, iré a aprovechar al máximo este agujero de mierda antes de que nos marchemos, y no se me ocurre mejor manera de pasar el tiempo que lejos de vosotros dos.

Con la partida de Oliver en su misión de hacer del mundo un lugar peor, Zach y yo nos miramos. Teníamos mucho en común.

Solo nos motivaba una cosa.

El dinero.

Zach había fundado dos empresas multimillonarias gracias a aplicaciones que él mismo había desarrollado.

Mientras tanto, yo ocupaba el cargo de director financiero en la empresa de mi padre, apostando por fondos de inversión de alto riesgo por diversión.

Desde que me gradué en el MIT, había triplicado los ingresos de Costa Industries.

Éramos reservados, calculadores, pragmáticos e inalterables ante las expectativas sociales. Nuestros padres nos presionaban para casarnos. Y estarían dispuestos a llegar a cualquier extremo para llevarnos al altar con la futura madre de sus nietos.

Pero nuestras similitudes acababan aquí. A diferencia de Zach, no poseía ni un solo valor en todo el cuerpo. Sin mencionar la integridad, un concepto que encontraba tan mítico como las sirenas. Hacía atrocidades y aun así dormía como un bebé por las noches.

Zach, por otro lado, era bastante decente. No importaba mucho, ya que encontraba difícil tolerar al noventa y nueve por ciento de la población debido a la falta de inteligencia.

—Dime. —Zach no apartó la vista de la pantalla—. ¿Crees que desarrollarás consciencia y liberarás a la pobre chica?

Bajé los pies al suelo, coloqué los codos sobre las rodillas y me apreté los ojos con las palmas.

—No.

—¿Por qué no?

Existían un millón de razones, pero solo importaba una.

—Porque ella era de Madison y él no se merece nada bueno en la vida.

—Entonces ella es algo bueno.

—¿He dicho «bueno»? Quería decir «insufrible».

—Un gran cumplido.

—Insufrible es un cumplido en lo que a ella respecta. Esa mujer podría llevar a un monje al suicido.

—Interesante. —No le resultaba interesante. Nada que no fuera dinero, tecnología y arte le resultaba estimulante en lo más mínimo—. De un modo u otro, es la primera vez que te escucho hablar con pasión sobre una mujer desde Mo…

—No digas su nombre. Además, Dublín y yo solo estaremos casados sobre el papel.

¿Se lo decía a Zach o a mí mismo?

—Con que Dublín, ¿eh? —Apartó la vista de la pantalla solo para mirarme con lástima—. No subestimes el poder del papel. El dinero está hecho de esa mierda.

—Veinticinco por ciento lino. Setenta y cinco por ciento algodón —lo corregí. Aunque él ya lo sabía.

—Entonces estamos hablando de cheques. ¿Qué sabes sobre ella?

No mucho.

Después del día anterior, mi curiosidad no había aumentado lo más mínimo. Seducirla había sido más fácil que robarle un caramelo a un bebé. Irónicamente, creía que sería imposible quitarle un dulce a ella sin perder un brazo en el intento.

—Es preciosa, rebelde y preferiría comerse sus propios ojos antes que casarse conmigo.

Zach me saludó con su botella de electrolitos.

—Haré palomitas.

—No seas tan arrogante. Eres el siguiente en la fila.

—Pero la fila es larga. —Hizo clic con el ratón mientras empezaba a abandonar la conversación por su trabajo—. Y se me da genial hacer tiempo.