Capítulo dos
Dallas
No pensé ni una sola vez que esto podía ser un error mientras estaba sentada en el banco de piedra detrás de los rosales.
El aliento cálido del verano se aferraba a la noche fresca, el residuo húmedo aplastaba las rosas florecidas.
Romeo Costa llegaba tres minutos y treinta y cuatro segundos tarde.
Sin embargo, por algún motivo, sabía que vendría.
Me mordí el labio para contener una risa. La adrenalina me corría por las venas.
Cuando el crujir de las hojas interrumpió el canto de los grillos y el zumbido lejano de los coches, enderecé la espalda.
Las facciones perfectas de Romeo aparecieron, iluminadas por la sombra azulada de la luna.
Era incluso más guapo en la oscuridad total.
Como si fuera su hábitat natural, como si jugara de local.
Fiel a su palabra, llevaba una botella de champán abierta en una mano y un puñado de galletas dentro de una servilleta en la otra.
—¡Mi tesoro! —gruñí con voz de Gollum, extendiendo los dedos.
Él me lanzó la mirada aburrida de un hombre acostumbrado a rechazar a las fans antes de ver que había extendido la mano hacia las galletas y no hacia él.
Me metí una entera en la boca, incliné la cabeza hacia atrás y gemí—.
Qué delicia. Prácticamente saboreo Londres.
—Surrey —corrigió, mirándome como si fuera un jabalí salvaje con el que debía luchar—. ¿Te gusta el sabor de las ruinas antiguas y el estiércol?
—Aguafiestas.
Por motivos ajenos a mi comprensión, parecía no gustarle la idea de pasar tiempo conmigo, aunque había sido idea suya.
—Vayamos a un lugar discreto. —Era más una orden que una sugerencia.
—Nadie nos encontrará aquí. —Sacudí una mano quitándole importancia—. Llevo desde los dieciséis años viniendo a este baile. Conozco cada rincón de este sitio.
Él sacudió la cabeza.
—Algunos camareros vienen aquí a fumar.
Romeo debía querer que lo vieran conmigo tanto como yo quería que me vieran con él. Yo era una tonta chica de pueblo en comparación con su reputación de magnate billonario.
Suspiré y sacudí las migajas de galletas sobre los adoquines.
—De acuerdo. Pero si crees que llegaremos al final, estás muy equivocado.
—No me atrevería a asumir algo así. —Acentuó el oscuro murmullo con la espalda, dirigiéndose hacia el otro lado del patio.
Parecía como si estuviera huyendo de mí, en vez de marcar el camino.
Lo seguí de todos modos, masticando mi tercera galleta—.
¿Qué te ha hecho venir al jardín de rosas? ¿Los bocadillos o la propuesta?
—Un poco de ambos. —Me lamí los dedos—. Y el hecho de que creo que Madison no me es fi…
—Me detuve. No debería hablar mal de mi prometido, aunque no hubiera actuado bien.
No estábamos oficialmente juntos. Ni siquiera nos habíamos besado.
No estaba celosa. No me importaba para nada saber con quién salía antes de convertirnos en pareja—. La curiosidad mató al gato —dije.
—Tu gato sobrevivirá. Aunque me siento tentado a dejarlo en condiciones no tan prístinas.
¿Mi gato? ¿Se refería a mi va…?
Oh. Dios. Mío. Mi cuerpo, que no pillaba que ambos despreciábamos a los idiotas engreídos, sintió un hormigueo en lugares que normalmente olvidaba que existían.
—Eres un caso terrible —le informé alegremente—. Vas a ser mi error favorito.
Se detuvo en una colina verde y ondulada detrás de la ópera. Parecía bastante apartado, con una pared oscura a nuestra derecha. Romeo me pasó la botella de champán.
—Bebe. —Presionándolo contra mis labios, me bebí una gran parte de la botella.
—No eres un maestro de la seducción, ¿verdad?
Se apoyó contra la pared, con las manos metidas en los bolsillos.
—La seducción es un arte que rara vez tengo que ejercer.
El líquido gaseoso bajó por mi garganta, frío y fresco. Tosí un poco y cedí la botella.
—Qué humilde.
Le dio un trago generoso, con el chicle todavía en la boca.
—¿Eres virgen?
—Sí. —Miré alrededor, de pronto me pregunté si valía la pena. Él era atractivo, pero también un idiota—. ¿Tú?
—Casi.
La pregunta había sido una broma, así que tardé un poco en registrar su respuesta. Incliné la cabeza hacia atrás y reí.
—¿Quién lo diría? Hay sentido del humor debajo de toda esa frialdad.
—¿Has pensado hasta dónde estás dispuesta a llegar? —Me pasó la botella, ya medio vacía.
—¿Puedo decirte cuando parar y ya?
—Por lo poco que te conozco, asumo que no te detendrás hasta no solo haber perdido la virginidad, sino hasta que todas las otras chicas de buena crianza que te rodean también la hayan perdido. Acordemos dejar intacto tu himen. —Alguien necesitaba mejorar la charla sexual.
—Me parece bien. ¿Eres de Nueva York?
—No.
—Entonces ¿de…?
—No hablemos.
Está. Bien. No lo recordaría como un amante amable, pero sin duda era el más atractivo de lejos, así que decidí pasarlo por alto.
Nos pasamos la botella hasta vaciarla. Mi cuerpo parecía un cable expuesto, zumbando de expectativa.
Por fin dejó la botella en el suelo, se apartó de la pared, sujetó mi mentón entre el pulgar y el índice y me inclinó la cabeza hacia arriba.
Mi corazón dio un brinco y se zambulló en el fondo de mi estómago, donde se convirtió en fango.
Por primera vez, sus ojos brillaban con aprobación cálida.
—He conocido agentes de la IRS más agradables que tú. Pero te concederé algo. Es deliciosa, señorita Townsend.
Abrí la boca.
—¿Cómo sabrías si…?
Pero nunca terminé la oración porque escupió el chicle en el césped y me silenció con un beso abrasador. Su boca era tibia y olía a hoguera, perfume caro y menta. Me despojó de toda lógica, me dejó mareada. Su cuerpo era fuerte, rígido y desconocido. Me amoldé a él, envolviéndolo como un pulpo.
Él usó la lengua y separó mis labios. Cuando los abrí, su satisfacción resonó en mi estómago.
Me sujetó de la nuca para profundizar el beso.
Ahora, su lengua estaba por completo en mi boca, explorando el terreno como si conquistara cada centímetro.
Me invadió la frescura de su chicle. Estaba delicioso, aplicaba la presión justa.
Y así, sus palabras bruscas y su exterior pétreo se derritieron y se transformaron en pasión, fuego, y una promesa depravada de cosas que no había experimentado nunca.
El punto donde se unían mis piernas latía.
Intenté recordar si algo me había generado la misma sensación.
La respuesta deprimente fue que no . Era un terreno completamente nuevo.
Aguas inexploradas en las que quería zambullirme ya mismo.
Gemí en su boca, tirando de la solapa de su chaqueta, mi lengua persiguiendo la suya.
No me importaba lo que él pensara de mí. Nunca volvería a verlo.
Mis manos acariciaron sus mangas, apretando el material caro y los músculos de debajo.
Era atlético y fornido, pero no parecía robusto.
Dios, era precioso. Frío, suave e imperial como el mármol.
Como si alguien le hubiera puesto un poco de alma a una estatua romana para hacer que se moviera, pero no lo suficiente para hacerla sentir.
Mientras nos devorábamos mutuamente, me pregunté si podía sentir cada uno de sus abdominales de forma individual. Acaricié su estómago. Pude. No podía esperar a que Frankie lo supiera.
Romeo me empujó contra la pared y envolvió mis rizos oscuros en su puño dos veces, como si fueran las riendas de un caballo.
Jaló, inclinó mi cabeza hacia arriba y profundizó nuestro beso.
Su erección gigante se clavó en mi muslo, latiendo por el calor y la necesidad. Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Vaya, vaya. —Me sujetó más fuerte. Sentí que se abría, los muros a su alrededor se resquebrajaron de modo ínfimo—. Estás hecha para que te corrompan, ¿verdad, Galletita?
¿Acaba de llamarme… Galletita?
—Más. —Apreté su traje. No sabía qué le pedía. Solo sabía que el sabor y la sensación superaba cualquier postre. Y que terminaría en pocos minutos. No podía correr el riesgo de desaparecer demasiado tiempo.
—¿Más qué? —Ya había deslizado la mano hasta la abertura en mi vestido.
—Más… No sé. Tú eres el experto. —Me sujetó del culo.
Su índice se deslizó bajo el elástico de mi ropa interior de algodón y me acarició una nalga—.
Sí. Sí. Eso. —Interrumpí nuestro beso, mordí su mentón, mi inexperiencia se apoderó del encuentro cuando no pude evitar decir—: Pero por el otro lado. Por delante.
—¿Seguro que quieres que un extraño que previamente te ha dado galletas te meta los dedos?
—Entonces no entres. —Aparté la cabeza para mirarlo con el ceño fruncido—. Ve por el borde… Ya sabes, el marco.
Metió la mano entre mis piernas, cubriéndome con la palma caliente y apretando fuerte.
—Debería follarte ahora mismo para quitarte la rebeldía y esa boca sabelotodo. —Era la primera vez que este hombre inteligente del Atlántico Medio soltaba una grosería, y por alguna razón, sabía que era algo poco común en él.
Arqueando la espalda, me pegué a su mano, en busca de más contacto.
—Mmm. Sí.
Me acarició por encima de la ropa interior, dibujando un óvalo con el dedo alrededor, sin tocar directamente. Tal vez era porque su tacto era apresurado, escurridizo y estaba diseñado para enloquecerme, pero estaba empapada. Qué tortura tan dulce, era maravilloso.
—¿Tu lengua siempre te mete en problemas? —Terminó de besarme y pasó a enloquecerme acariciándome y mirándome con fastidio, sin disimular. Qué hombre tan raro. Muy raro. Pero no lo suficiente para que me alejara de lo que fuera que estuviera pasando entre los dos.