Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo uno #3
4%

Capítulo uno #3

No me encantaba la idea de casarme con Madison Licht, pero tampoco la odiaba.

Lo conocía de toda la vida. Dado que era el hijo de un amigo de la carrera de mi padre, aparecía durante las vacaciones o en alguna que otra cena.

Todo en él era adecuado. Adecuadamente atractivo.

Adecuadamente rico. Adecuadamente educado.

Sin embargo, toleraba mi excentricidad. Además, los ocho años que me sacaba le daban un aura de hombre culto y experimentado.

Habíamos tenido dos citas, donde dejó claro que me permitiría vivir como quisiera.

Una rareza entre los matrimonios de conveniencia de Chapel Falls.

Romeo Costa me miraba como si fuera una pila de estiércol a la que alguien había prendido fuego en su puerta y necesitara pisotearme para apagar las llamas.

—¿Cuándo es la boda? —Su voz era una burla envuelta en terciopelo.

—No lo sé. Probablemente cuando me gradúe.

—¿Qué estudias?

—Literatura en Emory.

—¿Cuándo te graduarás?

—Supongo que cuando deje de suspender.

Una sonrisa amarga tocó sus labios, como si reconociera que mi comentario debería entretenerlo.

—¿Te gusta?

—No.

—¿Qué te gusta, además de las galletas? —Parecía seguirme la corriente solo para que no me fuera.

No sabía por qué. Él no parecía disfrutar tanto de mi compañía. Sin embargo, pensé en la respuesta, dado que no tenía que concentrarme en los pasos de baile. Él se ocupaba por los dos.

—Los libros. La lluvia. Las bibliotecas. Conducir sola de noche con música de fondo. Viajar… Más que nada por la gastronomía. Pero los restos históricos no me desagradan.

En Chapel Falls todos creían que era una niña de papá que se pasaba el día quemando la tarjeta de crédito en bolsos de lujo, frecuentando restaurantes elegantes y buscando novelas decentes en el Cinturón Bíblico. Era de conocimiento público que no tenía aspiración alguna.

Pero los rumores no eran ciertos. Tenía un deseo secreto. Un deseo clandestino que, por desgracia, exigía la presencia de un hombre. Lo que más anhelaba era ser madre.

Parecía muy sencillo. Muy accesible. Sin embargo, había pasos indispensables para lograr ese objetivo, y ninguno de ellos parecía posible en el anticuado Chapel Falls.

—Eres muy directa. —No lo dijo como si fuera algo bueno.

—Eres muy curioso. —Dejé que me inclinara, incluso cuando eso nos acercó más—. ¿A ti qué te gusta? —pregunté un segundo después, porque era educado hacerlo.

—Pocas cosas. —Nos hizo girar en círculos rápidos, y pasamos junto a Savannah, que estaba boquiabierta—. El dinero. El poder. La guerra.

—¿La guerra? —repetí, atónita.

—La guerra —confirmó—. Es un negocio lucrativo. Y también constante. Siempre hay alguna guerra en el mundo o países preparándose para ella. Es extraordinario.

—Tal vez para los políticos. No para las personas que la sufren. Los niños aterrorizados. Las muertes, las familias, el dolor de…

—¿Siempre eres tan difícil o te has reservado este discurso de concurso de belleza solo para mí?

Después de quedarme sin palabras por su idiotez, respondí:

—Solo para ti. Espero que te haga sentir especial.

Hizo estallar su chicle. Para nada caballeroso.

—Reúnete conmigo en el jardín de rosas en diez minutos. —Todo el mundo sabía lo que pasaba en el jardín de rosas.

Apreté los labios. ¿Acaso él no había estado presente los últimos cinco minutos?

—Acabo de decirte que estoy comprometida.

—Todavía no estás casada. —Me inclinó de nuevo para corregir la coreografía. Arrogante—. Es tu última celebración antes de casarte. Tu momento de debilidad antes de que sea demasiado tarde para probar algo nuevo.

—Pero… no me caes bien.

—No necesito caerte bien para hacerte sentir bien.

Hice retroceder la cabeza y lo fulminé con la mirada.

—¿Y qué me ofreces?

—Una vía de escape de este evento tan aburrido.

—Otro giro. Más dolor de cuello. O tal vez era producto de esta conversación.

Él mantuvo la voz baja y firme—. Discreción absoluta garantizada.

Diez minutos. Llevaré galletas y champán.

Solo necesitas llevar tu presencia. De hecho…

—Hizo una pausa, mirándome de arriba abajo—.

No me molestaría que dejaras tu personalidad en la mesa.

—Con eso, interrumpió el baile en la mitad y me dejó en el suelo.

Mi mente daba vueltas mientras observaba su espalda al retirarse. No entendía qué acababa de pasar. ¿Acababa de ofrecerme sexo sin compromiso? Parecía atónito por nuestra conversación. Pero tal vez siempre era así.

Gélido, reservado e informal.

Parte de mí intentaba convencerme de que debería aceptar lo que me había ofrecido. Aunque sin llegar al final. Conservaría mi virginidad. Pero un par de travesuras en la oscuridad no harían daño a nadie. Tampoco es que Madison estuviera en casa pensando en nuestro futuro.

Sabía con certeza que salía todos los fines de semana y que disfrutaba de amoríos breves con modelos y mujeres de la alta sociedad. Mi amiga Hayleigh vivía en la casa de enfrente y me hablaba de las mujeres que entraban y salían de su condominio.

Es decir, ni siquiera estábamos juntos de verdad. Hablábamos por teléfono una vez al mes para «conocernos mejor», a petición de nuestros padres, pero eso era todo.

Esta propuesta de un hombre como Romeo Costa era algo que solo llegaba una vez en la vida. Debería aprovecharlo. A él. Tal vez podría enseñarme algunos trucos. Algo con lo que impresionar a Madison.

Además… me había prometido galletas.

En cuanto mi padre se giró para hablar con el señor Goldberg, corrí al baño. Apreté el borde del fregadero de piedra caliza salpicado de oro y me miré en el espejo, parpadeando.

Son solo unos besos.

Ya lo has hecho con otros chicos.

Él era tan nuevo, tan maduro, tan sofisticado, que ni siquiera me importaba que fuera malvado. Con sinceridad: el señor Darcy no fue precisamente digno de embelesamiento hasta el último veinte por ciento del libro.

—¿Qué podría pasar? Nada malo —le aseguré a mi reflejo—. Nada.

A mis espaldas, alguien tiró de la cadena. Emilie salió de un cubículo, frunciendo el ceño mientras se lavaba las manos a mi lado.

—¿Te has fumado lo mismo que el camarero le ha dado a tu hermana? —El dorso de su mano jabonosa subió hasta mi frente—. Estás hablando sola.

Esquivé su tacto.

—¿Has conocido a Romeo Costa?

Hizo un mohín.

—Él y von Bismarck son la atracción principal. Siempre están rodeados de miles de personas. Ni siquiera he podido sacarle una foto. Pero te he visto bailando con él. Qué afortunada. Mataría por tener esa oportunidad.

Se me escapó una risita breve e imprudente.

—¿Adónde vas? —preguntó Emilie cuando me giré.

A hacer algo espontáneo.