Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo uno #2
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Capítulo uno #2

Giré la cabeza. Tenía razón. Una hilera de invitados esperaba para besar los anillos de esos dos hombres. Dado que estaba dispuesta a rebajarme solo por algo sabroso, avancé hacia el grupo que rodeaba la mesa de Costa y von Bismarck.

— … plan fiscal desastroso que crearía el caos económico…

— Señor Costa, sin duda debe haber una forma de cortar estos gastos, ¿no? No podemos continuar financiando estas guerras…

— … su falta de armas tecnológicas. Llevo tiempo queriendo preguntarlo…

Mientras los hombres de Chapel Falls hablaban con intenciones de generarle un coma a esos dos y las mujeres inclinaban el torso para exhibir su escote, me abrí paso entre la multitud con los ojos puestos en el premio: una fuente de tres pisos con galletas deliciosas.

Primero, coloqué una mano de forma casual sobre la mesa.

Nada que ver aquí. Luego, me acerqué poco a poco a los dulces ingleses que se encontraban en el centro de la mesa.

Mis dedos rozaron una galleta y una voz afilada se dirigió a mí.

—¿Y tú quién eres?

Era Cuero. O, mejor dicho, Romeo Costa. Estaba reclinado en su silla, mirándome del mismo modo que un cocodrilo del Nilo. Dato curioso: ambos consideraban a los humanos parte habitual de su dieta.

Me incliné con una reverencia.

—Oh, lo siento ¿Dónde han quedado mis modales?

—Sin duda no están en la bandeja de galletas. —Su voz era irónica y desinteresada.

Bueno. Público difícil. Aunque era verdad que había intentado robar sus galletas.

—Soy Dallas Townsend, de la familia Townsend. —Esbocé una sonrisa cálida y le ofrecí la mano para que la besara. Él la miró con repugnancia, ignorando el gesto. Algo totalmente desproporcional a mi supuesto crimen.

—¿Tú eres Dallas Townsend? —Un dejo de decepción atravesó su rostro digno de un dios.

Como si hubiera esperado algo muy diferente.

El mero hecho de que hubiera esperado algo era ya una suposición rebuscada.

No nos movíamos en los mismos círculos. De hecho, estaba noventa y nueve por ciento segura de que este hombre solo se movía en cuadrados. Era un tipo de persona muy vivaz.

—Lo llevo siendo los últimos veintiún años.

Miré las galletas. Tan cerca, pero tan lejos.

—Mis ojos están aquí arriba —replicó Costa.

Von Bismarck rio y cogió la galleta más grande, posiblemente para molestarme.

—Es encantadora, Rom. Una buena mascota.

¿Encantadora? ¿Mascota? ¿De qué hablaba? Con gran reticencia, arrastré mis ojos por el largo de la mesa, lejos de las galletas, y los posé en el rostro de Romeo. Era tan atractivo. Sin ningún rastro de vida en los ojos.

Él inclinó el torso hacia delante.

—¿Estás segura de que eres Dallas Townsend?

Me di unos golpes en el mentón con el índice.

—Mmm, ahora que lo pienso, me gustaría cambiar mi respuesta: soy Hailey Bieber.

—¿Se supone que esto es gracioso?

—¿Se supone que esto es serio?

—Estás siendo muy obtusa.

—Tú has empezado.

Cada rincón de la mesa emitió un grito ahogado.

Romeo Costa, sin embargo, parecía más indiferente que ofendido.

Reclinó la espalda en el asiento y posó los antebrazos en cada reposabrazos.

La postura (y su traje a medida que se amoldaba a la perfección) le daban el aura de un rey estricto con predilección por la guerra.

—Dallas Maryanne Townsend. —Barbara Alwyn-Joy se apresuró a intervenir.

La madre de Emilie era chaperona en el evento.

Y, al igual que el resto, se tomaba el trabajo con demasiada seriedad—.

Debería decirle a tu padre que te saque de este salón de baile en este instante por hablarle así al señor Costa. No nos comportamos así en Chapel Falls.

En Chapel Falls quemarían a cada pelirrojo del pueblo en la hoguera.

Incliné la cabeza con exageración, mientras tocaba con el dedo del pie una galleta redonda sobre el suelo de mármol.

—Lo lamento, señora.

No me arrepentía ni una pizca. Romeo Costa era un imbécil. Tenía suerte de que estuviéramos en público, porque si no me hubiera visto sin filtros. Me giré para irme antes de causar aún más revuelo y que mi padre me cancelara la tarjeta de crédito.

Pero entonces, Costa no pudo evitar hablar de nuevo.

—¿Señorita Townsend?

Bieber para ti.

—¿Sí?

—Es necesaria una disculpa.

Me di la vuelta en mi sitio y lo fulminé con la mirada con cada gramo de furia que pude reunir.

—Estás borracho si crees que me dis…

—Me refería a que yo debería disculparme. —Se puso de pie y abotonó su saco.

Ah. Cientos de ojos rebotaban entre nosotros.

No sabía muy bien qué estaba pasando, pero creía que las probabilidades de ponerle las manos encima a las galletas acababan de multiplicarse.

Además, necesitaba aprender de su talento para mantener el control y la confianza al máximo incluso mientras pedía disculpas.

Siempre me sentía muy impotente al disculparme.

Pero Costa trataba las disculpas como una herramienta para catapultarse más alto en la jerarquía humana.

Parecía ser de una especie completamente diferente a sus pares.

Crucé los brazos, ignorando todo lo aprendido en las clases de etiqueta, como siempre.

—Claro. Estoy dispuesta a escucharlas.

Él no sonrió. Ni siquiera me miró. En cambio, me atravesó con los ojos.

—Me disculpo por haber dudado de su identidad. Por motivos desinformados, creí que sería… diferente.

En otro momento, le preguntaría quién le había dicho qué, pero necesitaba reducir mis pérdidas y huir antes de que mi lengua me metiera en problemas.

Había un motivo por el cual mantenía la boca ocupada masticando el ochenta por ciento del tiempo.

Además, no podía mirar a ese hombre sin sentir que mis piernas estaban hechas de gelatina.

No me gustaba lo atontada que me hacía sentir.

O como mi piel se ruborizaba donde él posaba la mirada.

—No pasa nada. Nos pasa a todos. Disfrute de la velada. —Con eso, regresé rápido a mi mesa.

Por suerte, mi padre estuvo de un humor excelente toda la cena, conversando con sus amigos. Barbara no debía haberlo amenazado en broma con delatarlo, porque poco después del cuarto aperitivo, él me dio permiso para bailar.

Y vaya que bailé. Primero, con David, de la iglesia.

Luego, con James, del instituto. Y por último con Harold, que vivía a unas manzanas de casa.

Me hicieron dar vueltas, me inclinaron a pocos centímetros del suelo de mármol e incluso me permitieron guiar el baile en algunos valses.

Podríamos decir que la velada estaba siendo un éxito.

Hasta que Harold inclinó la cabeza cuando nuestra canción terminó y comencé a volver a mi asiento.

Porque cuando me giré, Romeo Costa estaba ahí.

Como un demonio al que acababan de invocar. A cinco centímetros de mi rostro.

Virgen María, ¿por qué el pecado siempre es tan tentador?

—Señor Costa. —Coloqué la mano sobre mi clavícula expuesta—. Lo siento, pero estoy un poco mareada y cansada. Creo que no voy a…

—Yo guiaré. —Me alzó en el aire, mis pies flotaron sobre el suelo, y comenzó a bailar conmigo sin mi participación.

Hola, bandera roja del tamaño de Texas.

—Por favor, suélteme —pedí, apretando los labios.

Sujetó más fuerte mi cintura, el contorno de sus músculos me engulló.

—Por favor, deja de fingir que eres una dama. He visto a Olivia Wilde actuar de modo más convincente.

Ay. Recuerdo bien haber querido arrancarme los ojos después de ver la película El efecto Lázaro.

—Gracias. —Relajé los músculos para obligarlo a sostener todo mi peso o dejarme caer inerte en el mármol—. La verdad, ser un miembro respetable de la sociedad es agotador.

—Viniste a mi mesa por las galletas, ¿verdad?

Quizás cualquier otra chica lo hubiera negado con vergüenza. Pero la realidad era que me gustaba la idea de que supiera que él no era la atracción principal para mí.

—Sí.

—Estaban deliciosas.

Miré su mesa por encima de su hombro.

—Aún quedan algunas.

—Muy perspicaz, señorita Townsend. —Me hizo girar con la destreza aterradora de un bailarín profesional.

No sabía si tenía nauseas porque él se movía demasiado rápido o porque estaba entre sus brazos—.

No creo que quiera también una copa de champán para acompañarlas, ¿no?

Oliver y yo acabamos de comprar una botella de Cristal Brut Millénium Cuvée.

Esa botella cuesta trece mil dólares. Por supuesto que quería una copa. Intenté imitar su tono desinteresado.

—De hecho, creo que una copa sería el acompañamiento perfecto para las galletas.

Él mantuvo el rostro inexpresivo y frío. Dios, ¿qué era necesario para hacer sonreír a ese hombre?

Apenas era consciente de que nos observaban.

Me fijé en que el señor Costa no había bailado con nadie, solo conmigo.

Me incomodaba. Savannah y Emilie habían mencionado que él no había asistido en busca de pareja, pero también me habían dicho en la primaria que las vacas marrones daban chocolate con leche.

Me despejé la garganta.

—Hay algo que deberías saber. —Me miró con sus ojos grises como el invierno inglés, su expresión decía que era imposible que existiera algo que yo sabía y él no—. Estoy comprometida, así que buscas conocerme mejor…

—Conocerte es la menor de mis intenciones. —Cuando habló, me fijé en que estaba mascando chicle. Menta, a juzgar por el aroma.

—Gracias a Dios. —Me relajé—. No me gusta decepcionar a los demás. Es una manía, ¿sabes?