Capítulo uno
Dallas
—Dios, no estaban de coña. Ha venido a la ciudad.
Emilie me sujetó la muñeca, sus uñas largas clavándose en la piel bronceada.
—Igual que Oliver von Bismark. —Savanna extendió el brazo—. Que alguien me pellizque. —Lo hice con gusto—. Ay, Dal. Deja de ser tan literal.
Me encogí de hombros y centré toda mi atención en la comida, la verdadera razón por la que había asistido esa noche al baile de debutantes.
Cogí una cáscara de pomelo bañada en chocolate de una bandeja de cristal y la aplasté con los dientes, saboreando el néctar amargo.
Dios no era un hombre.
Dios tampoco era una mujer.
Dios era probablemente una fruta cubierta de chocolate Godiva.
—¿Qué hacen aquí? Ni siquiera son del sur. —Emilie le robó a Sav el programa de debutante para abanicarse el rostro—. Y dudo que hayan venido a conocer mujeres. Ambos adoran la vida de soltero. ¿Acaso Costa no le rompió el corazón a una princesa sueca de verdad el verano pasado?
—¿A diferencia de una princesa sueca de mentira? —me pregunté en voz alta.
— Dal.
¿Dónde estaban los pasteles de nata portugueses? Me prometieron pasteles de nata portugueses.
—Me dijiste que habría pasteles de nata. —Tomé un premio de consolación (un pastel griego de queso y miel) y lo sacudí delante de Emilie—. Culpa mía por haber vuelto a confiar en ti.
Sus ojos de halcón me vieron guardando dos rosquillas polacas en el bolso.
—Dal, no puedes guardar eso en tu Chanel. Estropearás el cuero.
Sav introdujo un puño frenético en su bolso de mano y extrajo un pintalabios.
—He oído que von Bismarck ha venido para comprar Le Fleur.
Le Fleur pertenecía al padre de Jenna. Manufacturaban sábanas de percal para hoteles de cinco estrellas. Con trece años, Emilie y yo huimos de casa y dormimos en su sala de exposición una semana antes de que nuestros padres nos descubrieran.
—¿Para qué necesita Le Fleur? —Cogí un kanafeh, aún de espaldas a las criaturas míticas que habían enloquecido colectivamente a mis mejores amigas. A juzgar por los susurros que llenaban la sala, no eran las únicas hablando de este tema.
Emilie le quitó el Bond No. 9 a Savannah y se aplicó una cantidad generosa.
—Es dueño de una cadena pequeña llamada El gran regente. Seguro que has escuchado hablar de ella.
El gran regente comenzó como un resort exclusivo al que accedías solo con invitación antes de expandirse a más sucursales que el Hilton.
Así que supuse que von Arrogancia no andaba corto de dinero.
De hecho, la riqueza generacional obscena era el requisito de entrada implícito al evento de esta noche.
El Baile de Debutantes Real de Chapel Falls era un espectáculo de exhibición pretencioso que atraía a cada billonario y multimillonario del estado.
Los padres exhibían a sus hijas criadas en bailes de cotillón por la Ópera Astor con la esperanza de que les fuera lo bastante bien como para que las cortejaran hombres de la misma categoría impositiva.
Yo no había venido a encontrar marido. Antes de mi nacimiento, mi padre ya me había prometido, como bien me recordaba mi anillo de diamantes. Esto siempre me pareció un problema para el futuro… hasta que descubrí el anuncio oficial en las páginas sociales dos días atrás.
—Escuché que Romeo está decidido a convertirse en el director ejecutivo de la empresa de su padre. —Dios, Sav estaba obsesionada con él. ¿Acaso planeaban escribir la Wikipedia de este hombre?—. Y eso que ya es billonario.
—No solo billonario. Es megabillonario. —Emilie tocó un diamante corte marquesa en su brazalete Broderie, una de las acciones involuntarias que la delataban al jugar póker—.
Y no es de los que desperdicia el dinero en yates, asientos de oro para el retrete o para financiar protectoras de animales para limpiar su imagen.
Sav los miró con desesperación a través de su espejo compacto.
—¿Creéis que hay alguna forma de conocerlos?
Emilie frunció las cejas.
—Ninguno de los presentes los conoce. ¿Dal? ¿Dallas? ¿Estás escuchando? Es importante.
La única situación grave que había presenciado era la falta de galletas. A regañadientes, clavé la vista en los dos hombres que separaban la multitud de seda y peinados rígidos.
Ambos medían al menos uno noventa. Parecían gigantes intentando entrar en una casa de muñecas. De todos modos, rompían todos los moldes. Sus similitudes terminaban con su altura. Eran polos opuestos. Uno era seda y el otro, cuero.
Suponía que el clon de Ken en la vida real era von Bismarck. Pelo rubio ceniza, mandíbula cuadrada adornada con una barba incipiente; parecía algo que solo podía dibujar un ilustrador de Walt Disney. El príncipe europeo perfecto, con ojos azules escandalosos y estructura romana.
Seda.
El otro era una bestia salvaje que había aprendido modales. Amenaza contenida en un traje marca Kiton. Llevaba el pelo negro como la tinta peinado como un caballero, recortado para someterlo.
Había cuidado hasta el más mínimo detalle.
Diseñado de forma intencional para administrar dosis letales directamente al torrente sanguíneo de una mujer.
Pómulos marcados, cejas gruesas, pestañas por las que correría el riesgo de ir a la cárcel, y los ojos grises más gélidos que había visto: eran tan claros y helados que decidí que no combinaban con sus facciones italianas bronceadas.
Cuero.
—Romeo Costa. —La voz de Savannah se llenó de anhelo mientras él pasaba a nuestro lado en dirección a la mesa VIP—. Dejaría que me arruinase la vida, tanto como Elon Musk destruyó Twitter.
—Yo dejaría que me hiciera cosas feas. —Emilie jugó con el diamante azul que llevaba colgado del cuello—. No tengo ninguna fantasía en mente, solo aceptaría todo lo que él quisiera.
Era un problema. Ser chicas sureñas vírgenes que iban a la iglesia y leían la Biblia en el siglo veintiuno.
Chapel Falls era famoso por dos cosas: 1) sus residentes asquerosamente ricos, la mayoría propietarios de negocios con muchos beneficios.
Y 2) ser conservadores arcaicos extremos, dispuestos a encerrar a sus hijas en casa.
Las cosas funcionaban de forma diferente aquí abajo. Supuestamente, las presentes apenas nos habíamos dado un beso antes del matrimonio, a pesar de que todas teníamos más de veintiún años.
Mientras mis amigas, con sus buenos modales, les lanzaban miradas discretas, a mí no me importó mirarlos fijamente.
Mientras un anfitrión nervioso los llevaba a su mesa, ellos evaluaban el entorno.
Romeo Costa con la distancia insatisfecha de un hombre que cenaba basura en un callejón; y von Birsmarck con diversión cínica y juguetona.
—¿Qué estás haciendo, Dal? ¡Se darán cuenta de que estás mirándolos! —Savannah casi se desmaya. Ellos ni siquiera miraban en nuestra dirección.
—¿Y? —Bostecé y cogí una copa de champán de una bandeja que apareció en mi periferia visual.
Mientras Sav y Emilie cotillearon un poco más, yo caminé entre las mesas cubiertas de dulces importados, champán y bolsas de regalos.
Hice las rondas obligatorias, saludé a conocidos y familiares lejanos solo para acceder a las bandejas de catering en el extremo opuesto de la sala.
También mantuve un ojo alerta en busca de mi hermana, Franklin.
Frankie estaba en alguna parte, probablemente incendiando la peluca de alguien o perdieron la fortuna familiar en un juego de cartas.
Si a mí me tachaban de perezosa, con falta de ambición y demasiado tiempo libre, ella era la banshee designada en la casa Townsend.
No tenía ni idea de por qué papá había decidido traerla. Apenas tenía diecinueve años y conocer hombres le interesaba tanto como a mí masticar agujas sin esterilizar.
Caminando en mis Louboutins edición limitada (doce centímetros, terciopelo negro y tacones de aguja hechos con perlas y cristales Swarovski), ofrecí sonrisas y lancé besos a todos los que se cruzaban en mi camino hasta que me topé con otro cuerpo.
—¡Dal! —Frankie me abrazó como si no me hubiera visto hacia cuarenta minutos, cuando me había hecho prometer que le guardaría el secreto después de pillarla guardándose botellitas de Clase Azul en el sujetador. Los bordes de las botellitas se me clavaron en los pechos cuando nos abrazamos.
—¿Te lo estás pasando bien? —La enderecé antes de que cayera como una cabra—. ¿Quieres que te traiga un poco de agua? ¿Un analgésico? ¿Una intervención divina?
Frankie olía a sudor. Y a perfume barato. Y a marihuana.
—Estoy bien. —Sacudió una mano, mirando alrededor—. ¿Has visto que ha venido un duque de Maryland?
—Creo que no existe la monarquía en Estados Unidos, hermanita. —Solo porque el apellido de von Bismarck parecía inventado, eso no significaba que fuera de la realeza.
—¿Y su amigo superrico? —Me ignoró—. Es traficante de armas, parece divertido.
Solo en su universo un traficante de armas le parecería entretenido.
—Sí, Sav y Emilie también estaban entusiasmadas, tanto que estaban listas para luchar contra un lince. ¿Los has conocido?
—No. —Frankie arrugó la nariz, todavía mirando el salón de baile, probablemente en busca de quien sea que la haya hecho oler como un bebé en el asiento trasero del coche de un traficante de drogas—.
Supongo que quien los invitó quería causar una buena impresión porque su mesa tiene galletas preparadas especialmente por el panadero favorito de la reina muerta.
Voló aquí directo desde Surrey. —Esbozó una sonrisa torcida—. Robé uno cuando nadie miraba.
Mi corazón se detuvo. Quería tanto a mi hermana. Pero también quería matarla ahora mismo.
—¿Y no robaste una para mí? —casi grité—. Sabes que nunca he probado una galleta inglesa auténtica. ¿Cuál es tu problema?
—Ah, hay muchas más. —Frankie hundió los dedos en su recogido tenso y se masajeó el cuero cabelludo—. Las personas hacen fila para hablar con esos idiotas como si fueran, no sé, los Windsor. Acércate, preséntate y coge una con disimulo. Hay miles.
—¿De galletas o de personas?
—De ambas.