Capítulo dos #2
—Siempre. Mi madre dice que, si usara las piernas tanto como la lengua, sería atleta olímp…
Ah, me gusta. —Hundió el dedo en mi interior, me rozó el clítoris y luego lo retiró con la misma rapidez con la que había entrado.
Para mi horror, oí el ruido que producía la humedad cuando me separó los labios—.
Hazlo otra vez. —Murmuré en su cuello, embriagada por su aroma—.
Pero hasta el fondo. —Él gruñó, seguido de lo que me pareció que fue un susurro que sonó a «qué desastre».
Ey, nadie estaba apuntándole con un arma—.
Pero ¿tú te estás divirtiendo? —Empezaba a pensar que se arrepentía.
A pesar de mi mareo lujurioso, me fijé en que parecía más molesto que excitado.
Es decir, su miembro del largo de una pierna sin duda me indicaba que no sufría, pero le fastidiaba encontrarme atractiva.
—Estoy eufórico. —Su voz estaba llena de sarcasmo.
—Puedes lamerme los pezones si quieres. He escuchado que es excitante. —Me toqué el pecho encorsetado y tiré de la tela.
Su mano se apresuró a sujetar la mía y me cogió la teta.
—Muy generoso por tu parte, pero paso.
—Te juro que son bonitos. —Intenté bajar la prenda para mostrárselo.
Él apretó más fuerte mi mano.
—Me gusta no compartir lo mío. Esconderlo de la vista ajena. Para mi entretenimiento privado.
¿Lo suyo?
De pronto, estaba sobria.
—¿Lo tuyo?
En ese instante, el muro en el que estábamos apoyados cedió.
La anfitriona del baile estaba en el podio, sosteniendo el control remoto de los fuegos artificiales.
Nosotros también estábamos en el podio. Dios.
No era un muro. Era una cortina. Y ahora teníamos a los trescientos invitados delante; todos boquiabiertos, con los ojos abiertos de par en par y más que juzgándonos.
Vi a mi padre de inmediato. En nanosegundos, su piel oliva se volvió pálida, pero sus orejas estaban cada vez más y más rojas.
Por fin algunos pensamientos penetraron en mi cerebro cegado por la lujuria.
Primero, mi padre sin duda alguna cancelaría todas mis tarjetas, hasta la de la biblioteca.
Y, por último, me fijé en lo que todos veían.
A mí, en brazos de un hombre que no era mi prometido.
Él tenía la mano entre mis piernas, bajo mi vestido.
Yo tenía todo el pintalabios corrido, el pelo enmarañado…
y supe que le había dado algunos mordiscos cariñosos visibles.
—Amiga. —Era Frankie desde las fauces profundas de la multitud—. Mamá te castigará hasta que cumplas los cuarenta.
La multitud estalló en una conversación entusiasta. El flash de los teléfonos me cegó y me tambaleé hacia atrás mientras apartaba a Romeo Costa. Pero él no lo toleró. El psicópata fingió protegerme y me escondió detrás de él. Su tacto era brusco y frío. Una actuación. ¿Qué estaba pasando?
—… nada respetada por ningún hombre…
—… pobre Madison Licht. Es tan buen chico…
—… siempre ha sido problemática…
—… su estilo es horrible…
Bueno, la última sin duda era mentira.
—Pa-papi. No es lo que parece. —Intenté alisar mi Oscar de la Renta y clavé mi tacón puntiagudo en el pie de Romeo, lo que por fin me libró de su mano.
—Por desgracia, es exactamente lo que parece —replicó Romeo mientras retrocedía más en el escenario y me sujetaba del codo para llevarme con él.
¿Qué demonios hacía? —El secreto ha salido a la luz, mi amor.
—¿Su amor? ¿Yo? Exageró al limpiarse la mano que hacía pocos segundos tenía entre mis piernas, sobre mi vestido de diseñador—.
Por favor, no insinuéis que mi Dallas ha perdido la reputación.
Solo ha cedido a la tentación. Como dijo Oscar Wilde: es traviesa, pero es humana.
—Mantuvo la mirada firme. Clavada en los ojos de mi padre.
¿Por qué hablaba como un extra de Downton Abbey ? ¿Y por qué ha dicho que he perdido la reputación?
—Debería matarte. —Mi padre, el reputado pastor Townsend, se abrió paso entre los cuerpos para llegar al escenario—. Corrección: te mataré. —El pánico frío se apoderó de mí. No sabía si le hablaba a Romeo, a mí o a los dos.
Tenía las puntas de los dedos tan congeladas que ni siquiera las sentía. Temblaba como una hoja en el viento otoñal.
Esta vez la había cagado pero bien. Ya no se trataba de fracasar siguiendo caminos aleatorios, responderle mal a alguien a quien mis padres le pedían opinión o comerme no tan por accidente el pastel de cumpleaños de Frankie.
Había arruinado por completo la buena reputación de mi familia.
Había manchado el apellido Townsend y lo había convertido en escombros de rumores y condena eterna.
—Eres Shep, ¿cierto? —Romeo alzó la mano que no estaba a mi alrededor y miró el Patek Philippe que llevaba en la muñeca.
—Señor Townsend para ti. —Llegó al escenario con nosotros—. ¿Qué tienes que decir?
—Veo que hemos llegado a la parte de negociación de la noche.
—Costa me miró una vez, como si tratara de decidir cuánto dinero quería apostar por mí—.
Sé que Chapel Falls tiene una política de «rompes y pagas» cuando se trata de sus hijas debutantes.
—Sus palabras eran latigazos en mi piel, dejaban marcas rojas en cada roce que habían dejado sus manos, él ya no fingía que éramos pareja y hablaba con mi padre como el empresario que era—.
Estoy dispuesto a comprar lo que he roto.
¿Por qué hablaba como si yo fuera un florero? ¿Y qué rayos proponía exactamente?
—No estoy rota. —Lo empujé con toda la fuerza que pude. Como respuesta, me sujetó más fuerte—. No soy un producto que comprar.
—Cállate, Dallas. —Mi padre estaba agitado.
Una cantidad de sudor que nunca había visto le caía por la sien.
Se interpuso entre los dos como si no pudiera confiar en que no fuéramos a empezar a hacer el amor.
Y por fin, Romeo me soltó—. No sé qué propone, señor Costa, pero esto no han sido unos simples besos producto del alcohol…
Romeo alzó una mano para detenerlo.
—Sé qué tiene su hija entre las piernas, señor.
Y también cómo sabe. —Lamió la yema de su pulgar, sin romper jamás el contacto visual con mi padre—.
Puede intentar huir de esto hablando hasta quedarse sin saliva.
El mundo entero creerá mi versión. Los dos lo sabemos.
Su hija es mía. Ahora lo único que puede hacer es negociar un buen trato.
—¿Qué está pasando? —Barbara se puso de pie en medio de la multitud—. ¿Hay una propuesta de matrimonio?
—Más les vale que la haya —advirtió alguien más.
—Ni siquiera sabía que se conocían —gritó Emilie—. Ella solo hablaba sobre el postre.
La vergüenza me tiñó el rostro. Lo único que me mantenía en pie era la convicción de que nunca permitiría que este hombre horrible ganara. Mi furia era tan intensa, tan tangible, que sentí su sabor amargo en la boca. Cubría cada rincón, me invadía como un veneno negro.
Mi padre bajó la voz al mismo tono de Romeo con todo el odio que poseía.
—Le prometí mi hija a Madison Licht.
—Licht ya no la tocará ni con un palo de seis metros.
—Él lo entenderá.
—¿Sí? —Romeo alzó una ceja—. Dejando de lado el hecho de que todo el mundo ha visto a su prometida con mis dedos bajo su vestido, estoy seguro de que sabe que ambos somos rivales de negocios.
Damas y caballeros, el hombre que aparentemente quiere casarse conmigo. Estaba segura de que Edgar Allan Poe no se estaba revolcando en su tumba, preocupado porque le quitaran el puesto de Gran Poeta.
—Escucha, es mi hija y…
—Vas a dársela a un idiota millonario quien estoy seguro de que la tratará como un mueble barroco.
—No había alegría en la voz de Romeo. Tampoco tono triunfal.
Dio la noticia como un dios griego malhumorado que decidía el destino de un simple mortal—.
No hay ninguna diferencia entre lo que ofrezco yo y lo que Madison Licht haría, a excepción de que pronto mi patrimonio aumentará a veinte billones de dólares y su empresa ni siquiera es pública todavía.
El peso del mundo entero me aplastó cuando entendí dos cosas: 1) Romeo Costa sabía perfectamente quien era yo antes de nuestro primer encuentro.
Me había buscado. Me había cautivado. Se había asegurado de captar mi atención.
Siempre había sido su objetivo. Después de todo, él mismo lo había dicho: Madison Licht era su enemigo y quería destrozarlo.
2) Romeo Costa era tan bastardo que se casaría conmigo a pesar de que ambos seríamos infelices solo para molestar a mi prometido. Más bien a mi ex prometido.
Avancé con furia y coloqué las palmas sobre el pecho de Romeo.
—No quiero casarme contigo.
—Es mutuo. —Avanzó bajo mi tacto feroz, me cogió la mano izquierda y me quitó el anillo de compromiso de Madison—.
Una tradición es una tradición. Lo he tocado; lo he roto.
Saluda a tu nuevo prometido. —Romeo miró el anillo entre sus dedos con indiferencia—.
Esta cosa apenas vale dieciséis mil dólares.
—Lo lanzó a la multitud y algunas chicas nada honorables intentaron atraparlo.
El aire abandonó mis pulmones. Romeo observó a mi padre con rostro inexpresivo, confiando en que, a pesar de mi imprudencia, no me atrevería a desafiar las ordenes patriarcales si mi padre decidía que me case.
No. No, no, no, no, no.
—Papá, por favor. —Corrí hacia él, entrelacé mi brazo con el suyo.
Él se apartó, fulminando con la vista sus mocasines, haciendo un esfuerzo por regular su respiración.
Me ardían las mejillas por el rechazo, como si me hubiera golpeado.
Mi padre nunca había sido tan cruel conmigo. Quería llorar. Y yo nunca lloraba.
El mal tenía rostro. Era de una belleza deslumbrante… y le pertenecía al hombre que acababa de convertirse en mi futuro esposo.
—¿Por qué no conversamos sobre esto lejos de ojos curiosos? —Mi padre miró alrededor, agotado y dolorido. Probablemente le había fastidiado el traje, al igual que mi futuro—. Señor Costa, vaya a mi casa de inmediato.
Romeo Costa me rozó el hombro con el brazo al pasar, sin mirarme.
—Lo has estropeado todo por unas galletas. —Se metió un chicle en la boca mientras su figura imponente descendía del escenario—. Cómo han caído los poderosos.