Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo noventa y seis. Oliver
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Capítulo noventa y seis. Oliver

Capítulo noventa y seis Oliver

Día de prueba veintinueve.

Me desperté con toda la determinación del mundo, decidido a llegar a la Costa Oeste antes de que mi novia regresara mañana de su viaje de trabajo. El avión me esperaba en la pista, con el tanque lleno y listo para despegar.

Entonces todo se fue a la mierda.

En cuanto salí por la puerta, con toda la intención de subir a mi jet y perseguir al amor de mi vida, unas manos me agarraron por detrás. Me dieron un tirón brusco y se me cayó el móvil por la entrada de coches.

Antes de que pudiera reaccionar, una capucha negra y áspera cayó sobre mi cabeza.

Tropecé cuando mi visión se volvió negra.

—¿Qué demonios? —Mi bolsa cayó al suelo con un golpe sordo mientras forcejeaba—. ¿Romeo? ¿Zach? Esto huele a vosotros, idiotas.

Ya llevaba tiempo con el teléfono apagado, gracias a su acoso constante. Durante el último mes se habían dedicado a llamarme como un par de vendedores telefónicos que no captaban la indirecta. Me dejaban mensajes sobre las maravillas del matrimonio, mi yate y otras tonterías.

Otro par de manos rodeó mis muñecas y las amarró juntas con lo que solo podían ser bridas.

Dejé que mis amigos me arrastraran hasta una furgoneta que olía a Cheetos, con la certeza de que perdería menos tiempo si no peleaba.

—¿En serio, chicos?

Me lanzaron en la parte de atrás como si fuera un saco de patatas, ignorando mis palabras.

—Tiger King asegurado.

Zach —y sabía que era él porque ese cabrón solo sabía hablar con el mismo tono grave y monótono— lanzó la bolsa contra mi estómago y cerró la puerta de golpe.

Intenté encontrar una posición cómoda, pero terminé estampando la cara contra objetos puntiagudos indeterminados.

—¿Esto es una broma?

Si lo era, era una pésima broma, y necesitaba nuevos amigos con mejor sentido del humor.

—Solo si crees que es un chiste que tu vida se caiga a pedazos. —Eso vino de Romeo mientras el motor rugía al arrancar—. Quédate quieto o no puedo garantizar que tu cara siga intacta.

La furgoneta chirrió al detenerse, probablemente en un semáforo.

Alguien tocó el claxon dos veces. A través de la tela áspera sobre mi cabeza podía distinguir apenas algunas formas.

Romeo iba al volante mientras Zach estaba recostado en el asiento del pasajero, mirando su teléfono.

Nos detuvimos otra vez con brusquedad en otro semáforo.

Rodé de un lado al otro dentro de la furgoneta y me quejé por el golpe.

—¿De dónde demonios han sacado esta furgoneta?

Esa cosa era prehistórica. Crujía cada vez que alguno de nosotros se movía un centímetro y olía como si hubiera sobrevivido a dos guerras mundiales, Woodstock y once temporadas de The Walking Dead .

—Se la compramos a un conductor de Uber. —Zach bostezó y lanzó algo al asiento trasero. ¿Una máscara de esquí, tal vez?—. No olvides dejarnos cinco estrellas.

—Pensé que erais alérgicos al trabajo manual.

—Hago excepciones para secuestros.

La furgoneta frenó otra vez de golpe.

Para alguien con mucha experiencia conduciendo tanques, con los coches parecía un gato persiguiendo un puntero láser.

—Por el amor de Dios. —Me golpeé la cabeza con algo duro—. ¿Esto es realmente necesario?

—Considerando que estás a dos tragos de tener un colapso público, sí. —Romeo resopló mientras activaba la luz direccional—. Admítelo. Nos necesitas.

—Habla por ti. Literalmente aguantaste tres días antes de correr a Georgia a buscar a tu esposa con el rabo entre las piernas.

—Cierto. —Zach asintió, como si lo que le hizo a ese pobre mango durante su separación de Farrow no hubiera llegado a oídos de todos—. Eso fue, quizás, más patético que lo de Oliver.

La furgoneta pasó por un bache y me lanzó otra vez contra el asiento trasero.

Apreté los puños y traté de separarlos, en un intento frustrado de romper las bridas.

—Si esta es vuestra idea de una intervención terapéutica, da pena.

Soportar mi tercera intervención en solo cinco días estaba en mi lista de cosas pendientes por encima de comer sushi de gasolinera y por debajo de hacerme una endodoncia.

A esas alturas, necesitaba borrarlo todo y reiniciar mi vida con gente nueva en ella.

—No es exactamente una intervención. —Romeo cambió de carril de manera tan bruta que me lanzó de un lado al otro de la furgoneta—. Más bien es un ajuste táctico. De algún modo, dudo que Briar esté encantada con la idea de salir con una cervecería ambulante.

—Ahora mismo estoy sobrio —señalé—. Y no voy a aceptar consejos de dos idiotas que creen que ponerme una bolsa negra en la cabeza cuenta como sesión de terapia.

—Tal vez sí nos hemos pasado un poco con la capucha negra.

—Que conste que yo sugerí algo más suave. —Zach abrió su puerta cuando la furgoneta se detuvo—. Una funda de almohada habría servido. ¿No compró Dallas una con la cara de Nic Cage?

Me retorcí otra vez. Mi frustración aumentaba.

—Esto es un secuestro.

—Técnicamente no es un secuestro. —Zach abrió el maletero y la luz del sol me bañó—. Somos tus mejores amigos. Consentiste por proximidad.

—Así no funciona el consentimiento, idiota.

—Sí funciona así cuando te estás hundiendo.

Con eso, él y Romeo me subieron a un carrito y empezaron a empujarme hacia algún lugar, con la tela negra todavía apretada sobre mi cabeza.

El instinto de lucha abandonó mi cuerpo. Me dejé caer contra el metal frío.

—No me estoy hundiendo.

—Porque ya estás en el fondo. —Zach abrió una puerta para que Romeo me empujara por ella—. Desafortunadamente para mí, como tu mejor amigo, es mi deber sacar tu trasero de ahí.

—Esto es solo venganza por haberte encerrado en la cámara criogénica. —Intenté golpearlo a ciegas, pero solo le di al aire—. No vas a salvarme secuestrándome.

Si acaso, esto solo retrasaría lo único que podía ponerme la cabeza en su sitio: una fuerte dosis de Briar.

—Ya estás más allá de ser salvado. —La voz de Romeo sonó a mi derecha, sospechosamente alegre para alguien que alguna vez consideré un sociópata—. Considéralo una misión de rescate de lo que queda.

El olor a palomitas con mantequilla me invadió las fosas nasales. Donde sea que me hubieran llevado, olía como un puesto de comida. Nadie se detuvo a cuestionar al extraño con los ojos cubiertos y las manos atadas mientras me empujaban a una sala con temperatura de congelador.

Sin aviso, Romeo y Zach me agarraron de cada lado y me dejaron caer en una silla de cuero acolchada.

Me arrancaron la capucha de la cabeza y soltaron las ataduras solo el tiempo suficiente para que Romeo dejara un enorme bote de palomitas en mi regazo, mientras Zach volvía a amarrar mi muñeca izquierda al reposabrazos con otra brida.

Entonces me di cuenta de dónde me habían llevado. Nuestro antiguo territorio. El cine que solíamos aterrorizar de niños, mientras nos saltábamos clases y dormíamos siestas en la última fila de la Sala 8.

Los tres nos quedamos mirándonos fijamente. Yo, desde el asiento de la primera fila en el que me habían obligado a sentarme. Ellos, desde la barandilla contra la que se apoyaban.

—¿En serio? ¿Habéis alquilado todo un cine solo para burlaros de mí?

Me siento halagado. —Borré mi sonrisa falsa y fruncí el ceño—.

Sois unos idiotas y esto no tiene sentido.

Papá y Sebastian ya han hablado conmigo.

Iba camino a Los Ángeles para decirle a Briar que me voy a mudar con ella antes de que vosotros, imbéciles, me descarrilarais.

Romeo, que sostenía una bolsa pequeña de palomitas, se quedó congelado a mitad de un bocado.

—Espera. ¿Te mudas a Los Ángeles?

—Sí. Más o menos —gemí, exasperado—. Y estaba de camino para decírselo a Briar en persona. Así que, felicidades, idiotas. Me habéis secuestrado para nada.

Romeo y Zach intercambiaron miradas. Ninguno parecía particularmente arrepentido.

—En ese caso, redoblamos esfuerzos. —Zach se enderezó y caminó hasta el asiento junto al mío—. Sin ofender, pero Sebastian tuvo literalmente un colapso que lo mandó al otro lado del mundo y Felix no ha visto el sol desde que los teléfonos con tapa eran tecnología punta.

Suspiré y apoyé la cabeza en el respaldo, resignado a mi horrible destino.

—Esto no tiene sentido.

—Pensamos que te gustaría el juego de roles. —Romeo ocupó el asiento a mi izquierda—. Además, nunca tuvimos la oportunidad de disculparnos.

—¿Por qué?

—En ese entonces sabíamos que algo te había pasado cuando regresaste de las vacaciones de verano con esa ridícula excusa de la lobotomía. Solo que no dijimos nada porque los dos teníamos nuestras propias mierdas, y obviamente querías que nos mantuviéramos al margen.

—Y siendo honestos… —Zach robó palomitas del bote intacto en mi regazo—.

Tú siempre fuiste el pegamento que nos mantenía unidos.

Los dos sabíamos que, si te derrumbabas, no quedaría nada.

Yo me quedaría deprimido en mi casa todo el día y Romeo probablemente terminaría en la cárcel por asesinar a su padre.

Romeo no negó la acusación. Me quedé mirando la pantalla en blanco, sorprendido. Mierda. Siempre había pensado que los dos me veían como el tercero en discordia, no como la pieza que faltaba.

Rom tomó una palomita y lanzó el grano a un portavasos tres filas más allá, como hacíamos de niños.

—Hemos sido unos pésimos amigos.

Negué con la cabeza.

—La verdad es que no.

Zach asintió.

—Sí lo hemos sido.

Me aclaré la garganta, sin saber qué decir en este territorio desconocido.

—¿Vosotros… estáis suplicando perdón?

Mis pelotas amenazaban con encogerse y morir de una muerte horrible.

Zach se hundió en su asiento como si pudiera desaparecer en él.

—Se pone peor.

—Dallas ha hecho un PowerPoint. —Romeo tomó su teléfono y escribió un mensaje—. Y vas a ver cada maldita diapositiva porque le ha llevado horas.

Envió el mensaje y segundos después la pantalla se encendió.

—¿Horas? ¿Dónde estaba esa energía cuando suspendió la universidad? —Me acomodé en el cuero gastado, aceptando mis nuevos planes para la tarde—. Necesita un pasatiempo.

—Meterse en nuestras vidas es su pasatiempo.

—Más vale que haya fotos. Aprendo mejor con cosas visuales.

Zach abrió una aplicación en su teléfono conectada al sistema de proyección del cine.

—Podemos saltarnos la sección « Eres un idiota que se sabotea a sí mismo» y pasar directo a la diapositiva « Corazón comprometido».

Me pellizqué el puente de la nariz con la mano libre.

—¿Hay una diapositiva de un corazón?

—No finjas que no estás intrigado. Incluso hace zoom .

Romeo lanzó tres palomitas seguidas.

—Además, ¿tienes idea de cuánto tiempo tardó Dallas en animar los latidos del corazón?

—Por el amor de Dios. —Me metí un puñado de palomitas en la boca para evitar decir algo peor—. Está bien. Mostradme esta obra maestra de presentación.

Cuando la primera diapositiva apareció, con transiciones cursis de corazones, Zach lanzó mi teléfono a mi regazo.

Vibraba con un mensaje de texto de Sebastian.

Lo encontré.

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