Capítulo noventa y cinco. Oliver
Capítulo noventa y cinco Oliver
Día de prueba veintiocho.
Mi inevitable reconciliación con Sebastian siempre había estado garantizada.
Una cuestión de cuándo sucedería, no de si sucedería.
Me acercaba a nuestra tensa relación fraternal con un tipo de optimismo que Sebastian detestaba por completo, sabiendo que si me quedaba a su lado, si le demostraba que me tenía en su vida sin importar cómo se viera o cómo se comportara, en algún momento encontraríamos la manera de deponer las armas.
Y así, Sebastian había pasado los últimos quince años demostrándome que estaba equivocado. Casi de forma intencionada.
Por eso no reparé dónde estábamos —ni lo que significaba que él estuviera aquí abajo— cuando apareció a mi lado en la sala a plena luz del día, con el personal yendo y viniendo por la casa.
Tenía el cuerpo apoyado contra la pared mientras miraba el lago a través de las puertas abiertas del patio. Había faltado al trabajo los últimos cuatro días, ni siquiera me molesté en presentarme, desde que Eli dejó de acosarme a llamadas.
Tal vez se dio cuenta de que él también podía funcionar sin mí.
Sebastian pateó una botella vacía de Jack y observó cómo rodaba hacia la cocina.
—¿Estás reviviendo tú solo la industria del alcohol?
—La industria del alcohol no necesita que la revivan. —Apreté la botella en mi puño con más fuerza, sin descartar que intentara quitármela—. Vive de la miseria, y de eso hay de sobra.
En el fondo, sabía que Briar regresaría a Estados Unidos eventualmente, pero desde que empezó nuestro periodo de prueba me di cuenta de que, entre nuestros horarios de trabajo y mi compromiso dos veces por semana con Sebastian, no nos veríamos más de treinta o cuarenta días al año.
Sebastian empujó con el pie mi pierna floja.
—Esto es patético.
—Vete a la mierda.
—Te perdiste Days of Our Lives .
—No, no me lo perdí. —Dejé caer la espalda sobre el suelo de madera, luchando contra una ráfaga de viento que entraba por el patio. A lo lejos, el lago rugía con un oleaje inusualmente fuertes.
Seb se inclinó sobre mí. Sus ojos se movían nerviosos de un lado a otro.
—Es jueves.
—No puede ser. Tengo una reunión de negocios el miércoles, y aún no he ido.
—Te la perdiste. Papá se encargó.
Eso sí me despertó.
—¿En serio? —Saqué la cabeza por la puerta del patio, dejándola caer medio en el suelo porque no tenía ganas de mover todo el cuerpo.
—¿Qué estás haciendo?
Miré las nubes.
—Esperando a que pasen los cerdos voladores.
Quizá aquella conversación con mi padre no había sido una alucinación. Pero tampoco tenía sentido. Eso significaría que él estaba haciendo algo más que simplemente guardar luto por sus hijos vivos.
Sebastian me miró con desprecio.
—Felicidades. Oficialmente eres el von Bismarck más vergonzoso.
Me incorporé para verlo bien. Llevaba unas gafas de sol Gentle Monster, unos vaqueros desgastados y una sudadera de Harvard.
Era casi normal, excepto por la capucha sobre la cabeza, apretada al máximo con las cintas y con tres nudos para dejar apenas un pequeño agujero por donde pudiera ver.
—Espera. —Parpadeé, preguntándome si esto también era un espejismo—. Has salido de tu cueva.
—Sí, bueno…, alguien tiene que asegurarse de que no te ahogues en tu propio vómito. —Se encogió de hombros y metió las manos en los bolsillos—. Por cierto, tienes una pinta de mierda.
—Eso dicen todos. —Volví a mirar el lago. Una sonrisa amarga tiró de mis labios—. ¿Todavía recuerdas cómo se ve el sol?
Empezaba a ocultarse en el horizonte, tiñendo la habitación con un brillo naranja. Quedaban cinco o diez minutos antes de que desapareciera por completo, pero pensé que mi alucinación y yo podríamos disfrutarlo juntos.
—Se ve igual que como lo recuerdo, solo que con más contaminación. —Seb se sentó a mi lado, con la boca torcida en una casi sonrisa que desapareció cuando eructé frente a él. Abanicó el aire—. Debí haberte dejado ahogarte en tu autocompasión. Desafortunadamente para mí, hoy me siento caritativo.
Solté una risa por la nariz y me limpié la boca con el dorso de la mano.
—¿Desde cuándo haces obras de caridad?
—Desde que la única persona que me hace las compras se convirtió en un borracho de manual sacado de una película cutre de sobremesa.
—Alzó las cejas detrás de sus gafas—. En serio…
Sentado en la oscuridad, tragando litros de whisky y mirando el lago.
¿Qué sigue? ¿Le vas a escribir una carta triste, meterla en una botella y lanzarla al agua?
Ya he visto esa película. Para tu información, ella nunca la lee.
—Tentador. Tal vez me lance yo también.
—Evitemos los gestos dramáticos. Ya monopolizas demasiado el drama en esta familia. Es agotador verte.
Me giré hacia él, tambaleándome contra el marco de la puerta mientras me señalaba el pecho con el pulgar.
—¿Yo soy agotador de ver?
—Sí. Y eres un género pésimo. Demasiada tragedia. Muy pocas explosiones.
Hipé y bebí de la botella.
—Eres una alucinación malísima.
—Es porque no soy una alucinación.
—Demuéstralo.
—Encantado.
Entonces se levantó de un salto, fue hacia mi sofá y empezó a lanzarme todas las almohadas a la cara. La botella de Jack Daniels cayó al suelo de madera y se rompió por la mitad.
Un río de whisky corrió entre nosotros.
—¿Qué mierda, Seb? —Me levanté de golpe y lo agarré de la camisa.
Él arqueó una ceja, divertido.
—¿Estás enfadado?
No, en realidad no. Para nada.
No me podía creer que hubiera salido de su cueva.
—Has salido de tu cueva. —Le toqué los brazos, el pecho, el cuello, la cara, sintiéndome sobrio de repente.
Apartó mis manos.
—Eso ya lo has dicho.
—¿Sí?
—Dios mío. —Empezó a irse—. Búscame cuando se te baje la borrachera. Y la próxima vez que te pierdas Days of Our Lives , no esperes que te haga el resumen.
—No, espera. —Lo agarré de la sudadera y lo giré hacia mí—. Quédate. Has venido por una razón.
—He venido a asegurarme de que sigues vivo. Desafortunadamente, sí lo estás. Ahora me voy.
—Deja de mentir. ¿Por qué has venido?
No respondió.
A lo lejos, el agua golpeaba la orilla, llenando el silencio.
Estaba a punto de soltarlo cuando finalmente habló, en voz baja. Casi tímida.
—Lo siento.
Esa simple frase, más que cualquier otra cosa, atravesó la neblina del whisky.
Me llevé la mano a la oreja.
—¿Qué has dicho?
—No voy a repetirlo.
—Está bien, está bien. Te he escuchado la primera vez. —Le solté la camisa y le indiqué que siguiera.
—Sé que yo empecé esa pelea, y aunque no lo hubiera hecho, no debí culparte por esto. —Señaló su rostro cubierto—. Tú no querías que nada de esto pasara.
—No, no quería —prometí—. Lo siento muchísimo, Seb. No tienes ni idea.
—Sí la tengo. Me lo has estado diciendo como un millón de veces.
Solo necesitaba a alguien a quien culpar.
—Se pasó la mano por la cara y tiró sus gafas—.
Y, mierda, pedirte que no seas feliz por el resto de tu vida estuvo muy jodido.
También lo siento por eso. Pensé que verte miserable me haría feliz, pero no ha sido así.
—Esa no es la única razón por la que dejé a Briar.
—No —aceptó—. La dejaste porque te culpas por mi cara, y pensaste que no podrías protegerla y, peor aún, que no la merecías. Yo no ayudé mucho con eso. Pero puedo ayudar ahora.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir… —Suspiró, dejándose caer en el sofá—. Tal vez no necesitas cuidarme todo el tiempo. No te lo voy a reprochar si por fin tienes una vida más allá de mí.
—Pero quiero que mejores.
—Nunca voy a mejorar, Oliver.
—Pero sí puedes. —Empecé a caminar de un lado a otro. El efecto del alcohol se me iba pasando más rápido, ahora que veía una oportunidad y la aprovechaba—. Ahora es diferente. Hay mejores doctores, medicina moderna, nueva tecnología…
—Y aun así nunca voy a verme exactamente como hace quince años.
Levanté los brazos al aire.
—Claro que no. Ahora estás viejo como la mierda.
—Sabes a qué me refiero.
—Está bien. Iremos paso a paso. Te visitaré todos los días. Tal vez podamos contratar a alguien para…
—No —me interrumpió, con una almohada sobre el regazo como si pudiera protegerlo de mis exigencias entusiastas—. He venido a disculparme, no a escuchar otro sermón. Nunca voy a mejorar, Oliver. Ese es un maldito hecho. Acéptalo. Solo me niego a ser la razón por la que vuelvas a terminar con Briar.
—Seguimos juntos.
—¿Durante cuánto tiempo? —Empujó con el pie una botella vacía de Jack que había sobre la mesa de centro—. Esto no es sostenible.
—Mi hígado dice lo contrario.
—Esto es estúpido. Múdate con ella. Problema resuelto.
—No puedo.
—¿Por qué no?
—Porque ella está en Los Ángeles.
Me lanzó una mirada que dejaba claro lo estúpido que le parecía.
—Entonces síguela.
—Pero tú eres…
—¿Una espina clavada en tu lado?
—No era eso lo que quería decir.
—Pero es la verdad. Lo soy, y lo he sido durante quince años. —La tensión entre los dos se suavizó. Se acomodó en el almohadón del sofá, todavía claramente tenso, pero no retrocedió—. Bueno, te estoy liberando de la carga.
La brisa trajo el olor de pino fresco y agua salada. Apenas lo noté.
—¿Por qué ahora? —Se frotó la nuca y bajó la cabeza mientras murmuraba algo—. ¿Qué has dicho? —Más murmullos—. No te escucho, Seb.
Finalmente levantó la mirada hacia mí, con el rostro tenso y dejando caer su habitual armadura de sarcasmo por un momento.
—Yo también la echo de menos.
Pequeño cabrón.
Una sonrisa enorme se apoderó de mi cara. No pude evitarlo. Mimitos era tan condenadamente adorable.
La parte más loca era que ella nunca me creía cuando se lo decía. ¿Cómo podía ser? Incluso el tipo más gruñón de todo el continente quería tenerla cerca.
—Yo también, hermano. —Me dejé caer en el almohadón junto a Sebastian y le di una palmada en el hombro—. Yo también.
—Deberías recuperarla antes de que algún galán de Hollywood con una cuenta bancaria más grande que la tuya la conquiste.
—Primero: nadie al oeste del Mississippi tiene una cuenta bancaria más grande que la mía. —Me froté la mandíbula y me obligué a no seguirle el juego a Seb—. Y segundo: no necesito recuperarla. Sigue siendo mía.
—Tal vez ya no te quiera —señaló—. Pueden pasar muchas cosas en veintiocho días.
Resoplé.
—¿Se supone que eso me tiene que hacer sentir mejor?
—Tal vez. Estás borracho, así que pensé que valía la pena intentarlo.
—Eres un pésimo terapeuta, Seb.
—Gracias a toda la pésima terapia que me obligaste a hacer. Se llama ósmosis.
Pero acepté su terapia por lo que era. Un puente frágil. Una rara ofrenda de un hombre que apenas podía ver más allá de su propia tragedia, y mucho menos reconocer la de otro.
Me giré hacia él y me apoyé en el respaldo.
—Sabes lo que esto significa, ¿verdad? Que voy a estar en Los Ángeles la mayoría de los días.
Mi mente se apresuraba analizando toda la logística.
La sede de Grand Regent estaba aquí. No sabía cómo iba a reorganizar mi horario de trabajo, pero encontraría la manera de quedarme al lado de Briar. En especial si papá podía ayudarme, suponiendo que esta vez lograra mantenerse funcional.
—Solo… —La respiración de Sebastian se volvió más lenta. Cada inhalación parecía costarle—… vuelve para ver Days of Our Lives . Hablaba en serio cuando he dicho que no iba a darte el resumen, imbécil.