Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo ochenta y cinco. Briar
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Capítulo ochenta y cinco. Briar

Capítulo ochenta y cinco Briar

Diecinueve años de edad.

Cometí el error fatal de revisar la página de Instagram de Oliver. En un banco, entre clases, bajo el abrasador calor de Texas, con un sándwich a medio comer entre los dientes.

Por fin había actualizado su Instagram otra vez, después de una pausa de veinte meses, desde aquella foto en el aeropuerto.

Ignoré la notificación durante un segundo de dicha, acepté las ofertas de becas y apoyos para el siguiente año escolar, y volví a Instagram como si algo me arrastrara hacia allí.

—Oh, a la mierda.

Abrí la aplicación, entré a su perfil y toqué la foto.

Una enorme mansión con rejas de hierro negro forjado.

El pie de foto decía: Olvídaos de los impostores. Hay un nuevo (oscuro) príncipe en la ciudad. Este sí es de la realeza de verdad. Es hora de pasar las vacaciones de primavera organizando fiestas increíbles en DPR. Se vienen grandes cosas.

¿Buscar la mansión en Google con búsqueda inversa de imágenes era de acosadora? Claro.

¿Me importaba? Para nada.

Escuchadme: tal vez Oliver se merecía una acosadora después de todo lo que me había hecho.

El resultado apareció vergonzosamente rápido. Tuve la dirección en menos de diez segundos.

Potomac, Maryland.

88 Dark Prince Road.

¿Qué había pasado con el sentido común de Oliver? ¿Lo había dejado en esa casa del lago con Lindsey?

El Oliver que yo conocía jamás habría hecho algo tan estúpido.

Podía llegar ahí por bastante poco dinero con un vuelo económico.

Podía.

Tenía el dinero de la beca y un poco de ahorros.

Había pasado un año desde nuestra ruptura y, aun así, me parecía que hubiera sido ayer cuando me cargó sobre su hombro al sacarme de un bar en París, destrozada y llorando, y se quedó mirándome dormir en una habitación de hotel mientras toda su familia lo presionaba para que regresara a casa.

Una oleada de emociones me golpeó y ahogó toda lógica en mi cabeza. Estaba triste, eufórica, enfadada, asustada, desesperada y ansiosa al mismo tiempo.

Más que nada, sabía que no podía dejar nuestra historia así.

Era hora de obtener respuestas.

***

Exactamente una semana después, estaba frente a la reja de Oliver.

La lluvia no daba tregua, como si en Potomac no se hubieran enterado de que estábamos en plena primavera.

—Estás haciendo lo correcto, Briar. Esos cien dólares del vuelo son un gasto necesario. Es necesario que averigües qué pasó entre tú y Ollie.

Hechos.

Durante un año me repetí que el dolor ardiente y abrumador que había dejado a su paso se iría apagando con el tiempo. No fue así en absoluto. Solo me volví mejor gestionando el dolor.

Seguía viviendo, funcionando, existiendo con el único propósito de volver a encontrarlo algún día.

Mi discurso motivacional funcionó. Más o menos.

Mi mano temblaba solo un poco cuando presioné el intercomunicador.

Sin respuesta.

Esperé unos minutos antes de presionarlo otra vez, con los dientes castañeteando bajo la lluvia.

Esto no pasaría a la historia como una de mis mejores ideas.

Ni siquiera había pensado en un plan. En la mochila llevaba solo unas cuantas barritas de cereales y ropa de recambio, y no sabía dónde pasaría la noche.

No era como si él fuera a abrir la puerta, de repente darme atención después de un año y medio sin contacto y suplicarme que lo perdonara.

Yo solo… necesitaba estar allí.

Sin importar cómo terminara.

El intercomunicador silencioso me dio todas las respuestas que iba a obtener. Sabía que funcionaba, porque la pantalla táctil se encendía cada vez que lo presionaba.

Intenté llamar a su número, aunque sospechaba que me había bloqueado a principios del año pasado. Había pasado muchas noches en vela dejándole mensajes en los que le decía cuánto lo odiaba por arruinar mi vida.

La llamada fue directa al buzón, como sabía que pasaría. Escribí rápidamente un mensaje.

Briar Auer: Soy Briar. Estoy detrás de tu reja. Está lloviendo. Abre.

Ahora era solo Briar. Eliminé el Rose de mi nombre el verano pasado, cuando Oliver no apareció con una rosa azul. Había pensado que si quitaba esa parte de mi nombre, dejaría de pensar en él.

Estúpida, estúpida, estúpida.

La lluvia, que había empezado como una llovizna cuando alquilé esa pedazo de chatarra que llamaban coche en el aeropuerto, se intensificó en cuestión de cinco segundos. Golpeaba mi cara, mi cuerpo y mi mochila.

Gruñí, echando la cabeza hacia atrás. Dulces gotas de lluvia se deslizaron dentro de mi boca. Un grito se escapó de mis labios.

Cuando bajé la cabeza, capté un destello de movimiento detrás de una ventana de cristal en la segunda planta. Alguien me estaba mirando desde las sombras.

Contuve la respiración y esperé, pero la cortina no volvió a moverse.

Qué cobarde. Qué maldito cobarde.

Toda la ira que había embotellado durante los últimos dieciocho meses explotó y salió de mí en la forma de un grito ensordecedor que incluso ahogó el golpeteo de la lluvia.

—¡Oliver! —Apreté los barrotes de hierro con los puños y los sacudí—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué desapareciste de mi vida?

Se me pegaba la ropa al cuerpo. Tenía frío, estaba empapada y me sentía miserable. Seguí sacudiendo la reja entre gritos, sabiendo que parecía estar fuera de mí, sabiendo que estaba fuera de mí. No merecía esto.

En especial de parte de él.

No sé cuánto tiempo estuve ahí, sacudiendo la verja, exigiendo que me viera, pillando una neumonía, probablemente.

Pero en algún momento, quizá una hora después de haber llegado, dos hombres fornidos vestidos de pies a cabeza con trajes negros y camisas de vestir a juego salieron por la puerta principal.

Una risa amarga me recorrió la espalda mientras se acercaban a mí.

—Ah, fantástico. —Mantuve los puños apretados alrededor de los barrotes—. Ha llamado a seguridad para escoltarme fuera.

Uno de ellos se ajustó el auricular.

—Está invadiendo propiedad privada.

—No, no lo estoy. Estoy al otro lado de la verja.

—Está tocando una verja que pertenece al señor von Bismarck. —Desbloqueó el portón y dio un paso al frente, como si fuera un escudo humano contra mí.

Retrocedí por instinto. Ambos hombres cruzaron los brazos sobre el pecho y me fulminaron con la mirada con expresiones que gritaban: « o te vas, o…».

—¿Ahora mandas matones para intimidarme?

—grité por encima de sus hombros, hacia esa ventana, sabiendo que tenía público.

Que él estaba escuchando—. Cómo han caído los poderosos.

No sé qué te hizo pasar de ser la mejor persona que conocía a un maldito cobarde, pero basta decir que la transformación está completa.

Me imaginé a Oliver estremeciéndose, aunque era absurdo pensar que todavía le importara después del último año y medio.

Pero de algún modo sabía que sí.

—Arruinaste mi vida, ¿sabes? —Ignoré a los hombres fornidos y enderecé la espalda, irguiéndome mientras miraba fijamente a esa ventana vacía.

Una risa venenosa se me escapó de la garganta—.

Es increíble cómo crecí pensando que estarías en mi epílogo y resulta que no eres más que un prólogo mal escrito.

—Señorita. —El otro guardia de seguridad se acercó un poco más; estaba a menos de dos centímetros de mí—. Es hora de irse a casa.

Al menos lo dijo con suavidad. Incluso él, sospechaba yo, sabía que su jefe era un imbécil.

—Ya me voy, ya me voy. —Hice un gesto despectivo con la mano frente a su cara, todavía concentrada en la ventana—.

Solo quiero decir una última cosa, porque sé que está escuchando.

Conseguiste lo que querías, Oliver. Oficialmente estás muerto para mí.

Nunca voy a perdonarte. Nunca voy a aceptar tu disculpa, si es que algún día decides darla.

Lo arruinaste todo. Felicidades. Te volviste tan malo como Seb.

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