Capítulo ochenta y cuatro. Briar
Capítulo ochenta y cuatro Briar
Teníamos que cancelar la boda falsa.
La única pregunta era cuándo.
No teníamos muchas opciones: ahora o después. Casi sería más fácil llamar al programa de Maury y dejar que él anunciara los resultados por nosotros, considerando que Ollie y yo no queríamos tocar esa conversación ni con un palo de tres metros cubierto con un condón.
Yo, porque temía lo que significaba para nosotros. Él, porque sabía, en el fondo, que quería seguirme a Los Ángeles, pero jamás podría abandonar a su familia.
El halo-halo que había devorado en casa de Dallas chapoteaba en mi estómago mientras pasaba a escondidas por nuestras rejas, recorriendo la corta distancia entre su casa y la mía.
Mía .
Mierda, estaba muy mal.
Nada en esta mansión de mil ochocientos metros cuadrados gritaba que fuera mía.
Excepto, se burló la voz autodestructiva en mi cabeza, el frustrante y tremendamente atractivo hombre que la posee.
Me quedé merodeando junto a la fuente, alargando los minutos antes de entrar.
Durante los últimos quince años, había adquirido un sexto sentido para la calamidad.
La inquietante habilidad de reconocer los desastres antes de que sucedieran.
Me habría servido antes de que Oliver me dejara en París, o antes de tropezar con ese intercambio de mensajes en Instagram, o incluso antes de que mis padres me abandonaran.
Así que, esa noche, hice lo posible por obedecer su advertencia y me quedé fuera hasta que me dolieron los pies y los ojos casi se me cerraron solos.
Finalmente, cuando abrí la puerta principal con cuidado, pude ver las cortinas corridas y la oscuridad absoluta.
Un silencio total se extendía por todo aquel espacio inmenso. La energía juguetona que normalmente flotaba en el aire había desaparecido.
Dejé mi bolso en el primer escalón y encendí la linterna del teléfono.
—¿Hola?
Nadie respondió.
—¿Oliver?
Esquivé el sofá y entré en la cocina. Vacía.
Luego subí de puntillas por las escaleras, sin saber por qué me daba miedo romper el silencio.
Cuando llegué al último escalón, dudé y lancé una mirada hacia la entrada del ala sur.
Oscura y vacía, como siempre.
Con una rápida sacudida de cabeza, obligué a esa extraña corazonada que me revolvía el estómago a desaparecer. La sensación de una catástrofe inminente.
—Estás siendo ridícula, Briar.
Enderecé los hombros y caminé hacia el dormitorio principal, donde choqué con la primera evidencia de desastre.
Las puertas dobles cerradas.
Ollie siempre las dejaba abiertas.
Una invitación para que yo entrara cuando quisiera.
Dudé, con los dedos aferrados al pomo. El latido desbocado de mi corazón rebotaba entre mis oídos.
Esto es ridículo.
Tú duermes aquí.
Abre la puerta.
Primero llamé. No hubo respuesta.
Apoyé la frente contra la madera y cerré los ojos.
—¿Ollie?
Nada.
Un recuerdo me golpeó.
Oliver dejándome fuera de las rejas de esta misma casa, mirándome bajo la lluvia mientras yo le suplicaba que me dejara entrar.
No pude evitarlo.
Retrocedí tambaleándome, alterada y temblando.
Incapaz de escapar de nuestro feo pasado, que me mantenía prisionera.