Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo ochenta y seis. Briar
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Capítulo ochenta y seis. Briar

Capítulo ochenta y seis Briar

Eso no volverá a pasar. Y aunque pasara, tu lugar está al otro lado del país, idiota.

Eché los hombros hacia atrás y me clavé las uñas en los vaqueros hasta que mis manos dejaron de temblar.

Había crecido en los últimos quince años.

Podía gestionar cualquier cosa que la vida me lanzara.

La vida debería temerme a mí, no al revés.

Con eso, abrí la puerta de golpe y encontré a Oliver tumbado sobre su cama todavía hecha.

La luz de la luna se colaba por la puerta del balcón y proyectaba una delgada cinta de luz sobre mi prometido. Parecía salido de una pintura de Courbet: los ojos enrojecidos clavados en el techo, la camisa medio desabotonada y el inconfundible hedor a alcohol flotando hacia mí.

Mi dulce chico atormentado.

Me sentí como una intrusa, como si hubiera interrumpido un evento al que no me habían invitado: un duelo entre Oliver von Bismarck y sus demonios.

—¿Ollie?

El silencio nos envolvió durante unos momentos.

No creí que siquiera me hubiera oído hasta que su respuesta me sacudió los huesos.

—Creo que lo he destrozado para siempre.

Ambos sabíamos de quién hablaba.

Con una confianza fingida, caminé hasta la cama y me senté en el borde para acariciar su mejilla.

Su temperatura me sorprendió. Fría, helada y húmeda por las lágrimas.

Oliver von Bismarck no era de llorar. Tampoco bebía así.

Ni siquiera de niños, cuando robábamos sorbos de vino.

Siempre se aseguraba de controlar su consumo, siendo a la vez el instigador y el responsable en todas nuestras aventuras.

Le limpié una lágrima con el pulgar.

—¿Quién te ha hecho esto?

Quienquiera que fuera, lo mataría. Incluso si esa persona era Sebastian.

—Lo llevé a un médico. Bueno, lo soborné con falsos pretextos, si nos ponemos técnicos…

—Intentó reclinarse contra el cabecero, pero se tambaleó por el alcohol.

En vez de eso, se asomó por el borde de la cama y vomitó hasta el alma.

Toda su comida y un mar de vodka se mezclaron en un lago espeso—. Ah, mierda —murmuró.

—Oye, no te preocupes. —Le apreté el hombro, lo ayudé a incorporarse contra el cabecero y le pasé dos Advil de la mesita de noche—. Yo lo limpio.

Corrí al armario de productos de limpieza y regresé con rollos de papel de cocina, una bolsa de basura y toallitas desinfectantes. Ollie dejó caer la cabeza contra el respaldo de cuero, murmurando disculpas mientras hacía una pausa para pedir cháo de pollo a domicilio.

Cuando terminé, me lavé las manos, me senté a su lado en el borde de la cama y le aparté el cabello de la frente pegajosa.

—Intentemos otra vez. Segunda ronda. Cuéntame qué pasó, cariño.

—No habíamos ido al médico en años, cinco, por lo menos, y nunca habíamos visitado a un cirujano plástico. Odia cualquier cosa médica. Pero últimamente parecía mucho más feliz. Pensé…, pensé que las cosas serían diferentes.

Así que Oliver también había notado el cambio.

Los engranajes en mi cabeza empezaron a girar, las piezas encajaban. Suspiré, frotándole el hombro.

—Lo llevaste a un cirujano plástico.

—Quería ver si podíamos reconstruirle la cara. Devolverle algo de su confianza.

No señalé lo que ambos sabíamos: que Seb nunca volvería a ser el mismo.

Su rostro nunca volvería a ser la escultura perfecta que una vez había sido.

El doctor podía injertar piel, implantar cartílago o silicona o lo que fuera, reconstruirle los labios, pero la evidencia de su horrible accidente seguiría ahí.

No podían borrar por completo las cicatrices que cruzaban su cara.

Habría señales, y la gente que lo conocía de antes notaría la diferencia entre el Seb de antes y el Seb de ahora.

Viviría con el estigma de su pasado para siempre.

—Perdió el control ahí, Mimitos. —Ollie negó con la cabeza mientras miraba un punto imaginario detrás de mi hombro—. Simplemente perdió el control. Le gritó al doctor, intimidó a una enfermera, lanzó una silla contra la pared. Fue horrible.

Ahogué un grito y apreté los labios con fuerza.

—Ya no sé qué hacer. —Oliver metió los dedos en su cabello y tiró con fuerza—. No puedo con esto. Él no quiere mejorar.

—No puedes obligarlo. No funciona así.

El camino de Sebastian era suyo. Apresurarlo solo tendría el efecto contrario. La recuperación no grita, susurra… y necesita tiempo para que la escuchen.

—Lo sé. —Oliver se pasó los nudillos por la barba incipiente—. Pero pensé que quizá…, como parecía que os llevabais bien…

Se quedó helado al darse cuenta de su error. Mi espalda se tensó. ¿Sabía que yo visitaba a Seb?

Subí las piernas al pecho y las rodeé con los brazos.

—¿Ollie?

—Una vez os sorprendí y me quedé escuchando a escondidas. Lograste que comiera pizza. Que viera Family Guy . Que hiciera bromas. —Hizo una pausa, con una dolorosa sonrisa dibujada en sus labios—. Lo escuché reír por primera vez en quince putos años.

—¿Por qué no dijiste nada?

—Pensé que Seb te había dicho que no me lo contaras. Cree que si lo veo hacer cosas normales lo tomaré como una invitación para empujarlo a salir de su cueva.

Le lancé una mirada que decía: «y mira».

Oliver se dio una palmada en la frente.

—Tenía razón, ¿verdad?

—No está listo. Apresurarlo solo hará que se cierre más.

—No creo que alguna vez me perdone. —Oliver dejó caer la cabeza entre las manos—. A veces me pregunto por qué siquiera lo intento.

—Porque lo quieres. —Le dibujé círculos en la espalda, en un intento de consolarlo—. Eres más feliz cuando la gente que amas es feliz. Así eres. No vas a parar hasta ver a Sebastian sonreír otra vez. Todos los días, no solo por un momento porque logré distraerlo con mi incomparable encanto.

Oliver soltó una risa nasal.

—Tu eres encantadoramente incomparable.

—¿Verdad que sí?

Nos sonreímos, pero fue una sonrisa triste y sobria, porque me di cuenta, en ese momento, de que Oliver von Bismarck y yo no teníamos ninguna oportunidad.

Lo que más amaba de Oliver —lo que siempre había amado más— era su disposición a sacrificar su propia felicidad por la gente que quería.

Si le pedía que me eligiera a mí, le estaría pidiendo que se convirtiera en otra persona.

Él necesitaba quedarse aquí por Sebastian.

Yo necesitaba elegirme a mí misma por una vez.

Eran las decisiones correctas, así que ¿por qué se sentían tan mal?

Oliver me sostuvo el rostro entre las manos y apoyó su frente contra la mía.

—Sé que todavía estoy muy borracho y que eso probablemente le quita fuerza a esta inminente declaración de amor, pero, joder, te quiero. —Cerró los ojos; respiraba con dificultad—. Te quiero muchísimo, Briar. A veces es difícil respirar cuando no estás.

Un ancla se hundió en mi corazón. Absorbí sus palabras —su amor— sabiendo que no cambiaban nuestra situación. Tendríamos que separarnos. La recaída de Sebastian requería el cuidado de Oliver, y mi película empezaba a filmarse en dos semanas y media.

Las manos de Oliver enmarcaron mi cara. Me aspiró como si quisiera guardarme en sus pulmones.

—Lo único que me ha mantenido a flote hoy, cuando metí a Seb a la fuerza en el ascensor, era saber que al final del día te vería. Haces que existir bajo la sombra de su tragedia sea soportable. Contigo, creo que puedo sobrevivir a esto.

Pero yo no quería que Oliver sobreviviera. Quería que viviera.

Froté mi nariz contra la suya.

—Yo también te quiero —susurré, y mi corazón se rompió porque lo decía en serio, y él era perfecto, y nunca tendría suficiente del chico que me apoyó cuando nadie más lo hizo, y aun así no cambiaba nada—.

Nunca dejé de hacerlo. Por más que lo intenté.

Por más que me convencí de que te despreciaba. Nunca fue así.

Hay dos tipos de amor: uno se desvanece, el otro consume. El fuego interminable es el que arde, y pocos sobreviven a las llamas.

Oliver se bajó de la cama y se cayó de culo antes de levantarse tambaleante y entrar al vestidor. Regresó con una caja para anillos de terciopelo del color del lago Lemán. Se me atascó el aire en la garganta.

No, no, no. Ahora no.

Necesitaba detener esto antes de que se saliera de control. Recordarle mi calendario de trabajo y sus responsabilidades con su hermano. Pero se veía tan destrozado que no fui capaz de añadir más dolor.

—Quería comprarte el anillo de diamantes más grande, más extravagante y más ridículamente ostentoso en la historia de los anillos.

Y podía hacerlo. —Se arrodilló frente al borde de la cama y abrió la caja—.

Pero sé que eso no es lo que quieres. Que odiarías andar por ahí con un diamante, incluso si fuera de origen ético.

Me mordí la lengua para no decirle que los diamantes de origen ético no existen.

—Así que, en cambio, busqué en cada maldito laboratorio del mundo el anillo de diamante creado en laboratorio más grande, más extravagante y más ridículamente ostentoso de la historia de los anillos.

Una mueca le torció los labios como si contuviera una arcada.

—Todavía me da un poco de náuseas pensar que te estoy dando un diamante falso. Es como andar por ahí con unas Jordans falsas. Pero lo que sea por ti, cariño.

Me tragué el pánico y lo enterré junto con esa mezcla tóxica de diversión, tristeza y felicidad.

—No es el diamante sostenible lo que te está haciendo sentir mal. Es el alcohol.

Detén esta locura, Briar. Hazlo ahora mismo.

Pero ¿cómo podía hacerlo? Yo quería la propuesta, y a Oliver, y mi carrera, y el futuro de Sebastian. Resulta que la ambición es letal. Matará tu corazón antes de avanzar hacia nuevas víctimas.

—Estoy arruinando por completo esta propuesta real de matrimonio, ¿no? —Oliver se dio un golpe en la cabeza, ajeno a mi tormento interior—. Espera aquí.

Se levantó, se tambaleó y me agarró de los hombros para mantener el equilibrio.

—Solo… espera.