Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo cincuenta y seis. Oliver
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Capítulo cincuenta y seis. Oliver

Capítulo cincuenta y seis Oliver

Sebastian había desaparecido.

Claro, entrar en pánico por la desaparición de un hombre de treinta y dos años podría parecer ridículo. Pero también era un hombre de treinta y dos años que jamás salía de la maldita casa.

Revolví todas sus cosas, recorrí los pasillos como un demonio, arriba y abajo, dentro y fuera, tratando de encontrarlo.

Nada.

Eché a mis invitados sin siquiera inventar una excusa y me dirigí a la sala de seguridad para revisar si había salido. Sí lo había hecho. En el Fiat que el personal usaba a veces para hacer recados.

Intenté llamarlo. Directo al buzón.

Cuando ya no me quedó nada más, me permití un colapso mental largamente postergado, agarré lo que quedaba de mi whisky y salí al porche para ahogar mis penas en alcohol.

Un cliché de mierda, lo sé. Las botas apoyadas en la barandilla del porche, Macallan directo de la botella. Solo yo y la noche.

Pero nunca fui ajeno a los clichés. Después de todo, me vendía como el playboy cabeza hueca para deslizarme por la vida sin complicaciones.

Las patas de Trio y Geezer resonaron sobre la madera bajo mi asiento, anunciando su llegada.

—Sí, así es. —Les lancé una mirada con la botella en alto—. Papá es un maldito desastre. Al menos vosotros sois ricos y tendréis dinero para terapia.

Bebí para ahogar mi miseria, esperando que cada trago me acercara al olvido, pero solo funcionaba como una lupa que me empujaba más cerca de la verdad.

Arruiné la vida de mi hermano. Le robé su oportunidad de ser feliz.

Por mi culpa, es un muerto en vida.

La única mujer que he amado me ha humillado esta noche y luego se ha ido, no sin antes dejar claro cuánto me despreciaba.

Mis amigos me siguieron la corriente con mi historia estúpida sobre una lobotomía porque ellos también estaban lidiando con sus propios líos en ese momento. Simplemente asumieron mi cambio de personalidad —de alguien decente a un bufón que solo perseguía faldas y fiestas— sin cuestionarlo.

Incluso cuando intenté construir una especie de vida funcional, me negué a mostrarles que tenía algo rescatable —que trabajaba, que cuidaba a mi hermano, que me importaba algo—, porque eso los habría llevado a intentar arreglarme.

Y no merecía felicidad.

Merecía expiar todo lo que había hecho.

—Hueles como si te hubieras enjuagado la boca con Jim Beam. —Sebastian abrió las puertas dobles de par en par y salió, después de arrancarme la botella de entre los dedos—. Tranquilo. Si te arruinas los riñones, no podrás donarme uno.

No respondí.

Para ser honesto, había muchas probabilidades de que estuviera alucinando.

—¿Qué tenemos aquí? —Seb bajó los tres escalones al jardín y vació el resto de la botella en el césped—. El desastre real, duque von Idiota, bebiendo hasta perder el sentido. ¿No crees que ya eres mayorcito para estas mierdas?

—Nunca se es demasiado viejo para ser un tren descarrilado. —Mis labios se torcieron en un gruñido—. ¿Dónde estabas?

Estaba harto. Harto de consentirlo. De intentar complacerlo. De rogarle que mejorara.

Lo había intentado todo.

Después del accidente, dejé la residencia de Harvard y me mudé a una casa fuera del campus. Solo disfruté un año de la experiencia universitaria. El resto lo pasé cuidando a Sebastian entre clases.

Toda nuestra vida adulta la dediqué a intentar ayudarlo.

Cuando me gradué, pensé que quizá si nos mudábamos a otro lugar, donde nadie nos conociera, le sería más fácil abrirse. Me aceptaron en un máster en Cambridge y me lo llevé a Inglaterra.

Alquilamos una casa en el campo, lejos de la civilización. A Sebastian le gustaba el aire libre, pero aun así se negaba a convivir con gente.

Después de esos dos años, regresé a Dark Prince Road y lo arrastré conmigo, pataleando y gritando. Él quería quedarse en Inglaterra. Vivir solo. Que le dejaran comida y provisiones en la puerta y no tener una sola interacción humana el resto de su vida.

No se lo permití.

Insistí en que viniera conmigo.

Estaba tan desesperado por salvarlo que olvidé salvarme a mí.

Sebastian terminó resentido conmigo, no solo por su rostro marcado, sino por sacarlo de Inglaterra, el único lugar que logró tolerar.

No ayudaba que de vez en cuando organizara fiestas salvajes en la casa de invitados, solo para tentarlo con la cercanía de la gente. A ver si así lograba que retomara su pasatiempo favorito.

Sebastian no respondió a mi pregunta. Entrecerró los ojos hacia el lago, tomó un puñado de piedras y palpó la más lisa y plana antes de lanzarla. Rebotó varias veces sobre el agua.

Me levanté de golpe.

—Casi pierdo la maldita cabeza. —La rabia se encendió dentro de mí y se extendió por mis extremidades y el pecho como una red de tumores.

Seb se rio y me dio la espalda.

—Por favor. Nunca la tuviste.

—No has salido de la casa en una década. Desde que volvimos de Cambridge. —Bajé los tres escalones y avancé hacia él—. ¿A dónde mierda has ido?

—Se acabó la leche. —Lanzó otra piedra.

—De verdad. —Lo agarré del hombro y lo giré hacia mí, para ponernos cara a cara—. ¿Dónde mierdas estabas?

Sebastian soltó una carcajada y me empujó con fuerza.

—Vete a la mierda, Ollie. No estás enfadado conmigo. Estás enfadado contigo mismo por haberla perdido otra vez. ¿Te suena la palabra responsabilidad?

No estaba equivocado. Pero me sentaba bien estar enfadado con él. Mostrarle una emoción que no fuera lástima. Más que nada, nos venía bien molestarnos un poco.

Solíamos pelearnos incluso después de la adolescencia.

Así fue como ocurrió el accidente.

Aquello era un destello de lo que habíamos sido.

—Dime dónde estabas —exigí. No. Supliqué.

¿Qué lo hizo salir de la casa? ¿Qué lo hizo arriesgarse? Necesitaba saber eso para usarlo. Para ayudarlo.

Seb rio y agarró el cuello de mi camisa.

—Lo creas o no…, con una mujer.

Me atrajo hacia él y luego me lanzó al césped. Me dejé caer, sabiendo que se arrodillaría para intentar golpearme. Cuando lo hizo, le agarré el codo, lo giré debajo de mí y lo inmovilicé contra la hierba.

—Para desear mujeres, necesitas no ser un cobarde —lo provoqué, furioso—. Y lo eres demasiado como para salir al mundo.

Me lanzó un puñetazo directo a la mandíbula. Me mordí la lengua. Saboreé sangre. El alcohol amortiguó el dolor.

Le golpeé la mejilla sana, haciendo que su cabeza cayera contra el césped con un golpe seco.

—Mira quién habla. Al menos yo no sigo obsesionado con la chica con la que salí antes de perder los huevos. —Seb ahora reía a carcajadas, pese al labio sangrante. Era la primera vez que lo veía reír de verdad en casi quince años—. No es romántico, Oliver. Es patético.

Rodamos por el césped, golpeándonos en el pecho, brazos y estómago.

Finalmente llegamos a la orilla del lago. Yo quedé debajo de él, con el cabello rozando el agua helada.

Ambos jadeábamos.

Su rostro estaba tan cerca que sentía su aliento caliente en mi nariz y mejillas.

—¿Sabes, hermano? Podría matarte ahora mismo. —Me agarró la camisa justo debajo del cuello—. Hundir esa cabeza intacta en el agua y no dejarte salir nunca.

Podría hacerlo.

Estábamos en el ángulo perfecto para eso.

Tragué saliva, pero no dije nada. Sería irónico morir de la forma en que Sebastian casi pierde la vida antes de que yo lo salvara.

—La policía lo consideraría un accidente —continuó, sujetando mis brazos con su fuerza increíble—. Altos niveles de alcohol en sangre. Las cosas pasan. Sobre todo, a playboys ricos que no saben beber.

—Hazlo —dije, decidido.

Y lo decía en serio.

Una vida donde todos los que me importan me odian no es vida. Dormir es un ensayo de la muerte. Y a mí me encanta dormir.

¿Tan malo sería no despertar?

—Llevas tiempo queriendo hacerlo —escupí con desprecio.

Había visto cómo me miraba. Deseaba mi dolor. Si no, ¿por qué me pediría que dejara a Briar? Sería un honor concedérselo al fin.

Sebastian cerró los ojos e inhaló la noche.

—Debería. De verdad debería.

—No voy a detenerte.

Mi parte superior se hundió más en el agua. Ya cubría toda mi frente. No sabía si lo hacía a propósito o si estaba tan absorto en su propio dolor que no notaba que me deslizaba.

Cerré los ojos y me preparé para el final.

—Aunque… —Su voz se volvió metálica y, de pronto, se puso de pie y tiró de mí para levantarme—. Creo que te dolerá mucho más si te mantengo vivo y te obligo a ver mi cara día tras día. Que la culpa te consuma por dentro. Hasta ahora ha sido un método excelente.

Dicho eso, se dio la vuelta, se alejó y pateó la botella vacía de whisky camino al porche.

Solté un aliento tembloroso y me abracé las rodillas.

Antes de darme cuenta, vomité sobre el césped. Lloraba y reía al mismo maldito tiempo.

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