Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo cincuenta y siete. Oliver
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Capítulo cincuenta y siete. Oliver

Capítulo cincuenta y siete Oliver

Gotas heladas de agua se clavaban en mi piel como agujas.

Avancé desde la cabaña hasta la mansión, todavía borracho y chorreando.

Me había duchado allí sin siquiera molestarme en quitarme la ropa.

Violentos escalofríos me erizaban la piel.

Me deshice de la ropa empapada y la arrojé en montones por el camino.

No me importaba que Seb, con su recién estrenada audacia, pudiera salir y encontrarme completamente desnudo. Después de todo, era mi maldita casa.

Subí de nuevo a mi habitación, aparté el edredón de un tirón y me hundí en el colchón cuando la piel suave y tibia de otro cuerpo se aferró al mío. Confundido, encendí la lámpara de la mesita.

—Uf, Ollie. —Briar se incorporó y me miró con los ojos entrecerrados y el pelo revuelto. Un diminuto camisón de satén se ceñía a su cuerpo—. ¿Qué estás haciendo?

—Iba a preguntarte lo mismo.

Si esto era una alucinación, necesitaba más de lo que fuera que hubiese tomado para provocarla, porque era una sorpresa agradable. Retorcida, pero agradable. Mi corazón retumbaba en el pecho.

—Estoy intentando dormir. ¿No es obvio? —Acomodó la manta sobre sus largas piernas y me fulminó con la mirada como si el raro fuera yo—. Necesito acumular horas de sueño, porque al parecer tardaremos tres días en llegar a Bribie Island.

—Nauru —la corregí—. Y ya has recuperado la memoria, así que puedes dejar la farsa, a menos que quieras saltar directamente a la parte de la luna de miel.

Yo estaba lo suficientemente desnudo para eso… y más que listo desde el segundo en que su cuerpo se curvó contra el mío. ¿Cuán borracho estaba, por cierto? ¿Había caído tan bajo que ahora tenía erecciones por alucinaciones? ¿Necesitaba una intervención?

Si era así, apostaba a que Romeo y Zach lo filmarían todo. Cabrones.

—La parte de la luna de miel probablemente incluiría cero sexo y muchas compras.

—Acepto —respondí, hundiendo la cabeza en la almohada—. Siempre que pueda mirarte en el probador.

—Ollie, hueles a cervecería.

—Las cervecerías son lugares de culto a Dios.

—¿No te refieres a iglesias, templos y mezquitas?

La miré, incrédulo.

—¿Dónde ves a la gente divirtiéndose más: ahí o en las cervecerías?

—Espero que vendan protector solar en el infierno.

—No te preocupes por mí. Yo me bronceo, no me quemo. Ahora, ¿qué haces aquí? —entrecerré los ojos—. Sé que recuerdas que soy lo peor que le pasó al mundo desde las hombreras. ¿Qué tramas?

—Nada. —Me miró con fingida inocencia—. Soy tu prometida, Oliver. Y quiero casarme contigo.

Lo que quería era echarme de mi propia casa.

Los dos lo sabíamos. Bien . Que empiece el juego.

Ahora que tenía la memoria intacta, podía contraatacar.

Estaba en igualdad de condiciones. Podía tomarle el pelo.

Y vaya si quería hacerlo. Y besarla. Y morderla.

Y hacer cosas que probablemente sonrojarían a una estrella porno.

—Cariño, no me asustas. Estoy listo para todo lo que la noche de bodas implica.

Le eché la manta encima y me acerqué para rodearle la cintura con los brazos. Fue un contacto fugaz, pero nos hizo estremecernos a los dos cuando una descarga eléctrica nos atravesó. No sacaría a esta mujer de mi cama ni aunque estuviera en llamas. Me estaba amenazando con pasarlo bien.

Arrugó la nariz.

—Nadie ha hablado de noche de bodas aún.

—Shh. Sígueme el juego.

Si las miradas mataran, la suya me habría cortado en pedacitos tamaño tartar. Estaba profundamente animado, excitado y confundido. Y tampoco estaba del todo convencido de que el whisky no me hubiera sumergido en la pesadilla de mis sueños.

—¿Qué tal si empezamos a consumar nuestro matrimonio? —rocé mi nariz con la suya, sabiendo perfectamente que estaba deseando lanzarme un mueble a la cabeza—. La práctica hace al maestro.

—Es verdad que se dice que eres bastante perfeccionista. —Me empujó el pecho, aún dolorido por mi pelea con Sebastian.

Ni siquiera consideré la posibilidad de que su desaparición tuviera algo que ver con que ella estuviera aquí. No. Imposible que se hubieran encontrado. Él jamás dejaría que ella viera su rostro. Ni en un millón de años.

Apoyé la cabeza en la mano, poniéndome serio.

—¿Sabías cuál era mi reputación cuando estabas en Los Ángeles?

—¿Cómo no iba a saberlo? —resopló—. A las webs de cotilleo les encantas, y a las mujeres también, por una razón que no logro comprender.

—Sé que es un concepto impactante, pero no todo lo que publican en el National Enquirer es verdad.

—Claro que sí lo es. En especial esa historia sobre los ovnis y las sirenas.

Sabía exactamente a qué titular se refería. Estaba suscrito al National Enquirer. Era el único periódico que a Geezer parecía gustarle morder.

—Entonces, ¿qué te ha traído de vuelta?

Mis ojos recorrieron su cuerpo. Los caóticos rizos rubio cobrizo. Los ojos azul oscuro. La piel salpicada de pecas que no tenía cuando éramos adolescentes y que, de alguna forma, la hacían más hermosa. Llevaba cada curva y cada marca de su vida como una medalla.

—Hacerte la vida imposible. ¿Qué más? —Se sacó la manta de encima y dio la vuelta alrededor de la cama.

La observé con pereza con una erección dolorosamente dura bajo las sábanas, preguntándome cuál era su verdadero motivo. Ella no era tan vengativa, y yo no era tan estúpido.

—El infierno no es un lugar. Es un estado mental. Y déjame asegurarte, cariño, que yo ya estoy allí.

Metió los pies en unas zapatillas, recogió una bata de satén del suelo y la sujetó alrededor de su cintura.

—¿Me estás pidiendo que me vaya?

¿Había deshecho la maleta? ¿Cuándo? Esa mujer era un demonio.

Negué con la cabeza.

—Mi casa es tu casa.

Se sacó el pelo fuera de la bata, y se me cortó la respiración: era condenadamente perfecta.

—Lo más probable es que tu casa sea un centro de tráfico de animales exóticos, considerando esa misteriosa ala sur a la que nadie puede entrar.

Al menos eso confirmaba que no sabía que Seb vivía aquí.

Salté de la cama, todavía desnudo, y la seguí por el pasillo, con una sonrisa de oreja a oreja.

—No hay tráfico. Los gatitos están bien cuidados y disfrutan de cada minuto.

—¿Gatitos? —Se detuvo en seco y giró hacia mí con los puños apretados a los costados, sin molestarse en mirar hacia mis atributos—. ¿Acabas de hacer un chiste sobre maltrato animal?

Y delante de una vegetariana, nada menos.

—Oye, tú has empezado.

—No tienes límites.

—Es cierto. Pero sí respeto las palabras de seguridad, así que eso cuenta.

—No era un chiste. —Entrecerró los ojos, con las mejillas tan rosadas como esos pezones que podía ver a través del satén—. Hablaba en serio.

—No, no lo hacías.

Un mechón cayó sobre sus ojos. Intenté colocarlo detrás de su oreja. Como esto era la vida real y no un libro, el mechón volvió a su lugar.

Agarré una manta del sofá y me la até a la cintura como si fuera una toalla.

—Si realmente creyeras que soy una amenaza, no te mudarías conmigo por voluntad propia y el FBI estaría aquí ahora mismo registrándome el recto.

—Probablemente lo disfrutarías.

Me encogí de hombros.

—No me juzgues mis filias, señorita.

Sus fosas nasales se dilataron y tensó la mandíbula. Ahora estábamos en igualdad de condiciones. Podía repartir tan bien como recibía.

Sacudió la cabeza y avanzó por el pasillo. Debía haber elegido una de las habitaciones de invitados.

La acompañé como si estuviéramos dando un paseo tranquilo.

—Entonces, ¿cuánto tiempo planeas quedarte?

—Estoy pensando en para siempre, ¿te molesta? —Su intento débil de provocarme fracasó.

— Au contraire . Siempre eres bienvenida. Tenemos mucho que ponernos al día.

—Las columnas de cotilleos me han mantenido bastante al día de tus payasadas.

—… y no veo la hora de que asistas a una de mis orgías.

El rumor más persistente —favorito de los medios— era que organizaba fiestas sexuales.

Salvajes, ilícitas, peligrosas. Todo empezó cuando contraté un servicio de limpieza para coches.

Venían el mismo día cada mes y se llevaban mis doce coches para una limpieza profunda y cargar gasolina.

Alguien que hacía footing por la zona vio todos los vehículos aparcados frente a mi propiedad y sacó la conclusión equivocada. Nunca lo desmentí.

Briar avanzó por el pasillo sin comprobar si la seguía.

—¿Alguna vez te han dicho que eres asqueroso?

—Cada hora, de hecho. —Cogí una rosa de un jarrón al pasar y la coloqué sobre su oreja. Cayó al suelo cuando la apartó de un manotazo—. Has conocido a mis amigos. Hablar de sexo duro es quedarse corto.

—¿Tú y Frankie estáis liados? —exigió.

—Responde mi pregunta primero. —Chasqueé la lengua—. Entiendo que estamos jugando a ver quién cede primero. En realidad, tú estás jugando a eso, si fuera por mí te llevaría directo al altar. Pero quiero saber la razón de tu cambio de actitud.

Eso era lo peligroso de la ambición. Bastaba con probar un poco de lo que deseaba para mandar toda moralidad al diablo.

Algo cambió en mí cuando Seb y yo nos peleamos en el césped.

Ese destello de normalidad me envalentonó.

Me dijo que podía arreglar las cosas con Briar.

O intentarlo, al menos. Seb no me mataría por romper mi promesa.

O tal vez sí, y eso sería normal. Nosotros otra vez.

Me llamaría cabrón, me daría un par de golpes, y volveríamos a ser hermanos.

Así que sí, si Briar me daba la más mínima señal de que aún quedaba algo que salvar, no desperdiciaría la oportunidad. La aprovecharía. No volvería a dejarla marchar.

—Tres meses y medio hasta que empiece mi nuevo proyecto. Ese es el tiempo que pienso quedarme. —Giró en una esquina y me di cuenta de que, salvo por el ala sur, ya conocía cada rincón de la mansión—. Ahora, ¿estás liado con Frankie?

—No.

—Entonces, ¿por qué tenía tu tarjeta de crédito?

Me encogí de hombros.

—Me encanta fastidiar a mis amigos. Sabía que Romeo entraría en combustión en cuanto se enterara. Y así fue.

—Pareces un pervertido persiguiendo a una chica recién salida del cascarón.

Me reí.

—Si entra…

—¿Sabes? Aunque te detesto absolutamente, y no te equivoques, de verdad lo hago, no puedo imaginarte acostándote con cualquiera.

—No necesitas imaginarlo, cariño. Puedo hacerte una demostración.

Sus ojos bajaron a mi erección cubierta por la manta.

—No estoy impresionada.

—Es porque no la has visto en modo batalla.

—Puedo decir con honestidad que nunca he conocido a alguien peor que tú.

—Eso es injusto. Conociste a dos. Los llamas padres.

—Ya no. —Sonrió por fin—. No desde los dieciocho, de hecho.

La miré de reojo.

—¿Tanto tiempo? —La culpa y la tristeza me cerraron la garganta.

Su sonrisa se volvió amarga.

—El tiempo vuela cuando te diviertes.

—Lo siento. La he cagado al decir eso.

—Muy de tu estilo. —Se detuvo frente a una de las habitaciones de invitados y señaló la puerta—. Bueno, aquí me quedo.

—Y aquí me quedo yo. —Señalé un cuadro de un payaso triste en el pasillo—. En serio, lo siento por lo de tus padres. Sé que es un tema sensi…

—No, no lo sabes. —Se giró hacia mí—. Han cambiado muchas cosas en los últimos quince años.

No me conoces. No sabes cuáles son mis detonantes, qué me gusta o no, qué me motiva.

Somos extraños. Estoy feliz de aprovechar tu mansión, tu piscina y tu pista de tenis durante una temporada, pero no confundas esto con una tregua. Todavía te odio.

Abrió la puerta y estuvo a punto de cerrármela en la cara, pero puse la mano en el borde y la detuve sin esfuerzo.

—Déjame preguntarte algo. —Me lamí los labios y bajé la voz—. ¿Qué te hace pensar que no te echaré después de cómo me has hablado? —Estaba excitado. Estaba furioso. Estaba muchas cosas. Y todas me hacían sentir vivo.

La sorpresa cruzó su rostro.

—Me lo debes.

—No te debo nada. Sigues siendo la misma persona, y yo también. Lo que te hice fue horrible. Inexcusable. Pero tenía mis razones. Fuiste mi primer amor. — Mi único amor —. Y la verdad es que, en el fondo, sabes que yo soy tu lugar seguro.

—¿Mi lugar seguro? —Se le descolgó la mandíbula—. Estaría más segura en una trinchera.

Me limité a mirarla, dejándole claro que veía a través de su mentira.

Me mostró el dedo del medio. Fingí atraparlo y guardarlo en mi bolsillo, como si fuera un beso, con una sonrisa arrogante dibujada en el rostro.

Me cerró la puerta en la cara.

—Yo también te quiero —grité a través de la madera—. Buenas noches, compañera de piso.

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