Capítulo cincuenta y uno. Oliver
Capítulo cincuenta y uno Oliver
Tirarme de cabeza por un acantilado. Intoxicación alcohólica. Ahorcado con la barba hasta la cintura del camarero, que juraría había encontrado la forma de colarse en mi vino.
No sabía cómo me iba a matar esta noche. Solo sabía que lo haría.
En ese momento contemplaba coger el cuchillo de carne y atravesarme el corazón.
Aunque estaba abierto a otros métodos, entre ellos llenarme los bolsillos de piedras y hundirme en el lago (gracias, Virginia Woolf) o lo de siempre: subirme al Lambo y pisar el acelerador a fondo hasta estrellarme contra el roble más cercano.
Decir que la cena era una experiencia terrible sería como decir que un tsunami era húmedo. La cena no era terrible. Era una carnicería violenta digna de Jack el Destripador. La aniquilación total de los míseros restos de mi alma.
Irónicamente, la decoración me recordaba a un cuento de hadas. Una larga mesa rústica se extendía por el perímetro del muelle, flanqueada por bancos de madera. Sobre el sencillo mantel de lino, candelabros de cuernos falsos de ciervo y rosas azules formaban un patrón a lo largo del centro.
Las velas brillaban en tono anaranjado e iluminaban nuestros rostros. Olas suaves golpeaban la orilla y se enredaban con la arena antes de retirarse. Nos atiborrábamos de granadas, champán importado y pan rústico recién horneado. Todo era perfecto. Absolutamente perfecto. Excepto por la compañía.
—Rosas sin espinas. —Briar tomó una de las rosas, recién cortadas de nuestro jardín, y examinó los pétalos aterciopelados entre sus delicados dedos.
Una sonrisa amarga cruzó su rostro—. Quitarle las espinas a una rosa es como quitarle las uñas a un gato.
Los deja indefensos para protegerse. ¿Ese es el tipo de hombre que eres, Ollie?
Todas las miradas en la mesa se volvieron hacia mí.
—No. —Contuve el pico de frustración, intentando sonar despreocupado—. Solo me preocupaba que Dallas se lastimara. Ella es, eh…, única.
Romeo dejó su cuchillo de carne, se limpió las comisuras de la boca como un aristócrata experimentado y me gruñó:
—Estás a punto de someterte a unas cirugías muy jodidamente especiales para que te vuelvan a unir los huesos si no le pides disculpas a mi mujer ahora mismo.
Su mujer, sin embargo, no se ofendió.
—Briar, me encanta tu vestido. —Dallas se dio una palmada en su generoso escote, cubierto por un Valentino bordado que costaba más que un apartamento en Nueva York—. ¿De dónde es?
—Déjame ver. —Briar llevó la mano hacia atrás y arrancó la etiqueta del cuello de su vestido marrón con lunares, entrecerrando los ojos para leerla.
El sonido de la tela rasgándose cortó el aire—.
Parece que es lo mejor de Target. —Se volvió hacia mí con los ojos muy abiertos—.
¿En serio, Ollie? ¿No pudiste invertir en ropa decente para mí? ¿Eres tan tacaño?
Romeo se atragantó con su whisky sour . Zach soltó una risa nasal. Los ojos de Frankie iban y venían entre mi falsa prometida y yo.
Respiré hondo para tratar de calmarme.
—Es cosa tuya, pequeña guerrera ambiental. No crees en la ropa de diseñador.
—Es ropa, no astrología. No es cuestión de creencias.
—Briar puso los ojos en blanco y se terminó mi copa de champán—.
Esto es moda rápida. La moda de lujo no es incompatible con la sostenibilidad.
Stella McCartney, Burberry, Chloé. Muchos diseñadores tienen colecciones sostenibles. Solo admite que eres tacaño.
Eso resumía el tono de nuestra cena. Sus cuarenta y siete minutos completos. Alguien le preguntaba algo a Briar o la halagaba, y ella encontraba la forma de usar el nuevo tema para atacarme.
En ese momento yo era el nada orgulloso dueño de unas quince dianas, y ni siquiera habían servido el plato fuerte.
—Mañana te llevo de compras —murmuré dentro de mi Negroni. Necesitaba algo más fuerte. Cianuro, por ejemplo.
La única razón por la que no la había ahogado en lujosos vestidos era porque el doctor Cohen había subrayado la importancia de mantener sus cosas antiguas disponibles para ella, incluyendo su ropa. Podría ser perjudicial que se encontrara con un armario lleno de cosas que nunca eligió.
Mi mirada pesada se deslizó hacia la ventana de Sebastian. Las cortinas blackout cubrían todo el largo. Si no hubiera estado aferrado a cada centímetro de la tela, me lo habría perdido. Un movimiento muy leve. Seb estaba ahí. Pegado a la ventana. Escondido tras la cortina.
Quiere estar aquí abajo. Quiere volver a vivir.
Pero no lo haría, así que me terminé el cóctel, aunque deseaba haber optado, en efecto, por el cianuro.
Cuando me negué a entrar en la enésima pelea que intentaba provocar, Briar ignoró mis palabras, como si me considerara irrelevante.
—Entonces, Romeo. ¿Tu trabajo como traficante de armas es a jornada completa? —Se volvió hacia él—. No sé cómo será eso, ya que mi futuro esposo no trabaja.
Él apretó los labios y contuvo una risa.
—Correcto.
—¿Sabes? Ayer recorrí la propiedad y la encontré un poco aburrida. Me preguntaba si podrías hacerme un favor.
—Puede —asintió Dallas por su marido, sin siquiera escuchar el favor—. Lo que quieras, amiga. Cuentas con nosotros.
—Gracias. —Briar sonrió sobre su sopa vegetariana joumou mientras buscaba señales de horror en los rostros de los demás—. Odio molestar, pero no sabía dónde más conseguir un lanzallamas.
Farrow se atragantó con un pedazo de pan. Zach dejó caer la cuchara dentro de su poulet aux noix y le dio palmadas en la espalda.
—Qué divertido. —Dallas se animó y brindó con su bebida—. ¿Para qué?
—Estoy en mi etapa de chica gótica. —Briar señaló el acantilado al otro lado del lago—. Los arbustos de allí son demasiado verdes. Arruinan el ambiente.
Romeo arqueó una ceja y fue el primero en romper el silencio que reinaba.
—Entonces, ¿quieres… quemarlos?
—¿Qué? —Briar miró alrededor con fingida sorpresa—. ¿Conoces otra forma rápida de volverlos negros? Además, destruir cosas es muy terapéutico. Pregúntale a Oliver. Él hace eso con su propia vida cada pocos años.
Una oleada de risas recorrió la mesa. Mi mandíbula se tensó.
No necesitaba una bola de cristal para saber hacia dónde iba la noche.
Podría irme y terminar con mi sufrimiento, pero me quedé por ese leve movimiento de la cortina.
La pequeña posibilidad de que Sebastian nos estuviera observando desde arriba, absorbiendo nuestra risa por ósmosis.
—Ah. —Dallas se dio una palmada en la frente—. Olvidé el griot que preparó Hettie. —Empujó su silla y se puso de pie—. Si me necesitáis, estaré en la cocina, matando un cerdo como Briar acaba de hacerlo.
—De hecho, me encantaría un recorrido por tu lugar de trabajo. —Briar seguía enfocada en Rom—. He oído que Dallas condujo un tanque hacia un bache.
Zach soltó una carcajada sobre sus tostones crujientes.
—No, hizo que un tanque cayera en un bache. Hay diferencia.
—En fin. Me encantaría una visita por el lugar. He recordado que soy una gran fan de las armas de fuego. —Briar se dio unas palmaditas en la cadera como si escondiera algo ahí—. Tengo mi propia colección para demostrarlo.
Romeo tomó su vaso, aflojando el cuello de su camisa con un dedo.
—¿Tienes armas?
—Muchas. Empecé con algo pequeño, unas cuatro 500 S&W Magnum, pero luego me aburrí un poco, así que conseguí algunas armas militares históricas e incluso una ametralladora completamente automática.
Mentira. Mi gente revisó su horrible apartamento en Los Ángeles de arriba abajo. No tenía ni una sola arma. Mucho menos una ametralladora. Claro que no la desmentí. Sabía lo que le debía.
Zach entrecerró los ojos.
—¿Y qué demonios planeas hacer con una ametralladora automática?
—Se me ocurre una cosa. —Dallas, que acababa de regresar, miró de Briar a mí, claramente entretenida—. Tres, si cuentas sus testículos.
—Me encantaría ver tu colección de armas, Briar. —Romeo le siguió el juego, sabiendo con seguridad que mis arterias estaban a segundos de estallar sobre la mesa—. Sería un honor.
—Hablando de honor… —Briar se volvió hacia Zach—. El otro día recordé algo. Una vez tuve el honor de hacerte ganar una fortuna.
Él le dedicó una sonrisa condescendiente.
—¿Ah, sí?
—Hace unos años fui tendencia número uno en tu página porno. Ingresos por publicidad, cariño.
—¿Un vídeo sexual? —Frankie escupió vino por toda la mesa—. Ni yo hice eso. Amiga. —Se inclinó para chocar la mano con Briar—. Habrías sido la jefa más enrollada del mundo.
—De hecho… —Briar infló el pecho—. Creo que sigo siendo la primera en los resultados de búsqueda bajo cierto fetiche.
Pegué una sonrisa falsa en mi rostro y fingí interés en mi rabo de buey. Lo más probable era que Briar lo hubiera descubierto todo y hubiera decidido cobrarse su venganza de manera lenta y dolorosa.
Quiere que pierdas la cabeza y lo poco que te queda de paciencia, me recordé. Lo más probable es que haya recuperado la memoria por completo y sepa que no la confrontarás al respecto.
Después de todo, tenía que seguirle el juego, por la remota posibilidad de que estuviera teniendo una crisis nerviosa y no mintiendo.
Genial. Jodidamente fantástico. Mi vida no deja de mejorar.
—Me impresionas. —Farrow le dio una palmada en el hombro a Zach mientras fruncía el ceño con falsa compasión.
—¿Ah, sí?
—Por ser dueño de una web porno cuando tú mismo fuiste virgen durante tantos años, hasta que conociste a Farrow. Debió de haber sido duro. —Mi falsa prometida se llevó los dedos a los labios, abriendo los ojos—. Sin doble sentido, claro.
A esas alturas, me retorcía en el asiento como si tuviera el trasero en llamas. Briar me estaba provocando. Quería llevar las cosas al límite. Ver hasta dónde podía llegar antes de que la enfrentara, para que yo quedara como un completo idiota.
Cada fibra de mi ser quería devolvérsela. ¿Quería una boda temática de Frozen en medio de la nada? Pues hagámosla, a la mierda. No iba a ser el primero en parpadear en esa competición absurda. Si de terquedad se trataba, nadie iba a ganarme.