Capítulo cincuenta. Oliver
Capítulo cincuenta Oliver
Había muchas probabilidades de que no saliera vivo de la cena.
No si mi prometida podía hacer algo al respecto.
No sabía qué tenía Briar preparado para mí, pero no creía que hubiera roto la cafetera por accidente (no era torpe) ni que hubiera decidido de manera espontánea dejarme con las ganas mientras yo me duchaba e inventar el yoga en bikini (que internet confirmó que, por desgracia, no era algo real). Estaba tramando algo.
No podía hacer nada salvo esperar a que cayera la guillotina.
Si tenía suerte, me cortaría la cabeza y pondría fin a esta miserable existencia.
Briar y Seb tendrían el final feliz que merecían, y mamá y papá por fin se librarían de nuestras cenas de los martes con el único de sus hijos que se dignaba a aparecer.
Con los preparativos del banquete en marcha, avancé entre el personal por los vastos pasillos de mi mansión, más que nada para asegurarme de que Briar no hubiera incendiado nada en los veinte minutos que había tardado en dar de comer a Al Capony y Usain Colt.
Una vez confirmé la ausencia de llamas, me instalé frente a una ventana con vistas al lago.
Con las manos entrelazadas detrás de la espalda, observé el bote de remo vacío de Sebastian.
No podría usarlo esta noche. No con la empresa de catering instalando las mesas junto al lago.
Habían preparado una cena de ocho platos a la orilla del agua, en su mayor parte vegetariana, por Briar, aunque Hettie añadió algunos extras.
Remar a medianoche era la única vía de escape de mi hermano.
El único momento en que se sentía cómodo saliendo de su ala para tomar aire fresco.
Una punzada de culpa me atravesó el pecho.
Negué con la cabeza y me dirigí a su ala, no sin antes mirar a ambos lados para asegurarme de que Briar no pudiera verme.
Lo último que necesitaba era que descubriera a mi hermano ermitaño, malhablado y resentido con el mundo viviendo ahí.
Que viera cómo convertí a Sebastian von Bismarck, uno de los hombres más codiciados del mundo, en una sombra de sí mismo.
Yo tenía el toque opuesto al de Midas. Todo lo que tocaba lo convertía en basura.
Lo arruinaba todo. Siempre. Incluyendo mis relaciones con Sebastian, con Briar y con mis padres.
Los perros me siguieron cuando entré en el territorio de Sebastian. Raro. Nunca se habían aventurado a este lado de la casa. Abrí las dos rejas de seguridad para bebés y las cerré sin hacer ruido. Aunque la mansión tenía casi dos mil metros cuadrados, no podía ser descuidado.
Seb ni siquiera levantó la vista cuando entré en su gimnasio.
Sabía que lo encontraría ahí. Pegado a la máquina de remo —siempre remando—, vestido solo con un pantalón corto negro deportivo.
Su cuerpo, cubierto de músculos trabajados, brillaba por el sudor.
Me negaba a creer que estuviera fuera del mercado por su cara.
Como si a las mujeres les importaran las caras.
Si así fuera, Pete Davidson seguiría siendo virgen.
—Mira quién es, el hermanísimo —dijo Sebastian mientras tiraba del asa y se estiraba hacia atrás antes de deslizarse al frente, con movimientos suaves y controlados—. ¿A qué debo el honor de tu visita?
Por lo general le mandaba un mensaje antes de venir. Necesitaba tiempo para prepararse para verme. Era el único ser humano al que accedía a ver cara a cara.
Compartíamos exactamente una cita fija a la semana: veíamos de una sentada los episodios de Days of Our Lives de los siete días anterior es en completo silencio y luego cada uno volvía a su vida como si nada hubiera pasado.
Cada dos semanas, más o menos, lograba convencerlo de pasar una noche extra conmigo. Entrenábamos fuera, en el bosque remoto detrás de la propiedad, pero solo tarde en la noche. O compartíamos una comida que yo traía de casa de mamá. Pero nunca, jamás, aparecía sin avisar.
Ni siquiera sabía qué me había traído hasta aquí.
Tal vez quería hablar maravillas de Briar, pero eso solo sería restregarle la vida en la cara. O quizá esperaba que por fin me liberara de la promesa que me había arrancado después de arruinarle la vida. De cualquier modo, ninguna de las dos cosas iba a pasar.
Lo sabía. Y aun así… apoyé el hombro en el marco de la puerta, con las manos metidas en los bolsillos delanteros.
—Habrá una cena fuera esta noche. Solo quería avisarte.
Su espalda tembló con una risa seca.
—¿Querías asegurarte de que el monstruo no saliera de su jaula y asustara a tus invitados?
Odiaba que se viera como un monstruo. Que al mirarse al espejo viera el mismo rostro que yo veía y no pudiera reconocer a alguien digno de amor.
—Sabes perfectamente que no hay nada que quiera más que verte ahí, cenando con nosotros, socializando otra vez. —Lo dije tan bajo que dudé de que pudiera oírme.
—Ay. No serás tú el mejor hermano del mundo.
Un músculo me palpitó en la mandíbula. Me tragué un gruñido de frustración.
—Solo quiero que seas feliz.
—Me temo que debiste pensar en eso antes de arruinarme la cara.
Soltó el agarre, se puso de pie y cogió una toalla pequeña para secarse la cara y el pelo. Luego la lanzó al cesto de ropa sucia, recogió su botella con aminoácidos y se acercó a mí.
Su rostro nunca se había curado del todo. No era fácil de admitir, pero era la verdad. Había quedado completamente desfigurada, con partes que faltaban y trozos de piel cosidos entre sí.
—Como te decía, gracias por avisar. —Me sostuvo la mirada, con sus ojos azules como el océano fijos en los míos—. ¿Algo más?
—Ven conmigo al cirujano plástico. —El tono desesperado de mi voz me exasperó. No debería estar rogándole que hiciera esto—. Exploremos nuestras opci…
—No me interesa ponerle pintalabios a un cerdo. —Su risa metálica resonó por el pasillo—. Nada me hará ver como me veía antes. Quiero mi antigua cara. Quiero mi antigua vida. Si la opción es sobras o nada, elijo nada.
—¿Por qué eres tan terco? —gruñí.
—¿Y tú por qué eres tan idiota?
Negué con la cabeza.
—Mamá debió dejar que te escurrieras por su pierna.
Eso lo hizo resoplar.
—Eres un romántico empedernido si crees que papá está abierto a algo que no sea la posición del misionero para el acto con fines reproductivos.
Su hombro chocó con el mío cuando salió hacia su habitación. Lo seguí.
—Nadie quiere estar solo.
—¿Ah, no? —Entró en su baño privado y abrió el grifo de la bañera. El agua comenzó a correr—. Entonces, ¿por qué sigues solo?
Una sonrisa oscura le torció el rostro. Sabía con exactitud por qué estaba solo. Sabía lo que quería… y que él era la razón por la que lo había perdido. Ninguno lo admitiría. Después de hacer la promesa, nunca volvimos a hablar del tema.
—Estoy solo, no me siento solo —respondí, señalando hacia el lago donde probablemente ya habían terminado de montar nuestra cena—. Veo a nuestros padres casi cada semana…
—Y odias cada minuto.
—Tengo amigos…
—Compañeros de entrenamiento con sus propias familias y círculos sociales.
Sebastian nunca perdía la oportunidad de recordarme que Rom y Zach tenían un vínculo más fuerte entre ellos que el que tenían conmigo.
Yo era el tercero en discordia. El que se invitó solo a su fiesta de dos cuando descubrió que la mayoría de la gente era insoportable.
Para entonces, ellos ya se conocían desde hacía cinco años. Habían crecido siendo vecinos.
Y después del accidente de Seb…
No quise acercarme demasiado a nadie más.
—Aventuras de una noche —señalé, desesperado—. Disfruto de los encuentros esporádicos.
Bueno. Encuentro. En singular. Solo para probar. Nota rápida: fue horrible. Lo dejé después de eso. La verdad era que me burlaba de Zach por ser virgen, pero probablemente tuvo cincuenta veces más sexo en su breve matrimonio que yo en toda mi vida.
—Y a mí me encantan los largos paseos por el infierno con mis mejores amigos Jeffrey Dahmer y Ted Bundy. —Sebastian resopló, cogiendo un frasco pequeño de sales de baño—. No compro lo que estás vendiendo, Oliver. Te sientes tan miserable y estás tan solo como yo. Solo que finges mejor.
Tú me pediste eso , quise gritar.
En lugar de hacerlo, me tragué la frustración y la enterré junto con mi resentimiento.
Vació las sales en el agua. Le dolía el cuerpo todo el maldito tiempo. Usaba cantidades industriales de sales, aceites y multivitamínicos para intentar aliviar el dolor.
Enderecé los hombros.
—Al menos yo no me escondo del mundo.
Echó la cabeza hacia atrás y soltó una risa amarga.
—Intenta vivir en mi cuerpo un minuto y tú también lo harás.
Eso me dejó callado.
Sabía que tenía razón. Pero no quería que la tuviera.
Sebastian se sentó en el borde de la bañera y observó cómo las sales burbujeaban dentro del agua y la volvían lechosa.
—¿Algo más, hermanito?
—De hecho, sí. Necesito un consejo.
—Skyn ultra finos, aunque los Trojan Magnum también están bien.
Ignoré su broma sobre condones.
—Briar está hecha un demonio. No sé qué le pasa…
—¿Ya intentaste desconectarla, reiniciarla y volverla a conectar, pero esta vez sin arruinarle la vida?
Apreté los dientes. Intenté mantener la voz neutral.
—Como decía, lleva unos días bastante rebelde. Podría intentar aventurarse en tu ala.
—Anotado. Pelearé con ella cuando quiera, donde quiera.
—No vas a tocarle ni un solo pelo —repliqué, con un tono más áspero y duro de lo que pretendía.
Eso hizo que Seb levantara la vista del agua.
—¿Perdón?
—No puedes tocarla si viene aquí. Ni hacer una escena. Si tan siquiera la haces sentir un poco incómoda…
—¿Entonces qué? —Se puso de pie. Seb vivía para hacerme sentir pequeño, culpable e insignificante—. ¿Qué vas a hacer? Soy el hermanito al que le arruinaste la vida. No te atreverías a tomar represalias contra mí.
Tal vez fueron las constantes jugarretas mezquinas de Briar. Tal vez fue la década y media de noches sin dormir. Tal vez fue la tensión de tener a la mujer más sexi del planeta frotándose contra mí veinticuatro siete.
Pero, por primera vez desde que arruiné la vida de Seb, exploté.
Avancé de golpe y quedé frente a frente con él, invadiendo su espacio personal. Nuestras narices casi se tocaron. El aliento me salía pesado, desbocado. Ni siquiera sabía por qué. Por qué al fin decidí acabar con toda esta mierda.
—No me importa lo que te haya hecho hace casi veinte malditos años, Sebastian.
—Le clavé un dedo en el pecho—. Fue un error, y lo pago todos los días.
Carísimo. Te he pedido perdón. Te lo pido todo el tiempo.
Pero te lo digo ahora: si le haces daño a esa mujer, te voy a destruir y no voy a dejar nada para que otros lo puedan rematar. ¿Entiendes?
Sus ojos azules brillaron. Me pregunté si lloraría. Me pregunté si siquiera podía hacerlo. Nunca había visto llorar a Sebastian. No desde que tenía cinco años. Ni siquiera después de lo que le hice.
—Si te importa tanto, ¿por qué aceptaste dejarla?
Por tu culpa, quise gritar. Porque estaba demasiado ocupado intentando arreglar las cosas contigo. Intentando arreglarte. No podía salvaros a los dos, así que te elegí a ti.
Recordé el momento en que le prometí a Sebastian que me mantendría alejado de Briar.
Seb estaba sentado en la cama del hospital mientras yo sujetaba un espejo frente a él, observando cómo se quitaba las vendas del rostro.
En el segundo en que se vio, vomitó. Sobre el espejo.
Sobre mi brazo. Sobre las sábanas. Sobre los azulejos de la clínica.
Luego me miró, completamente serio, y preguntó:
—¿Quieres compensármelo?
Asentí, con el corazón en la garganta.
—Te daré lo que quieras.
—¿Lo que sea?
—Lo que sea —prometí.
—Quiero tu felicidad.
Me quedé helado, temiendo a dónde iba con eso.
—Seb…
—Aléjate de Briar Rose.
Sentí como si me hubiera dado una puñalada traicionera.
—¿Perdón?
—Me quitaste cualquier posibilidad de felicidad que tuviera. Yo voy a quitarte la tuya. Deja a Briar Rose, vive tu miserable vida sin ella y recuerda lo que se siente que te arranquen aquello que más te importa.
Podría haber dicho que no. Decirle que solo hablaba desde la ira, el miedo y la frustración de haberlo perdido todo. Que tal vez en un mes, o un año, o incluso cinco, se arrepentiría de haberme pedido que la dejara.
Pero no lo hice.
En vez de eso, acepté.
—Porque tú me lo pediste —dije en voz baja, aunque ni yo mismo me creía.
—Eso es una montaña enorme de mierda y lo sabes. —Sebastian dio un paso atrás, al tiempo que negaba con la cabeza y cerraba el grifo—. Pero está bien. Prometo no despedazarla miembro por miembro si encuentra el camino hasta aquí.
—Gracias.
—Pero no prometo no hablar pestes de ti.
Ya se estaba bajando el pantalón corto, señal de que debía irme.
—Está bien. —Hice un gesto con la mano por encima del hombro—. Únete al club.
—Soy el presidente. —Le cerré la puerta en la cara, negando con la cabeza, aunque no antes de que llegara a gritar—: No te preocupes, Ollie. Si te hace sentir mejor, estoy seguro de que ella te odia menos de lo que yo te odio.