Capítulo cincuenta y uno. Oliver #2
Zach cortó su cerdo con expresión aburrida.
—¿Y cómo sabes que era virgen?
—Farrow me lo contó en el avión a Texas. —Señaló a Fae con el dedo—. Uy, perdón. ¿Era secreto?
Todos sabíamos que a ninguna de las dos le importaba. De hecho, la única persona en esa mesa que todavía guardaba secretos de verdad era yo. Estos días, mis amigos vivían sin vergüenza.
Lo más probable era que por eso, de todos los trapos sucios en Dark Prince Road, Briar había elegido esos temas. Los seguros. Quería empujar los límites, pero no se metería en serio con nadie que no fuera yo.
Mi mano se cerró con fuerza alrededor de la cuchara.
Romeo retomó la conversación.
—¿Qué fetiche?
Los camareros avanzaron hacia nosotros como una bandada de uniformes blancos para retirar los platos y servir dous makos y kokiyòl de postre.
— Chick pass . —Briar mordió un dónut y alzó una ceja—. ¿Os suena?
No sabía si reír o llorar. Si estrangular o besar a esa mujer imposible. Solo sabía con certeza que llevaba veinticuatro horas tomándome el pelo… y que tenía un sentido del humor excelente y una agudeza mental que estaba a la altura.
Hice girar mi bebida en la mano y por fin intervine.
—Qué curioso que últimamente pareces recordar tantas cosas de tu pasado, Mimitos.
—¿No es genial? —Briar me sonrió—. También recordé que te compramos ese aparato para agrandar ya-sabes-qué. ¿Te ha llegado?
Dallas se llevó una mano al pecho y cerró los ojos.
—¿Podemos tomarnos un momento para apreciar cómo Briar ha superado a Oliver siendo más Oliver que Oliver?
Zach se volvió hacia Briar.
—¿Cómo se llama tu vídeo sexual?
Abrió la boca para responder y, aunque estaba seguro al 99 % de que ese vídeo no existía, solté entre dientes:
—Voy a mandarte la cara a otro planeta de un puñetazo si le haces una pregunta más sobre eso, Sun.
—Vamos, Ollie. Estoy orgullosa de mi pasado. —Briar agarró mi rodilla bajo la mesa, la masajeó y deslizó los dedos por la parte interna de mi muslo hasta casi arrancarme un gemido del fondo de la garganta. Jugaba sucio—. ¿Tú no estás orgulloso de tu pasado?
Bien. Ahora sabía que lo recordaba todo. Cada detalle vergonzoso que nos había traído hasta aquí.
—Tienes razón. —Me concentré en no correrme en mis pantalones como un adolescente—. Por favor, continúa.
Y ya que estamos, ¿cuándo recuperaste la memoria? ¿Cuánto tiempo llevas con esta farsa?
Tenía la cabeza hecha un caos. Mi entrepierna, en cambio, tenía muy claros sus sentimientos. Quería salirse por la cremallera y llegar hasta la Vía Láctea.
—Entonces. —Briar miró a Zach—. ¿Recuerdas «Two Girls, One Cup »?
—Cómo olvidarlo. —Zach me lanzó una sonrisita rápida y satisfecha, la de alguien que sabía que mi agonía era comparable a la de Jesucristo en su último aliento—. Es un hito cultural en el ámbito de la pornografía.
—Mi exnovio y yo lo recreamos con un sundae y unas nueces. Tú decides a cuál par me refiero.
Todos estallaron en carcajadas. Yo quería pasar directamente a la parte de mi piadosa ejecución.
—En serio. —Briar dejó el tenedor y apartó el plato—. Por eso decidí convertirme en coordinadora de intimidad. Es mi misión en la vida llevar la mayor cantidad posible de cuerpos desnudos y momentos sexis a la pantalla.
Zach elevó su copa en dirección a ella.
—Te agradecemos tu servicio.
—Es encantadora. —Frankie se abanicó con la mano—. En serio, me tiene obsesionada.
—Yo también —coincidí.
Dallas le robó el postre a Romeo.
—¿Tu coprotagonista es ese ex del que hablaste en Texas? ¿Grant?
—Ese mismo.
—El ambientalista que salva focas —murmuré en mi bebida.
Dallas señaló a Farrow.
—Fae y yo lo buscamos por internet.
—¿Y qué os pareció? —Briar movió las cejas—. Está bueno, ¿eh?
—Totalmente. Si lo tuyo con Ollie no funciona, es atractivo.
Al diablo. Golpeé mi vaso con más fuerza de la necesaria y derramé ginebra por el borde.
—¿Qué en específico?
La respuesta de Briar fue inmediata.
—Sus cejas.
— « Sus cejas» —repetí, inexpresivo.
Se dio golpecitos en la barbilla.
—Y sus dientes.
—¿Sus dientes?
—Y le gusta leer literatura erótica.
—Ohhh… —Eso captó la atención de Dallas. Se inclinó hacia delante, olvidando los dónuts haitianos—. ¿En serio? Eso sí que es atractivo.
Romeo entrecerró los ojos y desvió la conversación.
—Dime, Briar. ¿Recuerdas algo de Texas?
—¿Del viaje? —Asintió—. Recuerdo todo lo que las chicas me contaron. Como que Farrow hizo trampa para entrar en los Juegos Olímpicos, pero al final no compitió.
Farrow se encogió de hombros, sin afectarse. Ni siquiera entraba en el top diez de cosas que quisiera ocultar. Todos sabíamos que Fae se había convertido en una especie de leyenda viva con lo de los Juegos Olímpicos, y Dallas pensaba que el mundo funcionaría mejor si nadie tuviera empleo.
Perfecto . Con las chicas usaba guantes de seda, pero conmigo había sacado las garras.
—Y recuerdo que Dallas nunca ha aguantado en un trabajo…
—se volvió hacia ella con una sonrisa serena—…
y que prácticamente fue vendida en matrimonio por un padre que jamás la apoyó.
Por suerte, se enamoró de su secuestrador, quien, afortunadamente, tiene los medios para financiar su adicción a las compras.
Maldita sea, había llegado a esta cena con pruebas. Solo podía imaginar qué diría de mí cuando llegara mi inevitable turno.
Dallas se encogió de hombros mientras robaba restos del plato de su hermana.
—Me casé con un multimillonario. No voy a poner un puesto de limonada fuera. Las cosas son lo que son.
—Vale, esto está divertido. —Frankie chilló—. Sé que no fui a ese viaje, pero ¿puedes meterte conmigo también? —Levantó la mano como una alumna ansiosa por participar—. Yo también. Yo también.
No pude contener el gruñido. Esto ya estaba mal… y estaba a punto de empeorar.
Briar inclinó con lentitud la cabeza hacia Frankie, con una sonrisa serena pintada en el rostro.
—Guardé lo mejor para el final, Frankie.
Se me hundió el estómago. Por primera vez en toda la noche, el rostro de Briar se endureció con alguien que no era yo.
Sostuvo la mirada de Frankie.
—Hoy, mientras ordenaba los asuntos de mi prometido en su oficina, me encontré con sus estados de cuenta bancarios.
¿Entró a mi oficina? ¿Cuándo? ¿Cómo? Rara vez la perdía de vista.
—Es lo más extraño. —Briar chasqueó la lengua al tiempo que negaba con la cabeza—.
Tenía muchísimos cargos en su tarjeta de crédito que llevaban a tiendas de diseñador, todos en Georgia.
Y pensé… ¿a quién podría conocer Oliver que viva en Georgia?
Alguien lo bastante cercano como para prestarle su tarjeta.
Alguien lo bastante imprudente como para acumular cuentas de cuarenta mil dólares en vestidos y zapatos.
—Apoyó la barbilla en el puño—. ¿De quién creéis que me acordé?
—Yo… eh, ¿Posh Spice? —Frankie sonrió con esperanza—. Le encantan los bolsos de diseño.
Cerré los ojos y me cubrí el rostro con las manos. Lo más irónico de todo era que jamás había tocado a Frankie, ni tenía el menor deseo de hacerlo.
—Tú, Frankie —dijo Briar con total naturalidad—. Estás teniendo una aventura con un hombre comprometido que te dobla la edad. Espero que estés orgullosa de ti misma. —Se puso de pie, tomó la servilleta de su regazo y la arrojó sobre la mesa.
—En realidad no es así. —Frankie se levantó de un salto.
Tenía los ojos llenos de lágrimas. Salió corriendo tras Briar, que avanzaba a zancadas hacia la casa—.
Te juro que nunca lo toqué. Jamás. Y no porque no lo haya intentado.
—Se detuvo para lanzar una mirada de disculpa a su hermana—. Perdón, Dal.
Dallas suspiró.
—Está bien. La deficiencia de vitamina D viene de familia.
Frankie siguió persiguiendo a Briar por el césped.
—Él no me hacía ni caso.
Aunque lo único que deseaba era meter la cabeza en la boca de uno de los muchos lanzallamas de Romeo, algo me impulsó a ir tras ellas. Tal vez saber que Briar no quería matar a Frankie. Quería mi cabeza en una bandeja. ¿Dónde estaba su vegetarianismo?
—Él no me hacía caso, y sé por qué. Porque está obsesionado contigo. —Frankie se levantó el vestido para correr más rápido—. Siempre estuvo obsesionado contigo. Me di cuenta la primera vez que os vi juntos en el hotel. Eres tú. Las demás solo eran una distracción.
Briar agarró el pomo de la puerta trasera y la abrió de un tirón.
—Es un mujeriego.
—Es un santo —replicó Frankie mientras la seguía al interior de la casa.
—Está roto.
—Tú también —respondió ella en un raro susurro. Quizá el único momento de lucidez que le había visto a Frankie—. Y yo. Todos lo estamos. Lo perfecto es muy aburrido. Es predecible. Los defectos mantienen las cosas interesantes.
Pasé junto a Frankie y sujeté a Briar del hombro.
—Frankie, regresa fuera.
—No puedo hacerlo si está enfadada conmigo. —Frankie levantó los brazos como una niña. Las lágrimas le corrían por las mejillas—. Cree que estamos teniendo una aventura. Yo jamás haría eso. Nunca me metería con alguien que ya tiene pareja.
Miré de reojo la escalera. Briar ya había desaparecido hacia la habitación. Estaba ansioso por enfrentarme a ella. Saber qué era lo que sabía. La electricidad me recorría cada fibra del cuerpo. Por primera vez en años, me sentía vivo. Lleno de algo que no era pura miseria.
Guie a Frankie hacia la puerta del patio.
—No cree que tengamos una aventura.
—Claro que sí. Ella misma lo ha dicho.
—Lo que quiero decir es que, aunque lo crea, no le importa. —La espanté con ambas manos—. Ahora vete. Por favor.
—No antes de...
—Frankie. Lárgate antes de que llame a seguridad y te saquen. ¿Sí? Necesito hablar con mi prometida.
Mi prometida.
Qué chiste.
Se acabó la farsa. Briar ya me había descubierto. Era hora de enfrentar las consecuencias. No iba a ser sencillo. Más bien todo lo contrario.
Y, aun así, fui. Sin dudar.
Porque incluso su odio era mejor que su indiferencia.