Capítulo cuarenta y siete. Briar
Capítulo cuarenta y siete Briar
Desperté lista para la batalla.
Armada con mis recuerdos —todos mis recuerdos— sabía que no podía quedarme en esta jaula dorada durante mucho tiempo.
No porque Oliver fuera a echarme. Ese imbécil todavía creía que yo no sabía nada.
Tampoco porque necesitara trabajar, ya que mi próximo proyecto no empezaría hasta mediados de julio.
Sino porque, si no salía de ese lugar, podría matar a mi « prometido» con mis propias manos. Sin sutileza. Sin venganza sofisticada. Nada de la tortura que había imaginado ayer antes del incidente del yoga en la ducha.
No veía la hora de lanzarle la verdad en la cara a Oliver y verlo retorcerse. Tendría que esperar hasta después de la elegante cena con sus amigos esa noche.
Dallas. Farrow. Hettie. Todas me traicionaron. Me mintieron en la cara y fingieron ser cercanas a mí.
¿Me tenían lástima? ¿Les parecía divertido que viviera con el hombre que una vez me rompió el corazón y me abandonó?
No. Rechacé ese pensamiento de inmediato. Si las chicas hubieran estado de acuerdo con lo que hizo Oliver, no me habrían llevado a Baylor para ayudarme a recuperar la memoria.
Las libraría de mi venganza. Pero sí pensaba comprobar hasta dónde estaban dispuestas a llegar con sus mentiras. En la cena de esa noche. Donde planeaba obligar a todos en esa maldita calle a confesar sus crímenes.
La ansiedad me hervía bajo la piel. Giré sobre mi cadera y noté el lado vacío de la cama de Oliver y su teléfono todavía cargando en la mesita. El mío vibraba sobre la almohada junto a mí.
Seb vB: La próxima vez que husmees entre mi equipo de remo, vuelve a dejarlo como lo encontraste.
Seb. El maldito gruñón. Él también debía de saberlo. No podía reprochárselo. No tenía intención de interactuar conmigo. Yo había invadido su territorio, no al revés.
Escribí un mensaje y dudé antes de enviarlo, pero lo hice de todos modos. Confiaba en que Seb guardaría nuestras conversaciones para sí mismo, en especial porque no quería que Oliver descubriera que yo sabía lo de su condición.
Briar Auer: Sé la verdad.
Seb vB: ¿Y qué vas a hacer?
Ni disculpa. Ni reconocimiento de su papel en la mentira. Nada. Era tan propio de Seb —del viejo Seb— que casi sonreí.
Briar Auer: Voy a incendiar este lugar.
Seb vB: Conmigo dentro, por favor.
Fruncí el ceño, 99 % segura de que lo decía literalmente.
Después de mi horrible ruptura con Oliver, me destrozó que Ollie se quedara con Seb en el « divorcio». Siempre lo había considerado mi hermano menor. Mi cruel y malhablado hermano menor, pero hermano al fin y al cabo.
Todos mis mensajes a Seb habían quedado sin respuesta. Me había bloqueado. En ese momento asumí que era por lealtad a su hermano, pero ahora sabía que simplemente se había cerrado al mundo entero.
Lo cual me recordó algo.
Venganza .
Entré en mi vestidor —lo único, además de Geezer y Trio, que echaría de menos de esta casa— y elegí el bikini más diminuto que tenía. Si Ollie pensaba que ayer se había quedado con las ganas, no tenía idea de lo que le esperaba.
No tardé más de veinte minutos en encontrar a Oliver tomando café en el jardín. Había elegido un rincón tranquilo con vistas al lago y a las rosas azules.
Me coloqué frente a la ventana abierta para hacer mi yoga matutino justo en su línea directa de visión.
Levantó la vista de su portátil y parpadeó dos veces cuando vio mi atuendo.
Me incliné en la postura del perro boca abajo, con la esperanza de provocarle una erección que con suerte terminara en necrosis.
Después de mi rutina, entré en la cocina con unos shorts diminutos y mi bikini rojo brillante. La piel se me erizó por el frío, pero torturar a Oliver tenía prioridad absoluta. Él intentaba con desesperación concentrarse en la hoja de cálculo que tenía delante.
—¿Has dormido bien? —canturreé.
—Sí. ¿Y tú? —dio un sorbo a su macchiato y volvió a centrar su atención en la pantalla.
En retrospectiva, debí haber visto las señales evidentes.
La carne. El avión. La manera en que se refugiaba en el trabajo cada vez que tenía que cuidarme.
Oliver quería tener lo menos posible que ver conmigo hasta que recuperara la memoria, pero yo me negaba a ponérselo fácil.
No porque me hubiera mentido sobre nuestro compromiso, haciéndome quedar como una completa idiota. Sino porque recordaba lo que me hizo.
Cada. Cosa. Cruel.
La forma en que perdí la virginidad con él y luego me dejó.
Esa caminata de la vergüenza por las calles empedradas de París, casi desnuda, con apenas una bata fina del hotel ajustada sobre los hombros.
Las miradas. Los susurros. Las negativas a dejarme entrar en las boutiques .
Las lágrimas ardientes que vinieron después.
El silencio repentino de Ollie tras aquello. Sin llamadas, mensajes ni correos. Ninguno de los regalos que solía enviarme cuando viajaba. Me presenté en esta misma casa, frente a estas mismas rejas de hierro forjado, solo para que me rechazara. Otra vez.
Luego, esos intercambios en Instagram. Tan públicos, casi como si hubiera querido restregarme en la cara que me había engañado.
Y, sobre todo, recordaba cómo este continente nunca volvió a parecerme lo bastante grande para los dos después de lo que pasó. Elegí vivir en Los Ángeles porque era el lugar más lejano de Maryland en todo Estados Unidos, salvo Alaska y Hawái.
Aun así, veía su rostro. Todo el tiempo. En revistas de cotilleos, en columnas sociales, incluso en audiencias del Congreso. Oliver estaba en todas partes, por más que intentara borrarlo de mi vida.
Esta vez, él sería el atrapado. No podría deshacerse de mí.
—Hacía un poco de calor. —Fruncí las copas de mi bikini hasta que los triángulos apenas cubrieron mis pezones, decidida a darle un poco de su propia medicina—. Creo que voy a dormir desnuda esta noche, si no te molesta.
Oliver se atragantó con el café y salpicó la mitad sobre la pantalla de su carísimo dispositivo. Agarró una servilleta y se secó las comisuras de los labios.
—¿Ahora eres alérgica a la ropa?
—¿Ahora? —Alcé la mirada hacia él tras un velo de pestañas, parpadeando con inocencia—. Soy una nudista orgullosa, Oliver. Es un estilo de vida para mí. Lo recuerdo perfectamente. Nunca ando por la casa con ropa. Me hace sentir…
Él emitió un quejido.
—¿Cuerda?
—Encerrada.
—O tus tetas permanecen encerradas, o lo estaré yo… cuando mate a cualquiera que te mire desnuda.
—No deberías ser tan celoso. Recuerdo la mayor parte de mis años en la universidad, y me acosté con muchos chicos. Al menos doscientos, según mis cuentas.
—¿No tenías un novio formal?
—Grant. Grant Dwyer. —Suspiré, fingiendo profunda reflexión—. Ese sí que era un caballero. No como el otro.
—¿El otro?
—Vance Smith. —Arrugué la nariz, inventando un recuerdo—. Nos conocimos en una gasolinera.
—El lugar más respetable para un primer encuentro.
—Unas tres semanas después lo dejé porque exigió que me deshiciera de mi colección de vibradores.
—¿Qué? —Oliver parecía más horrorizado que yo, aunque yo sabía que era pura ficción—. Eso es como despedir a su sous chef por ayudarlo a cocinar.
—En cambio, Grant era un sueño. Un revolucionario total. Aceptó una relación abierta.
—Una relación abierta —repitió Oliver con tono seco.
—Sí —mentí—. Debí de acostarme con cientos de hombres durante los tres años que salimos. Incluso miró un par de veces. Lástima que tuviera que mudarse a una aldea remota al otro lado del mundo para salvar crías de foca de derrames de petróleo. Grant también es ambientalista.
—Tenías una relación abierta con un ambientalista que abandonó su carrera para salvar focas bebé del petróleo.
—Sí. ¿No es un sueño?
—Bueno, decididamente es algo … —murmuró Ollie en su taza.
Me acerqué a su preciada cafetera, un modelo sofisticado que debía de haber costado cinco cifras. Me puse de puntillas para alcanzar una taza en la alacena.
Mis pechos se balancearon con el movimiento.
Oliver se giró, visiblemente alterado.
—¿Quieres que te prepare café?
—No hace falta, ya me apaño. Tú siéntate y descansa.
—Con cuidado. Mamá me la mandó hacer a medida en Italia. Es la única máquina de su tipo y es irremplazable. El fabricante cerró hace años.
Hice un gesto despreocupado con la mano.
—Te preocupas demasiado.
Volvió a su portátil. Tomé una de las válvulas de la cafetera y la giré en sentido contrario, desenroscándola a propósito. Hizo un ruido metálico al caer.
—Oh, mierda. —Chasqueé la lengua, dándome una palmada en el muslo—. He roto la cafetera. No te molesta, ¿verdad?
Si hubiera mirado más de cerca, se daría cuenta de que bastaban diez segundos para volver a enroscar la válvula, pero no lo hizo. Casi parecía que le salía humo por las orejas. Permaneció rígido frente a la pantalla, probablemente porque no quería gritarme.
Se aclaró la garganta, la espalda recta como un palo.
—No pasa nada.
Fui hasta el frigorífico industrial, saqué un café frío y me dejé caer a su lado mientras le regalaba mi mejor sonrisa triunfal. Él frunció el ceño ante la pantalla.
Yo era una espina clavada en un lugar incómodo.
Lo que no sabía era que estaba a punto de hacerlo sangrar.
—Entonces. —Sorbí el café ruidosamente, una de las cosas que más le molestaban desde que éramos niños—. Estaba pensando…, para nuestra boda…
Rechinó los dientes ante los sorbos exagerados y se obligó a mirarme.
—¿Sí?
—Dallas mencionó que organizaste su boda aquí.
—Así es —alargó las palabras, con evidente recelo.
—Me mandó una carpeta con tus correos impresos. Los que le enviaste con sugerencias para la boda.
Omití la parte en la que nos habíamos reído en el avión sobre lo ridículas que eran la mayoría y habíamos coincidido en que Oliver debía perfeccionar su habilidad para bromear.
Yo, en cambio, no necesitaba ayuda en ese terreno.
Ollie cerró el portátil y eligió con cuidado sus siguientes palabras.
—Nada iba en serio.