Capítulo cuarenta y siete. Briar #2
—¿De verdad? Encontré ideas geniales en la carpeta. —Saqué la carpeta de veinte centímetros de grosor y la dejé caer sobre la mesa. Hizo vibrar toda la estructura con su peso—. Además, Dal dijo que parecías entusiasmado con ellas, así que pensé incorporar tantas como pudiera en la boda.
—¿Dal? —repitió, observándome hojear las páginas sin mucha atención.
—Sí. Su apodo, tonto. No voy a llamar a mi mejor amiga por su nombre oficial. Es que yo… No sé… —Me encogí de hombros—. Me siento tan afortunada de estar en una relación contigo.
—Ah, ¿sí?
—Eres todo lo que siempre he querido. Nunca me fallarías. Nunca me mentirías. Nunca me abandonarías como lo hicieron mis padres y Cooper. Tú siempre me pones primero. —Lo miré directo a los ojos y observé cómo se estremecía con cada palabra que le clavaba—. Te quiero, Oliver.
No dijo nada.
¿Qué podía decir, si no era absolutamente nada de eso?
Suspiré, deteniéndome en una página que había marcado.
—No quiero ser una novia insoportable y hacer que la boda gire solo en torno a lo que yo quiero, así que prefiero tomar tus sugerencias y seguirlas. No es que siquiera recuerde lo que quiero, de todos modos. Eso resuelve ese problema.
—Sí. Claro. —Parecía perdido en sus pensamientos, aún atrapado en mi descripción anterior de él.
Me incliné sobre la mesa y lo saqué de su ensimismamiento con un beso firme en la mejilla.
—Es como si lo hubieras planeado con anticipación cuando recopilaste esto.
—Lo que estaba pensando era que quería joder a Romeo y a Dal, porque ninguno quería realmente casarse en ese momento.
—No seas ridículo. Es obvio que están enamorados. ¿Quién se casaría por otra razón que no sea amor? —Hice una pausa y forcé el contacto visual, con una ceja en alto—. Me quieres, ¿verdad?
Desvió la mirada.
—Claro que sí.
—¿Qué es lo que más amas de mí?
—Tu creatividad. Tal vez podrías aplicar esa creatividad para planear una boda desde cero. —Intentó quitarme la carpeta de las manos—. No necesitas esto.
Le aparté la mano de un manotazo.
—No seas ridículo. Le has dedicado mucho trabajo a esto. Sería una lástima desperdiciarlo.
—No, en serio. —Por primera vez parecía genuinamente nervioso, seguramente al recordar todas sus sugerencias horribles—. No hay problema.
—Quiero que cantemos el dueto de « La puerta hacia el amor». —Hice una pausa—. Ya sabes, la canción de Frozen .
Sus cejas se dispararon hacia arriba.
—¿Quieres que cantemos una canción de Frozen ?
—Sí.
—¿En nuestra boda?
Asentí.
—Es un buen dueto. No eres Santino Fontana, pero ya nos he inscrito a clases de canto. Es una profesora reconocida. Los actores de Broadway la recomiendan. Tiene una lista de espera larguísima, pero moví algunos hilos.
—Vaya. —A ese ritmo, sus cejas iban a quedarse pegadas al techo—. No creo que pueda. Estoy hasta arriba de trabajo.
—No te preocupes por el trabajo. Ya he contactado con tu asistente y le he pedido que bloquee los horarios necesarios para nuestras sesiones.
—Hice un gesto despreocupado y le arrebaté el macchiato .
Tomé un sorbo, hice una mueca exagerada y lo escupí de vuelta en la taza—.
Uy. Acabo de recordar que no me gustan los macchiatos . Estoy progresando mucho, ¿no?
—Asombroso. —Miró su café echado a perder antes de volver a mirarme—. Espera. —Frunció el ceño—. ¿La princesa Anna no termina casándose con otro?
—Correcto. —Me detuve, sorprendida—. ¿Cómo lo sabes? ¿Tienes sobrinos?
—Eh, no. —Se frotó la nuca, con los pómulos ligeramente sonrojados—. ¿Cómo no iba a saberlo? Es cultura general.
—¿Para un hombre de mediana edad sin hijos ni parientes pequeños? Lo dudo.
—Primero: no soy de mediana edad. Segundo: está bien. Frozen on Ice estaba superbién, ¿vale? ¿Qué tiene de malo? Dos hermanas atractivas peleándose, patinadoras con culos de escándalo y comida. —Se señaló a sí mismo—. Soy humano.
—Mi humano favorito —lo corregí—. Sé que no especificaste qué número musical querías en la carpeta, pero siento que la canción nos representa mucho, ¿sabes? Y no te preocupes, marqué varias sugerencias que sí podemos seguir al pie de la letra.
—De verdad que no hace falta.
—¿Dónde está? —Fruncí el ceño mientras pasaba las páginas y chasqueé los dedos al encontrarla—.
Aquí. Tatuajes a juego. Es una idea tan romántica, Oliver.
Estoy pensando en retratos a color de nuestros rostros, tamaño completo.
Sé que solo incluiste blanco y negro en tus referencias, pero nuestro amor es tan lleno de color que sería una pena apagarlo.
Un tono verdoso cubrió sus mejillas.
—¿Qué tal si dejamos aparcado lo del tatuaje? Podemos empezar con el dueto de Fro …
Lo interrumpí.
—Por cierto, ¿cuándo es nuestra boda?
—Aún no hemos fijado la fecha. —Añadió en voz baja—: Y gracias a Dios por eso.
—Creo que debería ser muy pronto. O sea, este mismo mes. —Lo dije con convicción—. No tiene sentido esperar. Ninguno de los dos se está volviendo más joven. Quiero empezar a tener bebés de inmediato.
—Quizá deberías recuperar la memoria primero. —Tosió en su puño—. Quiero decir, ni siquiera has elegido vestido.
—¡Oh, sí lo hice! —Aplaudí sobre la mesa del comedor, haciendo que una caja vintage de puros se deslizara por la superficie.
La detuvo antes de que cayera al suelo y la colocó a su lado. Luego me miró con la resignación de un padre cansado de entretener a su hijo hiperactivo después de un subidón de azúcar.
Oliver entrelazó los dedos y me estudió.
—¿Cuándo has tenido tiempo de buscar vestido?
—En el jet a Baylor. Las chicas y yo vimos la película de Barbie .
Se pasó la lengua por el interior de la mejilla y cruzó los brazos.
—Ya veo.
Señalé entre nosotros.
—Nos parecemos tanto a Margot Robbie y Ryan Gosling…
—Perdona, pero ya le gustaría a Ryan Gosling tener mi mandíbula.
—Como sea. —Me encogí de hombros—. En fin, ella llevaba un minivestido rosa precioso…
—¿Minivestido?
—… y pensé que quedaría monísimo en el altar. Especialmente si tú usas un conjunto de Ken a juego.
—No voy a usar un conjunto de Ken a juego.
Suspiré.
—¿Por qué?
—Porque me gustaría conservar lo poco que me quede de dignidad después de ese dueto de Frozen .
Quizá estaba exagerando demasiado. Forzando mi papel de desequilibrada. Tenía que hacerlo más creíble si quería prolongar su tortura.
—Ollie. Son tus ideas. ¿Cuál es el problema? ¿O soy yo? ¿No quieres casarte conmigo? —Me cubrí la boca y dejé que se me llenaran los ojos de lágrimas. Agradecí mentalmente a una clienta ganadora del Óscar por enseñarme el truco de llorar cuando quisiera—. Pensaba que me querías.
Dos empleadas domésticas entraron en la cocina con bolsas de supermercado. En cuanto me vieron llorando como una niña, dieron media vuelta y se alejaron rápido para evitar la escena. Oliver pasó la mirada de ellas a mí, a punto de perder la paciencia.
—Está bien —espetó, con los puños apretados—. Usaré el estúpido conjunto de Ken. Por Dios.
—¿Estúpido? Es de diseñador. Dal nos consiguió el contacto. El traje está tejido con hilos de oro real y tiene incrustados diamantes rojos. Cuestan casi doce millones cada uno.
Sus ojos casi se le salieron de las órbitas.
Si Ollie no me hubiera arruinado la vida, me daría lástima en este momento.
—Gracias por ser un buen jugador de equipo. —Dejé de llorar y lamentarme de golpe—. ¿Quieres saber qué más tengo planeado para nosotros?
Me miró con unos ojos que decían que le habían succionado el alma y que una muerte prematura no llegaría lo suficientemente pronto. Me lo tomé como una señal para continuar.
—Dal mencionó que te encantan las insinuaciones sexuales, así que quiero que los muñequitos del pastel de boda seamos nosotros haciendo un 69.
Se presionó la base de las palmas contra los ojos, masajeándolos.
—También me gusta el polo. Eso no significa que quiera recorrer el pasillo hacia el altar montado en un caballo.
—¿Por qué no? —me animé—. Es una gran idea.
Me miró. Yo sabía que la boda era hipotética. Su molestia, en cambio, era muy real.
—De hecho —continué—, lo vi en la página 8, sección 7, parte A. Eres muy organizado, por cierto. Para honrar el espíritu de tu organización, marqué mis favoritos con notas adhesivas organizadas por color. Las rojas son un no . Las amarillas son un tal vez . Las verdes son un imprescindible .
Los dos miramos la pesada carpeta de cuero que yo sujetaba con mano de hierro. Debía de haber cientos de notas verdes sobresaliendo del archivador.
Ante su silencio, seguí hablando.
—La única razón por la que no mencioné lo de montar a caballo es porque no recordaba si todavía podías montar con el nivel de habilidad necesario para maniobrar por pasillos estrechos.
—Quizá también podríamos tomar una clase para eso —dijo con tono inexpresivo.
—No creo que podamos meter otra más. —Fruncí el ceño antes de cambiarlo por un brinquito de emoción—. Oh. Vi tu idea para las bolsitas de regalo. Es brillante.
—Tendrás que refrescarme la memoria.
—Le aconsejaste a Romeo regalar acciones de su empresa a los invitados, pero como es nuestra boda, podemos regalar acciones del Grand Regent.
—Claro. Porque el champán y el Advil son demasiado básicos.
—Exacto. Tus ideas son geniales. No me voy a adjudicar el mérito. La siguiente, sin embargo, es totalmente mía. —Abracé la carpeta contra mi pecho—. Espera a escuchar quién quiero que se presente después de la ceremonia.
Oliver tanteó la mesa en busca de su caja de puros, la abrió, sacó un grueso habano y encendió su Zippo para encenderlo.
Fruncí el ceño para fingir preocupación.
—¿Todo bien?
—Nunca he estado mejor. ¿Por qué?
—Porque has encendido el puro al revés.
Soltó una tos ahogada, giró el puro y lo encendió otra vez.
—En fin… —me froté las manos—. ¿Listo para la guinda del pastel?
—Sí, cariño. —Oliver dio una calada a su puro y entrecerró los ojos al mirarme—. No estoy seguro de cómo podrías superar todas estas maravillosas ideas, pero te escucho.
Tenía la sensación de que estaba fantaseando con cien formas distintas de matarme.
—La boda será en… —Redoblé los dedos sobre la mesa, rayando intencionadamente la madera con mis anillos baratos—. Nauru.
Abrí los brazos con una sonrisa.
Un tic nervioso apareció en su mandíbula.
—¿Nauru?
—Sí. Nunca he ido. ¿Y tú?
—No —respondió—, ya que el país insular más pequeño del océano Pacífico exige visado para visitantes y solo hay diez embajadas en todo el mundo que la otorgan.
—Las cosas inalcanzables son mucho más deseables, ¿no crees? —Apoyé la barbilla en el puño y lo miré con ojos soñadores—. Estoy segura de que tú me enseñaste eso.
—Briar, solo se puede volar ahí vía Brisbane, y sale un vuelo a la semana. Uno. Es imposible transportar invitados.
—Querer es poder.
—Eso dicen... —Apretó el puro con tanta fuerza que se partió por la mitad. Unas migas de tabaco cayeron sobre la mesa—. ¿Cuál es tu punto?
—Creo que podemos lograrlo —dije con confianza—. Una vez me dijiste que podías hacer cualquier cosa que te propusieras.
No entendía por qué estaba tan alterado. No era como si la boda fuera a celebrarse de verdad.
—Un amigo mío fue a Nauru. Riggs Bates. Es fotógrafo de Nat Geo. —Oliver hundió el puro roto en su macchiato lleno de saliva—. Dijo que, cuando aterrizó, tuvo que hacer autostop para llegar a su hotel.
—¿Y cuál es el problema? Iremos en grupos grandes. Estaremos seguros.
—Ese lugar no tiene transporte público masivo.
—Increíble, ¿no? Su consumo de gas natural per cápita es cero. Súper conscientes del medio ambiente. —Me incliné al borde del asiento, casi vibrando—. ¡Estoy tan emocionada!
Oliver movió el puro de un lado a otro dentro de la taza y se limitó a mirarme sin decir palabra. Creo que ya le había sacado de quicio.
Perfecto.
Hora del gran final.
—La boda será exactamente dentro de un mes, así que márcalo en tu calendario. —Golpeé la mesa con el puño—. ¿Puedes ser un encanto y enviar las invitaciones?
Me levanté y rodeé la mesa para tomar sus mejillas entre mis manos y apretarlas como una tía insoportable.
Cuando lo solté, gruñó.
—De acuerdo. ¿A quién quieres invitar?
—Oh, a quien tú creas que me gustaría ver ahí. Sabes que ya no tengo memoria.
Con eso, me dirigí hacia la salida de la cocina. Tenía muchas cosas que destruir y relativamente poco tiempo para hacerlo.
También tenía que hacer la maleta.
—Oye, ¿a dónde vas? —me gritó.
—A limpiar tu armario. —Ni siquiera me molesté en mirarlo—. Creo que vi algunas cosas viejas ahí que puedes donar a la caridad.
Sabía lo que venía. Planeaba vaciarle todo el armario.
Creo que escuché a Oliver gemir que el karma es cabrón antes de entrar al pasillo.
Sí, lo es, esposo.
Pero yo soy peor.