Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo cuarenta y seis. Oliver #2
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Capítulo cuarenta y seis. Oliver #2

Aceleró justo cuando alcancé a agarrar su camisa, tirando de él hacia atrás y estampándolo contra la cubierta. Se revolvió y fue directo a mi cuello. Le di un golpe en la mejilla izquierda y alcancé su mandíbula.

Seb escupió sangre sobre mí mientras se reía como un loco.

—Dios, eres patético.

Dejó caer la cabeza hacia atrás.

—¿Qué mierda te pasa, Seb? ¿Por qué estás siendo tan imbécil?

—Porque tú me hiciste así —rugió—. Siempre eres el niño bueno, Oliver. Novia estable. Buenas notas. Responsable. Gracioso. Amigo de todos. ¿Sabes lo que cuesta que se fijen en ti cuando eres el segundo hijo?

Le lancé otro puñetazo, pero giró la cabeza para esquivarlo y me agarró los nudillos. Luego torció mi muñeca hacia dentro y giró nuestros cuerpos para quedar encima de mí.

—Tenía que ser mejor en deportes, mejor en los estudios, mejor en todo —escupió, al tiempo que se sujetaba por los codos contra la cubierta—. Siempre tengo que superarte para que recuerden que existo.

La lancha daba vueltas sin rumbo por el lago a toda velocidad. Ninguno fue a por el timón. Los dedos de Seb se cerraron alrededor de mi cuello. No apretó lo suficiente para matarme, pero sí para asustarme de verdad.

Y entonces lo entendí. La tensión entre nosotros todo el verano. Seb estaba harto de mí, igual que yo de él. Sí, me superaba con su talento. Pero papá me adoraba. No por mis buenas notas ni mis deportes. Sino por la clase de persona que era.

Porque era fiel a una sola chica, como él lo era con mamá. Porque prefería jugar al Jenga y al Uno en familia que salir de fiesta.

Porque yo era… yo.

El adorable y confiable Oliver.

—Suéltame —logré decir con el poco aire que tenía en los pulmones.

Seb no me soltó. Solo me miró con las fosas nasales abiertas, los ojos muertos, la boca dura. Y lo supe. Fuera lo que fuera, llevaba mucho tiempo gestándose.

Respiré hondo, acerqué las rodillas al pecho y lo pateé con toda la fuerza que tenía. Seb salió volando contra la barandilla. Tenía la sorpresa marcada en la cara cuando cayó hacia atrás, en el lago, con un gran chapuzón.

Me puse de pie de golpe, con la risa atrapada en la garganta. No había justicia poética mejor que saber que ese cabrón tendría que nadar hasta la orilla. Podía hacerlo. Su equipo de remo tenía tiempos brutales en natación y el muelle no estaba lejos.

Pero eso fue antes de escucharlo. El inconfundible sonido de carne siendo triturada. Algo se había atascado en el potente motor. La lancha se detuvo. Fui hacia delante cuando perdió velocidad y siguió deslizándose con el impulso restante.

Corrí a la popa y miré por el borde. Oh, mierda. Rojo. Demasiado rojo. No veía a mi hermano. Debía haberse hundido.

—Mierda —susurré, lanzándome hacia el timón.

Apagué el motor. Chirrió hasta detenerse. Esperé a que la lancha quedara completamente inmóvil antes de lanzarme al lago de cabeza, todavía con la ropa puesta. El pulso me retumbaba entre los oídos. No sabía si podría hacerlo. Si ya era demasiado tarde para salvar a mi hermano.

Me sumergí con los ojos abiertos y moví la mano para apartar los remolinos de sangre. En cuanto se diluyó en el agua del lago, vi a Sebastian. Colgaba de la hélice, casi pegado a ella.

Al principio, estuve a punto de vomitar de alivio. Revisé mentalmente sus brazos y piernas: seguían unidos a su cuerpo. Se aferraba a la hélice con todas sus fuerzas para no hundirse, lo que significaba que estaba vivo. Nadé hacia él, lo sujeté por debajo de las axilas y tiré hacia arriba.

Su peso me hizo entrar en pánico, pero la adrenalina me dio fuerza.

—Por Dios, cómo pesas. —Lo arrastré hasta la popa como a un pez gordo y muerto—. ¿Qué demonios te dan de comer mamá y papá?

No respondió. Lo giré boca arriba. Entonces lo vi. Su cara. O la ausencia de ella.

Mierda, mierda, mierda.

La hélice lo había destrozado. Tenía fragmentos del rostro abiertos. Partidos en dos. Una mejilla. Partes de la frente. Todo era rojo, cubierto de sangre, y aun así podía ver que su cara ya no era su cara en absoluto. La línea del cabello empezaba en medio del cráneo.

Y no me respondía.

No creí que pudiera. La sangre brotaba a borbotones de su labio superior.

—Seb, Seb, Seb…

Apoyé las palmas sobre su pecho, tratando de no llorar al escuchar su dificultad para respirar.

—Perdón por empujarte. Voy a arreglar esto ahora mismo. Aguanta.

Tenía que volver a la orilla lo más rápido posible. Corrí al timón y encendí el motor otra vez para ir al muelle a toda prisa. Mientras tanto, agarré el teléfono y llamé a una ambulancia y luego a mis padres. Les supliqué que me esperaran en el muelle.

Durante todo el trayecto, mi cabeza era un caos.

Yo hice esto.

Empujé a Sebastian al agua por algo tan estúpido, tan trivial. Por un maldito malentendido de Instagram.

No hizo ningún sonido.

Tenía que mirarlo cada pocos segundos mientras guiaba la lancha hacia la orilla. Seguía ahí, jadeando. Entonces caí en la cuenta de que acababa de perder lo único por lo que era conocido: su apariencia. Y que jamás la recuperaría.

Nunca me iba a perdonar. Lo que empezó como una rivalidad entre hermanos acababa de convertirse oficialmente en odio puro y absoluto.

Había arruinado la vida de mi hermano menor.

Y no había nada que pudiera hacer para cambiarlo.