Capítulo cuarenta y seis. Oliver
Capítulo cuarenta y seis Oliver
Diecinueve años de edad.
Se podrían hacer estudios completos sobre cómo mi cuerpo lograba funcionar en Nueva York mientras mi mente permanecía a miles de kilómetros, en Europa, con Briar Rose.
Había llegado sana y salva a Ginebra, con pocos contratiempos.
Es decir: viajando en una bata de hotel y defendiéndose del taxista imbécil que coqueteó con ella.
En general, la culpa por haberla dejado sola en París para arreglárselas como pudiera me recarcomía.
Por otro lado, sus padres terminaron regresando a Ginebra.
Un cambio de planes de última hora con el senador.
Al menos Mimitos no estaba sola, aunque todos podíamos coincidir en que un asesino en serie habría sido mejor compañía.
Mientras tanto, yo había llegado a la casa del lago antes del amanecer, lo que significaba que solo me había tomado un día en Europa.
Fue más bien una escala. Aun así, a papá no le gustó.
Fingí disculparme y pasé las dos semanas siguientes anotando tonterías en hojas de cálculo y siguiendo a papá, a su director de operaciones y al consejo mientras nos enseñaban a Seb y a mí cómo manejar la empresa.
Todos los días contaba los minutos para reencontrarme con Mimitos. En medio de la cuenta atrás, analizaba números, hacía simulaciones de atención al cliente y completaba el examen de dieciséis páginas de papá. Aprobé. Por poco. Seb sacó A+. Maldito.
En nuestro último día en la casa del lago en Savannah, papá decidió que ya nos había exigido lo suficiente y nos dio un día libre.
—Habéis demostrado un verdadero compromiso con el negocio y un conocimiento extraordinario en hospitalidad y administración hotelera —dijo mientras nos miraba entrar a su oficina con el rostro impasible—. Os merecéis un descanso.
Me animé.
—¿Un descanso como en… un viaje a Europa?
Papá golpeó el escritorio de caoba con los nudillos.
—Un descanso en plan: id a jugar al patio.
Seb frunció el ceño.
—No tenemos cinco años.
—Aun así, no voy a recompensaros cada vez que cumpláis mis expectativas —respondió—. Debéis superarlas para ganar premios. Haced una barbacoa y tomaos una o dos cervezas mientras yo atiendo mis asuntos.
Seb trató de simular su sonrisa y se burló de mí:
—Buuuu.
Papá se encogió de hombros.
—Podéis usar la lancha pontón, siempre y cuando seáis capaces de empujarla mar adentro y hacerla funcionar.
—Qué buena vida —murmuró Seb.
—Vamos, vamos —aplaudió papá—. Algunos tenemos trabajo que hacer.
Seb y yo salimos disparados de su oficina antes de que cambiara de opinión y cerramos la puerta de golpe. Al otro lado del pesado roble chocamos las manos, con sonrisas enormes en la cara.
—Increíble. Un día entero libre. —Seb alzó las cejas—. Alguien está de buen humor.
Nuestro padre nos quería. Hablando de manera objetiva era justo, se involucraba en los asuntos de su familia y tenía pasión por ella. Pero también era estricto. Mamá siempre decía que las reglas eran amor envuelto en precaución.
Seb me dio una palmada en el hombro y me siguió hacia el patio.
—¿Qué quieres hacer, galán?
Quiero hacerle el amor a mi novia. ¿Puedes lograr que eso pase?
Me rasqué la barbilla.
—Podemos llevar el pontón al otro lado del lago. Hay una parrilla, tiendas de antigüedades, cosas turísticas.
—¿Tiendas de antigüedades? —Seb fingió ponerse un collar invisible alrededor de su cuello y suspiró—. ¿Con quién crees que estás hablando?
—Perdón, Seb. Los burdeles no son legales en este estado.
—Como si alguna vez necesitara pagar para follar. —Se giró hacia mí caminando hacia atrás por el muelle—. Mírame.
—¿Es obligatorio?
—Soy un puto dios.
—¿Desayunaste cocaína o qué?
Sonrió.
—Vamos, vayamos al centro a follar con alguien.
—Si vamos al centro, solo tú vas a follar y yo tendré que quedarme esperando en la recepción de un motel de mala muerte mientras lavas tu pene en el fregadero porque soy quien te lleva de vuelta a casa.
La experiencia me daba la razón.
Seb se rio.
—¿Zach y Rom están por aquí este verano?
Negué con la cabeza.
—No. Tienen sus propios asuntos.
Subimos al pontón, que estaba amarrado junto al mini yate de papá. Aunque no se podía comparar con el de su vecino de veinte millones de dólares, seguía siendo una buena embarcación: vinilo plateado y negro, equipos de sonido de última generación y luces de atraque. Incluso tenía una mesa plegable.
Con todo lo que habíamos trabajado, Seb y yo no habíamos hecho nada divertido juntos en siglos.
Me alegraba estar con mi hermano menor. Durante las prácticas, Seb se las había arreglado para hacer que las cosas se pusieran innecesariamente tensas, tratando de superarme todo el tiempo, cuando en realidad a mí no me importaba una mierda.
De hecho, solo había regresado porque sabía que el dinero von Bismarck haría mucho más fácil formar una familia con Briar Rose.
La gente que no conocía a Seb me consideraba muy inteligente y elegante, con talento para los números. En cuanto lo conocían, me reclasificaban como el hermano tonto. Después de todo, él era más listo, más guapo y más ambicioso. Nada lo detenía cuando se proponía lograr algo.
Separaba su vida privada del trabajo, los estudios y el deporte de una forma en la que yo nunca pude. Eso le daba ventaja. Pero no me importaba no ser el hermano prodigio. Solo quería que nos lleváramos bien.
Subí al pontón detrás de Seb, metí la llave en el contacto y empujé la palanca para acelerar el motor. La lancha avanzó y comenzó a cortar el agua turquesa como un cuchillo.
Seb se arremangó y sacó unas cervezas de una nevera debajo de un banco. Destapó una con el pulgar y me la pasó. Di un sorbo lento, con los ojos entrecerrados hacia el horizonte mientras poníamos rumbo a la isla que estaba junto a la casa del lago.
—¿No es aburrido follar siempre con la misma chica? —Seb apoyó los codos en la barandilla—. O sea, ¿no quieres variedad?
—No realmente. Hay más en la vida que mojar el churro, Seb.
Briar Rose y yo solo lo habíamos hecho una vez, pero desde hacía siglos sabía que solo quería estar con ella. No necesitaba a nadie más. ¿Para qué? Solo tenía dos manos, y necesitaba las dos para aferrarme a ella.
—Sí, ya sé —dio otro trago—. También está remar y hacer barbacoas.
Resoplé y negué con la cabeza.
—Horrible.
—Hablando de horrible… —Me dio una palmada en la espalda y me agarró el hombro con una sonrisa torcida—. Tengo malas noticias.
Oh. Ya conocía esa cara. Era la cara de un imbécil que disfrutaba con arruinarme el día. Seb tenía un lado cruel. En cierto modo me recordaba a Romeo. Arruinarle el día a la gente como pasatiempo. Sin remordimientos.
—¿Qué pasa? —gruñí.
—Pues… mientras estabas en Europa, quise cotillear el perfil de Instagram de una de las chicas con las que salgo…
Chicas . En plural. Jesús. No soy de juzgar, pero, joder, mi hermano es realmente un mujeriego. Sentí que la mandíbula se me tensaba.
—Vale.
—Siempre termino dándole « me gusta» por accidente a una foto de hace como mil quinientos años. —Se rio y dio otro trago a su cerveza—. Créeme, no hay nada más humillante que saber que alguien recibió una notificación tuya dándole «me gusta» a sus fotos de antes de que entrara a la pubertad.
Lo miré fijamente, sin siquiera concentrarme en el camino hacia la isla.
—Sí. ¿Y…?
Tenía la sensación de saber hacia dónde iba la cosa.
—Bueno, el caso es que dejaste tu iPad tirado en la zona común, y pensé que no pasaba nada si revisaba su perfil desde tu cuenta. Así que lo hice.
—Seb… —le advertí.
—Le di «me gusta» sin querer a una foto suya en bikini en la playa, ya sabes que mis dedos no son confiables cerca de chicas guapas, y de inmediato me mandó un mensaje. Bueno, a ti —se burló—. Solo que olvidé que estaba usando tu perfil, así que empecé a hablar con ella.
—Sebastian Leopold von Bismarck.
—Conectamos rápido. —Tomó un trago de cerveza e ignoró mi rabia creciente—.
De pronto, como una docena de notificaciones apareció en la pantalla.
Ella estaba dándole «me gusta» a todas tus fotos.
Pero yo pensaba que eran las mías. Así que empecé a darle «me gusta» a todas las suyas también. Y a dejar comentarios.
—¿Comentarios? —Apenas podía mover la maldita mandíbula de lo tensa que estaba—. ¿Qué comentarios?
Briar Rose y yo revisábamos nuestras redes todos los días. No había forma de que no lo notara tarde o temprano.
—Nada muy intenso. Le halagué sus entrenamientos y su genética. Cosas así.
—Le dijiste que estaba buenísima —aclaré.
—Tremenda. —Suspiró—. O sea, en verdad lo está.
—Imbécil.
Apagué el motor, dejé la cerveza y lo agarré del cuello de la camisa.
—Tengo novia. Seguro que lo verá, si no es que ya lo ha visto. ¿Cómo has podido ser tan jodidamente descuidado?
Lo estampé contra el volante. El metal se le enterró en la espalda. No me importó.
—Mierda, relájate un poco. Solo dile a Briar Rose lo que pasó. Lo va a entender. —Intentó zafarse, pero yo era más alto, más grande, más fuerte—. O se lo digo yo. Da igual. Ella sabe que nunca la engañarías.
—Esto ha sido una violación a mi privacidad. —Acerqué mi cara a la suya—. Quédate con el rancho. Manipula a papá para que te dé el Lamborghini. Haz todas esas mierdas. No me interesa. Pero no te metas con mi relación, Sebastian.
—Aburridoooo. —Me empujó, imitando un ronquido—. ¿Crees que eres la gran cosa solo porque tienes una relación estable?
Tropecé hacia atrás y choqué con el asiento.
Seb hizo una pausa para tomar el último trago.
—Bájate de la maldita nube, ¿quieres? La mitad del encanto de vuestra relación es que no tienes que aguantarla a diario. Vive al otro lado del mundo. —Me mostró el dedo del medio y volvió al volante—. Ya te he dicho que lo siento.
Troné el cuello y los dedos.
—Como si lo dijeras en serio.
Encendió el motor y giró la lancha de regreso a la casa del lago.
—Ve con el drama a otra parte, llorón de mier…