Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo cuarenta y cinco. Oliver
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Capítulo cuarenta y cinco. Oliver

Capítulo cuarenta y cinco Oliver

El ronquido de Briar rompió el aire quieto como el golpe de un gong.

Si lo que pasó antes en la ducha la afectó de alguna manera, no lo demostró. De hecho, se quedó dormida en menos de un minuto, apenas su cabeza tocó la almohada.

¿Y eso de dónde salió?

Yo esperaba una pelea después de nuestro enfrentamiento en Baylor. Los dos estábamos cargados de frustración, que yo controlé diciéndome que pronto se iría.

Todo volvería a su jodido, deprimente y monótono lugar. Yo regresaría a mi vida feliz y libre. Ella volvería a su trabajo en Los Ángeles.

No se romperían promesas. No se intercambiarían mentiras drásticas. Y no habría ningún tipo de contacto.

Lo que no esperaba era casi morir de calentura porque la mujer más sexi que había conocido decidió hacer un número del Cirque du Soleil desnuda frente a mí.

Agudicé el oído todo lo que pude, buscando señales de vida en el ala sur, sabiendo que era imposible escuchar algo desde ahí. Ni con la oreja pegada a la puerta del cuarto de mi hermano lo oiría.

A Sebastian le gustaba quedarse en completo silencio solo para torturarme.

Sabía que yo analizaba demasiado cada señal de vida y encontraba esperanza en cosas sin sentido.

Las horas pasaron en silencio, salvo por algún ronquido ocasional de Briar.

Como todas las noches desde que destruí a la familia von Bismarck, luché contra el sueño. Ese se había vuelto mi ritual desde la primera noche, cuando descubrí que mi error se repetía en mis pesadillas en cuanto cerraba los ojos.

Habían pasado quince años y aun así sabía con exactitud qué me esperaba al otro lado de mis párpados. El chapoteo del agua. El rugido del motor. El silencio aterrador. Y la sangre. Demasiada sangre.

Probé terapia, medicamentos, acupuntura, hipnosis, luz roja, meditación, ejercicio hasta el agotamiento.

Nada funcionaba.

Siempre volvían. Y yo luchaba hasta no poder más. Y al día siguiente, las persistentes bastardas regresaban otra vez.

Las pesadillas son la forma que tiene la mente de recordarte dónde te duele.

Con las sábanas enredadas en la cintura, me moví sin parar, conté ovejas, repasé cada momento antes de mi error brutal… y me rendí.

La máquina de sonido me llamó.

Encendí el ruido blanco y puse el temporizador para que se apagara una hora y media antes de que Briar despertara.

Los siseos y susurros me arrullaron, llevándome directo a la misma pesadilla.