Capítulo treinta y cinco. Briar
Capítulo treinta y cinco Briar
Me apresuré en sacar conclusiones: Oliver no había decidido dejar de perseguirme. A menos que se considere que cinco llamadas en treinta minutos son suficiente espacio personal.
El elegantísimo teléfono inalámbrico de la casa de los Costa volvió a sonar y el nombre de Oliver apareció en la pantalla verde iluminada. Que sean seis llamadas.
Pulsé el botón de respuesta y lo interrumpí antes de que pudiera decir nada:
—¿Estás seguro de que es mi amiga?
Su risa contagiosa resonó al otro lado de la línea.
—¿Qué te dice que no?
—Quizás las miles de señales de alerta que observo.
—¿Dallas? ¿Señales de alerta? Es lo normal en ella.
—¿Normal? —Yo tenía a Luca en brazos, en un portabebés tipo BabyBjorn, y le acariciaba el pelo espeso y oscuro de la cabeza con una mano, mientras sostenía el teléfono en el oído con la otra—. Hace un rato estábamos en casa y sacó un libro.
—Sabe leer y escribir. Algunos dirían que es una cualidad maravillosa.
—Pero después sacó su Kindle.
—Quizá se aburrió del libro en papel.
—No. Le entró hambre.
—No me digas que se comió el Kindle.
—Lo usó de marcapáginas. Para el libro en papel. Imagina mi sorpresa cuando la mujer abrió la edición especial, colocó el Kindle entre las páginas, cerró el libro de golpe y lo dejó sobre la mesa de café.
Oliver respondió con un «Mm» y se oyó el ruido de un teclado al otro lado de la línea.
—La gente tiene sus peculiaridades. Es normal.
Caminé de un lado a otro por la sala de estar de Dallas y Romeo, me estaba gustando el cambio de escenario con respecto a nuestra mansión.
—Entonces nos fuimos a Taco Bell en coche.
—La comida rápida también es normal. —El sonido rápido del repiqueteo sobre el teclado se interrumpió—. ¿Te permiten comer eso durante tu recuperación?
—No viene al caso, doctor Cohen —dije y giré la cabeza para asegurarme de que la mujer en cuestión no había vuelto a entrar en la casa—. Dallas usó la guantera del coche de soporte para los tacos entre semáforo y semáforo.
—Bueno, eso sí que es una genialidad. No se puede conducir con un taco en la mano. No es seguro. —Ollie siguió escribiendo—. Y ahora, ¿dónde está Dallas? ¿Te ha dejado sola?
—No soy una niña. No necesito que me cuiden todo el tiempo. Se ha dejado la cartera en el coche y ha ido a buscarla. —Dejé pasar un instante—. Pregúntame por qué.
—Prefiero no hacerlo.
—Compra cosas por teletienda, Ol. —Levanté el brazo libre, lo cual le hizo asomar una sonrisa a Luca, y entretanto, seguía balanceándome con él en brazos—. Es la única persona que conozco que compra cosas de los anuncios de publicidad.
—Que conoces hasta ahora…
—La cuestión es que he pasado veinte minutos viendo la teletienda con ella y ahora Romeo está a punto de recibir una afeitadora para pies, una almohada de viaje de plumas de avestruz y una funda de almohada de Nicolas Cage.
—Es tu mejor amiga —insistió Ollie—. Ella y Fae.
Suspiré. Sinceramente, no tenía duda. Ninguna duda.
Porque Dallas podía ser muchas cosas… sí, pero me daba cuenta de que tenía un corazón de oro.
De hecho, la verdad es que sus peculiaridades me encantaban.
A cada segundo que pasaba con ella, me daban ganas de tuitear algo y compartir su genialidad con el mundo.
Seguro que no me creerían, pero lo haría igual.
Además, tenía sentido que me hiciera amiga de las esposas de los mejores amigos de Oliver. Y estaba ganando tiempo. Llenaba nuestra conversación con todo lo que podía para no romper mi promesa con Seb. Cada vez que Ollie me llamaba, me ponía más ansiosa por exigir respuestas.
—Si fueras una pinza de pezón, ¿dónde te esconderías? —Dallas volvió a entrar con todo tipo de accesorios de lactancia—. Lo pregunto para una amiga. Yo soy la amiga.
—Tengo que irme. Ya ha vuelto Dallas. Te quiero siempre. —Colgué y señalé algo beige y de silicona encajado entre los lujosos almohadones del sofá—. ¿Ahí?
Dallas se inclinó sobre el respaldo del sofá, sin moverse de la zona de la cocina del gran ambiente lujoso de planta abierta.
—¿Es Ollie otra vez?
—Sí.
—No me digas que se ha enfadado porque te he llevado a pasear. —Agarró el objeto de silicona, se dio cuenta de que era un babero y dejó todo lo que traía en la isla de la cocina—. Dios no permita que le haga daño ni a un solo pelo de su preciosa esposa.
—Prometida —la corregí, pero me atravesó el estómago una pequeña descarga eléctrica al oírle decir la palabra «esposa».
Vas a ser la señora de Oliver von Bismarck.
La Briar Rose de diez años habría derramado lágrimas de felicidad.
La Briar de treinta y tres años quería que el tiempo avanzara rápidamente hasta la boda para poder saltarle encima. De ninguna manera me rechazaría en nuestra noche de bodas, con o sin memoria en mi cerebro. Jamás había visto a un Ollie tan contenido como ahora.
Dallas detuvo la búsqueda de las pinzas para pezones y me dijo:
—Tienes que desafiarlo más.
Fruncí el ceño.
—¿Qué? ¿No lo hago?
O una pregunta mejor hubiera sido: antes del accidente, ¿alguna vez lo necesitaba hacer? Si yo siempre me negaba a que nadie me limitara en mis deseos…
—Eso no es lo que importa. En mi humilde opinión, nunca puedes dejar que tu hombre se vuelva complaciente.
—Era fácil para ella decirlo. Acababa de contarme la historia de cómo su esposo había recibido una bala por ella—.
Dios creó al hombre para que fuera ignorado.
Está escrito en la Biblia con toda claridad.
—¿Eso está en la versión del rey Jacobo o en la Nueva Biblia Americana?
—¿Qué es lo primero que hace Eva? Se come la manzana. Y… ¡puf! —Dallas chasqueó los dedos—. En un segundo ignoró la advertencia de Adán.
—Era la advertencia de Dios. —Acuné un poco a su hijo que dormía contra mi pecho y me pregunté si absorbería algo de esta conversación mientras dormía—. Y el resultado fue bastante horrible. Toda la humanidad fue expulsada del Paraíso.
—¿Qué eres ahora? ¿Predicadora? —Dallas le dio un sorbo a su café helado y tamborileó con las uñas sobre el vaso—. Esa chica quería comer algo, ejercía el autocuidado.
Parpadeé. No estaba segura de estar de acuerdo con su versión de los hechos. No recordaba nada de esto de las clases de historia de la religión que había tomado en Surval Montreaux, pero también era cierto que Dallas había crecido en el epicentro de las universidades religiosas de la zona.
Negó con la cabeza con fuerza y siguió buscando las pinzas.
—Lo que digo es que Ollie necesita que le recuerden que tú eres una persona adulta, que puede valerse por su cuenta. Él no puede tenerte encerrada en ese lugar como a una princesa de cuento de hadas.
Tenía razón. Y yo tenía toda la intención de abordar el tema con Oliver en cuanto recuperara al menos un recuerdo. Uno solo. Podía ser cualquiera. Cada vez que me concentraba en el pasado, me volvían los dolores de cabeza con toda la furia. Empezaba a perder las esperanzas.
Hettie, la chef personal de la mansión Costa, entró en la cocina con las compras en dos bolsas llenas.
—Ya os dije que volvería rápido. —Dallas aplaudió y corrió hacia Hettie.
—¿Qué has comprado?
—Conseguí cangrejos frescos de la pescadería que te gusta. —Hettie se recogió el cabello color violeta en un moño alto y se anudó el delantal por detrás del cuello tatuado—. Para esta noche tendremos cocina fusión Viet-Cajún. Y también andouille.
—¿Por qué no te quedas a cenar? —Dallas se volvió hacia mí un momento y después abrió el horno para ver si estaba ahí su juguete sexual—. ¿Cómo te gustan las salchichas, Briar?
—En el cerdo al que pertenecen. —Le di una palmadita en la espalda a Luca y recorrí el espacio entre la cocina y la sala de estar—. Soy vegetariana.
Me resultaba muy extraño que no lo recordara ni una persona de todo mi círculo.
—¡Ay! Claro que sí. Me había olvidado. —Hettie se apartó un mechón de pelo de la cara, abrió la panera, sacó las pinzas para pezones y se las pasó a su jefa—. Bingo.
Dallas se guardó las pinzas en el bolsillo del vestido.
—Eres una santa.
Hettie se volvió hacia mí.
—¿Qué te preparo?
—¿Algo de merienda? —Me rasqué la sien—. Bueno... unas galletas saladas con mantequilla de cacahuete estarían muy bien.
Hettie y Dallas intercambiaron miradas de preocupación, como si les hubiera pedido comerme la cabeza del bebé que tenía en brazos.
—Con Briar, aún nos quedan por trabajar algunas cuestiones —se excusó Dallas con su cocinera, aparentemente por mi gusto aborrecible en materia culinaria. Después me dijo—: Briar, querida, quería contarte que estuve investigando sobre la amnesia y cómo ayudarte a que recuperes la memoria.
Me mordí el labio inferior con timidez.
—¿De verdad?
No sabía si emocionarme o ponerme nerviosa. Dallas parecía llena de buenas intenciones y malas decisiones.
—¿Cuenta igual si lo busqué en Google? Porque eso es lo que he hecho. —Dal se dejó caer con fuerza sobre uno de los taburetes de la isla y abrió una libreta—. Voy a hacerte unas preguntas que funcionan como gimnasia para tu cerebro, por así decirlo.
Sonrió. Tenía una belleza al mejor estilo del viejo Hollywood: cabello abundante color castaño, ojos de un verde pálido y un vestido hecho a medida por diseñadoras que podía considerarse demasiado formal hasta para una boda, así que era inimaginable para estar en casa.
—Lo haré lo mejor que pueda. —Asentí.
—¿Cuál es tu color favorito?
—Fácil. El azul. —Siempre el azul. Desde que era niña. Sonreí—. El color de las rosas que me regala Ollie todos los días.
—¿A qué escuelas y universidades fuiste?
Recité rápidamente la docena de escuelas por las que había pasado, y también pude contestar sin problemas las preguntas que siguieron: los nombres de mis padres, los lugares donde había vivido y donde había pasado las vacaciones, nombres de personajes famosos, detalles de algunas travesuras en las que me había metido Ollie de adolescentes.
En cuanto pasamos a la edad adulta, empecé a dudar.
Dal tomó entre dos dedos la cola de un cangrejo bien sazonado y tiró de él hasta decapitarlo.
—¿Tienes algún recuerdo de tu trabajo, de ser coordinadora de intimidad?
Yo seguía caminando lentamente alrededor de la isla con Luca en la mochila y se me fue formando una arruga en el ceño por encima de las mejillas.
—Creo que recuerdo la universidad.
Me latían las sienes. Los flashes entraban y salían del cerebro como un foco de luz en cortocircuito. Me agarré del borde de la encimera con fuerza; los nudillos se me pusieron blancos.
Animadoras que vuelan por el aire haciendo acrobacias. Banderas y carteles ondeando al viento en el campo deportivo Gritos y cánticos. El verde del escudo de la Universidad Baylor. Verde y dorado. Una mano delgada que se extiende hacia mí, seguida de una sonrisa pícara.
—Hazel —grité, con el corazón acelerado—. Recuerdo a mi compañera de habitación. Hazel Locklear.
—¿Tu compañera de habitación del internado? —dijo Dallas, mientras absorbía el contenido de la cabeza de un cangrejo.
—Sí, de la universidad. Baylor.
—Eso está en Texas, ¿no?
—Sí, Waco, Texas. —De repente, recordé con seguridad que había seguido siendo amiga de Hazel. Buenas amigas.
Los fragmentos de su recuerdo empezaron a unirse en mi mente. Su pelo largo e increíble. Su humor ácido. Las travesuras que hacía que siempre me recordaban a Oliver. Y la ropa que se puso ganó un concurso de belleza de un festival. Lo exponía en un maniquí que yo le había bordado con rosas azules.
—Me acuerdo de mi compañera de habitación. —No pude contener la sonrisa—. Se llamaba Hazel. Seguimos siendo amigas.
—¿Tu compañera de habitación... de la universidad, en Texas?
—Sí.
Dal se tocó el mentón con un dedo y se manchó con salsa.
—¿No están de vacaciones ahora?
Abrí la aplicación de internet en el nuevo teléfono que Ollie me había dejado para que lo usara. No tenía ni un contacto ni fotos. No me habían podido arreglar el teléfono anterior.
—Sí —confirmé, mirando la pantalla—. Aquí dice que están de vacaciones.
—Se me está ocurriendo hacer una escapada exclusiva de chicas en un futuro muy, muy próximo. ¿Nos vamos a Texas?
Dallas se metió dos salchichas andouille en la boca, apurada por terminar.
—Hettie, prepara el jet . Llamaré a Fae. Seguro que quiere venir.
Ollie seguro que iba a vetar la idea y se pondría a protestar y a preocuparse innecesariamente por mi seguridad, pero no quise decírselo. Era hora de descubrir quién era yo fuera de los límites de mi relación.
Y Dallas Costa era la persona indicada para ayudarme.