Capítulo treinta y seis. Briar
Capítulo treinta y seis Briar
Cuatro horas después, me encontré en medio del campus universitario de Baylor; con Farrow a mi derecha, Hettie a mi izquierda y Dallas detrás, con Luca sobre el pecho, en el portabebés. El niño iba haciendo sus gorjeos e intentaba capturar todo con los puños regordetes.
Al otro lado de la plaza central, había un edificio con ventanales lustrosos que redirigía la luz solar directamente a nuestros ojos. Sentí que el cerebro se me abarrotaba de destellos de recuerdos pasados, pero se desvanecían tan rápido como se materializaban.
Fideos. Rollitos de primavera vegetarianos. Verduras de hoja verde.
Me cubrí los ojos con las manos y señalé el edificio:
—Ahí es donde almorzaba entre clases. Me gasté aquí todo el dinero para comidas ya en el primer mes, de tanto que me gustaba esa comida china.
La culpa inicial que había sentido de volar hasta aquí en un jet privado se desvaneció.
No estaba segura de cómo sentirme ante la existencia de ese avión, o del hecho de que aparentemente Ollie y yo éramos dueños del mismo modelo y lo usábamos todo el tiempo para cualquier trámite que tuviéramos en cualquier parte del mundo.
Me resultaba un despilfarro excesivo, un desperdicio de recursos.
En especial, la parte en que Dallas pidió hacer una escala en Nueva Orleans para comerse un pollo frito de su restaurante preferido.
(Me aseguró que si aprovechábamos y nos comíamos unas beignets , los buñuelos típicos de Nueva Orleans, el desvío era más amigable para el medio ambiente.)
Dallas dio una vuelta sobre sí misma y su vestido elegante se abrió en abanico a la altura de los tobillos.
—Algo que echo de menos de la universidad son los restaurantes con bufé donde te sirves todo lo que quieres por el mismo precio.
Los puestos de comida al aire libre. Las salidas en coche con amigos y la música fuerte en el aparcamiento. Las mascotas de la universidad.
Fae resopló y dijo:
—Pero si no duraste más de una semana como estudiante universitaria.
La residencia donde vivía. El zoológico. Los deportes.
—Por el bien de todos —suspiró Dallas—. Los profesores querían que me fuera, más de lo que yo quería.
Las horas de estudio compartidas. Las siestas en el subsuelo de la biblioteca.
Me esforcé por seguir el hilo de la conversación, pero el dolor punzante que me atravesaba la sien me catapultó de cabeza hacia una papelera. Vomité los beignets y el latte que me había tomado unas horas antes.
La nota altísima, y tan molesta, que obtuve en los exámenes de Gestión Estratégica. Y la profunda ansiedad que la acompañó, seguido por un sentimiento agridulce de saber que mis padres ya no estaban en mi vida como para que les importara.
Farrow me recogió el pelo y lo metió por detrás de mi camisa.
—Quizá esto no ha sido tan buena idea.
—Deberíamos irnos —dijo Dallas, que saltaba de un pie a otro mientras me frotaba la espalda—. Lo siento mucho, Briar. A veces me emociono demasiado y hago cosas sin pensar.
Acepté la servilleta húmeda que me alcanzó Hettie y sacudí la cabeza mientras me secaba los labios.
—No. Quiero quedarme. Necesito quedarme.
Dallas y Fae intercambiaron una mirada intensa pero no se opusieron.
Los cinco nos pusimos en marcha para ir abriéndonos paso entre las hordas de mantas de pícnic, extendidas por un campo de césped que terminaba en una fuente colosal.
Al pasar al lado, vimos unos chorros de agua que se elevaban hasta unos treinta metros de alto.
Me acerqué a un edificio de paredes planas de ladrillo rojo y rocé con la yema de los dedos un letrero que había grabado en el cemento.
—Yo estudiaba aquí. Se llama Biblioteca Moody. Tiene un jardín con parterres en la parte de atrás. Me pasaba ahí horas preparando exámenes parciales, tumbada junto a la estatua del oso que es el símbolo de la universidad.
Me lancé de cabeza a los recuerdos, a sumergirme en el campus a toda velocidad. Las chicas me siguieron. Entré en la residencia de estudiantes donde había vivido el primer año.
—Oh, por Dios. —Me tapé la boca con la mano, con un sentimiento confuso entre la risa y el llanto—. Me acuerdo de todo.
Al menos, me acordaba de todo lo referido a la universidad. Por lo tanto, también recordaba con certeza que no estaba con Ollie en ese tiempo. Ni siquiera estábamos en contacto.
Se me vino una avalancha de preguntas al cerebro. ¿Por qué rompimos? ¿Cuánto tiempo había durado la separación? ¿Habría sido por eso que elegí Baylor en lugar de Harvard?
Podría haberles preguntado a ellas. Seguro que lo sabían; eran mis mejores amigas.
Pero el orgullo (y ese calor que me quemaba las mejillas que me negaba a llamar vergüenza) no me permitieron abordar el tema.
Además, el doctor Cohen me había advertido, sin rodeos, que cualquier noticia impactante podría desencadenar una reacción grave.
Habíamos cruzado el país entero en un avión. Prefería ser precavida.
Farrow entrelazó los dedos con los míos y los de Hettie, y tiró de nosotras con paso rápido, avanzando por el camino con bordes de césped.
—Creo que los dormitorios están por aquí. Descargué un mapa en el avión.
—No hace falta —le dije, casi a gritos—. También me acuerdo de esto.
Por primera vez desde que desperté en el hospital, todo me resultaba familiar. El edificio. Los jardines. El aire . Todo parecía real.
Bueno, quizá no todo . Desde luego que no me parecía real el desconocido que me gritó de pronto por detrás:
—¿Briar? ¿Briar Auer? —Se subió las gafas que le colgaban de la nariz mientras se acercaba a nosotras. El cabello rubio dorado por el sol le rebotaba al viento en todo su esplendor—. ¿Eres tú?
—¿Te conozco? —le di un codazo a Fae—. ¿Sabes si lo conozco?
Se encogió de hombros.
—Soy la más nueva de Dark Prince Road. No sabría decirte.
Incliné la cabeza para tratar de ubicar al chico, pero no lo conseguí.
Parecía de mi edad, tal vez lo bastante joven como para ser un profesor muy atractivo o tal vez un ayudante.
En el tiempo que tardé en intentar dar con una respuesta, él había recortado la distancia que nos separaba y se detuvo, con los puños apoyados sobre las rodillas para recuperar el aliento.
Le sonreí educadamente.
Me señaló con el dedo en la cara.
—Sí que eres tú. Perra.
Mi sonrisa se desvaneció.
Fae se me puso por delante de pronto, echó los hombros atrás y se cruzó de brazos.
—¿Cómo dices?
Por instinto, di la vuelta alrededor de Fae y se me dibujó una sonrisa salvaje en el rostro.
—Si crees que soy una perra, estoy segura de que te di tu merecido.
¡Epa! ¿De verdad acababa de decir eso?
—¿Mi merecido? —El chico alzó sus manos al aire—. Mi prometida me dejó por tu culpa. Hace nueve años que estoy haciendo el doctorado porque tuve que salir a trabajar y ganar dinero. Ella se llevó todos sus ahorros cuando se fue.
¿ Sus ahorros? Ahora estaba segura de que el tipo se lo merecía.
Fae se acercó a él, dispuesta a decirle lo que pensaba, y la quise aún más por ello.
Le apoyé el brazo sobre el antebrazo y la llevé hacia atrás. Sabía que podía encargarme de él. De algún modo lo sabía. Y supe que era mi costumbre defenderme sola.
Miré mi reloj inexistente y golpeé el suelo con el pie.
—¿Acaso nos conocemos?
—Sí. Nos conocimos en la app de citas Raya el año pasado. Estábamos en West Hollywood.
Eso me desconcertó.
—¿El año pasado yo estaba en una app de citas? —Me incliné hacia las chicas con una ceja arqueada, con gesto de ¿Qué mierda pasa? —. ¿Por qué estaba yo en Raya el año pasado?
Dallas frunció el ceño y le tapó los oídos al bebé mientras preguntaba:
—¿Y decidiste hablar con este imbécil?
—Esa no es la cuestión. —Al chico le temblaban los hombros, casi no podía contener la rabia—. No te hagas la tonta.
Bostecé.
—Lo que tuvimos no debe ser muy digno de recordar.
—No eres tan sexi. Solo me llamaste la atención porque ahí ponías que habías ido a Baylor, que era tu alma máter. ¿Y cómo me lo compensaste?
—Me encantaría saber…
Y ya que estamos, ¿no me dirías qué demonios hacía yo en una aplicación de citas tan cara, por qué coincidimos en West Hollywood y dónde diablos encaja mi prometido en todo esto?
—Te envié un mensaje directo con mi usuario de Instagram y creaste un chat grupal con mi prometida, en el cual mandaste fotos de tus compañeros de trabajo, le dijiste que hasta a ellos se les ocurría algo mejor que decir para seducir a las chicas y la ayudaste a tener una cita a ciegas con uno.
Fae soltó un silbido de aprobación y dijo:
—Memorable.
—Eres lo más grande que hay. —Dallas suspiró y me pasó el brazo por detrás de los hombros—. Si no estuviera tan traumatizada por el desgarro de tercer grado que tengo en la vagina por culpa de Luca, me quedaría embarazada con solo oír eso.
Hettie aplaudió.
—Tienes unos ovarios de acero.
De hecho, los tenía.
De pronto recordé que los había desarrollado después de cortar cualquier contacto con mis padres.
De niña, yo siempre había ido a lo seguro; hacía todo lo posible por no avergonzar a Jason y Philomena Auer. Pero en la universidad me había vuelto más valiente. Juré que nunca más dejaría que nadie me pisoteara.
Con Hazel bajábamos corriendo las escaleras como si fuéramos las dueñas de cada milímetro del campus. Los chicos nos adulaban a donde fuera que íbamos, y nos pasaban su número de teléfono en los partidos de fútbol, las conferencias y las fiestas después de los partidos.
Íbamos de fiesta en fiesta. Hazel me había enseñado a soltarme y a disfrutar de la vida.
Y durante todo ese tiempo, nunca hablé con Oliver von Bismarck.
Fae se echó el cabello hacia atrás por encima del hombro y logró enfocar la mirada por debajo de su nariz para enfrentarse al chico, a pesar de que él le sacaba siete centímetros y medio de altura.
—¿Por qué sigues aquí?
Dicho eso, enganchó su brazo con mi codo y nos alejó a las cuatro del muchacho boquiabierto que había sido mi cita de Raya.
Hettie abrió el mapa en su móvil.
—¿Recuerdas en qué edificio estaba tu dormitorio?
—Penland Hall. —Señalé el camino, que estaba pasando una serie de pistas de tenis—. Es por aquí.
Caminamos el resto del trayecto como una cadena humana, enlazadas por los codos. Enfrentarme a mi pasado sola me aterrorizaba, pero me sentí bendecida de poder hacerlo con tan buenas amigas.
—Creo que no podemos ir más lejos sin que nos echen. —Farrow se detuvo frente a los escalones que conducían a la puerta principal—. No tenemos tarjetas de acceso.
—¿Tarjetas de acceso? —Dallas frunció el ceño, rebosante de indignación—. Tenemos encanto. No necesitamos tarjetas de acceso.
Efectivamente, tras un breve coqueteo en la recepción, nos dirigimos a mi antigua habitación de la residencia. El corazón me dio un vuelco y casi se me salió del pecho.
Colarnos en las bodas de la capilla.
Intentar hacer kayak en el puerto deportivo. Sin éxito.
Jugar a los bolos en el centro de estudiantes.
Los recuerdos me inundaron a una velocidad alarmante. Dejé la vista fija en el suelo chirriante, decidida a combatir el dolor de cabeza.
Doblamos por el pasillo hacia mi antigua habitación.
Me estampé contra la espalda de Fae.
Dallas soltó un grito ahogado. Farrow gruñó. Hettie hizo un ruido extraño como de vaya, vaya.
—¿Y él qué hace aquí? —dijo Fae con los dientes apretados de la rabia.
Levanté la cabeza de golpe y seguí la dirección de sus miradas hacia el hombre de pie frente a la puerta de mi antigua habitación de la residencia.
Era mi prometido, con el rostro en cincuenta tonos de rojo de lo enfadado que estaba.