Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo treinta y tres. Briar
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Capítulo treinta y tres. Briar

Capítulo treinta y tres Briar

Sebastian.

El Sebastian hermoso y glorioso que yo había conocido.

Esa persona que tenía enfrente no se le asemejaba en nada.

El cuerpo sí se le parecía: fuerte, ancho, delgado y musculoso. Bronceado como un dios.

Pero el rostro no. Era como si un animal feroz hubiera intentado destrozarlo y casi lo hubiera logrado. Las heridas habían sanado dejando unas cicatrices gruesas y marcadas. Había unas rayas rojas y furiosas que se extendían desde el lado derecho de la mandíbula hasta el pómulo.

Un cráter me devolvía la mirada desde donde antes se encontraba un trozo de su mejilla izquierda. También se había roto parte del labio superior, y lo que había sido una nariz elegante ahora se hundía junto con la mejilla que faltaba.

Y, por si fuera poco, Sebastian tenía el ceño fruncido.

Mi reacción instintiva fue inclinarme y vomitar. No por su aspecto. Bueno, en realidad sí. Era por su aspecto, pero no porque me diera asco a mí. Sino porque le daba asco a él .

No podía vivir en paz consigo mismo, y esa idea me llenaba de tristeza.

Me obligué, con una mano temblorosa, a alcanzar su rostro y deslizar un dedo por el surco profundo que se le marcaba entre las cejas. Él soltó un sonido de rechazo cuando sintió el contacto, y se apartó por instinto. Era obvio que le sorprendía el contacto.

No cedí.

Pasó un instante y después volvió a inclinarse hacia mí, con los ojos cerrados para saborear el contacto humano.

Una lágrima solitaria se le derramó por la mejilla desde el ojo derecho.

Contuve el grito que se me atascaba en la garganta.

La boca se le torció en una mueca extraña y dijo:

—Ya no soy tan atractivo, ¿verdad?

Ay, no. Me pregunté si me habría oído durante la cena de la noche anterior, cuando les hablé a las chicas de su belleza. Lo había comparado con una deidad.

—El parche en el ojo queda supersexi. —Me encogí de hombros y seguí alisándole la arruga persistente de la frente—. Yo siempre estuve a favor del Capitán Garfio y sus amigos.

—Garfio era el villano de la película.

—Los villanos son héroes incomprendidos.

—Sí, bueno. —Se le dibujó una mueca enmarañada en el rostro—. Yo soy perfectamente comprendido. Mi amargura es bien entendible.

Los perros movían la cola y nos rodeaban, percibían la profundidad del momento.

—¿Hace tantos años que compartimos esta casa y nunca te había visto así? —le pregunté con voz ronca.

Se lamió el labio superior, que tenía roto, y me respondió con una evasiva:

—Uhm…

—¿Cuándo ocurrió?

—Hace quince años.

Hace quince años.

Sebastian tendría unos treinta y tantos. Entonces se había pasado la mitad de la vida encerrado entre estas cuatro paredes, alejado de la civilización.

Le rodeé el rostro con ambas manos con suavidad.

—¿Y te pasas todo el día aquí sentado solo?

No hizo más que asentir levemente con la cabeza.

Ay, Seb.

Todavía tenía el mismo bronceado precioso de siempre. Así que debía de pasarse horas pegado a la ventana, mirando hacia fuera mientras el mundo seguía adelante sin él.

—Es mejor así. —Debió de percibir mi duda, porque se puso a dar explicaciones—: Cada vez que mi madre me ve, empieza a llorar descontroladamente. Mi padre vomitó la primera vez que vio mi cara después del accidente. Oliver es el único que soporta mirarme, y lo hace porque no tiene otra opción.

¿Qué quería decir eso? ¿Por qué Ollie no tenía opción? Se me acumulaban las preguntas en la mente, pero también empecé a sentir un alivio creciente.

De pronto, me llené de culpa. No pude evitar que se me hundieran los hombros al tener la certeza de que Oliver guardó este secreto por su hermano. No porque no me quisiera o no confiara en mí.

—Lo siento por sacar el tema de nuevo, Seb, pero... ¿qué te pasó?

Me agarró con fuerza por la muñeca y me apartó las manos del rostro. Tuve la sensación de que le resultaba difícil rechazar el único contacto humano que había tenido en mucho tiempo.

—Ahora no es el momento. No puedo creer que te haya mostrado mi cara. Demonios. —Se alejó de golpe, empezó a dar vueltas por la habitación amplia y sacudió la cabeza con aire incrédulo—. No debes decirle nada a Oliver.

—¿Por qué?

¿Acaso no le alegraría a Oliver saber que me acerqué a Seb? ¿Que pude hablar con él? Era su hermano, por el amor de Dios.

—Se pondrá sensiblero de saber que te mostré la cara y empezará a pensar que quiero buscar tu compasión o algo así…

—Le diré que me costó muchísimo convencerte de que lo hicieras —le prometí.

Sebastian negó con la cabeza:

—Tampoco le gustará saber que hablamos. Tendrá miedo de que se lo arruine todo. Ahora que estás con él, no te dejará ir.

—¿Ahora que estoy con él? —Limpié unas motas de polvo con el dedo, deslizándolo por el borde de la cama—. ¿Qué quieres decir?

¿Cuánto tiempo había durado nuestra primera ruptura?

—Ay, mierda. —Seb se rio entre dientes—. Quiero decir ahora que estás de alta y que te has recuperado de tu lesión.

—No es eso lo que has querido decir —dije con firmeza y lo miré fijamente.

Él también me atravesó con la mirada:

—Yo no soy tu novio, Briar. No puedes obligarme a que hable.

Otro dolor de cabeza me taladró el cerebro. Con él, me llegó un recuerdo.

Era yo y estaba en la puerta de esta misma mansión, sacudiéndola desesperadamente. Llovía a cántaros. Era joven. Y estaba enfadada. Y famélica.

Tenía la ropa pegada al cuerpo como sanguijuelas que me succionaban la sangre. Lloraba desconsoladamente y, de pronto, caía de rodillas.

Tenía la parte delantera de las piernas llena de barro y temblaba de frío. Y le rogaba a Oliver que abriera las puertas.

No lo hizo.

Yo sabía que él estaba en casa, pero no lo hizo.

¿Por qué había sido tan cruel? ¿Tan horrible conmigo? ¿Qué le había hecho?

Seb frunció el ceño y me miró con detenimiento.

—¿Estás bien?

Ni me había dado cuenta, pero había empezado a agarrarme la cabeza y estaba hiperventilando. Era un recuerdo, no una pesadilla. Algo tangible que había sucedido en el pasado.

Un olor metálico y húmedo me quemaba en las fosas nasales, el frío de mi ropa empapada me calaba hasta los huesos.

—¿Oliver me echó de la casa en algún momento?

El rostro de Seb no podía mostrar otra expresión que la del ceño fruncido, pero pareció suavizarse por la sorpresa.

—¿Qué quieres decir?

Señalé la puerta.

—Acabo de tener un recuerdo de mí misma aquí fuera, suplicando que me dejaran entrar.

La mirada de Sebastian se oscureció.

—Es Oliver quien debe contarte esa historia.

—Pero...

—Límites —me interrumpió Seb—. Si no los respetas, la próxima vez no te dejaré entrar.

Casi se me salen los ojos de las órbitas.

—Qué atrevido de tu parte suponer que yo querré tu compañía.

—Teniendo en cuenta que Ollie es mi principal rival intelectual y que siempre está a un pedo de soltar algún chiste escatológico, creo poder afirmar con seguridad que vendrás a visitarme con frecuencia.

Estaba desesperada por saber la verdad, pero tampoco quería que este momento girara en torno de mí. Parecía que Sebastian estaba dando sus propios pasos. Tenía que posponer mi revelación.

—Está bien. Entonces... —Me subí a su cómoda, lo cual lo obligaba a él, y a mí misma, a mirarnos cara a cara. Así me acostumbraba—. ¿Qué haces aquí todo el día?

—Hago ejercicio. Cocino. Salgo a remar. —Se encogió de hombros, mirando a todos lados menos a mí—. Estudio a distancia en cualquier programa en línea que me acepte. Voy por la cuarta carrera.

—¡Madre mía! ¿Qué has estudiado?

—Administración de empresas en Cambridge y Northwestern, psicología en Johns Hopkins y, ahora mismo, estoy estudiando ciberseguridad en Georgia Tech.

—Siempre fuiste muy inteligente.

—La inteligencia no sirve para nada si no sabes cómo usarla.

—¿Y tu única compañía es Oliver?

Sebastian se rascó la mejilla izquierda, o lo que quedaba de ella y dijo:

—Algo así. Hay días enteros que no nos vemos. Contrario a lo que todos creen, trabaja. Y mucho. Y hay días en que no estoy de humor para socializar. Nos vemos una o dos veces por semana.

Sebastian casi vivía como un ermitaño. Este hombre que había sido una vez el adolescente más codiciado de todo el mundo occidental. Había salido con princesas, pero de las verdaderas. Había remado en el equipo olímpico. Hasta había dado una charla TED.

—¿Qué dice la gente sobre tu desaparición? —Recordé el relato ridículo sobre sus viajes de mochilero que seguro que nadie se había creído—. Deben hacer preguntas…

—Creen que me fui a vivir a la India. A meditar, porque tuve una crisis nerviosa.

—Se le sacudió el pecho con una risa amarga—.

Una mentira muy eficaz. Y, además, creíble.

Si te pones a pensar, tiene sentido: después de años de presiones de la competición deportiva extrema y la excelencia académica, decidí que quería escaparme de todo y me fui al paraíso. La playa de Radhanagar.

—Pero si eres la persona más competitiva del mundo.

—No lo sabe nadie salvo mi familia. —Se encogió de hombros—. Tampoco necesito trabajar ni demostrarle nada a nadie. De vez en cuando, aparece alguien que dice que me vio en un ashram remoto en algún lado. La verdad es que le suma más encanto y exotismo.

—¿Y tus padres?

—Saben que estoy aquí. Pero les da demasiado miedo mirarme.

—Eso no puede ser cierto —dije con un tono de protesta—. ¡Si te adoran!

—A veces vienen de visita y hablamos a través de la puerta —admitió en voz baja—. No les dejo verme. Les angustia mucho.

—¿A tu padre también?

—Especialmente a Félix. —Hizo una mueca—. El pobre viejo está muy deprimido.

Ahora todo tenía sentido. Era por eso que Oliver se había hecho cargo de los negocios. Por eso cargaba a la familia von Bismarck entera sobre los hombros.

Seb movió la mandíbula hacia delante y atrás, y agregó:

—Papá nunca se recuperó del todo de mi accidente, aunque no estaba allí cuando sucedió.

Creo que lo sobrepasó la tristeza de ver que yo quedaba destrozado.

Dañado para siempre. Sin posibilidad de reparación.

—Se señaló el rostro—. No es difícil verme a través de sus ojos. Quebrado. Destruido. Inútil.

—Imposible. Estoy segura de que no es así como te ven. —Una oleada de ira me recorrió el cuerpo—. No pueden...

Pero el resto de la frase se me atragantó en la garganta en cuanto oí una voz femenina que llamaba desde el balcón exterior.

—¿Briar? ¿Hola? Soy tu mejor amiga del mundo mundial. ¿Dónde estás?

Con Sebastian nos miramos, alarmados.

Después, él me agarró por los antebrazos y me llevó a la salida.

—Tienes que irte ahora mismo. Ella no puede entrar aquí.

Di un paso atrás.

—Pero no hemos terminado.

Los perros me seguían mientras yo iba saliendo, Geezer sobre su monopatín.

—Habla por ti. Yo he terminado esta conversación hace treinta minutos.

—Solo llevo aquí quince minutos.

—Correcto. —Sebastian empezó a cerrarme la puerta en las narices—. Saca tus propias conclusiones.

Metí el pie entre la puerta y el marco un segundo antes de que la cerrara de golpe.

—Espera.

—¿Qué?

—Mañana vendré a visitarte de nuevo. Haremos ese puzle juntos. —Señalé la sala de estar—. El médico me dice que los puzles son buenos para mi cerebro.

—No necesito compañía —dijo con los dientes apretados. Seguían siendo unos dientes bellos: grandes, blancos y rectos.

—Bueno, yo sí —le dije alegremente; me negaba a rendirme con él—. Me muero de ganas de montarlo.

La voz de Dallas resonó más fuerte ahora, empezaba a buscarme dentro de la casa.

Seb entrecerró los ojos con fuerza.

—No.

—Sí.

—¿Briar? ¿Estás arriba? —canturreó Dallas al fondo de la casa, con una voz cercana y alarmante.

Enderecé los hombros y la espalda, con gesto seguro, y me negué a moverme de ahí.

Sebastian se quedó mirándome con la ceja levantada, en un desafío abierto y directo.

—Está bien. —Los dientes le chocaron entre sí cuando apretó la mandíbula, y la movió de un lado a otro—. Vuelve mañana.

—Gracias. —Me estiré por el marco de la puerta y le di un beso ligero en la mejilla derecha—. Será divertido.

—Lo dudo mucho.

Le grité por encima del hombro, mientras me alejaba corriendo por el pasillo con los cachorros.

—Sí que será divertido.

—Trae a los perros —murmuró.

Y con esas palabras, se me abrió el corazón y se me llenó de luz.

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