Capítulo treinta y dos. Briar #2
Eso lo hizo quedarse paralizado un momento. Yo sabía que quería darse la vuelta y mirarlos, pero no lo hizo. En cambio, juntó las manos detrás de la espalda y se quedó mirando por la ventana hacia el campo que se extendía ahí fuera.
Desde ese ángulo, no podían verlo. Demasiadas columnas, ángulos del tejado y torrecillas que lo cubrían. De alguna manera, supe que había elegido esa habitación por ese motivo.
—¿Ya has recuperado la memoria? —dijo en un tono que demostraba que no parecía importarle.
—No —enterré el dolor y me aclaré la garganta—. Bueno, todavía no. Voy recordando algunas cosas poco a poco...
No respondió, pero tampoco me detuvo. Lo tomé como una buena señal y me adentré más en la habitación. Olía a cerrado. A polvo, a sudor masculino agrio y a agonía.
—Recuerdo todos nuestros veranos juntos —puntualicé.
—Los días de antes. —Esas palabras crípticas terminaron con un estremecimiento ligero cuando me oyó avanzar hacia él—. Esos recuerdos no me sirven de nada. No era mi verdadero yo.
Me acerqué un poco más.
—No des ni un paso más, Briar. No me haré responsable de mis acciones si lo haces.
Quería asustarme, amenazarme para que me echara atrás.
—¿Qué fue lo que pasó? —pregunté, con voz suave—. ¿Por qué estás tan enfadado?
—¿Por qué eres tan entrometida?
—Por curiosidad natural combinada con necesidad de validación —le respondí, con total franqueza—. No puedo imaginarme por qué estás tan enfadado.
Ignoré su advertencia y me acerqué más. Quizás era un error, no estaba dándole el espacio que necesitaba.
Pero algo me decía que había estado solo durante mucho tiempo.
Durante semanas y meses. Años tal vez. Que ansiaba el contacto humano más que ninguna otra cosa.
Dicen que la soledad no es estar solo, sino sentir que nadie te ve.
Bueno, a Sebastian le pasaban las dos cosas, y eso lo había reducido a una sombra de lo que era.
—Siempre has sido tan alegre. —Parpadeé y sentí que se derramaba un líquido salado; me pregunté cuándo había empezado a llorar—. Tan vibrante. Tan atractivo…
Soltó una risa amarga. Le tembló toda la espalda. Ya estaba a solo unos metros de él. Las respiraciones entrecortadas rebotaban entre nosotros. Le brillaban unas gotas de sudor en la nuca. Mi cercanía lo ponía nervioso.
Y a mí también.
—Por el momento, solo te diré que ya no soy ninguna de esas cosas.
—Le pasó el dedo al alféizar de la ventana y recogió una montaña de polvo.
Deduje que nadie entraba aquí a limpiar nunca—.
Ya no soy el niño que recuerdas, Briar. Soy un monstruo.
Un paria. Oliver hizo bien en decirte que no vinieras aquí. Puedo hacerte daño.
—No tengo miedo.
—¿Por qué? —preguntó él. Parecía casi asombrado.
¿Ahora la gente le tenía miedo? ¿Acaso había hecho él algo terrible?
—Porque puede que no sepa lo que ha pasado en los últimos quince años, pero te conozco en tu corazón, y sé que eres buena persona.
Más silencio.
No se había dado la vuelta para mirarme.
Iba dándome cuenta de lo que pasaba.
Trio y Geezer se le pusieron uno a cada lado. Geezer le empujó la cabeza contra el pie, y Trio saltó con sus dos patas delanteras sobre el alféizar y siguió la mirada de Seb.
Él lo miró y le acarició la cabeza con los nudillos. El cachorro le lamió las yemas de los dedos y lo miró con franca adoración.
—Ya no soy atractivo —dijo Seb después de un rato.
Cerré los ojos. Una lágrima solitaria se me derramó de uno de ellos.
—Me lo imaginaba.
—Hago llorar a los bebés.
—Los bebés lloran siempre. No les hagas caso. Les gusta hacer drama por todo.
No se rio. Me dijo:
—Hasta a mis propios padres les cuesta mirarme a la cara.
Apoyé una mano sobre su hombro con cautela.
Todo el cuerpo se le convirtió en piedra.
Se estremeció y pude sentir que la piel se le ponía de gallina a través de la camisa.
Estaba temblando; el cuerpo, en un estremecimiento constante, se le derretía con un simple toque.
Hice fuerza por tragarme el grito que amenazaba con salir de mi boca.
—Briar...
—Mírame, Sebastian.
—No puedo.
—Sí que puedes.
Quería abrazarlo por detrás, moldear mi cuerpo con el suyo, protegerlo como un abrigo, pero sabía que aún no estaba listo.
Sebastian tendría que redescubrir la vida desde cero, igual que yo.
Segundo a segundo, con cada respiración.
Caricia por caricia. Con cada sonrisa a la vez.
Pero sería a su propio ritmo y por su propia voluntad.
Sanar solo llega una vez que estás listo. Nunca antes.
La luz del sol le lamía la piel, dejaba al descubierto una larga cicatriz nudosa que lo recorría desde el hombro hasta la punta del dedo. Como si alguien hubiera intentado arrancarle la piel.
—No existe nadie que me haya visto así. Ni siquiera mis mejores amigos. Nadie más que Ollie, mis padres y unos pocos cuidadores. —Tragó saliva con dificultad—. Y hasta ellos tuvieron que firmar un acuerdo de confidencialidad estricto.
—Yo también soy de la familia —le recordé—. Crecimos juntos, Seb. Puedes confiar en mí.
Se agarró del alféizar de la ventana y lo apretó hasta que los nudillos se le enrojecieron. Me alejé para darle espacio. Temblaba tanto que casi le digo que no.
Pero entonces se dio la vuelta, y el universo entero se derrumbó sobre mí.