Capítulo treinta y dos. Briar
Capítulo treinta y dos Briar
Dallas estaba a punto de llegar. Venía a cuidarme.
Eso me daba unos minutos sola. El personal de la casa se afanaba en sus tareas sin prestarme atención. No había casi nadie a la vista en el segundo piso.
Bingo.
En cuanto el Maserati de Oliver (¿cuántos putos coches teníamos?) salió del garaje (donde al menos había doce espacios de aparcamiento), salí corriendo por el ventanal del vestíbulo y subí la escalera.
La culpa me consumía por dentro a medida que iba avanzando en dirección a la sección prohibida de la casa: el ala sur.
Oliver me había pedido explícitamente que no me aventurara por allí, pero no tenía derecho a hacerlo.
No podía bloquearme el acceso a una parte entera de la casa que compartíamos; en definitiva, era mi casa también.
Éramos iguales en eso.
Y eso de ser un acumulador compulsivo era mentira también.
Además, después de que él admitiera que me ocultaba cosas para no alterarme, como la misteriosa discusión antes de mi accidente, entendí que, si no tomaba la iniciativa de buscar la verdad por mí misma, quizá nunca la descubriría.
Trio y Geezer me seguían de cerca mientras me iba adentrando poco a poco en la sección cerrada de la propiedad. Al entrar, vi un pasillo sinuoso y largo que se extendía a lo lejos. No se veía dónde terminaba, solo una boca oscura y húmeda, llena de aire viciado como una casa abandonada.
Unas cortinas opacas eclipsaban la luz natural. Mi teléfono estaba en reparación desde el accidente, así que confié en los perros para que me guiaran en la oscuridad. Caminamos durante un minuto entero antes de llegar a una especie de puerta para mascotas.
Trio y Geezer se detuvieron a mis pies, mirándome.
—Nunca habíais estado aquí, ¿no? —Desenganché el pestillo y abrí la puerta—. Más vale que mi prometido no tenga escondido un tráfico de animales exóticos ahí dentro.
Los perros esperaron a que yo entrara antes de seguirme. Como Geezer iba en su monopatín, con la barriga pegada al suelo, avanzábamos a ritmo lento.
—No te preocupes, amigo. —Me agaché y le acaricié la cabeza—. Mamá no se alejará de tu lado.
Me enderecé, y de pronto vi con sorpresa que nos rodeaban montones y montones de cachivaches por todas partes.
Quizá hacía mal en desconfiar. Quizá mi prometido sí que tenía un problema de acumulación compulsiva.
Entrecerré los ojos y me esforcé por distinguir los objetos.
Algunos todavía estaban en cajas, envueltos con lazos de satén que abrazaban el cartón grueso y colorido.
Levanté a Trio en brazos y le rasqué por detrás de la oreja.
—Puede que papá sí tenga un problema de acumulación compulsiva.
Seguimos avanzando por el pasillo, con cuidado de no chocarnos con las cajas que flanqueaban ambos lados. Como Geezer se tropezaba a cada rato, lo cambié por su hermano y me guardé su monopatín bajo el brazo.
El pasillo parecía interminable. Al final, llegamos a la parte más alta del ala, que consistía en una sala de estar redonda y otras habitaciones. Parpadeé, confundida. Todo parecía bien ordenado y muy habitado.
La molesta pantalla de un televisor de cien pulgadas colgada en la pared mostraba un torneo de remo.
Hice un inventario de la habitación a media luz: un refresco a medio beber en la mesa de centro, una pila de libros escolares abiertos, un puzle de cinco mil piezas, casi terminado, al lado de los libros.
Se oía el crepitar de una radio desde una de las habitaciones. Los comentaristas de un programa deportivo describían una carrera de caballos por encima del rugido de una multitud entusiasmada.
Trio ladeó la cabeza y me lanzó un gemido que daba a entender su inquietud sobre el lugar.
—No pasa nada. Puedes quedarte aquí y yo iré a explorar.
Aquí había alguien viviendo. No tenía ni idea de quién era, ni de por qué.
Dejé a Geezer apoyado sobre su monopatín; el corazón me latía con miles de pulsaciones por segundo. Geezer empujó las ruedas hasta el sofá y se dejó caer sobre la alfombra que había a los pies. La radio venía de la habitación más alejada, pero decidí empezar por la puerta más cercana.
Golpeé con los nudillos, desesperada por oír una respuesta a través de mi pulso ensordecedor.
Me contestó el silencio al otro lado. Empujé la puerta y me encontré con un gimnasio doméstico de última generación.
Vacío. Filas y filas de aparatos desplegados por toda la habitación.
Un banco para levantar pesas, una máquina Smith y una estantería llena de mancuernas de todos los tamaños, también barras paralelas, una camilla de tratamiento y palos de movilidad. Un equipo completo de fisioterapia.
¿Había alguien aquí haciendo rehabilitación? Tenía sentido. El lugar quedaba alejado de todo y daba a un sector exclusivo del lago, lejos de la mirada indiscreta de los vecinos.
Miré por la ventana: daba a una vista hermosa.
Un pequeño cobertizo para botes bordeaba el lago.
En mi primera visita al lugar, había visto botes de remos ahí dentro.
Cascos solía llamarlos Sebastian. Estaba obsesionado con el remo.
Pero este equipo de fisioterapia no podía ser de Sebastian.
Él no se escondía del mundo. Al contrario, lo honraba con su deslumbrante belleza y encanto.
Más confundida que antes, salí de la habitación y llamé a la segunda puerta.
De nuevo, no hubo respuesta. La abrí. Esta vez, me recibió una cocina totalmente equipada.
Había un microondas, dos hornos y unos fogones de gas.
En la esquina, había una nevera industrial con puertas vidriadas, así que pude ver el contenido en su interior: frutas de todos los colores, verduras, carnes y quesos.
—Por Dios, Ollie. Si de verdad tienes un tráfico de animales aquí escondido...
Di un paso atrás, tambaleante.
Mi espalda chocó contra algo firme y alto. Jadeé del susto y me di la vuelta lentamente. Era una planta decorativa.
—Mierda.
Me dirigí a la tercera puerta. Llamé. Tampoco hubo respuesta, pero esta vez juraría que oí algo moviéndose dentro. Un mueble contra el suelo. Se me humedecieron las manos.
Volví a llamar.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
El corazón me latía con fuerza. Bum, bum, bum…
Tragué saliva con dificultad y giré el picaporte de la puerta. La empujé solo unos centímetros para asomarme. La habitación estaba casi totalmente a oscuras. Había dos cortinas una a cada lado del ventanal y lo cubrían casi por completo, apenas un haz de luz sobresalía por los bordes.
Logré distinguir algunos muebles. Una cama con dosel, una cómoda y unos estantes empotrados a la pared repletos de trofeos y certificados en exhibición. Se me subió el corazón a la garganta y se me trabó la respiración. Metí la cabeza entre la puerta y el marco y entonces lo vi.
Sebastian.
El muchacho más hermoso del mundo.
Estaba sentado de espaldas a mí; la silueta imperial e impresionante era inconfundible. El torso triangular, cubierto de músculos, estaba encorvado. Los rizos del cabello (que aun en la oscuridad se veían de color miel) le rodeaban las orejas y la nuca como la escultura de Laocoonte y sus hijos .
—¿Seb? —susurré.
No podía creer que no hubiera preguntado por él ni una sola vez desde que desperté del coma. Hasta el día de la cena, había dado por sentado que andaba por ahí, conquistando el mundo con su sonrisa encantadora.
Siempre había sido el hijo predilecto. El atleta.
El hermano astuto. El conde ambicioso. Oliver decía en broma que Seb tendría que haber nacido primero.
Que a sus padres les habría gustado más.
Pero yo no estaba tan segura. Los von Bismarck amaban a sus dos hijos con toda el alma.
Si preferían en algo a Sebastian, no lo demostraron nunca.
Seb no respondió. De no ser por el mínimo movimiento de su espalda cada vez que respiraba, hubiera pensado que era una estatua.
—Sebastian, soy yo. Bri...
—Sé quién eres —me interrumpió, con la voz distante, fría y… cruel—. No tenías derecho a entrar aquí sin permiso.
Me quedé aferrada a la puerta, confundida. ¿Estaba enfadado conmigo? ¿Acaso yo le había hecho algo malo que no recordaba?
—¿Estamos...? ¿Te he hecho algo?
—No. Todo está bien. Ahora fuera de aquí.
—Pero... ¿por qué?
—Quiero estar solo.
Sonó como un gruñido, y si no hubiera conocido a este hombre de antes, si no hubiera reconocido esos distintivos rizos angelicales, de un rojo intenso en los extremos que, cuando les daba el sol, formaban un halo alrededor de su cabeza, lo hubiera confundido, a este ser frío y malo, con un extraño.
—Sebastian, no seas tonto. Si ha pasado algo, dímelo. Somos adultos. Yo...
—Por el amor de Dios, ¡fuera! —rugió de nuevo y se levantó de golpe del asiento, el cuerpo en toda su altura imponente ante mí.
Apretó los puños a los lados. Me estremecí.
Todo mi interior se tensó, pero no me moví.
Era obvio que estaba sufriendo. No sabía por qué pero sí sabía algo con total claridad: no hay nada en el mundo que te haga sentir más solo que saber que estás sufriendo y darte cuenta de que nadie va a venir a ayudarte.
Las batallas más duras se libran en silencio, y nadie ve las cicatrices.
Entré, dando unos pasitos rápidos, y les hice señas a Trio y Geezer para que entraran también. No me había dado cuenta de que me habían seguido. Pero estaba segura de que Seb no sería cruel con los perros.
—No. —Cerré la puerta detrás de nosotros—. Vamos a hacerte compañía.
Resopló, con tono despectivo y preguntó:
—¿Tú y quién más?
Se acercó a una ventana y abrió las cortinas de un tirón. Los rayos del sol inundaron la habitación de golpe. Cerré los ojos y me tapé la cara con la mano. Para cuando la bajé, él seguía de espaldas a mí.
—¿Quién eres ahora, Briar Rose? ¿La reina de la casa?
—Ahora soy solo Briar —le señalé y me pregunté cómo era posible que no lo supiera—. Y tengo a Geezer y a Trio aquí conmigo.