Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo veintinueve. Oliver #2
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Capítulo veintinueve. Oliver #2

Apreté mi puño con tanta fuerza que rompí el vestido. Ella jadeó con sorpresa y murmuró algo sobre no tener ropa para cambiarse. No la entendí, tan sumergido que estaba en el momento.

El momento que estaba esperando desde que cumplí catorce años.

Su ropa interior había desaparecido. Igual que mi autocontrol.

Había manos por todas partes: tocaban, agarraban y acariciaban.

No sé ni cómo logré separarme de ella los siete segundos que tardé en buscar la cartera y sacar el preservativo, pero una vez que pude, fueron tres veces hasta que logramos ponérmelo.

Después, ella se tumbó en la cama y yo la rodeé con los brazos; y al final, respiré hondo y me contuve.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —Le besé el pelo. La nariz. El hueco del cuello—. Podemos parar aquí. Podemos esperar y hacerlo cuando por fin vuelvas a casa....

—Estoy en casa, Ollie. —Apretó la palma de la mano contra mi corazón; y sentí que me palpitaba con tanta fuerza que podría hacerle daño—. Donde tú estés, es mi casa.

Y con eso, me decidí.

Fue una batalla hasta lograr entrar. Briar Rose tenía la vagina apretada y ajustada, y, además, la barrera de la virginidad.

Pero también sentí que estaba empapada. Lista para que la penetrara.

Y ella conocía bien el dolor. No hizo ni un gesto, solo se derritió contra mi cuerpo, piel con piel, mientras yo me iba hundiendo cada vez más, hasta que cada centímetro de mí se derritió en ella.

Esperé un segundo a que me bajaran las pulsaciones.

—Puedes moverte. —Me acarició el cabello y me besó—. No me duele tanto.

—Gracias, pero solo trataba de evitar el infarto.

Ambos nos reímos, aún enredados en un beso torpe.

—¿Está bien así para ti? —me preguntó.

—Maravilloso. El Paraíso. —Inhalé, exhalé y repetí la acción como si fuera nueva para mí—. ¿Y para ti?

—Me encanta tenerte dentro. Y también tenerte fuera; pero cuando estás dentro, me siento completa. Como si formaras parte de mi cuerpo.

Entré y salí varias veces, y empecé a ver las estrellas.

El placer era tan intenso que casi no podía soportarlo, tan al borde del clímax que me olvidé de cómo se respiraba.

Nos abrazamos con furia, como si fuera un viaje del que no creíamos salir vivos.

Briar Rose jadeaba con fuerza, empujaba con sus caderas también, se frotaba contra mí y abría cada vez más las piernas.

—Voy a acabar —anunció ella primero.

Me llené de orgullo, y también de alivio, porque estaba casi seguro de no poder contener mi propia explosión.

—Yo también.

Y así fue. Al instante. En una sinfonía caótica de lujuria, amor y risas. Y temblores generalizados. Ojos en blanco. Carcajadas desde lo más profundo de nuestros huesos.

Tuvimos el orgasmo juntos, abrazados. Fue tan emocionante que nos besamos sin parar, sin poder dejar de reírnos y pellizcarnos, como si acabáramos de lograr algo que nadie más había logrado en la historia de la humanidad. Como haber saltado de un avión sin paracaídas y lograr sobrevivir.

—Madre mía... —Me quité de encima y rodé por la cama. Después, me llevé una mano a la frente. Estaba empapado, todo sudoroso, y sentía el pulso en la piel, que me latía con fuerza desde la muñeca hasta la sien—. ¿Qué demonios ha sido eso?

Ella rodó hacia su lado y me sonrió, aturdida.

—No sé, ¿pero podemos acordar repetirlo todos los días, tres veces al día, hasta cansarnos y no querer más?

—Querrás decir seis veces al día, en cuyo caso estoy de acuerdo.

Ella se rio. Miré entre sus muslos y vi que tenía unas marcas de rayas rojas.

Estiré una mano y le acaricié la parte ensangrentada.

—¿Te ha dolido?

Ella negó con la cabeza y me clavó esos ojos hermosos sin soltarme la mirada.

—No mucho. Pero lo suficiente para sentirme feliz de haberlo hecho con alguien que valga la pena.

Abrí la boca para decir algo, pero mi teléfono empezó a sonar de nuevo. Ping. Ping. Ping. Ping.

—Responde —dijo, y asintió—. Debe ser importante, y sé que no deberías estar aquí.

Me estiré hasta la mesita de noche y agarré el teléfono.

Seb vB: Te he conseguido un billete de última hora porque soy, literalmente, un puto santo.

Seb vB: Tu avión sale de Charles de Gaulle en unas horas, así que tienes que mover ese gran culo que tienes y salir AHORA MISMO.

Seb vB: Si llegas esta misma noche, creo que papá lo entenderá como una emergencia de veinticuatro horas y lo dejará pasar sin tocar tu herencia.

Seb vB: Si no, solo puedo prometerte que tendrás trabajo de conserje al menos en uno de los hoteles cuando sea gerente 3

Solté un gemido y volví a mirarla.

—Odio tener que hacer esto...

Era en serio. Yo sabía que si dejaba plantado a papá, después de un tiempo iba a llegar a olvidarlo, pero entretanto me castigaría de todas las maneras posibles.

Y podría incluir negarme el acceso a mi mensualidad.

Sin la garantía de los pseudopadres de Mimitos, asumía que el coste de su educación y de nuestro futuro hogar y familia recaería íntegramente sobre mí.

—Tienes que irte. —Ella sonrió y se mordió el labio—. Está bien. Lo sé. Estoy muy agradecida de que hayas venido veinticuatro horas a celebrar mi cumpleaños número dieciocho.

—Yo también.

Le di un beso rápido, luego me levanté de un salto y agarré los calzoncillos y los vaqueros . Ni siquiera me limpié los huevos. Solo me saqué el condón usado, que estaba lleno de unos siete litros de semen, le hice un nudo y lo tiré a la basura por debajo del escritorio.

—¿Estás bien para volver sola a Ginebra?

Eso sonaba espantoso, como algo que diría el peor de esos mujeriegos imbéciles de los que se quejaban las chicas de la universidad, que no querían otra cosa que sexo.

Me recordé a mí mismo que no era así. Que compartiría toda mi vida con esta chica, pronto.

Que estaríamos juntos, en la misma universidad, en la misma ciudad, a un paso de distancia. Y entonces, por fin todo sería normal.

Ella saltó de la cama y cogió su vestido.

—Sí. —El vestido estaba hecho un harapo, y todo por mí. Trató de ponérselo, pero estaba todo roto a la altura del escote. Briar hizo una mueca de dolor.

Me di la vuelta y la miré:

—Oh, mierda.

—No te preocupes. —Me hizo un gesto despreocupado con la mano y se rio—. Me pondré una bata del hotel y saldré rápido a comprarme algo por la mañana. Tienes que tomar un vuelo. Ve.

—No voy a dejarte aquí sin ropa y con sangre entre las piernas.

Me di la vuelta para correr hacia ella, pero el teléfono volvió a sonar.

Maldita sea, Sebastian.

—No. —Briar Rose empezó a empujarme hacia la puerta—.

Sé que tu padre lo da todo por ese negocio.

No lo decepciones. Vete. En serio, seguro que encuentro a alguien a quien pagarle para que me traiga algo de una de las tiendas de abajo.

¡Esto es París, por el amor de Dios! Si hay algo que no falta son boutiques.

—Pero...

Mimitos soltó otra risa forzada.

—Vete, Ollie, vete.

Me empujó hasta pasado el baño. Tropecé y seguí avanzando mientras me ponía los zapatos.

Llegué hasta la puerta mientras palpaba sobre la chaqueta y los bolsillos para asegurarme de que tenía la cartera, el teléfono y el pasaporte.

Me detuve en la puerta y le tomé la cara entre las manos.

No era como había querido que fuera nuestra primera vez.

Quería abrazos, caricias y películas románticas empalagosas hasta las náuseas.

Pero ya habría tiempo para todo eso. Pronto.

—Te quiero. —La besé—. Nos vemos en unas semanas.

Ella sonrió.

—Nos vemos en unas semanas.

—Hoy empieza nuestro final feliz, el de «vivieron felices y comieron perdices» —le prometí.

En ese momento no lo sabía, pero era mentira.

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