Capítulo treinta. Briar
Capítulo treinta Briar
Lo único bueno que se pudo rescatar de esa cena fue el hecho de que Oliver decidiera dejar de seguirme. Dio un giro de ciento ochenta grados. Como la noche y el día.
Antes de esa cena fatídica, Oliver no me perdía de vista ni un segundo.
Yo me pasaba prácticamente todo el día subiéndome por las paredes de la lujosa y perfecta mansión que no sentía como propia.
Y él me seguía a todas partes, salvo las ocasionales pausas para ir al baño y darme una ducha rápida. Fuera de eso, él no me perdía de vista.
El hombre era implacable.
Todo un padre sobreprotector en potencia.
Me hacía hacer rompecabezas, jugar al sudoku, tomar batidos saludables a cada rato y dar largos paseos por el lago, a los que me acompañaba, con el pretexto de que el aire fresco era «bueno para el alma».
Me trataba como si fuera Beth, la hermana debilucha de Mujercitas . Como si fuera a desmayarme en cualquier momento, o fuera más frágil que una hoja seca recién caída.
Yo le decía todo el tiempo que me sentía bien. Es decir, todavía tenía migrañas y me dolían los músculos del cuerpo por la caída. Pero por lo demás, lo único que me hacía sentir desorientada era no recordar todo sobre mi vida.
Pero ese día de la cena, en cuanto terminó, prácticamente perseguí a Oliver hasta el dormitorio, dispuesta a interrogarlo sobre Sebastian, pero me lo encontré desmayado en la cama. No había que ser un detective para darse cuenta de que estaba fingiendo.
Bufé y me metí en el baño molesta, tiré mi ropa por todas partes, sabiendo muy bien que el autoproclamado supuesto acumulador que tenía por prometido odiaba el desorden.
Después de ducharme, volví al dormitorio con una toalla bien envuelta alrededor del pecho.
Él me respondió con un ronquido.
A la mañana siguiente, me desperté sola. Había una rosa azul solitaria en la mesita de noche. Y no había nota.
Bajé las escaleras, siguiendo el aroma mantecoso de las tortitas, hasta llegar a la cocina. Sirvió una pila entera de tortitas en un plato, dejó caer una dosis generosa de sirope de arce encima y colocó el plato en la isla junto a un vaso lleno de zumo de naranja recién exprimido.
Me llevé el vaso a los labios, con la mirada fija en la ventana francesa que iba del suelo al techo y daba al lago. Me ardían los ojos del deseo que sentía al mirarlo. De ponerme a estudiarlo a fondo y descubrir qué me estaba ocultando.
Me moría por saber qué habría pasado entre él y su hermano. No me cabía duda, desde el fondo de mi corazón, de que Oliver von Bismarck me quería más que a nadie en el mundo. Pero su hermano pequeño era un fuerte competidor por ese primer puesto.
¿Por qué no quería decirme qué pasaba?
Seguramente, la Briar que yo era antes de la amnesia ya lo sabía.
—Me voy a jugar al golf. —Ollie me entregó una servilleta, me dio un beso en la coronilla y agarró un plátano y una barra de proteínas—. Dallas está a punto de llegar.
—No, no es verdad. —Bebí un sorbo de mi zumo—. Odias el golf. Siempre dijiste que es el deporte más aburrido del mundo.
—El segundo deporte más aburrido del mundo —replicó—. No hay nada más aburrido que el curling . Es como ver a gente que limpia el suelo en cámara lenta.
Se apoyó sobre la encimera de la cocina, con aire de lo más relajado. Como si no me hubiera evitado por completo la noche anterior. Quizá yo estaba sobrepensando las cosas demasiado. La verdad era que había tomado una cantidad importante de vino durante la cena. Tal vez no era más que eso,
La paradoja era que, aunque tuviera la cabeza vacía de recuerdos, me desbordaba con ideas de todo tipo.
Preguntas. Pensamientos. Conspiraciones.
Mordí una tortita, maravillada ante la revelación de que Oliver ahora cocinaba.
—¿A dónde vas realmente?
—Es que… —Abrió la nevera y sacó una comida precocinada. ¿Cuánto más comería este hombre? ¿Nos alcanzaba, aun siendo multimillonarios?— … me empezó a gustar el golf.
—No, no es verdad —dije con tono decidido, acunando el vaso entre los dedos—. Estás vestido de traje. Dime adónde vas.
Se metió un huevo duro entero en la boca y frunció el ceño, exasperado.
—¿Nunca se te escapa nada?
—Sí —contesté, y me serví más tortitas—. Dejé escapar a mis padres. Aunque la verdad es que me alegro de haberme librado de ellos.
—Esos desgraciados no valen nada, no merecen ni el aire que respiras.
—Oliver frunció el ceño mientras miraba la hora en su Patek Philippe y murmuró unas palabras maleducadas sobre Dallas, algo sobre llegar tarde a todas partes, hasta a su propia boda—.
Pero no te preocupes. Tienes a mis padres que te adoran y se mueren por verte.
Me dedicó una sonrisa tranquilizadora y agregó:
—Mamá siempre dice que eres como la hija que nunca tuvo.
—Eres muy bueno cambiando de tema. A mí también me cae bien tu madre. ¿A dónde vas?
Soltó un gruñido de protesta y rebuscó un segundo huevo duro en el plato de comida precocinada.
—Reunión de la junta directiva en el hotel.
Me moví inquieta en mi asiento, con la mandíbula casi dislocada de la sorpresa:
—¿Estás a cargo del The Grand Regent?
Él asintió y tomó una botella para batidos y un bote de proteína en polvo.
—Hace tiempo que papá no puede hacerlo.
—¿Pero está bien?
—Está bien de salud. —Ollie asintió de nuevo y volví a apoyar la espalda en mi asiento, aliviada.
—Sigue teniendo el cargo de director general en teoría, pero en realidad soy yo quien se ocupa del negocio.
—Qué locura.
—Así reaccionan todas las personas cuando se enteran, por eso lo mantenemos en secreto.
Yo detestaba que Oliver se menospreciara; fingía ser un tonto cuando no lo era para nada.
—¿Cuánto tiempo hace de esto?
—Casi once años. Pero insisto, casi nadie lo sabe. Ni siquiera Romeo, Zach y sus esposas. No tienen ni idea. —Echó dos cucharadas llenas del polvo en la botella y la llenó con leche de soja y yogur griego—. Así que, por favor, no se lo menciones.
Me froté la frente que estaba ahora libre de gasas.
—¿Por qué les ocultas este logro a tus amigos?
—Cuanto mayor la expectativa, mayor el fracaso. —Agitó la botella y dio un sorbo—. Se creen que soy solo un estúpido heredero. Es mejor así.
Mmm...
Romeo y Zach se conocían con Ollie desde preescolar, más o menos en el momento en que se dio cuenta de que todos los demás niños no le interesaban para nada.
Los tres se hicieron muy amigos e iban juntos a todas partes, se paseaban por Potomac como tres duendecillos malvados y peligrosos, los tres de un coeficiente intelectual desmedido y una inclinación aún más desmedida por meterse en problemas.
Yo estaba segura de que Romeo y Zach no hubieran aceptado del todo a Ollie en su grupo de amigos si realmente pensaran que solo es un estúpido heredero.
Además, esa descripción no se parecía en absoluto a su personalidad de la infancia. Era travieso. Sí. Se pasaba el tiempo haciendo bromas de mal gusto. También. Pero nunca, jamás, había sido un estúpido.
Me guardé esto en el archivo como otra cosa más que Oliver me ocultaba, junto con tantas otras y, entre ellas, la pelea que me llevó al accidente.
En un sentido realista, sabía que el doctor Cohen le había dado la orden estricta de no contarme cosas que pudieran alterarme. Pero aun así... no podía evitar sentir que odiaba haber perdido mis recuerdos.
Nada de esto sería un problema si no tuviera amnesia.
—Estaré de vuelta en unas horas como máximo. Pórtate bien, Mimitos. —Oliver se dio la vuelta en dirección a la puerta. Ahí se detuvo, se me acercó de nuevo y me dio otro beso, esta vez en el borde de la oreja—. No te acerques al ala sur.
Estos últimos días, me había perseguido como un halcón a su presa. Todo el tiempo se aseguraba de que no me acercara a ese sector de la mansión.
—Ajá…
—Te adoro —susurró.
—Te quiero.
Me giré hacia él y le sonreí.
Él no me sonrió de vuelta.
Estaba serio. Triste. Perdido. ¿Devastado?
¿Pero por qué?
¿No era acaso algo bueno que yo lo amara? Era lo único que recordaba sin dudar. No nuestra relación, sino la sensación profunda de hogar a dondequiera que él estaba.
Odiaba que la amnesia hubiera cambiado la dinámica de nuestra relación. Que él obviamente todavía me amara, pero se sintiera incómodo de demostrarlo.
Junté toda la confianza de la que era capaz, le agarré la mano y seguí mirándolo con mi mejor sonrisa tranquilizadora.
—Hay muchas cosas que no recuerdo, pero, de algún modo, sé que nadie me ha mirado nunca como tú lo haces.
Oliver se estremeció.