Capítulo veintinueve. Oliver
Capítulo veintinueve Oliver
Diecinueve años de edad
Si tuviera que elegir un momento de la vida y congelarlo para siempre, sería este: desde el pequeño balcón del hotel de París, tumbado en una hamaca colgante, y viendo desde allí a Briar dormir mientras se recuperaba de la resaca, con París desplegado a nuestros pies.
Su cuerpo estaba todo desplegado sobre las sábanas como una pintura: pura suavidad, belleza y paz. Yo sabía que, en cuanto despertara, de inmediato se formaría esa pequeña arruga que tenía entre las cejas, y se las ingeniaría para morderse las uñas, a pesar de que ya estaban muy cortas.
Suspiré y empecé a revisar los cientos de mensajes sin leer de papá, mamá y Seb. La tarde llegó y se fue, dando paso a la noche. Tenía que reservar un vuelo de regreso a Estados Unidos, pero no quería dejar sola a Briar antes de estar seguro de que estaba bien.
Técnicamente, podía volver conmigo a Estados Unidos.
Pero papá y Seb nunca nos dejarían en paz.
Seb no haría más que burlarse de mí día y noche sin piedad; no por maldad, sino por pura costumbre.
Pero papá... Papá se pasaría la vida intentando ocultarme su decepción, y yo la vería igualmente en sus miradas persistentes y sus suspiros prolongados.
No. Papá contaba conmigo: él quería que diera lo mejor de mí, que estudiara la empresa de arriba abajo y me concentrara al máximo.
Y eso significaba seguir el plan original que habíamos ideado con Briar Rose, aunque significara estar separados durante unas semanas más.
No recordaba en qué momento me había quedado dormido en la hamaca, pero en cuanto oí la voz ronca de Briar Rose que me llamaba, me levanté de un salto y volé directo a la habitación.
Ella estaba desperezándose, con los brazos por encima de la cabeza, ya despierta, y con los tesoros que le había comprado en la farmacia repartidos por toda la cama.
Se tomó un trago de Gatorade. Tenía las mejillas y la nariz quemados por el sol y los ojos aún pesados por el cansancio.
—¿Estabas mirándome mientras dormía?
—Quería asegurarme de que estabas bien.
Ella asintió. Apoyé la cadera contra la cómoda y la observé con atención.
—¿Te sientes…?
—Estaré mejor una vez que me hagas olvidarlo. —Dio una palmadita al espacio a su lado con una sonrisa—. Ven aquí.
Me acerqué a ella y me senté al otro lado de la cama, sin invadirle el espacio personal. Al ver que se encontraba bien, me invadió una sensación de alivio que se me expandió por todo el pecho. No solo estaba bien, sino que ya no estaba completamente destrozada.
Saqué un menú del paquete de bienvenida del hotel.
—¿Quieres que pidamos comida a la habitación?
—Son las tres de la madrugada —dijo, y resopló—. Seguro que ya han cerrado la cocina.
—Seguro que no… —Moví las cejas de arriba a abajo—. Solo es cuestión de dejar la propina adecuada.
Briar Rose se rio. Pero, al rato, la risa se le fue apagando en la garganta.
—Creo que tendré que acostumbrarme a ser una estudiante en bancarrota. No creo que mis padres vayan a pagarme casi nada.
—Ya le encontraremos solución. —Le di una palmadita en la pierna, sabiendo muy bien que sería yo quien le encontraría la solución.
Ni siquiera tendría que pedirle dinero a mis padres.
Había ahorrado por mi cuenta. Bueno, al menos lo suficiente para pagarle dos años la universidad y los gastos de residencia, y con un buen margen.
Le besé la frente despacio y me quedé ahí, presionando los labios durante unos segundos y respirando su aroma. Estaba seca. La humedad se había evaporado en algún momento de la siesta.
Ella sacó el pie de las sábanas y se puso a juguetear contra mi muslo. Le tomé el pie con la mano y empecé a masajeárselo.
—Escucha, Mimitos. Tengo que llevarte de regreso a Ginebra. Papá se quedó esperándome en casa para esas prácticas que estoy haciendo.
—¿Y por qué no te quedas a dormir aquí? —me dijo, llena de energía.
Me mordí el labio inferior y negué con la cabeza.
—Me encantaría pero no puedo…
—Vamos, Ollie. No te he visto en todo el año.
—Es muy importante para mí. Estas prácticas… —le dije, casi en un susurro.
Pero mientras se lo explicaba, me iba sintiendo cada vez más como un imbécil.
Era su decimoctavo cumpleaños y sus padres la habían abandonado y se habían olvidado de ella sin siquiera enviarle un brownie de cumpleaños ni una felicitación.
Y ahí me tenía a mí explicándole tonterías, estresado por unas prácticas de mierda impuestas por mi padre para una empresa que igualmente iba a heredar.
Ella se dio la vuelta y empezó a subirse por mi cuerpo con las manos y las rodillas apoyadas sobre la cama.
—Al menos, tengamos una despedida amorosa…
—Escucha, no quiero precipitar las cosas…
Pero antes de que pudiera terminar la frase, se sentó encima de mi erección. Su ropa interior era tan delgada que no lograba ocultar la humedad entre sus muslos. Estaba completamente lubricada, lista para que la penetrara. Lo sentí aun a través de mis vaqueros.
Contuve el aliento. Ya nos habíamos besado antes, y hasta nos habíamos frotado con la ropa puesta, pero esto se sentía diferente.
Inclinó la cabeza y se aferró a mi labio inferior con los suyos, y empezó a chuparlo y succionarlo para provocarme.
—No estamos apresurando nada.
Me recorrió la boca con la lengua, me la abrió de pronto, y al segundo nos sumergimos en un beso apasionado. Sus dedos se deslizaron por debajo de mi camisa, trazando un recorrido por mi torso hasta mi pecho.
—Quiero sentirte dentro —me suplicó mientras me rozaba el pecho con las uñas—. Es lo que he querido desde que tengo dieciséis años. Es lo que quería hace nada, cuando estaba borracha y es lo que quiero ahora, que estoy sobria. Quiero que me penetres y me llenes con tu semen.
—Así no es como quiero que pase.
Pero, aun así, mis manos se movían solas, la recorrían por detrás de los muslos y le separaban las piernas. Después, envolví con los dedos la piel suave y bronceada de su culo y la empujé hacia mi pene duro, sentí su sexo húmedo y apretado contra mi erección, a través de la ropa. Seguí hablándole:
—Ya hemos esperado mucho… —le dije, entre besos—. Quiero que sea especial.
—Ya es algo especial. —Me recorrió la boca con la suya mientras hablaba—. Que no haya velas, ni un vino, ni una cabaña en medio de una tormenta de nieve no significa que no sea especial. No necesitamos esos clichés.
No era que yo quisiera clichés. Quería que fuera en el momento perfecto. Un momento en que no nos abrumaran las emociones, con una pasión tan intensa que pareciera un incendio después de una explosión. Pero en ese instante, no era justamente mi corazón el que estaba a punto de incendiarse.
Briar Rose me desabrochó el botón de los pantalones, me bajó la cremallera y se inclinó para besarme de nuevo. Había un 83 % de probabilidades de que los dos tuviéramos un sabor peculiar por el alcohol.
Me recorrió la mandíbula con los labios calientes y suaves, mientras descendía más por mi cuerpo.
—¿Tienes un preservativo? —Me subió la camisa hasta el cuello para dejarme la piel al descubierto y besarla en su recorrido hacia abajo.
Sentí que todo mi cuerpo entraba en un delirio que era bueno y malo a la vez.
Como si flotara sobre la delgada línea entre una borrachera feliz y la borrachera de la que ya necesitas un lavado de estómago.
—¿Un preservativo? —pregunté, desorientado—. Creo que he perdido la capacidad del lenguaje. Es decir, quizá…
Pero no pude terminar. La frase quedó en el aire, y yo seguí intentando ordenar el caos que tenía en la cabeza.
En ese momento, Briar Rose agarró mi pene que estaba tan duro que me dolía y se lo metió en la boca envolviéndolo por la base para lamerlo.
Solté un gemido sordo. Deseaba a esa mujer con todo mi cuerpo.
De pronto, desde algún lugar alejado de mi mente, recordé que Sebastian me había metido un preservativo en la cartera cuando salí a toda prisa al aeropuerto.
Me había mirado con esa sonrisa burlona, diseñada especialmente para molestarme.
—Te olvidas de los condones, hermano.
—No pienso usar condones, idiota. —Le di un golpecito en la frente con los nudillos—. Briar está desolada.
—Mejor todavía. Una vez me acosté con una chica que acababa de perder a su primo. Estaba hecha una fiera.
—Eres un ser humano despreciable.
—Bueno, no seré tan deslumbrante como otros, pero... —Sebastian se rio entre dientes y metió en mi cartera un preservativo—. Llévatelo igual. Ya me lo agradecerás.
—Bueno, dile a papá que volveré lo antes posible, y que era una emergencia.
—Sí, sí. Que te diviertas, y que te acuestes con tu princesa Aurora, hermano.
—Tengo un preservativo —logré anunciar con voz ronca, mientras miraba desde arriba la cabeza de Briar Rose, en estado de total fascinación.
El cabello, que había quedado todo despeinado de la borrachera, ahora se desparramaba sobre mis muslos y la cama con cada succión que me daba con la boca: me chupaba sin descanso, torpe y adorable a la vez y... ¡mierda! Yo ya estaba a punto de eyacular.
Le recogí el cabello con dedos temblorosos, tan abrumado por las emociones que no lograba comprender del todo lo que estaba pasando en realidad.
—Amor, si no paras ahora mismo, me explotará el semen por todas partes. Estoy muy cerca.
Levantó la vista, con los labios hinchados y rosados de tanto succionarme. La levanté con torpeza y la besé. Sentí el sabor de mi pene en sus labios. Todos y cada uno de mis sentidos enloquecieron. No cabía en mi propio cuerpo: todo era tanto que me sobrepasaba y, a la vez, no me bastaba.
La agarré del rostro y la besé con pasión.
Nos giré a ambos en la cama y le quité la ropa interior.
El teléfono sobre la mesita de noche explotaba con la entrada de un mensaje tras otro, pero lo ignoré.
Me ahogué en Briar Rose, la saboreé, tomé todo lo que tenía para ofrecerme y perdí el contacto con la realidad.