Capítulo veintiocho. Oliver
Capítulo veintiocho Oliver
Qué mal salió eso. Un desastre. Una mierda.
De pronto caí en la cuenta de que depositar la confianza en mis amigos era peor que depositarla en el papel higiénico de una capa. Claro que podía confiar en ellos si tenían que llevarme al hospital por un ataque cardíaco. O si quería hacer mis inversiones al máximo.
Pero nunca tendría que haber confiado en ellos para ayudarme con Briar, y mucho menos cuando esa confianza les requería ser algo que no serían jamás: normales.
Al segundo en que saqué a los cinco de mi casa, y que los vi atravesar el vestíbulo y salir en sus coches, cerré de un portazo, y ni me molesté en poner el cerrojo. Ya que, efectivamente, Frankie lo había roto.
Fabuloso.
El paranoico que tenía por compañero de casa me mataría si alguien llegaba a meterse en casa, subir por las escaleras hasta encontrárselo, todo deprimido, tirado ahí en el ala sur.
—Oliver.
—Estoy muy cansado —le dije en medio de un bostezo, y arrastrando las palabras, sin darme la vuelta—. Deberíamos ir a dormir temprano.
—¿Qué hace Sebastian de mochilero por Europa?
—Por Asia, en realidad. —Hice ver que me tambaleaba de sueño, camino al dormitorio—. Más precisamente en Bali desde hace dos días.
—Debería estar en las Olimpíadas.
—Amor, son solo cada cuatro años.
—Lo digo en serio. —Briar avanzaba con la respiración entrecortada, agotada de tratar de seguirme el ritmo y de alcanzar mis pasos, deliberadamente largos—. ¿Qué dicen tus padres al respecto?
—Nada. Lo aman. Es el Niño Contraseña.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que con su nombre lo abre todo, como una contraseña. —Abrí la puerta del dormitorio de golpe y me dejé caer sobre la cama; me quité los zapatos y dejé que cayeran donde la gravedad los llevara—. Es puro milagro que los hackers no les hayan vaciado ya la cuenta bancaria.
—Estás ocultándome algo.
Sí, lo hago.
Lo había hecho una vez y lo seguía haciendo.
En lugar de responder, solté un ronquido bien fuerte para simular que estaba dormido. Briar resopló molesta y se fue. Un minuto después, oí la ducha. Para cuando se metió en la cama y se quedó dormida, yo seguía bien despierto.
La verdad era que quería contárselo.
Quería contárselo todo.
Pero todo .
Sobre el otro habitante de la casa.
Sobre mi hermano.
Sobre aquella noche quince años atrás.
Sobre por qué le había fallado.
Pero no podía.
Lo había prometido, y ya le había arruinado la vida a mucha gente.
Como siempre, me costaba conciliar el sueño.
Encendí la máquina de ruido blanco que me había regalado mi terapeuta, conté ovejas, jugueteé con los pies de Briar (que siguió durmiendo) y silbé La Bella Durmiente .
Pasaron las horas y por fin me venció el sueño, pero ya sabía cómo sería: vendría con pesadillas. El sueño siempre venía acompañado de pesadillas para mí.
Siempre.