Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo veintisiete. Briar #2
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Capítulo veintisiete. Briar #2

A Dallas se le cayó el tenedor; dio contra el plato con un estruendo muy fuerte y le manchó toda la blusa con la salsa de laksa .

—¿Oliver tiene un hermano? ¿Cómo es que no lo sabía?

Buena pregunta.

Era el hermano menor del mejor amigo de su esposo, atractivo hasta lo absurdo y talentoso hasta el delirio. Vivían en la misma calle. Seb debía ir a visitar al hermano todo el tiempo. No podía no conocerlo…

También me acordé de que Oliver me había dicho por aquel entonces que sus padres le habían hecho prometer que dejaría que Seb se quedara a dormir todo el tiempo que quisiera.

Romeo limpió la salsa de la camisa de Dallas con una servilleta de tela y dijo:

—Porque Sebastian decidió tirar a la basura todo su talento e irse a vivir con lo mínimo, de mochilero, como un técnico jubilado en plena crisis de los cuarenta.

¿Seb? ¿Había dejado el remo? ¿Y vivía de mochilero por el mundo? Ese no era el mismo Sebastian von Bismarck que yo recordaba, el que no podía ni comerse el almuerzo sin convertirlo en una competición. ¿Qué había pasado?

A mi lado, vi empalidecer a Oliver. Yo sabía bien que no era buena idea preguntarle delante de tanta gente, pero sin duda lo haría en cuanto se fueran.

Zach asintió.

—La verdad es que yo le estoy agradecido.

Farrow arqueó una ceja y preguntó:

—¿Ah, sí?

—Durante años, cada vez que mi madre empezaba a sermonearme sobre alguna cosa, miraba al otro lado de la calle, a esta casa, y recordaba que siempre podía ser peor. Ahora que lo pienso, su horror también podría haber sido por Oliver.

Farrow suspiró.

—Ah, Constance.

Me quedé mirando a Oliver, que de pronto parecía sumamente interesado en su pan de romero.

No me importaba que no me hubiera contado nada sobre Seb. Después de todo, acababa de salir del hospital con instrucciones claras de tomarme las cosas con calma. Pero sí me importaba que él parecía muy incómodo y quería ayudarlo.

Me devané los sesos en busca de algo positivo para decir sobre Seb. Se me ocurrieron muchas cosas, pero me decidí por lo primero que notaban todas las personas al conocerlo:

—Seb es guapísimo.

Oliver levantó la cabeza de golpe y miró hacia la puerta como si esperara que Sebastian entrara inesperadamente de un momento a otro.

Frankie se humedeció los labios.

—Estaba segura de que había otro von Bismarck más delicioso todavía.

—Ni siquiera lo has visto. —Dallas robó una vieira del plato de su hermana y, después, un camarón del de su esposo—. Acabas de enterarte de su existencia hace apenas dos décimas de segundo.

—¡Y qué dos décimas de segundo más gloriosas! —Se inclinó hacia mí—. Cuéntame más.

—Tiene unos músculos increíbles… —comencé—.

Todo el cuerpo marcado. Y es competitivo hasta la extenuación.

Pero también divertido, a su propia manera, que es bien extraña, como si odiara a todos todo el tiempo.

E inteligentísimo sin el menor esfuerzo siquiera.

Yo diría que cada vez que llega a un lugar, todas las personas se giran a mirarlo.

Con cada descripción, Oliver se ponía tenso.

Nunca lo había visto tan... molesto, o algo así.

No era que no se esforzara por ocultarlo (él era muy bueno en eso), pero yo lo conocía de toda la vida, le había visto cada rincón y cada grieta de su ser, y lo había abrazado cuando lloró la muerte de su abuela.

Oliver estaba molesto. Tal vez habían tenido una pelea tremenda con el hermano. Seb sí que era muy agresivo. Decidí cambiar de tema y me dirigí a Dallas:

—Cuéntame un poco sobre ti. ¿A qué te dedicas?

—Soy ama de casa.

—¿Y antes?

—Era rehén de la casa.

—Ab, bueno... —dije, dubitativa, y me quedé esperando más detalles. Pero no dijo nada más, así que me concentré en el esposo—. ¿Y tú?

—Soy traficante internacional de armas.

Se me cayó el cuchillo de las manos y se estrelló contra el suelo con un ruido fuerte.

—¿Cómo, de... armas… verdaderas?

—Sí, tanques, misiles y aviones de combate. —Me dedicó una sonrisa de depredador, con todos los dientes afilados a la vista—. Si alguna vez necesitas una granada M67, aquí estoy.

—Ah, de acuerdo. —Oculté mi horror con una sonrisa forzada y me centré en Farrow.

—¿Y tú?

—Soy deportista.

Por fin, alguien normal .

—¿A qué deporte te dedicas?

—Esgrima. Bueno, ya me retiré como esgrimista. Me descubrieron haciendo trampa y fue todo un escándalo. Casi me expulsan del equipo nacional, pero decidí abandonar la práctica para convertirme en entrenadora.

Ay, Dios mío. ¿Estos eran mis mejores amigos?

¿No había ni uno normal? Quizás Zach. Tenía que ser Zach.

Oliver me dijo una vez que era un tipo totalmente cuadrado, sin una sola neurona disponible para divertirse.

(En sus propias palabras, había dicho «tiene neuronas que son alérgicas a la diversión»). Me giré hacia él:

—¿Y tú, Zach?

—Me dedico a las inversiones.

—¿Alguna empresa conocida?

—Dot Cum.

—Dot… ¿qué? —Fruncí el ceño y me devané los sesos en busca de algún dato de esa empresa, pero no encontré nada. Debía ser una nueva—. ¿Qué es eso?

—El sitio de porno más grande de todo Estados Unidos.

Nadie. Ni uno de ellos. No había ni una sola persona normal en esa mesa. Ni siquiera Frankie, que según parece se había aparecido en mi trabajo y causó un incendio.

Miré a Oliver directamente a los ojos, pero me evitó; y siguió ignorándome aun cuando le di una patada por debajo de la mesa. Hizo una mueca de dolor, pero mantuvo la mirada fija en el fondo de la copa de vino.

—Y, además, es un sitio increíble. —Frankie juntó los dedos y se los besó—. Excelente calidad de vídeos... —Después negó con la cabeza, con una expresión de decepción en su bonito rostro—. Y después dicen que el cine ha muerto…

—Bueno… gracias a todos por una cena encantadora. —Oliver fingió una sonrisa forzada y me pasó un brazo por detrás de los hombros—. ¿No estáis todos felices de volver a reencontrarnos con nuestra mejor amiga?