Capítulo veintisiete. Briar
Capítulo veintisiete Briar
—Ese bebé tiene algo raro. —Oliver frunció el ceño sin dejar de mirar su teléfono, segundos después de confirmar que nuestros amigos estaban a punto de llegar en cualquier momento a mi cena de «Felicidades por haber sobrevivido»—. Seguramente traigan a Luca esta noche.
—Es prácticamente tu sobrino. —Levanté las piernas juntas y puse los pies sobre la mesa de café, poco acostumbrada a vivir en una casa tan grande que los muebles no tocaran las paredes... ¿O sí que lo estaba?—. Cualquier cosa rara que tenga, la recibió de ti por ósmosis.
—¿Cómo sabes que no es culpa de Dallas y Romeo?
—Porque estoy comprometida contigo. No necesito recordarlos para saber que es cien por cien culpa tuya.
—Puede que te arrepientas de esas palabras cuando los conozcas. —Se detuvo a mitad de camino para redirigir a uno de los camareros que se dirigía al ala sur—. En especial Dallas.
En cuanto Oliver me dejara sola un rato, tenía decidido ir a investigar mejor el tema de la acumulación compulsiva, a ver si era realmente grave o qué era.
Lo haría de un momento a otro. Solo que había un pequeño problema: no se separaba de mí, no lo había hecho ni una vez desde que había salido de alta del hospital.
¿Acaso no tenía un trabajo que hacer? ¿Ni un pasatiempo que atender? ¿Ni ningún amigo?
Me entró un temblor cuando me llegó una ráfaga de viento que me rozó los brazos.
—¿Qué tiene Dallas?
Ollie frunció el ceño y cerró de una patada las puertas del patio.
—Para empezar, cuando se enteró de que estaba embarazada, compró una cantidad de pantalones de maternidad del mismo color para todo el vecindario. —Ollie me arropó con una colcha tejida bien abrigada—. Iba de puerta en puerta y los repartía como si fuera un vendedor de Biblias.
Fruncí la nariz en un gesto de confusión y me moví en mi capullo recién hecho para acomodarme.
—¿Pantalones de maternidad?
—Sí, esos anchos de algodón, que quedan tan horribles que deberían considerarlos un crimen contra la humanidad.
—Quizá era su forma de prepararse para usarlos durante todo el embarazo y no quería ser la única.
—Eh. Eso fue exactamente lo que dijo ella.
Asomé la cabeza de golpe y me liberé de mi capullo.
—¿Será que acabo de acordarme de algo?
—Puede ser —me respondió, sin darle demasiada importancia, y me puso una manta sobre los hombros—. Sigues siendo muy friolera, ¿verdad, Mimitos?
—Sí, y no es nuevo para ti, ¿no? ¿O no llevas los últimos diez años lidiando conmigo y con el frío? —Me incliné hacia delante y choqué la nariz contra la suya—. Y cambiando de tema, ¿qué tiene de raro el bebé Luca?
Oliver se apartó de mí de golpe, lo cual me hizo fruncir el ceño.
—A cada momento me mira tan fijamente que me atraviesa hasta el alma.
Siento como si me estuviera mirando un excombatiente de dos guerras mundiales, que lo mataron y lo devolvieron al mundo de los vivos como Benjamin Button, solo para juzgarme.
—Ollie se sirvió agua en un vaso con incrustaciones de diamantes y bebió hasta la mitad de un solo trago—. Hasta tiene una arruga.
—Los bebés pueden tener muchas arrugas. Que no te sorprenda. Y hablando de eso, ¿cuándo tendremos uno?
Escupió toda el agua encima de mi manta.
Fruncí el ceño ante esa reacción. ¿Sería que no quería hijos? En aquel entonces, siempre me decía que yo tendría mi propia familia y que él estaría conmigo a cada momento.
Me eché hacia atrás contra el almohadón del respaldo del sofá. Sentí que empezaban a encajar mínimamente algunas piezas. Quizás era por eso que habíamos discutido aquella noche.
Podía imaginarme que tuviéramos una buena pelea sobre el tema hijos. Yo quería tener hijos. Con todo mi ser. Y los dos lo sabíamos muy bien.
Estaba empezando a abrir la boca para preguntárselo, cuando llegó una horda de personas.
Atravesaron la puerta en medio de mucho ruido, al cual cada uno aportaba distintos grados de caos.
Eran cinco seres extremadamente atractivos, hasta niveles absurdos, y entraron confiados por la casa como si fuera suya.
Eran todos tan perfectos que me costó dejar la boca cerrada.
Y bebé Luca no venía con ellos.
—Creo que te he roto la cerradura —anunció la diosa de cabello rosado.
Llevaba puesto un vestido casi inexistente que podía haber pasado por lencería fina sin problema. Tenía cara de heredera de alcurnia, harta de todo y difícil de impresionar. Una cara que, por desgracia, yo conocía muy bien del internado privado.
Antes de poder prevenirlo, me puse tensa y me bajé la manta, como si me encontrara de vuelta en medio de los pasillos fríos de Surval Montreux.
—¡JEFA! —Antes de que me diera cuenta de lo que pasaba, la mujer corrió hacia mí y me rodeó con los brazos y, en el proceso, se me cayó encima—. Te he echado de menos. ¿Te gusta mi peinado nuevo? Me teñí el pelo. Me queda mejor, ¿no?
Seguro que era una de las hermanas Townsend. Oliver me había advertido sobre su intensidad.
—No me acuerdo de tu peinado anterior. —Miré hacia Ollie, que la apartó de mí y la depositó nuevamente sobre sus tacones de doce centímetros—. ¿Soy tu jefa?
—Eras mi jefa. —Hizo pucheros—. Me despidieron.
—En realidad nunca te contrataron, Franklin. —Ollie la acompañó de vuelta al vestíbulo y, desde ahí, se volvió hacia mí y agregó—: Se invitó sola a tu plató cuando se enteró de que necesitabas una asistente. Y una vez ahí, provocó un incendio.
—Ah.
A ver. Hasta donde llegaba a recordar, yo siempre había vivido una vida muy solitaria. No podía creer que estos fueran mis amigos.
Eran tan... excéntricos.
Oliver asintió.
—Tiene una audacia sin igual, hasta puede entenderse como una inspiración a veces.
—Hablando de inspiración, he decidido que quiero ser influencer. —Frankie se agarró del brazo de alguien que se le parecía un poco. Supuse que sería Dallas—. Te prometo que es un trabajo de verdad, hermana. Deja de aplicarme la ley del hielo, suficiente castigo he tenido ya.
—No es un trabajo que te haga dejar de meterte en problemas, que es lo único que queremos Rom y yo. —Dallas se desató la bufanda que llevaba en el cuello y se tomó su tiempo para asimilar la mansión a su alrededor—. No puedo creer que nunca me hayas dejado entrar por la puerta principal, Oliver.
¿No la había dejado entrar nunca por delante? ¿En serio? O mejor dicho: ¿ni yo tampoco?
—Pero te dejé casarte aquí. —Oliver me apoyó la mano en la parte baja de mi espalda y guio al grupo al comedor—. Y te di una habitación para que te prepararas.
—Y me sacaste por la puerta trasera como si fuera comida en mal estado. —La mujer se dio la vuelta y me tomó de la mano, con los dedos entrelazados—. Soy Dallas.
Después, señaló con el pulgar al hombre alto y taciturno que tenía detrás y agregó:
—Y este es mi marido, Romeo.
Romeo asintió con la cabeza, pero no dijo nada. La ayudó a quitarse el abrigo, lo colgó en el perchero y le acercó una silla, después se sentó a su lado.
Frankie se sentó al otro lado de Dallas. La otra pareja se sentó frente a ellos.
Zach y Farrow , pensé.
—Soy Farrow. —La chica me saludó con una mano discreta en alto y una sonrisa amigable. Era alta y delgada, con un cabello rubio de un dorado que bien podía pasar por modelo de Victoria’s Secret—. Pero llámame Fae. Felicidades por sobrevivir.
—Gracias. —Le devolví la sonrisa y me volví hacia su esposo—. Y tú eres Zach, ¿verdad?
El Zachary Sun que yo recordaba según la descripción de Ollie de niños era el de un cuadro en blanco y negro. Intrincado, melancólico, deslumbrante y con una fuerte necesidad de toques de color.
Parecía una descripción acertada.
Pasó el brazo por detrás del respaldo de la silla de su esposa y lo apoyó ahí: la viva imagen de quien se mantiene en calma a fuerza de ansiolíticos.
Oliver me apartó la silla de la cabecera. Me senté y lo vi caminar hasta el extremo opuesto, donde pensé que se sentaría. Pero no, arrastró la silla de la otra cabecera hasta mí y se apretujó en el pequeño espacio entre Zach y yo.
Me acerqué a él para hacerle hueco, sin poder evitar fruncir el ceño otra vez. No se había despegado de mi lado ni un solo segundo desde el hospital.
Le di una palmadita en el muslo y le dije:
—No me voy a ahogar si te alejas unos pasos, ¿eh?
Encogió los hombros y chasqueó los dedos varias veces hasta que el personal del catering comenzó a sacar los platos de comida. Risotto laksa , codillo de cerdo kare , cangrejo de concha blanda y pasta tom yum vegetariana para mí.
Empecé a enrollar los fideos bucatini con el tenedor y me dirigí al grupo:
—¿Podría alguien describirme cómo fue cuando nos conocimos por primera vez?
—Claro —contestó Romeo en un tono muy lento; y me sorprendí de que fuera él el primero—. Lo recuerdo como si fuera hoy.
—Quieres decir «ayer», ¿no? —pregunté con una ceja levantada, consternada por el sistema educativo estadounidense—. ¿La frase no es «lo recuerdo como si fuera ayer»?
Se le dibujó un atisbo de sonrisa en el rostro.
—Eso. Claro.
Dallas le dio un codazo en el estómago.
—Lo que ha querido decir es que antes de conocerte en persona, él no creía que existieras.
Farrow asintió y dijo:
—Ni tampoco Zach.
Zach apartó los carbohidratos a un lado del plato y empezó con las proteínas.
—Pensábamos que eras una amiga imaginaria de Oliver y que te había inventado de tanto estar solo.
Oliver frunció el ceño y movió la mandíbula de un lado a otro, con el cuchillo todavía clavado en la chuleta de cerdo.
—¿Por qué pensabais eso? Si la mencioné varias veces.
—Seb nos dijo que era inventada.
—¡¿Cuándo?!
Farrow se volvió hacia Zach y preguntó:
—¿Quién es Seb?
Me incorporé de golpe, sorprendida por haberme olvidado de preguntar por él en medio del caos, y dije:
—¡Eso! ¿Dónde está Seb?
Dallas habló con la boca llena de una pata de cangrejo entera:
—¿Qué es un Seb?
Frankie dio un silbido:
—Seb suena sexi.
Zach fue el primero en responder:
—Sebastian von Bismarck es el hermano menor de Oliver.