Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo veinticinco. Oliver
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Capítulo veinticinco. Oliver

Capítulo veinticinco Oliver

Me desperté sobresaltado, empapado en mi propio sudor. El brazo que tenía aferrado a la cadera no me dejó incorporarme en la cama.

Tenía el pene erecto encima de mis abdominales. Lleno, grueso y totalmente duro. Quizás había sido el sueño (de París con Briar y ella suplicándome que la follara en plena calle). O quizás por el hecho de que una mano pequeña y suave lo tenía secuestrado en un agarre de tornillo.

—Briar.

No se movió.

Las sábanas estaban amontonadas al pie de la cama. Aun así, apenas podía distinguir la silueta de su figura delgada en la oscuridad.

Le di un codazo en el hombro y me horroricé al sentir que apretaba más el agarre sobre mi pene y que me retorcía un poco hacia arriba y hacia abajo.

—Mier-da-ah.

Ella soltó un ronquido agudo y me dio una patada en la pierna.

Mierda y más mierda.

Intenté separarle los dedos uno por uno, pero ella empezó a gemir y se resistió a soltarme. Se me apretujaron los huevos.

—Tienes que soltarme o eyacularé hasta el techo.

No exageraba.

Si bien yo no era de disfrutar acostándome con cualquiera, me pasaba bastante tiempo familiarizando mi pene con mi puño. Pero en los últimos días, no lo había hecho tanto.

Todo el tiempo libre que había tenido en los últimos días me lo había pasado en el hospital con Briar.

Por las mañanas, la veía estirar los brazos al sol, y veía el tirante caer por su delicado hombro. Las tardes eran de verla mirarme fijamente mientras se mordía el labio, y me invitaba a hacer lo mismo. Y por las noches, dormía a su lado, escuchando sus gemidos suaves.

Ella siempre había sido así. Propensa a los sueños salvajes. Aquella noche de borrachera en París me describió el sueño erótico más obsceno que jamás le había escuchado. Si llegué virgen hasta los diecinueve años fue por puro milagro.

Briar me pasó la pierna por encima y se frotó contra mi cuerpo. En cuanto me liberó, la moví a su lado y levanté una muralla de almohadas entre nosotros para evitar futuras… bueno, futuras erecciones.

—¿Ol?

Me quedé paralizado, con la respiración atascada en la garganta durante un segundo.

—¿Sí, Mimitos?

No respondió.

Solté el aire contenido y me quedé mirando al techo; me puse a contar ovejas. Supuse que no volvería a poder dormirme en toda la noche, pero tenía que intentarlo. Esta sería mi última noche de sueño profundo antes de que se iniciaran las reformas más importantes en el hotel.

Minutos más tarde, mucho después de que me hubiera llamado, la oí quejarse en sueños.

Estiré el cuello, en un esfuerzo por lograr oír lo que decía.

—No te vayas, Ollie.

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