Capítulo veinticuatro. Oliver #2
Elegí la mesa más alejada del lugar, en un rincón al fondo, y pedí todo lo que había en el menú: sopas, sándwiches, postres, batidos y café. Y también dos botellas de agua con gas.
Después, me quedé mirando mientras mi novia devoraba la mayor parte del contenido de la mesa.
—Despacio, Mimitos. —Le acaricié el cabello mientras la observaba comer como si acabaran de rescatarla después de seis años en la selva—. La comida no se va a ir a ninguna parte.
—Ni siquiera tengo tanta hambre. —Dejó el tenedor, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos—. Todo lo que quiero es llenar este vacío que tengo dentro. Pero no hay comida que me baste para eso.
—Tienes razón. La comida no te llenará ese vacío.
—Tragué saliva y odié sentir que, en el mismo momento en que hablábamos de vacíos y de cómo llenarlos, mi pene solo pensaba en un vacío en particular—.
Pero sí los buenos amigos. La familia que formarás algún día.
Tienes mucho más por delante en la vida; esto justo empieza. Y lo que más deseo es formar parte.
Ella extendió su dedo meñique hacia mí (vi que tenía una gota de salsa en la punta).
—¿Me lo prometes?
Encajé mi dedo meñique con el suyo y le dije:
—Te lo prometo.
—Siento que el cielo se me cae encima.
—Si el cielo se te cae, yo te lo aguanto.
Briar Rose sonrió, satisfecha con mi respuesta, y procedió a terminarse el croissant que tenía en la mano.
Después de que se acabara todos y cada uno de los platos, la llevé al hotel más cercano que encontré y la tumbé en un sofá de la recepción mientras pagaba la estancia.
Me guardé la tarjeta llave en el bolsillo delantero y me llevé a Briar Rose en brazos, como si fuera nuestra luna de miel, hasta la suite que había reservado. Para cuando llegué a la puerta, hacía rato que se había dormido apoyada en mi pecho, roncando sonoramente.
En ese momento, me vibró el teléfono en el bolsillo.
Papá , pensé. O quizás Seb. Ambos se habían puesto de acuerdo para no darme un segundo de respiro, recordándome sin parar que los había plantado con la casa del lago.
Claro que querían mucho a Mimitos, pero no podían entender por qué tenía yo que dejarlo todo para estar con ella.
Y menos cuando todos sabíamos que se encontraría conmigo en Estados Unidos en unas semanas para el día en que me mudaba al campus de la universidad.
Los traspasos de titularidad, las presentaciones empresariales, las reuniones con el consejo de administración: papá amenazó con dejarlo todo en manos de Seb, lo cual, para ser totalmente franco, me parecía un plan buenísimo.
Junto con Briar Rose, ambos pensábamos que ser un vendehúmos era el peor trabajo del mundo.
Ella, porque culpaba las ambiciones laborales de su padre por la soledad en que vivía.
Y yo, porque quería hacer algo que me hiciera feliz.
No sabía el qué, pero Briar Rose me había prometido ayudarme a descubrirlo.
El tono de la llamada se apagó en mi bolsillo y al rato empezó de nuevo en medio de la maniobra que hice para llevarme a Briar Rose a un brazo e insertar la tarjeta llave en la cerradura con el otro. Abrí la puerta de una patada y entré tambaleándome con mi novia inconsciente todavía en brazos.
Ella soltó un ronquido de proporciones descomunales cuando me desplomé sobre la cama king size a su lado.
Entonces saqué el teléfono del bolsillo al mismo tiempo que me tironeaba del pelo desde la raíz mientras deslizaba la pantalla para responder la llamada.
—¡¿Qué pasa?!
—Estás despedido —anunció Seb con una evidente sonrisa de oreja a oreja en los labios.
Me incorporé de un salto y me quité la chaqueta de los hombros, rebuscando la cartera en los bolsillos.
—Tú no eres mi jefe.
—No todavía —me contestó Seb y chasqueó la lengua—. Pero papá está furioso. Dice que te escapaste detrás de una chica. —Hizo una pausa—. En otras palabras, sabe la verdad.
—Estas diciendo puras mentiras y lo sabes. —Eché un vistazo por encima del hombro para ver cómo estaba Mimitos. Inconsciente.
—Aunque estuviera mintiendo, papá sigue estando en lo cierto.
Encontré la cartera en el bolsillo trasero.
—No me importa.
De verdad. No veía qué diferencia suponía que estuviera o no presente un estudiante universitario de diecinueve años en la adquisición hostil de un hotel en quiebra en medio de Savannah. Sobrevivirían sin mí.
Además, jamás dejaría de lado las prácticas reales para echar un polvo.
Aun si fuese por fin con la chica que amaba desde que dejé los pañales.
(Por cierto, ella se me adelantó seis meses en ese logro).
Y aparte de eso, Seb sería mejor gerente general que yo.
Mi hermano menor era mejor tanto en inteligencia como en capacidad analítica, pero yo lo compensaba con la determinación obstinada que tenía de mi lado.
—Pues harías mejor si te importara. —Seb hizo una pausa dramática—. Lo convencí de que me diera las llaves de la cabaña de North Oaks para ir antes de que terminara del verano.
—Hijo de puta —le espeté y salí de la habitación de un portazo. Mimitos iba a necesitar agua y analgésicos cuando despertara. Y eso sería pronto—. Sabías que quería llevar a Briar Rose.
Lo había planeado todo. Iba a invitar a mis amigos más cercanos y presentarle gente con quien llevarse bien.
Romeo. Zach. Algunas chicas de Harvard que fueran buena gente.
Para que cuando llegara el otoño entrara en el campus universitario rodeada de amigos.
Y así no se repetiría la historia de Surval Montreux.
Pero ahora Seb se me había adelantado.
Siempre ese rasgo competitivo que tenía. Para él, la vida era una gran carrera.
—Si te duermes, pierdes —dijo mi hermanito entre risas socarronas, y acompañó sus palabras con el chasquido conocido de una lata de cerveza que se abría.
El muy idiota seguro que tenía los pies sobre el escritorio de papá, con el teléfono entre la oreja y el hombro—.
Tengo grandes planes para esa casa. Mucha fiesta.
Entré y salí del ascensor a toda prisa, y me sumergí en la corriente de la calle parisina.
—Sí, claro, cómo no…
—Sabes que me encantan los lagos. Tengo que mantener mi rutina de remo intacta para la próxima temporada.
Empujé la puerta de una farmacia y fui directo a la sección de turistas borrachos, repleta de analgésicos, medicamentos contra las náuseas y frascos de artículos de tocador.
—Te has olvidado de preguntarme por qué estoy aquí.
Si bien yo consideraba mejores amigos a Romeo y Zach, Sebastian había nacido para ser mi mejor amigo. Literalmente. Mamá decía que lo había creado para mí porque yo no dejaba de agarrarme al hijo de mi primo con mis manitas de bebé.
Pero, aun así, mi hermano no sabía mucho sobre la situación de Mimitos. (Y para el caso, Rom y Zach ni siquiera se creían que ella existía). En parte porque quería proteger su privacidad, pero sobre todo porque a Seb todo el mundo le importaba un comino, salvo por él mismo.
Desde siempre pensé que lo que Seb necesitaba era una tragedia que lo sacudiera hasta los cimientos, que le recordara que no era tan intocable como pensaba.
—No me he olvidado, amigo. —Seb se rio al otro lado de la línea—. Solo que no me importa.
Quería darle un puñetazo en la cara. Pero en lugar de eso, agarré una cesta y la empecé a llenar con las cosas que Briar Rose necesitaba. Doliprane, líquidos, electrolitos, carbohidratos y zinc.
—Algún día, toda esa maldad que llevas dentro se pondrá en tu contra —le dije, rumiando las palabras mientras me dirigía a la caja. No quería perder el tiempo. Tenía que volver a esa habitación por si Briar Rose vomitaba o algo así.
—No, no va a pasar. Soy más rápido que un relámpago y no podrá adelantarse.
Ah, por cierto —dijo Seb y chasqueó los dedos al otro lado del teléfono—.
También convencí a papá de que me deje el Lamborghini verde durante el verano.
Fue bastante fácil porque lo encontré quejándose y lloriqueando con Manuel por tu enorme culo perezoso.
El gerente de operaciones y mano derecha de papá. Genial. Ahora se había corrido la voz por toda la empresa de que yo era un irresponsable de mierda.
—Volveré al hotel tan pronto como pueda. —Apreté los dientes, tiré unos cuantos billetes en dirección al cajero y regresé al hotel hecho una furia—. Solo quiero asegurarme de que Briar Rose está bien.
Seb se puso serio por primera vez.
—¿Está enferma?
—No, nada de eso. Solo tiene una semana de mierda.
—Mi sexto sentido me dice que la tuya lo va a ser todavía más cuando regreses aquí.
En ocasiones como esta, llegaba a odiar a mi hermano de verdad.
—¿Puedes al menos decirle que es una emergencia?
Podía llamar a papá yo mismo, pero me llevaría unas horas. Y cuidar a Briar Rose me requería toda la atención disponible en ese momento.
—Claro, intentaré acordarme de decírselo.
—No todo en la vida es una broma, Seb.
—No —dijo, y bostezó—. Pero esta conversación sí, de lo contrario no me estaría riendo.
—Quiero...
Pero el maldito colgó.
Desgraciado.